La doble raíz de la Gran Depresión: Inflacionismo e intervención

Por Lionel Robbins. (Publicado el 1 de octubre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4691.

[De The Burden of Plenty (1935), editado por Graham Hutton]

 

Quiero empezar diciendo algo acerca de la expresión “pobreza en la abundancia”, que he oído muchas veces. No puedo dejar de pensar que puede equivocar a algunos lectores. El objeto de estas series es explicar por qué a veces la máquina económica produce tanto menos de lo que podría producir, a pesar del hecho de que mucha gente consuma mucho menos de lo que podría consumir.

Para hacer esto vívido, se ha considerado adecuado describirlo como un problema de pobreza en medio de abundancia. Y cuando pensamos en los síntomas característicos de un desplome del comercio (los graneros llenos de cereal que permanece sin vender, las fábricas cerradas y los grandes barcos amarrados), cuando pensamos en eso, el título parece bastante apropiado.

Pero al mismo tiempo si nos lleva a suponer que se el desplome se acaba y las máquinas empiezan de nuevo a funcionar a un ritmo normal, el problema de la pobreza se resolvería, nos llevaremos una gran desilusión. Sé que a menudo se dice que los avances técnicos de años recientes han resuelto el problema de la producción, que la edad de escasez ha pasado y que todo lo que tenemos que hacer es organizar la distribución de la abundancia.

Por desgracia, no es una opinión que merezca examinarse. Las mejores estadísticas apuntan en otra dirección. No hay razón para suponer que en los días anteriores al desplome, la capacidad de la industria en general para generar un mayor volumen de producción haya sido muy grande. Aquí y allá puede haber sido evidente la flojedad. Pero en general, no lo era. Y esto significa que el problema de la producción no estaba resuelto y la época de la escasez no había pasado.

Si tomamos la producción agregada del mundo antes del desplome, aumentada en, digamos, un 20%, lo que probablemente este muy por encima de lo factible,[1] y la dividimos por igual entre los habitantes adultos del mundo; si hacemos esto, no supongamos que haya alguien es ente país que no resulte ser más pobre. Pues debemos recordar que incluyo los trabajadores peor pagados en este país disfrutan de unos ingresos probablemente muy por encima de la media Europa en general, e indudablemente mucho mayor que la media de esas grandes áreas golpeadas por la pobreza en las que está ubicada la mayoría de la población del mundo: Rusia, China, India.

Así que cuando hablemos de pobreza en medio de abundancia deberíamos recordar siempre que queremos decir abundancia relativa. En absoluto, la utilización máxima del equipamiento productivo mundial aún nos dejaría, de media, bastante mal.

¿Pero por qué no nos atenemos siquiera es este espantoso patrón? ¿Por qué, cuando las necesidades de consumo son tan grandes, nuestra capacidad de producir no se utiliza completamente? Éste es el problema que tenemos que explicar en este libro.

Ahora, hay gente que piensa que el problema se debe a la ausencia de un control centralizado de la producción. En ausencia de un control central, la responsabilidad de organizar la producción reside en la empresa privada, guiada por las anticipaciones de los mercados, tanto en los mercados de las cosas que vende y los de materiales en bruto, como en los servicios de capital y trabajo que compra. Hay quien piensa que un sistema así está condenado a la dislocación y el caos perpetuos. De hecho, dicen que nuestras dificultades actuales son consecuencia del fracaso de la libre empresa.

Pero cuanto más observemos el asunto, ya sea histórica o teóricamente, menos plausible es esta opinión. Históricamente, como explicaré después, hay todo tipo de explicaciones más plausibles que ésta, hay todo tipo de explicaciones mejores del desplome. Teóricamente el argumento también fracasa al mostrar pruebas. La producción guiada por el mercado es una producción organizada para satisfacer la demanda del mercado. Si se yerra, es la gente que yerra quien sufre en primer lugar y en mayor medida. El mecanismo del mercado, dejado a su albur, fuerza el ajuste necesario. Sin duda no hay nada en todo esto que lleve a la dislocación. Alguien debe organizar la producción. Debe haber algún medio de medir lo que quieren los consumidores y hasta dónde puede satisfacerse, alguna guía para la relativa conveniencia de producir remolacha azucarera o bicicletas.

