Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 30 de septiembre de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4681.
[Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]
El estatus y reputación de Sir Francis Bacon (1561-1626) es uno de los grandes enigmas en la historia del pensamiento social. Por un lado, Bacon fue alabado universalmente como el hombre más grande de su tiempo. Más de un siglo después, en el gran manifiesto de la Ilustración francesa, la Enciclopedia, Bacon era alabado de forma extravagante como “el mayor, el más universal y el más elocuente de los filósofos”. ¿Qué consiguió realmente para merecer todos sus honores?
Este prolífico estadista y escritor, con grandes alharacas y autopublicidad, estableció en una serie de libros, desde la década de 1600 a la de 1620, un serie de instrucciones acerca de método apropiado de investigación científica en el mundo, incluyendo tanto las ciencias sociales como las naturales. Esencialmente, Bacon escribió numerosas exhortaciones a todos los demás para dedicarse a una investigación detallada de toda vida, todo el mundo, toda la historia humana. Mirad a “los hechos”, a todos “los hechos”, el tiempo suficiente, opinaba, y el conocimiento, incluyendo el teórico, se levantará como el ave fénix, autojustificado a partir de la montaña de datos.
Aunque hablaba de forma impactante acerca de la investigación en detalle de todos los hechos del conocimiento humano, el propio Bacon nunca estuvo cerca de cumplir esta monstruosa tarea. Esencialmente fue un metaempirista, el entrenador jefe y animador del ansia de hechos, exhortando a otra gente a revisar todos los hechos y fustigando cualquier método alternativo de conocimiento. Afirmaba haber inventado una nueva lógica, la única forma correcta de conocimiento material (la “inducción”) por la cual multitud de detalles podían convertirse por sí mismos en verdades generales.
Este tipo de “logro” es como mínimo dudoso. No sólo era un prolegómeno al conocimiento en lugar de conocimiento en sí mismo: era completamente erróneo acerca de cómo ha realizado siempre la ciencia su trabajo. Ninguna verdad científica se ha descubierto nunca buceando en datos incompletos. El científico debe tener en primer lugar hipótesis establecidas: en pocas palabras, el científico, antes de recoger y comparar datos, debe tener un buena idea de qué mirar y por qué. De vez en cuando, los científicos sociales se ven equivocados por las nociones baconianas a pensar que su conocimiento es “puramente factual”, sin presuposiciones y por tanto “científico”, cuando lo que esto significa realmente es que sus prejuicios y suposiciones quedan ocultos a la vista.
Por tanto, el misterio es por qué los dudosos logros de Sir Francis Bacon generaron tantas alabanzas. Una razón es que consiguió captar el espíritu de su tiempo: era el hombre correcto para sus ideas en el momento correcto. Pues Bacon apareció tras dos siglos de ataques al escolasticismo, que estaba entonces maduro para un ataque abierto y completo.
Haciéndose eco de otros pensadores de generaciones anteriores, pero exponiéndolo directamente y sin rodeos, Bacon dividía el conocimiento en dos partes, el divino y el natural. El conocimiento del hombre de los asuntos sobrenaturales y espirituales proviene de la revelación divina y eso es todo. Por otro lado, el conocimiento de los asuntos naturales, del hombre y el mundo que le rodea, es completamente empírico, inductivo, al que se llega a través de los sentidos. En ningún caso hay espacio para la razón humana, la gran fuente de conocimiento alabada por la filosofía clásica de griegos y escolásticos. El conocimiento de los asuntos espirituales y divinos era puramente fideístico, producto de la fe en la revelación divina. El conocimiento terrenal es puramente sensitivo y empírico, tampoco aquí hay espacio para la razón.
Por tanto, en ética y filosofía política, Bacon no encuentra espacio para la doctrina clásica de que la razón suple el conocimiento de la ética a través de a investigación de la ley natural. En su lugar, el conocimiento ético es puramente relativo, la acumulación tentativa de montones de datos históricos no tamizados. Y si no hay un conocimiento racional de la ética o la ley natural, no hay límites de derecho natural a imponer en el poder y las acciones del estado.
Es bastante curioso que Bacon tuviera lo mejor de ambos mundos al proclamar que interminables listas de hechos eran no sólo la única vía hacia el conocimiento, sino que permitirían a los hombres llegar a una ética que mejoraría su vida. El propósito final de toda la recogida de datos era utilitarista. Aún así, queda sin explicar cómo esperaba que se derivaran leyes éticas válidas de todo este ocupado empirismo.
