Por Robert P. Murphy. (Publicado el 21 de julio de 2004)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/1566.
Con el reciente aumento de los tipos, la prensa ortodoxa repite obedientemente el análisis macroeconómico ofrecido por nuestros planificadores centrales de la Reserva Federal. El ciudadano medio sabe que no es suficientemente experto como para entender las complejas interrelaciones de los distintos índices de precios, curvas de rendimiento, confianza del consumidor y así sucesivamente: eso es trabajo de Greenspan.
Pero la historia básica, tal y como la cuentan nuestros inteligentes supervisores, es algo parecido a esto: Un tipo de interés alto mantiene bajos los precios, pero ahoga a las empresas y prolonga el desempleo. Por otro lado, un tipo de interés bajo estimula la producción y la contratación, pero causa inflación. Es labor del banco central elegir un tipo de interés un tipo de interés juuustamente correcto, para lograr el equilibrio óptimo entre estos dos extremos. (De hecho, una vez leí a un analista financiero que realmente usaba el término “Rícitos de oro” [ni frío ni caliente] para describir la política de la Fed). Un buen banquero central sabe cuándo recortar los tipos para empujar a la economía para salir de la recesión, pero también tiene el coraje de “pisar el freno” subiendo los tipos cuando la economía empieza a “recalentarse”.
Los modelos macro estándar no tienen sentido
Como habrán adivinado por mi tono, rechazo este análisis popular como algo basto y pernicioso. En una economía de mercado, el tipo de interés no es simplemente una palanca para estimular o deprimir el crecimiento económico y la conexión entre tipos de interés e inflación es mucho más sutil de lo que sugiere la historia habitual. El precio de pedir prestado dinero tiene un valor “correcto”, igual que el precio de un par de zapatos: el gobierno juega con este valor sea como sea sin causar distorsiones radicales.
Incluso dejando a un lado objeciones teóricas (que analizaremos más completamente más adelante), la historia macroeconómica estándar no tiene justificación histórica. El ejemplo más evidente es la propia Gran depresión, que ocurrió más de quince años después de que se hubiera establecido aparentemente para eliminar las vicisitudes del libre mercado salvaje.
En la década de 1970, EEUU experimentó “estanflación”, es decir desempleo e inflación en dobles dígitos simultáneamente. Esto era imposible de acuerdo con la ortodoxia keynesiana prevaleciente, el equivalente a una economía que estaba a la vez atascada y sobrecalentada al mismo tiempo.
Más recientemente, los dirigentes japoneses estaban estupefactos en la década de 1990 cuando no podían mejorar su mediocre crecimiento, a pesar de que los tipos de interés nominales estaban muy cerca o eran literalmente del 0%. En ese punto, se habían dado contra una pared: no puedes recortar los tipos por debajo de cero, pues los prestatarios harían mejor en poner sus fondos bajo el colchón. (Vi una conferencia de Paul Krugman en la que nos decía que su consejo a los banqueros centrales japoneses había sido anunciar de forma creíble tasas futuras de inflación muy altas, lo que haría que los tipos de interés reales en Japón se convertirían en negativos).
Como muestran estos episodios históricos, incluso el más acérrimo defensor de la banca central tendría que conceder que s más un arte que una ciencia. Los parámetros “exógenos” en los modelos macroeconómicos siempre pueden cambiar, de forma que el movimiento político “óptimo” puede resultar, en retrospectiva, ser completamente erróneo. ¿Pero no pasa esto en todos los campos? ¿No deberíamos simplemente dar más tiempo a los macroeconomistas para acumular estadísticas y generar modelos matemáticos aún más sofisticados?
No, no deberíamos a los políticos sabihondos otra década para entrometerse, porque en este caso es la propia ignorante y arrogante mala gestión de los banqueros centrales la principal fuente de inestabilidad macroeconómica. Igual que otras áreas de gobierno interviniendo en la economía, los “remedios” políticos sólo sirven para exacerbar (o incluso a menudo causar) los mismos problemas que supuestamente resuelve.
