Por Danny Hieber. (Publicado el 7 de septiembre de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4687.
Sólo hay sitio para un idioma en este país, y ese idioma es el inglés, por lo que pensamos ver que el crisol convierte a nuestro pueblo en estadounidenses, de nacionalidad estadounidense y no en inquilinos de una pensión políglota.
- Theodore Roosevelt.
Hay 6.909 lenguas vivas hoy en el mundo. Setenta y cuatro son indígenas sólo de California (lenguajes como el hupa,el kawaiisu y el shoshone) mientras que Papúa-Nueva Guinea tiene más de 800, con una media de justo 1.200 hablantes por idioma.
Por muy asombrosas que parezcan estas cifras, ocultan una cruda realidad: potencialmente la mitad de estos lenguajes están destinados a desaparecer el siglo que viene. ¿No me creen? Consideremos que en Norteamérica, de 296 lenguajes conocidos en el momento del contacto con Europa, sólo 33 se están enseñando activamente a la siguiente generación. El resto se extinguirán con la muerte de sus últimos hablantes (si queda alguno), probablemente en algún momento de este siglo.
A mucha gente no le preocupa. Después de todo, ¿no promueve la unidad lingüística la eficiencia económica y la amistad cultural? Quizá sí, pero no me voy a ocupar aquí del asunto. Lingüistas como David Harrison (When Languages Die), Nicholas Evans (Dying Words), y Daniel Nettle y Suzanne Romaine (Vanishing Voices) ya han argumentado la defense de la diversidad lingüística y he encontrados algunos de sus argumentos (si no todos) escasos, tendentes a una unificación de lenguaje y conocimiento cultural (ver en particular a Harrison).
Pero aunque hay buenas razones para preservar las lenguas, me interesa algo completamente distinto: cómo la política lingüística es un ejemplo perfecto del problema del cálculo socialista. Los gobiernos adoptan necesariamente políticas lingüísticas no óptimas. Se ven incentivados a violar los derechos de los hablantes de lenguas minoritarias y a apoyar menos idiomas en lugar de más. Al basar el asunto de la muerte del idioma en la praxeología es fácil ver cómo, en buena medida, el declinar de un lenguaje deriva directamente de las intromisiones e incentivos perversos del estado, dejando la situación de diversidad idiomática mucho peor de lo que habría acaecido en caso contrario.
De la misma manera hay fuerzas de mercado y hay planes de planificación socialistas para la determinación del valor y existencia de productos en el mercado (y así eliminar productos que no merezcan la pena) haya cusas dirigidas por el mercado y causas dirigidas por el estado para el declive de un lenguaje. En cualquier economía los inversores invierten y especulan basándose en los precios o valores futuros esperados. De forma similar, la gente estudia idiomas con la expectativa de su futuro valor, por ejemplo, francés para un viaje a París, aprender chino ante el inevitable colapso del dólar o aprender tu idioma nativo o local para comunicar tus deseos básicos en la sociedad. De este modo, el idioma es un tipo de capital social sujeto a las mismas fuerzas del mercado (y distorsiones gubernamentales) que cualquier otro bien.
Muerte natural del lenguaje
Apliquemos ahora estos conceptos de mercado al declive del idioma. Como cualquier bien en el mercado, los idiomas desaparecen a medida que disminuye su demanda de uso. Hay formas en que se produce esto: el crecimiento de comunidades de hablantes y su desplazamiento por el estado.
El crecimiento histórico de los lenguajes va en paralelo con el crecimiento de la las sociedades humanas. Al albor de la Revolución Agraria, en torno al año 10.000 a. de C. las comunidades de hablantes eran extremadamente pequeñas, de entre 500 y 1.000 personas. Asumiendo la estimación clásica de 10 millones, podría haber habido hasta 10.000-20.000 idiomas existentes. Con el auge de las sociedades colonizadoras que podían mantener comunidades mayores, el tamaño de las comunidades de hablantes creció en paralelo y el número de lenguajes decayó.
