Prepárense para la traición

Por Llewellyn H. Rockwell Jr. (Publicado el 4 de octubre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4733.

 

Es otra temporada revolucionaria en la política estadounidense, con votantes preparándose para hacer todo lo que puedan dentro de la estructura de la ley para echara a los malos y el mal sistema que representan. El foco está en esa cosa amorfa llamada Tea Party, que encarna un enorme rango de impulsos políticos que van de lo libertario a lo autoritario, unidos bajo la creencia común de que todo va mal en Washington, con un objetivo común de acabar con el status quo.

Los candidatos que no gustan al Partido Republicano están obteniendo grandes avances en la estructura del partido y, muy posiblemente, ganando las elecciones. Es divertido de ver. El viento que sopla a su favor es el espectacular (pero completamente previsible) fracaso de la brujería económica de la administración Obama. Billones y billones creados y gastados y aún se mantiene el sufrimiento.

La factura sanitaria es asimismo una fuente de enfado entre los estadounidenses. La gente no se engaña en creer que cualquier reforma que hagamos vaya a arreglar los problemas del sistema actual: los empeorará. En este momento, la libertad que queda en el sistema es la única razón por la que puede servirnos de algo. Quiten eso y quitarán una vía de salvación.

Así que la revuelta está a toda marcha. No es la primera vez ni será la última. Hace tiempo que los gobernados están descontentos con el gobierno y periódicamente se levantan y buscan cambiarlo. Han pasado unos 16 años desde la última aparición de ese sentimiento revolucionario. Seguramente hoy es más fuerte que en 1994.

Lo bueno de esto no tiene nada que ver con los resultados políticos, a pesar lo que crea la gente. El entorno político se centra en asuntos importantes como la libertad, la economía, la cultura, el poder y su utilización y el papel del estado. Mientras debaten con sus vecinos, siguen la cobertura de las elecciones, escuchan a los candidatos y ven el proceso, la gente aprende y estudia y, lo que es más importante, piensa y repiensa.

Si empezamos con una actitud escéptica hacia el gobierno, ver y pensar puede llevar a un radicalización y en definitiva a adoptar una oposición coherente a la implicación gubernamental. Por eso la temporada de elecciones acaba creando una enorme marea de nuevos libertarios que compran libros, encuentran la inspiración para estar activos (quizá por primera vez) y se dedican a reducir el poder del estado en aquello que puedan alcanzar.

Si puede decirse que la política estadounidenses contribuye en algo a la cultura estadounidense es en este aspecto educativo que se produce. Las elecciones centran las ideas y llevan a la gente a una nueva conciencia. Idealmente, esa conciencia nacería sin políticos ni elecciones y todo el aparato de esta temporada. Y aún así la gente está ocupada en tiempos normales, afrontando la vida normal: es la misma urgencia de la elección la que hace aparecer la preocupación.

Sin embargo, también podrían ustedes saber ahora que el Tea Party, no importa el éxito que obtenga en las urnas en noviembre, sin duda traicionará al partido de la libertad. Hay muchas razones para ello, pero la fundamental es intelectual. El Tea Party no tiene una visión coherente de la libertad. Sus activistas tienden a ser buenos en asuntos económicos concretos, como impuestos, gastos, estímulos y sanidad. Les preocupa la intervención gubernamental en estas áreas y pueden sonar muy bien.

Pero al igual que los conservadores antiguos, hay muchos asuntos en los que el Tea Party tiende a la incoherencia. Uno importante es el militar y la guerra. Muchos han tragado el anzuelo de que la mayor amenaza que afronta este país internamente es el influjo de los partidarios del Islam; en política internacional, tienden a favorecer la beligerancia hacia cualquier régimen que no sea cautivo del control político de EEUU.

En inmigración, la postura del Tea Party está a favor de documentos nacionales de identidad e imposiciones draconianas a las empresas en lugar de soluciones de mercado, como recortar el estado de bienestar. En asuntos sociales y culturales, pueden ser tan confusos como la Derecha Cristiana, al creer que es tarea del gobierno corregir a los equivocados y castigar el pecado.

Esto no describe a todos. Una encuesta realizada la pasada primavera divide a los activistas en dos campos: Palin y Paul. A ambos grupos les enfurecía el Partido Republicano ortodoxo, pero sólo el campo de Paul extendía esa rabia al gobierno en general.

Así son los problemas filosóficos. Igual que lo dicho son los problemas estructurales en política que llevan a todos los candidatos políticos hacia el centro para maximizar los votos. Es siempre lo mismo. Cuentan con que sus bases se presenten y voten por ellos, aunque sea a regañadientes. Son los votantes en el medio los que atraen su atención. Por eso todos los candidatos tienden a rebajar sus posiciones después de las primarias; eso y obtener fondos de las corporaciones aliadas con ambos partidos.

El mayor problema se produce una vez que obtienen el cargo. Aquí es donde empiezan los problemas serios. Les presionan sus nuevos colegas, las élites del partido, los intereses financieros relacionados, la prensa y todo el sistema del que ahora forman parte. ¿Se van a hacer enemigos de ese sistema o van a trabajar dentro de él para lograr una reforma y no sólo por un mandato sino para varios mandatos seguidos? Hacer un buen trabajo significa ser parte de la estructura; hacer un mal trabajo significa ser un enemigo del mismo sistema al que ahora sirven.

¿Qué elección harán? La misma que hacen todos los que están en el cargo (siendo Ron Paul la única excepción en toda la historia humana). Por esta razón los nuevos políticos “revolucionarios” apoltronados traicionarán a quienes les pusieron en el poder. Ocurre puntualmente, igual que al día le sigue la noche.

Aún puede que salga algo bueno de los resultados, aunque sólo sea porque los antiguos ideólogos puedan servir como alguna resistencia a políticas realmente malas. El nuevo Congreso que se formó después de las elecciones de 1994 sin duda limitó las ambiciones de la administración Clinton por un tiempo. Pero evitar el peor mal no es lo mismo que hacer el bien. Podemos decir con seguridad que, si todo sigue igual, incluso el mejor resultado electoral no llevará a recortes reales en el poder de gobierno sobre nuestras vidas.

Esto no significa que todo esto sea inútil. Lo que cambiará las perspectivas para la libertad en este país es una creciente conciencia en toda la sociedad acerca de la libertad y el papel del estado en acabar con ella y con la civilización a la que ha dado lugar.

 

 

Llewellyn H. Rockwell, Jr es Presidente de la Junta Directiva del Ludwig von Mises Institute en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor de The Left, the Right, and the State.

Published Mon, Oct 4 2010 7:31 PM by euribe