Una analogía
Para apreciar el daño causado por la banca central, puede ayudar cambiar el contexto como el fin de librarse de modos de pensamiento habituales: para eso, imaginemos que no hay un Sistema de Reserva Federal, sino un Sistema de Vivienda Federal. Esta organización dispone de una imprenta que puede literalmente crear billetes de 100$ flamantes y perfectamente legales. Cada mes, la Fed imprime nuevos billetes verdes y los distribuye a un grupo selecto de promotores inmobiliarios, dando el nuevo dinero en proporción a cuántas viviendas haya levantado un constructor concreto en un periodo concreto. Este grupo privilegiado usa luego el dinero recién impreso (además de otros fondos) para comprar madera, ladrillos, etc. y para contratar obreros para construir nuevas casas, que luego se venden a propietarios por la vía normal.
¿Cuáles serían algunos de los efectos importantes de esta hipotética situación? Bueno, los recién inyectados billetes de 100$ permitirían a los constructores pagar más por la madera y otros materiales, extrayendo estos recursos de otros usos y haciendo que se construyan más casas de lo que habría ocurrido en otro caso. Especialmente si le pisa los talones una inyección de efectivo mayor de la esperada, habría un aparente auge en el sector de la vivienda, a medida que los constructores aumentan sus órdenes de materiales y contratan más trabajadores para completar sus proyectos. A causa de la subvención pública, el sector de la construcción sería más rentable que antes y la competencia entre constructores acabaría llevando a una caída en los precios de la vivienda para los consumidores.
Por supuesto, los nuevos billetes de 100$ que salen de la imprenta de la Fed generarían un aumento en los precios, primero en los de la madera, tejas, ventanas, etc., pero al final en los de todos los bienes y servicios, a medida que el efectivo extra se extiendo por toda la economía. Quienes dirigen el Sistema de Vivienda Federal pronto se dan cuenta de que si inyectaran demasiado dinero demasiado deprisa, causaría dislocaciones masivas en otros sectores (que también necesitan madera, trabajadores, etc.) y llevaría a tasas inaceptablemente altas de inflación de precios. Por supuesto, sería muy doloroso y perjudicial acabar completamente con las imprenta, pues esto pondría fuera del negocio a muchos constructores y causaría un pinchazo en los precios de viviendas. Después de estos cambios de política, serían abandonados barrios enteros de casas a medio construir, sirviendo de tristes recordatorios de los recursos desperdiciados.
Después de que el Sistema de Vivienda Federal esté funcionando un tiempo, el sector privado irá mejorando en prever sus acciones. Los analistas dedicarían su trabajo a analizar los comentarios casuales de los líderes de la Fed y realizarían pruebas estadísticas sobre los datos usados por la Fed para determinar cuánto efectivo imprimir en los próximos meses. (Por ejemplo, la Fed tal vez vea las nuevas casas per capita o la tasa de crecimiento de vivienda comparada con la inflación, para determinar su “precio objetivo” para nuevas casas). A medida que la gente empieza a prever las inyecciones mensuales de efectivo, el Sistema de Vivienda Federal se verá cada vez más incapaz de influir en los acontecimientos. Con el fin promover el empleo, por ejemplo, la Fed tendría que inyectar cantidades aún mayores de efectivo, con el fin de pillar por sorpresa a los cada vez más listos constructores y hacer que sus proyectos sean más rentables de lo que habrían calculado originalmente.
Naturalmente, ciertos grupos tendrían intereses creados en niveles altos o bajos de inyección de dinero. Por ejemplo, las parejas jóvenes pedirían ruidosamente a la Fed que imprimiera más dinero y empujara a la baja el precio de una nueva casa. Las parejas mayores sin hipoteca, por el contrario, escribirían Cartas al Director pidiendo comedimiento a la Fed, pues querrían que sus casas mantuvieran su valor de mercado. En este entorno, dependería de los economistas tecnócratas asesorar a la Fed sobre una cantidad justa y razonable de inyección de dinero en el sector de la construcción, que equilibrara mejor los deseos de todos.
El mundo real
Espero que la mayoría de los lectores estén de acuerdo en que el hipotético Sistema de Vivienda Federal sería una idea horrible. A largo plazo, sería mucho mejor para todos los afectados (incluso los nuevos compradores de casas) eliminar la fuente añadida de incertidumbre y manipulación política en el sector de la vivienda aboliendo el SVF. Los precios de mercado libremente establecidos promoverían el mejor uso de recursos escasos para satisfacer los deseos del consumidor, ya sea de viviendas, cenas de lujo o automóviles.