Es un caso claro de declive del idioma en el libre mercado y la globalización es otro. Hoy hay fuertes incentivos para aprender inglés. Proporciona acceso a mercados lucrativos, ya tengamos una tienda para turistas en Kenia o una empresa multinacional en China. Es un requisito para la educación de alto nivel, ciertos tipos de trabajo, emigración a países de habla inglesa y tiene un gran valor psíquico como lenguaje de prestigio, riqueza y medios de comunicación. A medida que el número de personas y medios de comunicación con los que interactuamos diariamente continúa aumentando, el número de idiomas en el mundo ira declinando lentamente. Igual que la introducción de nuevas tecnologías de producción permite a los productores hacer más con menos, la globalización permite a los hablantes cubrir todas esas necesidades socioeconómicas precisamente con un lenguaje: el inglés.
No son razones malas para cambiar de idioma, igual que el granjero no se equivoca por abandonar el trabajo duro en el campo a favor de un trabajo pagado en una fábrica. Después de todo “El derecho a elegir idioma incluye el derecho a elegir contra un idioma”. La diferencia es que la adopción de una segunda lengua no requiere la pérdida de la primera: “Un sano bilingüismo es un estado en el que dos idiomas se ven como complementarios, no en competencia”. El lenguaje es un recurso no escaso.
De hecho, la mayoría del mundo es activamente multilingüe, hablando cuatro o cinco idiomas, debido al hecho de que se necesitan distintas lenguas para el cumplimiento de distintos fines. Por ejemplo, en Kenia uno debe conocer la lengua materna local para sus necesidades sociales, una lengua franca regional (el swahili) para sus necesidades comerciales e inglés para necesidades educativas y relacionadas con medios de comunicación. En la Tierra de Arnhem, Australia, por el contrario, uno debe casarse fuera del propio clan y cada clan habla un idioma diferente. Así que los usos sociales del lenguaje varían de una cultura a otra. Los lenguajes son un producto, que la gente valora y a la vez crea una demanda de ellos. Igual que en los mercados libres las comunidades idiomáticas son sistemas emergentes que se autoorganizan, lo que significa que no podemos predecir cómo se usarán los idiomas (el capital social) en el mercado. Y como en cualquier orden espontáneo, las comunidades idiomáticas pueden desbaratarse rápidamente por las intrusiones del estado.
La globalización no explica, por ejemplo, por qué había aproximadamente 1.500 lenguas habladas en el momento del contacto con los europeos mientras que hoy sólo hay 350. La causa es más probablemente el colonialismo español: es difícil para un idioma sobrevivir cuando todos los hablantes están muertos o esclavizados.
Pero aunque muchos lingüistas echan la culpa alegremente al colonialismo de la extinción de idiomas y ahí acaban la historia, pocos aprecian un hecho evidente: las lenguas hoy están muriendo tan rápidamente como siempre en la historia. Para muchos lenguajes, los únicos hablantes que quedan son ancianos y no les quedan más que un puñado de años. La globalización no se ajusta adecuadamente a este hecho. Tampoco las tendencias a la colonización y la masacre de los siglos XVII y XVIII explican por qué siguen muriendo hoy las lenguas. Nuestro culpable, como es habitual, es el estado-nación.
La política lingüística y el problema del cálculo socialista
Toda nación debe en algún momento hacerse la pregunta: ¿Cuál es el número óptimo de idiomas para le estado? La respuesta que los estados suelen dar es simplemente “uno”. Durante mucho tiempo, los estados pudieron perseguir este objetivo activamente como parte de su campaña para matar o eliminar cualquier población indígena que se convirtiera en una molestia. Estados Unidos era especialmente adepto a esto, iniciando una serie de guerras contra americanos nativos del siglo XVII al XIX y aprobando un Acta de Remoción de los Indios en 1830 en tiempos de Andrew Jackson.