Después de todo lo que hemos oído en años recientes acerca de planificación, está quedando muy claro que para que  la producción planificada tuviera éxito debería encontrar algún medio de reproducir el juego de estas fuerzas de mercado que aparecen espontáneamente bajo la libre empresa. Hay muchas características de nuestra organización económica moderna que están realmente sujetas a serias críticas. Pero la guía de la producción por mercados competitivos y cálculos de beneficios y pérdidas no es una de ellas. Es una característica indispensable para cualquier organización satisfactoria de la producción.

Pero si es así, si no hay nada en el mercado y la producción competitiva como tal que deba llevarnos a esperar una tendencia periódica al desplome y a la depresión extendida, ¿dónde tenemos que mirar, entonces? ¿Cómo vamos a explicar los extendidos y persistentes desajustes que realmente se producen?

De la forma en que he expuesto el problema debería sugerirse la pista que estamos buscando. El hecho de que los desajustes estén extendidos sugiere que derivan de algunos factores operando en más de un mercado. ¿Pero qué es lo que es común a distintos mercados, de los mercados del carbón a los de las viviendas, del látex al hierro en barras? Sin duda, no los productos ofrecidos, sino lo que se da a cambio de ellos, es decir, el dinero. Y creo que esa es la mitad de la solución a nuestro problema.

El desajuste entre oferta y demanda que parece en un desplome es producto de errores (por parte de los productores) potenciado por fluctuaciones equívocas de demanda expresadas en términos monetarios. Esta teoría en detalle es muy compleja y necesitaría mucho tiempo para dejarles claras las distintas formas en que la han explicado los economistas modernos. Pero realmente es bastante sencillo dar una explicación a grandes trazos.

Si por alguna razón hay más dinero disponible del usual y las condiciones de negocio parecen favorables, sin duda no es difícil ver que puede inducirse a inversores y empresarios a cometer errores, a iniciar nuevas empresas que sólo pueden desarrollarse satisfactoriamente si duran estas condiciones de dinero fácil. Y si no duran (y podemos ver que una vez la gente haya sido presa de la manía especulativa haría falta una inflación continuamente creciente para mantenerla), si estas condiciones no duran, entonces se revelan estos errores. Las líneas de la industria afectadas por el inicio de nuevas empresas (las llamadas industrias fuertes y las productoras de material en bruto) experimentan una caída de la demanda. Para entonces, el negocio se estanca, hay desempleo y capacidad no utilizada.

Como digo, ésa es la primera mitad de la explicación. Un desplome, como los que hemos tenido frecuentemente durante los años anteriores a la guerra, es el resultado de los errores producidos por el auge que le precedieron. Hasta que las cosas se enderecen, hay dislocación y flojera en los negocios.

Supongamos ahora que por encima de una depresión de este tipo aparecen problemas políticos (tensión internacional, revolución interna). Supongamos que los gobiernos, en lugar de darse cuenta de que en ese momento les interesa garantizar la máxima libertad de los mercados, empiezan a bloquear los canales comerciales como todo tipo de obstrucciones y pegas. Supongamos asimismo que a causa de una catástrofe financiera o por miedo a presupuestos desequilibrados la gente no sepa a diario qué va a pasar con su dinero y que en sus negocios con terceros se ven obstaculizados por las fluctuaciones de los cambios. ¿No serían todas éstas causas adicionales de depresión, influencias que tenderían a hacer que la gente limitara aún más la inversión activa, tendiendo a hacer que dejen su dinero yaciendo ocioso en los bancos o incluso invertido en monedas y lingotes de oro? Y si ocurre esto, ¿no está claro que habrá nuevas disparidades entre oferta y demanda, un nuevo estrechamiento de los mercados y una deflación renovada?

¿Y qué es esto sino una descripción en términos abstractos de la triste historia de nuestros tiempos? Tal y como yo lo veo, el problema empezó realmente poco después del desplome de 1921-22, cuando el oro que había afluido a Estados Unidos empezó a generar allí una gran expansión del crédito. Esta expansión se extendió gradualmente a otras partes del mundo, particularmente a Alemania y a los países productores de materias primas. (En sus ultimas etapas se vio distorsionado y hecho más dañino en sus efectos por los líos monetarios causados por nuestra vuelta al patrón oro a una paridad demasiado alta).