Sin embargo, recientes investigaciones han aclarado algunas de las lagunas en la postura metodológica de Bacon. Pues resulta que mucho del muy cacareado “empirismo” de Bacon no era sólo ciencia ordinaria, sino que la palabrería supuestamente mística empírica de distintos pensadores del renacimiento se había construido a partir de la “antigua sabiduría”. El misticismo del renacimiento era una pseudociencia que combinaba las tradiciones del ocultismo y la magia de la literatura hermética con la de una versión cristianizada de la cábala judía.
Un año después de la muerte de Bacon se publicó su propuesta de utopía despótica, La Nueva Atlántida (1627). En la tradición mística del renacimiento, Bacon proponía una utopía regida por déspotas ilustrados, en la que todos los hombres eran felices y estaban contentos. La felicidad se alcanzaba porque el pecado de Adán no era, como en la tradición cristiana habitual, querer saber demasiado y convertirse en cierto sentido en divinos. Por el contrario, la opinión hermética, mística, sostenía que el pecado de Adán fue dar la espalda a la antigua sabiduría que podría habérsele revelado.
Por el contrario, el hombre ahora sería feliz a causa de que los sabios gobernantes, poseedores del ese conocimiento divino, guiarían al hombre a la perfección y la felicidad satisfaciendo su verdadera naturaleza a imagen de Dios. En la novela utópica de Bacon, los símbolos que emplea profusamente (como la “rosa” o la cruz “rosada”) revelan la cercanía de Bacon con la recién fundada y misteriosa Orden de los Rosacruces, que añadía al resto de la antigua sabiduría la pseudociencia de la alquimia, en la que el hombre se convierte en Dios al ayudar a crear el universo.
La arrogante afirmación de Bacon de ser el profeta del único método verdaderamente científico se convierte en una enorme paradoja cuando nos damos cuenta de que la visión de la ciencia de Francis Bacon estaba cercana a la de los ocultistas orientados a la magia de la Orden de los Rosacruces. Y como el “conocimiento” oculto del renacimiento era en definitiva parte del nueva espíritu del época y luego también incluso de la Ilustración supuestamente “racional”, Francis Bacon puede ser considerado mucho más cercano al zeitgeist de sus tiempos de lo que reconocerían los baconianos actuales.
Francis Bacon estaba asimismo en línea con el zeitgeist de otra forma. La simplista proclamación del poder absoluto y la gloria del rey de Inglaterra ya no era tan sostenible como había parecido a los teóricos anglicanos del siglo XVI o incluso a los absolutistas contemporáneos de Bacon de principios del siglo XVII. El ingenio argumento de la “correspondencia” (las analogías entre el señorío de Dios, la cabeza de un solo cuerpo humano, y el del rey como cabeza del gran cuerpo político) ya no se aceptaban como una verdad evidente.
Los nuevos descubrimientos y la expansión de la economía y de las naciones de Europa en nuevos mundos, hicieron que fuera cada vez más insostenible la visión antigua de que cualquier cambio realizado por seres humanos simplemente corrompía el orden estático de la naturaleza de Dios. La idea de que cada hombre y grupo ha nacido en una posición y en una situación fija ordenada divinamente se veía refutada por la creciente movilidad y el progreso social y económico del mundo occidental. A así la vieja mixtura de lo material y lo divino en la preparación embriagadora del absolutismo incuestionado ya no podía pedir respeto. Era necesario una nueva posición para el estado y el monarca, más a tono con la nueva moda de la “ciencia” y el avance científico.
Y así el “realismo científico” de Sir Francis Bacon se ajustaba perfectamente a la nueva tarea. La idea de que el rey era cuasidivino o recibía una autorización divina absoluta ya no funcionaba, Sir Francis Bacon, al servicio del estado, era mucho más el “científico político realista” anunciado por Maquiavelo.
De hecho, Bacon se mostró conscientemente de acuerdo con las enseñanzas de Maquiavelo. Igual que el neopagano Maquiavelo, Bacon pedía que su príncipe realizara grandes hechos para alcanzar la gloria. En particular pedía que el rey creara un imperio, que se expandiera y conquistara territorios en ultramar. Internamente, Bacon era lo que podría calificarse como un absolutista moderado. La prerrogativa del rey seguía siendo dominante, pero esto debería estar dentro de la antigua constitución histórica, y debería seguir la ley, y debería haber al menos discusiones y debates en las cortes y el Parlamento acerca de los decretos reales.