Sin embargo, entre finales del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial, la matanza de poblaciones indígenas inocentes cayo de alguna forma en el descrédito. Así que de nuevo los estados afrontaron la cuestión de cómo alcanzar su número favorito de idiomas hablados. En este periodo, se crearon escuelas para población indígena en América, Rusia y África, a menudo con el objetivo explícito de asimilar a las masas:
Los internados indios se crearon a partir de los esfuerzos pioneros del general Richard Henry Pratt y su Carlisle Indian School, fundada en Pensilvania en 1878. Pratt creía que el papel de la educación era separar a los indios de sus tradiciones nativas y reemplazarlas por las influencias “civilizadoras” de la cultura blanca americana. Favorecía fuertemente la asimilación total del indio americano dentro de la cultura dominante y creía que la mejor y más eficaz forma de hacerlo era separar a los niños indios de sus familias y cultura y sumergirlos en el lenguaje y cultura de la sociedad estadounidense de clase media.
Lo primero que se pregunta uno es qué hacía un general creando un currículum escolar.
El impacto de políticas así raramente es inmediato. La gente ve a los niños que se van de sus hogares y se les educa. Lo que no se ve, siguiendo la tradición de Hazlitt y Bastiat, es que la destrucción del idioma y la cultura que contiene erosiona gradualmente las instituciones sociales establecidas para manejar los conflictos sociales e incentivar un comportamiento adecuado entre a población en general. No sorprende que las tasas de alcoholismo y de muertes relacionadas con el alcohol en las tierras de nativos sean más altas que en ningún otro lugar del país.
Tampoco se ve el hecho de que el declinar de un lenguaje no se produce de la noche a la mañana. Normalmente requiere tres generaciones: a la primera se le castiga por usar el idioma en la escuela, internalizando la idea de que el idioma no vale para nada y hace que no lo enseñen a sus hijos; aunque la segunda generación conoce algo del lenguaje, son “semihablantes”, capaces de entender, pero no de hablar en el idioma; para la tercera generación, la lengua a desaparecido realmente. Por eso ahora estamos sufriendo los efectos retrasados de lo que no se veía a finales del siglo XIX y principios del XX.
En respuesta a esto, las minorías marginadas han empezado recientemente a afirmar sus derechos lingüísticos y las cuestión del lenguaje óptimo se ha convertido en uno de los asuntos polémicos de las últimas dos décadas. A medida que las comunidades nativas americanas obtenían una mayor autodeterminación durante el movimiento de los derechos civiles de las décadas de 1960 y 1970, apareció una creciente conciencia sobre asuntos de derechos lingüísticos tanto a escala nacional como internacional. En 1990, el Congreso de EEUU aprobó la Ley de Lenguas Americanas Nativas (NALA, por sus siglas en ingles), que pretendía “preservar, proteger y promover el derecho y al libertad de los americanos nativos a usar, enseñar y desarrollar los leguajes americanos nativos”. Le siguió la Declaración Universal de Derechos Lingüísticos, firmada por la UNESCO en 1996. Por supuesto, los gobiernos normalmente interpretan éstos como derechos positivos.
En consecuencia, hoy muchos estados están estudiando adoptar 2 o incluso 3 lenguas nacionales. Algunos estados verdaderamente ilustrados han adoptado incluso más: tanto como 11 idiomas en Sudáfrica (de unos 20) y 22 en India (de 415).
Empezamos a ver funcionar el problema del cálculo socialista. ¿Cómo determina un estado el número óptimo de lenguajes a apoyar? La respuesta, por supuesto, es que no puede hacerlo. El número “ideal” de lenguas y el nivel “óptimo” de diversidad lingüística sólo pueden hallarse, en lo posible, mediante la coordinación de la acción humana en el mercado (es decir, el ámbito social de interacción). Por el contrario, el estado sigue una serie de incentivos perversos, que tienden a apoyar menos en lugar de más idiomas.
Tendríamos que hacer dos preguntas respecto a la política lingüística, una misesiana, una hayekiana. La pregunta misesiana es: incluso si las naciones se vieran incentivadas a apoyar una mayor diversidad lingüística que una menor, ¿cómo saben que esto es eficiente? ¿Sobre qué criterios basan la decisión del idioma óptimo? Por el contrario, Hayek preguntaría por qué los estados nación se ven incentivados a tratar menos lenguas en lugar de más.