1925-1929 fueron años de auge fuera de Gran Bretaña. La producción creció a pasos agigantados y revivieron las inversiones internacionales a gran escala. Y bajo el estímulo de condiciones de dinero fácil y el espíritu de temeridad generado por las ganancias extraordinarias que se habían realizado, tuvieron lugar todo tipo de malas inversiones sin remedio. Entonces los costes empezaron a aumentar. Se hizo cada vez más duro conseguir préstamos. En 1929, explotó la burbuja, el auge acabó y se revelaron todos los errores y desajustes a los que había dado lugar.

Hasta ahora me he basado en la primera mitad de mi explicación. El desplome fue el resultado del colapso de un auge como muchos otros desplomes del pasado. Sin duda tuvo sus peculiaridades, pero las características principales no fueron muy distintas. Pero al contrario de los desplomes del pasado ha tardado un tiempo inusualmente largo en desaparecer y su devastación ha estado más extendida que nada conocido en la historia. Aquí es donde aparece la segunda mitad de mi explicación. El desplome tuvo lugar en condiciones particularmente propicias para la propagación y multiplicación de las convulsiones. Las condiciones políticas eran malas para la confianza empresarial. La estructura de los negocios en el periodo de postguerra ha sido mucho menos flexibles que la de la época anterior a la guerra, a menudo como resultado directo del apoyo e intervención del gobierno. Las finanzas internacionales se vieron complicadas por la existencia de un vasto sistema de préstamos y deudas públicas.

El resultado de todo esto fue que la depresión se agudizó hasta ser una colosal crisis financiera. En 1931, el sistema monetario internacional estalló en pedazos, mejorando la posición de algunos, haciéndola mucho peor a otros y añadiendo a todas las incertidumbres de negocios la incertidumbre de la inestabilidad en los cambios. ¿Sorprende que la inversión se paralizara, que el dinero quedara inerte y que en la industria en general haya capacidad no usada y desempleo?[2]

Por encima de todo, no hay duda, en mi opinión, de que las políticas seguidas por los gobiernos han intensificado enormemente estas dificultades. Me encanta ver que distintos portavoces que se han dirigido a ustedes han destacado, casi todos, el hecho de que las políticas que restringen la oferta y limitan el comercio no conducen a la prosperidad a largo plazo. Sobre ese punto aparentemente todos estamos de acuerdo. Sólo los intereses particulares que se benefician de la restricción mantienen lo contrario. Pero quiero ir más allá. Quiero indicar que esas políticas no sólo son malas para la prosperidad a largo plazo, sino que también son malas en lo que refiere a las perspectivas de recuperación inmediata. Quiero indicar que son las limitaciones de este tipo las que privan al sistema de libre empresa de sus poderes recuperativos y dan lugar a la ilusión de que el mismo sistema es defectuoso.

Miren por un momento los efectos de esas intervenciones. Por ejemplo, tomen lo que ha pasado tan a menudo recientemente, la intervención en los mercados de materias primas para impedir una caída de los precios.

Por alguna razón u otra, el estado del mercado del trigo o algún producto similar amenaza con una caída considerable. El gobierno se alarma y entra en el mercado como comprador. Se evita la caída de los precios. No hay duda que desde el punto de vista del consumidor esto parece bastante irracional. Pero desde el punto de vista de la estabilidad del negocio, a primera vista parece que hay mucho que decir acerca del procedimiento. Se ha evitado un descalabro, una convulsión en la confianza.

¿Realmente aquí se acaba todo? Indudablemente, no. El gobierno sólo ha evitado el colapso quitando participaciones del mercado. ¿Pero qué tiene que ver con ello? Sigue allí. La gente en el mercado empieza a hacerse aprensiva. Esta claro que las participaciones siguen ahí, hay una nueva incertidumbre en el mercado. Los precios se hunden bajo su influencia. Los negocios se niegan a revivir. Con toda probabilidad, cuando el gobierno se libre de ellos, el colapso del mercado sea incluso peor de lo que habría sido si nunca hubiera intervenido. Y entretanto la depresión se ha prolongado. El caso más llamativo de este tipo de intervención por supuesto ha sido por supuesto, la intervención de la Oficina Federal Agrícola de EEUU. Pero ha ocurrido en todas partes, no una, sino muchas veces durante los últimos pocos años.