Bacon fue más allá de la mayoría de otros apologistas del imperio declarando alta tarea moral del rey expandir, así como preservar, los “lazos del imperio”. La tarea de conquistar iba incluso más allá de Maquiavelo, al que le preocupaba una velocidad inadecuada en alcanzar las conquistas. Para estar lista para servir a la alta tarea de expandir el imperio, la nación británica tenía que ser educada en el estudio de las armas y particularmente en la destreza naval y tenía que mostrar la virtud de la fortaleza, para ser “robusta y guerrera”.
Esto nos lleva a la última y no menos importante de la razones de la enorme influencia de Bacon más allá de los méritos de sus logros. Pues Sir Francis Bacon, Barón de Verulam, Vizconde de St. Albans, fue uno de los principales políticos y miembros de la élite del poder en Gran Bretaña. Fue, en primer lugar, el benjamín de Sir Nicholas Bacon (1509-1579), amigo íntimo y cuñado de Sir William Cecil, Lord Burghley, importante asesor de la Reina Isabel. En consecuencia, Nicholas Bacon se convirtió en Consejero Privado, Lord Canciller y Lord Custodio del Gran Sello.
Por tanto, Francis Bacon nació en una cuna de oro. Como joven abogado, Bacon se convirtió en miembro del Parlamento y, en 1591, en asesor confidencial del conde de Essex, favorito de la reina. Cuando Essex empezó a perder el favor de la reina, el siempre alerta Bacon apreció el cambio del viento y se volvió contra su antiguo padrino, liderando la condena que llevó a Essex a la ejecución. Para explicar este sórdido asunto, Bacon fue nombrado por la reina para escribir que se convirtió en la denuncia pública oficial de Essex. Más tarde, para apaciguar un enconamiento de las críticas, Bacon se vio obligado a escribir una Apología de su propio papel traicionero en el asunto Essex.
A pesar de la apología, la reina, por razones obvias, continúo sin confiar mucho en él y las promociones políticas evitaron al alto cortesano. Sin embrago, bajo el nuevo rey, Jacobo I, Bacon se recuperó, propulsando su carrera su primo Thomas Cecil, el segundo Lord Burghley. En 1608 Bacon se convirtió en procurador del rey y luego en fiscal general. Finalmente, en 1617 siguió los pasos de su padre como Lord Custodio del Gran Sello y al año siguiente se convirtió en Lord Canciller.
Sin embargo, después de tres años en el máximo puesto político de la nación, Sir Francis Bacon quedó fuera de combate. Se probaron acusaciones contra él de soborno y corrupción sistemáticos y posteriormente reconoció su culpabilidad, retirándose a la vida privada y siguiendo su carrera de escritor. Típicamente, aunque Bacon admitió recibir sobornos, afirmó que nunca afectaron a su juicio y que sus “intenciones” siempre habían permanecido “puras”. Sin embargo, juzgándole por su propio método empírico, se nos debe permitir ser escépticos ante esas afirmaciones “metafísicas”.
En la estricta esfera económica, la producción de Bacon fue escasa y sus opiniones irrelevantes, excepto por su escasa presencia en el frente del avance moderno o científico. Respecto del balance comercial, siguió la línea mercantilista ampliamente aceptada. Así en su “Advice to Sir George Villiers”, escrito en 1616 pero sólo publicado en 1661, Bacon albaba el “comercio [exportador] de mercancías que realizan los ingleses en lugares foráneos”. Lo esencial del comercio es “que la exportación exceda en valor a la importación, pues así el balance comercial debe necesariamente recuperarse en moneda o metal precioso”.
Sobre la antigua cuestión de la usura, Bacon adopta una postura sorprendentemente reaccionaria y moralista, pidiendo su prohibición por motivos morales y religiosos. Lo que es más interesante es que también declaró que permitir altos tipos de interés restringía las mejoras agrícolas beneficiosas a favor de proyectos más arriesgados (y presuntamente menos dignos): una indicación de que parte del clamor por reprimir la usura venía por los inversores en valores fuertes que querían obstaculizar la competencia de prestatarios más especulativos deseosos de pagar tipos de interés más altos. De forma similar, Bacon también atacaba el cobro de intereses porque alejaba a los hombres de sus profesiones y les proporcionaba ingresos que realmente no habían “ganado”.
Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario.
Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.