La diferencia entre historia y filosofía de la historia

Por Ludwig von Mises (Publicado el 15 de septiembre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4557.

[Extraído del capítulo 8 de Teoría e historia]

 

Antes del siglo XVIII, la mayoría de las disertaciones referidas a la historia humana en general (y no meramente a una experiencia histórica concreta) interpretaban la historia desde un punto de vista de una filosofía de la historia concreta. Esta filosofía rara vez se definía y particularizaba claramente. Sus principios se daban por sabidos y se aplicaban al comentar los acontecimientos.

Sólo en la era de la Ilustración algunos filósofos eminentes abandonaron los métodos tradicionales de filosofía de la historia y dejaron de reflexionar acerca del propósito oculto de la providencia al dirigir el curso de los acontecimientos. Inauguraron una nueva filosofía social, completamente distinta de lo que se llama filosofía de la historia. Observaban los acontecimientos humanos desde el punto de vista de los fines que buscan los hombres que actúan, en lugar de desde el punto de vista de los planes atribuidos a Dios o a la naturaleza.

La significación de este cambio radical en la visión ideológica puede verse mejor refiriéndose al punto de vista de Adam Smith. Pero para analizar la ideas de Smith antes debemos referirnos a Mandeville.

Los antiguos sistemas éticos eran casi unánimes en la condena del interés propio. Estaban dispuestos a considerar perdonable el interés propio de los destripaterrones y a menudo trataban de excusar e incluso glorificar la codicia de los reyes por el engrandecimiento. Pero eran muy firmes en su desaprobación de las ansias de bienestar y riquezas de otra gente. Refiriéndose al Sermón de la Montaña, exaltaban la autonegación y la indiferencia con respecto a los tesoros que se convierten en polvo y orín y calificaban al propio interés como un vicio reprensible.

Bernard de Mandeville en su Fábula de las abejas trató de desacreditar esta doctrina. Apuntaba que el propio interés y el deseo del bienestar material. Comúnmente estigmatizados como vicios, eran en realidad los incentivos cuya operación genera bienestar, prosperidad y civilización.

Adam Smith adoptó esta idea. No era el objeto de sus estudios desarrollar una filosofía de la historia de acuerdo con el patrón tradicional. No afirmaba haber adivinado los objetivos que la providencia ha establecido para la humanidad y que pretende alcanzar dirigiendo las acciones humanas. Se abstenía de cualquier afirmación referida al destino de la humanidad y de cualquier pronóstico acerca del ineluctable fin del cambio histórico. Simplemente quería determinar y analizar los factores que habían sido decisivos en el progreso del hombre desde las apuradas condiciones de las edades antiguas a las condiciones más satisfactorias de su propia época.

Fue desde este punto de vista desde el que destacó el hecho de que “cada parte de la naturaleza, cuando se examina atentamente, demuestra por igual el cuidado providencial de su Autor” y que “podemos admirar la sabiduría y bondad de Dios, incluso en la debilidad y locura de los hombres”. Los ricos, buscando la “gratificación de su propia vanidad y sus deseos insaciables”, se ven “movidos por una mano invisible” de tal forma que “sin pretenderlo, sin saberlo, atiende al interés de la sociedad y proporciona medios para la multiplicación de las especies”.

Al creer en la existencia de Dios, Smith no podía sino remontar todas las cosas terrenales a él y a su cuidado providencial, igual que posteriormente el católico Frédéric Bastiat habló del dedo de Dios. Pero al referirse de esta forma a Dios ninguno de ellos pretendía hacer ninguna afirmación acerca de los fines que puede querer realizar Dios en la evolución histórica. Los fines de los que se ocupan en sus escritos son aquéllos a los que se dirigen los hombres que actúan, no la providencia. La armonía preestablecida a la que aludían no afectaba a sus principios epistemológicos y los métodos de su razonamiento. Eran simplemente un medio ideado para reconciliar los procedimientos puramente seculares y mundanos, que aplicaban en sus trabajos científicos, con sus creencias religiosas. Seguían en este proceso a astrónomos, físicos y biólogos piadosos que habían recurrido a él sin desviarse en su investigación de los métodos empíricos de las ciencias naturales.

