Por Thomas Babington Macaulay (Publicado el 9 de noviembre de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4766.
[Este artículo se ha extraído de The Liberal Tradition from Fox to Keynes, nuevamente reimpreso por el Instituto Mises. Proviene del discurso de Macaulay en la Cámara de los Comunes sobre las discapacidades de los judíos, 17 de abril de 1833]
Cuando se trataba de la emancipación de los católicos, la queja era “Mirad cuán incansable, cuán versátil, cuan invasivo, cuán insinuante es el espíritu de la Iglesia de Roma. Mirad cómo sus sacerdotes escudriñan tierra y mar para hacer un prosélito, cuán infatigablemente trabajan, cuán atentamente estudian las partes débiles y fuertes de cada carácter, cuán hábilmente emplean literatura, arte, ciencia como máquinas de propagación de su fe. Les encontraréis en toda región y bajo todo disfraz, recopilando manuscritos en la Biblioteca Bodleiana, arreglando telescopios en el observatorio de Pekín, enseñando el uso del arado y la rueca a los salvajes de Paraguay. ¿Daríais poder a los miembros de una iglesia tan ocupada, tan agresiva, tan insaciable?”
Bueno, ahora la cuestión es acerca de gente que nunca trata de seducir a ninguno extraño a unirse a ellos y que no desea que sea de su fe nadie que no sea asimismo de su sangre. Y ahora exclamáis: “¿Daríais poder a lo miembros de una secta que permanece hoscamente aparte de otras sectas, que no invita, no, que difícilmente incluso admite neófitos?”
La verdad es que esa intolerancia nunca quiere disimularse. Cualquiera que sea la secta que se proponga tolerar, la las peculiaridades de la misma se considerarán durante un tiempo por parte de los intolerantes como las más odiosas y peligrosas que puedan concebirse.
¿Pero qué pasaría si fuera cierto que los judíos son antisociales? ¿Qué pasaría si fuera cierto que no consideran a Inglaterra como su país? ¿No explicaría y excusaría el tratamiento que han su sufrido su antipatía por la sociedad en la que viven? ¿No han sentido a menudo esa misma antipatía los cristianos perseguidos en las sociedades que les persiguieron? ¿Cuándo el sangriento código de Isabel se aplicó a los católicos romanos ingleses, cuál fue el patriotismo de éstos? Oliver Cromwell dijo que en su tiempo se españolizaron. En un periodo posterior podría haberse dicho que se galizaron.
Pasó lo mismo con los calvinistas. ¿Qué enemigos tuvo Francia en los tiempos de Luis XIV más mortales que los hugonotes perseguidos? ¿Por qué no probar qué efecto produciría en los judíos esa política tolerante que ha hecho del católico romano inglés un buen inglés y del calvinista francés un buen francés?
El honorable miembro de Oldham nos dice que los judíos son naturalmente una raza mezquina, una raza sórdida, una raza que sólo busca el dinero; que son reacios a cualquier vocación honorable; que no siembran ni recogen; que no tienen rebaños ni manadas; que la usura es el único fin para el que están preparados; que carecen de cualquier sentimiento elevado y amistoso. Esos, señor, han sido en todas las épocas los razonamientos de los intolerantes. Nunca dejan de alegar en justificación de la persecución los vicios que esa persecución ha engendrado.
Inglaterra ha sido para los judíos menos que la mitad de un país y les vilipendiamos porque no sienten por Inglaterra más que un medio patriotismo. Les tratamos como esclavos y nos preguntamos por qué no nos consideran hermanos. Les empujamos a ocupaciones miserables y luego les reprochamos que no elijan profesiones honorables. Hace tiempo que les prohibimos poseer tierra y nos quejamos de se dediquen principalmente al comercio. Les echamos de todas las vías para la ambición y luego les despreciamos por tomar refugio en la avaricia. Durante muchos años, en nuestros tratos con ellos, hemos abusado de nuestra inmensa superioridad de fuerzas y liego nos disgustamos porque han recurrido a esa astucia que es la defensa natural y universal de los débiles contra la violencia de los fuertes.
¿Pero fueron siempre una raza de cambistas de dinero, de buscadores de dinero, de atesoradotes de dinero? Nadie sabe mejor que mi honorable amigo, el miembro de Universidad de Oxford, que no hay nada en su carácter nacional que les haga incapaces para las más altas responsabilidades de los ciudadanos. Sabe que, en la infancia de la civilización, cuando nuestra isla era tal salvaje como Nueva Guinea, cuando las letras y las artes eran aún desconocidas en Atenas, cuando apenas había una cabaña de paja donde después se erguiría Roma, este pueblo desdeñado tenía sus ciudades amuralladas y sus palacios de cedro, su espléndido Templo, sus flotas de barcos mercantes, sus escuelas de enseñanza sagrada, sus grandes estadistas y soldados, sus filósofos naturales, sus historiadores y sus poetas.
¿Qué nación se enfrentó tan valientemente contra presagios tan abrumadores por su independencia y religión? ¿Qué nación nunca, en su última agonía, dio tales pruebas de lo que puede conseguirse con una brava desesperación?
¿Y si, al cabo de muchos siglos, los oprimidos descendientes de guerreros y sabios han degenerado de las cualidades de sus padres, si, mientras fueron excluidos de la bendiciones de la ley y sometidos bajo el yugo de la esclavitud, han contraído algunos de los vicios de los delincuentes y esclavos, consideraremos esto como algo a ellos reprochable? ¿No deberíamos más bien considerarlo un asunto de lástima y remordimiento para con nosotros mismos?
Hagámosles justicia. Abrámosles las puertas de la Casa de los Comunes. Abramos para ellos toda profesión en que pueda mostrarse capacidad y energía. Hasta que no hayamos hecho esto, no presumamos que no hay genio entre los compatriotas de Isaías, que no hay heroísmo entre los descendientes de los macabeos.
Thomas Babington Macaulay, 1º Barón Macaulay y Consejero Privado del Reino (1800–1859) fue un poeta historiador y político whig británico. Escribió extensamente sobre historia británica.
Este artículo se ha extraído de un discurso de Macaulay en la Cámara de los Comunes sobre las discapacidades de los judíos realizado el 17 de abril de 1833. Se publicó en Miscellaneous Writings and Speeches of Lord Macaulay (1882), pp. 544–50, y republicó en The Liberal Tradition from Fox to Keynes, editado por Alan Bullock y Maurice Shock, publicado por primera vez en 1957.