Por Anton Batey. (Publicado el 23 de marzo de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4170.
Las buenas intenciones no son una excusa para continuar con una política fallida. Muchas malas políticas en la historia fueron seguramente emprendidas con buenes intenciones. Por ejemplo, la “Gran Sociedad” del Presidente Lyndon B. Johnson pretendía reducir sustancialmente la pobreza y, en palabras de Johnson, “elevar la esperanza”.[i] Quienes apoyan la llamada “guerra contra la droga” pueden tener algunas intenciones buenas, pero su programa se a convertido en una pesadilla que podría calificarse más apropiadamente como “guerra contra (ciertas) drogas” o “guerra contra la libertad, dirigida especialmente contra minorías.[ii]
Lo mismo es aplicable a la ley No Child Left Behind [No dejar a ningún niño atrás]. De acuerdo con el Presidente George W. Bush, quería “implantar un plan para mejorar todas las escuelas públicas de Estados Unidos, de manera que no se deje atrás a ningún niño”.[iii] Incluso el último senador por Massachussets, Ted Kennedy alababa el intento: “El presidente Bush ha hecho de la educación una de sus primeras prioridades”. Kennedy expresó su apoyo al programa.[iv] Sin embargo, los resultados de este desastroso plan no sólo contradicen el mismo nombre del programa, sino que acaban con cualquier supuesta “buena intención” que hubiera tras éste.
El 8 de enero de 2002, el Presidente Bush sancionaba como ley la No Child Left Behind Act (NCLB), dirigida a mejorar las destrezas en matemáticas y lectura. Fijaba un objetivo de un cumplimiento al 100% en las escuelas públicas de Título Uno en 2013 o 2014. Fue aprobada en la Cámara el 13 de mayo de 2001 por 384 a 45 votos y en el Senado el 14 de junio de 2001 por 91 a 8.
De acuerdo con la ley, los estudiantes de las escuelas deben pasar exámenes regularizados. Si aprueba el primer año un número insuficiente, no hay sanciones.[v] Si los estudiantes de la escuela fracasan un segundo años, se ofrece “asistencia técnica”, por la que los padres pueden enviar a sus hijos a diferentes escuelas. Si los padres deciden hacerlo, entonces el distrito escolar ofrece transporte a donde viva el niño. Si una escuela fracasa por tercer año, entonces debe pagar servicios educativos suplementarios para los estudiantes. Si fracasa un cuarto año, se lleva a cabo una reestructuración de la dirección. En el quinto año de fracaso, se reemplaza a todo el personal y la escuela puede convertirse en escuela concertada o privada.
Hay situaciones raras en las que los extremistas tanto de la derecha como de la izquierda están de acuerdo en una política pública y se oponen a un programa concreto. Este es uno de esos casos. Y por buenas razones. El notable y respetado conservador George Will afirma que el programa “genera estándares rebajados”.[vi] Walter E. Williams, otro respetado conservador y profesor de economía en la Universidad George Mason, condeaba el programa “en que se han gastado miles de millones de dólares”.Argumenta que “sin un entorno civilizado de educación, es imposible la excelencia académica, no importa el dinero que se gaste”.[vii] El antiguo candidato republicano a la presidencia Pat Buchanan denunciaba el programa como parte del “gran gobierno” de Bush, preguntando retóricamente “¿qué republicano se presentó la última vez para recortar el gran gobierno de Bush? (…) ¿Quién se levantó y dijo no a la No Child Left Behind?”[viii]
El ilustre economista Milton Friedman dijo, poco antes de su muerte, respecto del programa: “La reciente legislación federal en la Ley No Child Left Behind obliga a todos los estados a realizar mediciones de rendimiento de los estudiantes y a hacer estas mediciones públicamente disponibles. Respecto del padre normal que aún cree que sus hijos acuden a una escuela por encima de la media, ¿qué ocurrirá cuando muchos sepan que están equivocados? El libertario Charles Murray dijo que el programa “fija un objetivo que no tiene ninguna relación con la realidad”.[ix]
Por supuesto, muchos liberales de izquierds también se oponen al programa. Por ejemplo, Al Franken en su libro Mentiras y mentirosos: una visión justa y ecuánime de la derecha norteamericana criticaba el programa NCLB diciendo que como “el Congreso autorizó un aumento de 5.600 millones de dólares en gasto en Título Uno para niños con bajos ingresos” y “el presidente Bush presupuestó sólo 1.000 millones para el Título Uno (…) si el Título Uno pide 2.800$ por estudiante pobre”, entonces “1.643.857” niños se habrán “quedado atrás” (pp. 349-351 de la versión estadounidense). El eminente socialista James Flynn, en su debate con Charles Murray en 2006, también criticó la Ley.