Pero si el lector ha estado de acuerdo conmigo hasta aquí, entonces también debe apoyar la abolición del Sistema de reserva Federal. A pesar de la mística de la banca central y el temor con el que los simples mortales contemplamos a Alan Greenspan, no hay diferencias importantes entre la banca central en EEUU y el escenario hipotético que inventé antes.
Después de que la Reserva Federal fija un “tipo de interés objetivo”, logra su meta (entre otras cosas) creando dinero literalmente de la nada. El proceso se oscurece con pasos intermedios (como “compras en mercado abierto” de bonos), pero en último término la Reserva Federal crea nuevos depósitos para bancos grandes a partir de un vacío contable y luego permite a sus clientes privilegiados usar esos nuevos depósitos como colateral con el que los bancos clientes emiten nuevo crédito a prestatarios. Como los prestatarios sólo pedirán más crédito a tipos de interés más bajos, la Fed puede influir indirectamente en los distintos tipos de interés del mercado controlando la cantidad de crédito que sus bancos clientes pueden en definitiva prestar.
Todos los efectos descritos antes (para el Sistema de Vivienda Federal) se producen bajo el Sistema de Reserva Federal, excepto que en este último caso el daño se extiende más, pues los mercados del crédito afectan prácticamente a todos los sectores. En lugar de imprimir más efectivo y entregarlo a grandes constructores, en la práctica la Reserva Federal imprime más efectivo y lo entrega a los prestamistas privilegiados. La hipotética Fed estimulaba la construcción de viviendas, pero la Fed real estimula todos los sectores que se embarquen en proyectos a largo plazo.
Como explica la teoría austriaca del ciclo económico, el tipo de interés sirve para coordinar la estructura intertemporal de bienes de capital. Por decirlo de forma sencilla, un tipo de interés alto es una señal a los productores de que los consumidores están “impacientes” y premia los procesos de producción que suponen un periodo de gestación relativamente corto. Por el contrario, un tipo de interés abajo, es un luz verde a los productores para invertir en procesos que fijan recursos para un periodo más largo. (Advirtamos que un proceso en el que los costes de los recursos se refinancian durante, digamos, diez años sería más sensible al tipo de interés que un proceso en el que los costes de los recursos se recuperan en la venta final después de, por ejemplo, dos años).
Dependiendo de factores como la tecnología, la oferta de diversos bienes de capital y la voluntad de los consumidores de posponer el consumo inmediato para disfrutar de un consumo mayor en el futuro, los austriacos creen que hay un tipo de interés del mercado “correcto” en un momento concreto (para préstamos con un nivel de riesgo concreto). Pero un banco central interfiere con la tendencia natural del mercado a alcanzar estos tipos correctos. Con el fin de mantener contentos a los votantes, el banco central habitualmente pone los tipos por debajo de los que tendrían que ser, lo que genera el periodo familiar de auge en el que suben los precios de la bolsa y case el paro. Pero esta expansión artificial es insostenible e inevitablemente lleva a un periodo de declive, en el que muchos de los procesos de producción deben limitarse o abandonarse completamente y los trabajadores en esas líneas deben ser despedidos.
Conclusión
Un artículo corto como éste no puede por supuesto explicar las sutiles características de la teoría austriaca del ciclo económico: el lector interesado debería consultar la explicación de Mises en La acción humana. Sin embargo, espero que mi analogía del Sistema de Vivienda Federal haya alertado al lector acerca de los problemas del actual estado de cosas. Nunca nos libraremos del ciclo de auge y declive hasta que eliminemos la manipulación política de nuestras instituciones monetarias y bancarias y las devolvamos a individuos privados operando en un mercado voluntario. A la luz del análisis austriaco más sofisticado, las teorías macro habituales respecto de la política de la Fed y los tipos de interesan son inevitablemente ingenuas y destructivas.
Robert Murphy es investigador adjunto del Instituto Mises, donde enseñará “Principios de economía” en la Mises Academy este otoño. Gestiona el blog Free Advice y es autor de The Politically Incorrect Guide to Capitalism, Study Guide to Man, Economy, and State with Power and Market, Human Action Study Guide y The Politically Incorrect Guide to the Great Depression and the New Deal.