Por supuesto, ya hemos respondido a la pregunta misesiana de por qué es imposible que los estados establezcan una política lingüística “ideal”. Como hemos visto, la elección del lenguaje es el resultado de una multitud de factores, incluyendo antropológicos, sociológicos y económicos. Cada individuo toma en consideración todos estos factores (consciente o inconscientemente) cuando escoge qué idioma aprender o transmitir a sus hijos. Además, el individuo tiene una variedad de mecanismos de retroalimentación para evaluar estas alternativas, como presiones sociales o ventajas económicas que se obtienen conociendo cierto idioma. Sin embargo, al estado le faltan tanto las entradas como los mecanismos de retroalimentación para fijar una política lingüística adecuada para cada individuo. Estos individuos, a causa de los distintos factores socioeconómicos que entran en juego al tomar decisiones relativas al idioma, pondrán valores distintos en cada lenguaje, es decir, los individuos valora los idiomas subjetivamente. El estado no tiene forma de acceder a esas valoraciones.
Esto resulta evidente en la forma en que los estados establecen las políticas lingüísticas en la vida real. El estado tiene una inmensa dificultad en adoptar políticas lingüísticas que se ocupen adecuadamente de las necesidades sociolingüísticas de la gente. Feltman y Sherley-Appel advierten que “Las políticas lingüísticas se diseñan a menudo para alcanzar objetivos tangibles en los ámbitos político y educativo, para animar la asimilación o desanimar la inmigración, para integrar ciudadanos de orígenes diversos o para restringir definiciones de ciudadanía y dar ventaja a ciudadanos que cumplan con determinados requisitos demográficos”. Las autoras continúan dando ejemplos de casos en que esta legislación es contraproducente para sus propios fines. Es un excelente ejemplo de la naturaleza “azarosa y poco sistemática” de la política lingüística en Estados Unidos “compuesta de múltiples tendencias con objetivos contradictorios”. Resulta evidente de inmediato que las políticas lingüísticas nacionales raramente se basan en factores económicos o lingüísticos, sino más bien en factores políticos.
La pregunta hayekiana es: ¿por qué los estados-nación optan por menos lenguajes en lugar de por más? Aquí podemos decir que enfocarse en un solo idioma es el intento de estado de agrupar toda la información y recursos necesarios para gestionar una economía. La tarea se hace mucho más fácil cuando el estado tiene sólo uno o dos factores a considerar. El estado no se compadece bien con la diversidad o la descentralización. Aquí aporto una página de la historia de los navajos:
Los estadounidenses, acostumbrados a pensar que todas las tribus indias eran bandas gobernadas por un jefe hereditario (una organización política distinta de la mayoría de los estados europeos contemporáneos en una forma más sencilla) no entendieron el hecho de que un tratado con un “jefe” navajo, para ser efectivo, tenía que ser aceptado por toda la nación de la misma forma que el mismo tratado tenía que ser ratificado en el Senado de Estados Unidos. Esta falta de comprensión de la estructura tribal de los navajos acabaría llevando a los estadounidenses a pensar en los dineh [navajos] como la tribu más traidora e incumplidora de tratados con la que se había topado en su expansión hacia el oeste. Como consecuencia, los navajos, que consideraron al principio a los estadounidenses como aliados, pronto se encontraron frente al enemigo más formidable con el que se hubieran topado nunca, uno que, en menosd e dos décadas [desde 1840] les conquistó y casi les destruyó.
Los navajos no eran una tribu centralizada, sino un conjunto de bandas similares étnica y culturalmente. Sin embargo los estados deben tener un punto centralizado de autoridad con el que interactuar o si no, no pueden coordinarse (de ahí el éxito de la persistente naturaleza anarquista de Pensilvania en rechazar las apropiaciones estatistas de poder en las décadas de 1680 y 1690). Como tales, los estados tienen grandes incentivos para promover la homogeneidad en lo que se refiere a la cultura y su estandarización en lo que se refiere al lenguaje.