 Lo que le hacía necesario para Adam Smith buscar esa reconciliación era el hecho de que (como Mandeville antes que él) no podía librarse de los patrones y la terminología de la ética tradicional, que condenaba como vicio el deseo de un hombre de mejorar sus propias condiciones materiales. En consecuencia, afrontaba una paradoja. ¿Cómo podía ser que las acciones a las que comúnmente se acusaba de viciosas generaran efectos comúnmente alabados como beneficiosos?

 Los filósofos utilitarios descubrieron la respuesta correcta. Lo que genera beneficios no debe rechazarse como moralmente malo. Sólo las acciones malas producen resultados malos. Pero el punto de vista utilitario no prevaleció. La opinión pública sigue anclada en las ideas anteriores a Mandeville. No aprueba el éxito de un empresario en proporcionar a los clientes la mercancía que se adapta mejor a sus deseos. Mira con recelo la riqueza adquirida en e comercio y la industria y sólo la encuentra perdonable si el propietario la expía financiando instituciones de caridad.

Para los historiadores y economistas agnósticos, ateos y antiteístas no hay necesidad de referirse a la mano invisible de Smith y Bastiat. Los historiadores y economistas cristianos que rechazan el capitalismo como sistema injusto consideran blasfemo describir el egoísmo como un medio que la providencia ha elegido con el fin de alcanzar sus fines. Así que las opiniones teológicas de Smith y Bastiat ya no tienen ningún significado en nuestra época. Pero no es imposible que las iglesias y sectas cristianas un día descubran que la libertad religiosa sólo puede alcanzarse en una economía de mercado y dejen de apoyar tendencias anticapitalistas. Entonces dejarán de desaprobar el propio interés o volverán a la solución sugerida por estos eminentes pensadores.

Igual de importante que apreciar la distinción esencial entre la filosofía de la historia y la nueva filosofía social puramente mundana que se desarrolló en el siglo XVIII en adelante es la consciencia de la diferencia entre la doctrina de las etapas implícita en casi toda filosofía de la historia y los intentos de los historiadores por dividir la totalidad de los acontecimientos históricos en varios periodos o edades.

En el contexto de una filosofía de la historia, los distintos estados o etapas son, como ya se ha mencionado, estaciones intermedias en el camino hacia una etapa final que completará totalmente el plan de la providencia. Par muchas filosofías cristianas de la historia, el patrón fue establecido por los cuatro reinos del Libro de Daniel. Las filosofías modernas de la historia tomaron de Daniel la idea de la etapa final de los asuntos humanos, la idea de un “un dominio eterno, que no morirá”.[1] Aunque Hegel, Comte y Marx pueden discrepar con Daniel y entre sí, todos aceptarán esta idea, que es un elemento esencial en toda filosofía de la historia. Anunciarán o bien que se ha llegado a la etapa final (Hegel), o que la humanidad esta entrando en ella (Comte) o que su llegada se espera cada día (Marx).

Las edades de la historia como las distinguen los historiadores son de un carácter diferente. Los historiadores no afirman conocer nada acerca del futuro. Se ocupan sólo del pasado. Sus esquemas de periodización se dirigen a clasificar los fenómenos históricos sin ninguna presunción de predecir los acontecimientos futuros. La disposición de muchos historiadores a ajustar la historia en general o campos concretos (como la historia económica o social o la historia de la guerra) en subdivisiones artificiales  ha tenido serios inconvenientes. Ha sido un hándicap en lugar de una ayuda al estudio de la historia. Se ha visto a menudo influida por la parcialidad política. Los historiadores modernos están de acuerdo en prestar poca atención a esos esquemas periódicos. Pero lo que nos importa es simplemente establecer el hecho de que el carácter epistemológico de la periodización de la historia por los historiadores es diferente de los esquemas de etapas de la filosofía de la historia.

 

 

Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.

Este artículo está extraído del capítulo 8 de Teoría e historia.



[1]  Dante, Paraíso, IV, 76: "El ánimo no cede si se esfuerza”

Published Thu, Sep 16 2010 9:43 PM by euribe