Tomemos otro caso: el efecto de las cuotas de restricción de las importaciones, órdenes prohibiendo la importación de más de una cierta cantidad de algún producto del extranjero, sea el que sea. Está claro que el consumidor sufre: tiene que pagar más. Está claro que algunos productores protegidos por la cuota obtienen mayores beneficios. Estas cosas son evidentes, pero pensemos por un momento en el productor cuyo producto se ve excluido. Tiene capital atrapado en su empresa. Repentinamente descubre que su mercado está restringido. ¿Qué puede hacer? ¿Poner el sobrante en otros mercados a un precio menor y tratar de salvar algo del desastre? Pero esto causa mayores complicaciones. Se erigen nuevas restricciones por todas partes. Y así continúa el círculo vicioso.

O pensemos de nuevo en el efecto de esas regulaciones que hoy en día se imponen en la mayoría de los países del mundo para impedir que los vehículos de carretera lleven a le gente de forma más barata que los ferrocarriles. ¿Qué significa esto? Está claro que la gente obtiene menos de lo que prefiere (viajes en autobuses y similares) y tiene que pagar más por ello y que los beneficios del ferrocarril aumentan. Pero también (y sed trata de esto) que el capital que habría sido invertido en desarrollar la industria del motor ha de mirar a otra parte, seguramente con un beneficio inferior.

Este caso es típico de una tendencia actual muy marcada. En desplomes anteriores, uno de los factores para la recuperación ha sido el descubrimiento de nuevos canales para la inversión activa. Pero en éste la política de los gobiernos parece ser imponer todo tipo de limitaciones sobre la nueva inversión, aparentemente justificadas porque pueden rebajar el beneficio de algún capital que ya esté invertido. Pero ese camino lleva a un estancamiento total. Pensemos en lo que hubiera ocurrido en el siglo XIX si la gente que invirtió capital en carreteras, las empresas de carreteras y los propietarios de coches de posta hubieran sido capaces de impedir el desarrollo de los ferrocarriles salvo cuando no se amenazara a los trusts de las carreteras. ¿Hay que creer que la recuperación de los distintos desplomes que se produjeron habría sido tan rápida o el progreso material tan considerable?

Indudablemente un poco de esto hace comparativamente poco daño. Durante la mayor parte de la historia moderna los aranceles proteccionistas han hecho al mundo más pobre de lo que habría sido en otro caso, sin ahogar el comercio. Pero cuando esto se multiplica indefinidamente, cuando por todas partes vemos la multiplicación de restricciones al comercio y la inversión, la erección de monopolios ayudados por el estado y la limitación de la libre empresa, entonces les indico que no necesitan preguntarse más por qué persiste el fenómeno de la pobreza en medio de la abundancia, o por qué, al ver el futuro, es probable que continúe persistiendo.

Pero adviertan, y esto me lleva al punto en el que comencé, que no es el sistema de empresa privada y mercados libres el responsable de este fenómeno. Es la suspensión de ese sistema. No es el capitalismo, sino el intervencionismo y la incertidumbre monetaria los responsables de la persistencia del desplome.

 

 

Lionel Robbins fue uno de los principales economistas ingleses del siglo XX. Escribió sobre salarios, inflación, economía de guerra e historia del pensamiento económico.

Este artículo se ha extraído de The Burden of Plenty (1935), editado por Graham Hutton.

 



[1] Es el límite superior descubierto por la investigación de la Brookings Institution en America's capacity to produce en los años 1925-19-29. Como la investigación se refería a lo que era técnicamente posible en distintos sectores en lugar de lo que era factible en la industria en general, está claro que exagera el aumento que podría realmente lograrse. Hablando en general, el porcentaje de paro en cualquier momento da una generosa indicación de la cantidad de flojera en el sistema en su conjunto.

[2] En este aspecto, tal vez se me permita remitirme a una obra reciente, The Great Depression, en la que se reflejan estas opiniones y se explican con mucho más detalle. Ver la bibliografía.

Published Mon, Oct 4 2010 7:33 PM by euribe