Además, el estado no tiene grandes incentivos para reconocer las lenguas minoritarias. Gestionar un gobierno multilingüe es una pesadilla logística (pregúntenle a la India) y el multilingüismo es una afrenta directa a las ideas de identidad nacional y educación estandarizada. Un patriotismo mal entendido ha dado lugar a muchos intentos de legislación sobre el inglés a lo largo de los años y el objetivo declarado del sistema educativo ha sido siempre asimilatorio en lugar de apreciativo. Por supuesto, ésta es la política más dañina para las lenguas minoritarias. La exaltación del inglés en las escuelas no abre, como se ha dicho, el camino hacia trabajos bien pagados, sino que más bien contribuye al empobrecimiento de quienes no lo hablan. Como se demuestra en Growing Up Bilingual, interrumpir el proceso de aprendizaje y socialización de la primera lengua y reemplazarla por otra (en el momento en que un niño inmigrante o americano nativo entra en la escuela) hace que el niño ni esté completamente socializado ni domine ninguno de ambos lenguajes. Si en cambio se permite al niño centrarse en su lenguaje primario durante un tiempo, muchos investigadores creen que tendrá mucho más éxito a largo plazo. Así que incluso cuando el estado trata activamente de promover múltiples idiomas, lo hace de una forma en que entorpece su uso continuo.
Una vez respondidas las preguntas misesiana y hayekiana, es fácil ver cómo se liga el problema del cálculo socialista al idioma. Adoptar un idioma nacional es esencialmente la nacionalización de la industria del idioma. Como cualquier bien en el mercado, el estado es incapaz de ofrecer la misma armonía de coordinación que de otra forma estaría presente en el mercado libre, generando así una distorsión general del mercado y una mayor escasez de ese bien.
Conclusión
Los lingüistas en conjunto han sido tardos en entender los mayores incentivos creados y asociados por los gobiernos centrales y cómo éstos han contribuido al declinar de la diversidad lingüística. Usan el capitalismo y las vagas nociones de “sociedad occidental” como dianas mientras subrayan las conexiones del entorno con el idioma. Como dice una autora:
Las políticas enfocadas de forma estricta en el desarrollo económico definido en términos occidentales han limitado las opciones de la gente y así han servido para justificar un mayor desarrollo económico, normalmente en forma de extracción de recursos naturales como gas y petróleo que necesita urgentemente el resto de Canadá, como solución a los problemas que fueron causados inicialmente por la imposición de una economía occidental. (…) Más a menudo que no, se deja un vertedero humano y ecológico a la estela de los planes económicos occidentales y de desarrollo económico de recursos.
Pasajes como éste dejan claro la falta de comprensión respecto de las fuerzas de mercado, derechos de propiedad y el papel del gobierno en obstruir ambos. El lingüista Salikoko Mufwene ofrece un análisis brillante del problema:
¿Pueden mantenerse la mayoría de los lenguajes indígenas sin cambiar el mundo socioeconómico actual tanto entre las víctimas como entre los que lo controlan? La respuesta a esta última pregunta es evidentemente negativa. La vergüenza es que los defensores de los derechos lingüísticos han pensado poco en la revolución que conlleva su discurso. No han dado respuesta alguna a la cuestión implícita de qué orden socioeconómico mundial debe recomendarse a las víctimas para cumplir sus nuevas aspiraciones materiales y espirituales, que dependen un parte del idioma de la fuerza laboral.
En otras palabras, los activistas del lenguaje identifican los síntomas, pero no las causas. Aunque las causas son sencillas de entender. Están las fuerzas naturales del mercado que llevan al cambio de idioma y están las coactivas dirigidas por el estado. Los austrolibertarios ya saben a qué se asemeja ese mundo socioeconómico alternativo. Si no fuera por la necesidad incesante del estado de homogeneizar y su incapacidad de ocuparse de la diversidad, los idiomas del mundo no estarían en la acuciante situación en la que hoy se encuentran.
Danny Hieber es un lingüista que trabaja en documentar y revitalizar idiomas en peligro en el sector de la enseñanza de idiom