Barack Obama dijo de la ley: “no vengan con esta ley llamada No Dejar a Ningún Niño Atrás y luego dejen atrás el dinero (…) No nos digan que pondrán maestros altamente cualificados en cada aula y luego dejen atrás el apoyo y el pago de esos maestros. (…) No califiquen a una escuela como fracasada un día y luego se echen las manos a la cabeza y se vayan a la siguiente”.
Las razones para oponerse al programa son muchas, y dependen en buena medida de de dónde venga la crítica. Yo me opongo al programa desde una perspectiva libertaria de reducción del gobierno. La legislación NCLB ha aumentado en mucho los exámenes estandarizados y ha creado un embrollo de regulaciones federales con resultados contrarios a sus intenciones.
A primera vista, el concepto de exámenes estandarizados parece razonable. Los niños deberían examinarse y los exámenes son claros indicadores de lo inteligentes que son y de cuánto les está enseñando la escuela. Pero ¿qué les está enseñando exactamente la escuela? La respuesta es simple pero triste: les está enseñando cómo hacer el examen.
Linda Valli, profesora asociada de educación en Maryland, realizó un extenso estudio sobre el programa federal y determinó que los exámenes estandarizados “realmente socavan la calidad en la enseñanza de la lectura y las matemáticas” y que la decadencia en la calidad de la docencia y la información tangible enseñada a los estudiantes se produce por “la presión que sienten los maestros por ‘enseñar para el examen’”.
Alfie Kohn, autor de más de una docena de libros sobre educación, paternidad y antropología, denuesta “el excesivo énfasis [de la NCLB] en los exámenes estandarizados y las sanciones punitivas”. En general, menosprecia el programa, diciendo que la “ley no trata de estrechar la diferencia en los logros: su principal efecto ha sido sentenciar a los pobres niños a un régimen interminable de formación para la preparación de exámenes”. Y además “incluso si las puntuaciones suben, es a costa de una educación de calidad”.[x] De acuerdo con una encuesta en los 50 estados de Teachers Network, una organización educativa sin ánimo de lucro, sólo el 3% de los maestros piensan que la NCLB les ayuda a enseñar más eficazmente.
Una crítica famosa que hacen los profesores de lengua se refiere al tiempo empleado en el uso adecuado de la coma respecto del desarrollo de las habilidades de redacción. Como apuntaban Richard y Joanne Vacca en su libro Content Area Reading, “los buenos lectores son a menudo buenos escritores” y “mucha lectura mejora la escritura”. Sin embargo, como los exámenes federales estandarizados ponen más énfasis en la corrección gramatical que el la comprensión lectora, en clase se sacrifica la lectura a favor de la precisión en la puntuación. Sin embargo, prácticamente nadie argumentaría seriamente que en el mundo real la comprensión lectora sea menos importante que saber dónde poner una coma y saber qué son los verbos y los nombres. Esto es especialmente en el mundo real de los contratos, periódicos, etc.
La NCLB es simplemente una forma por la que el gobierno federal aprieta su lazo sobre las escuelas amenazándolas con castigos. Quienes controlan las escuelas controlan el futuro. Los exámenes y regulaciones controlan indirectamente qué aprenden los niños en la escuela (y qué no aprenden en la escuela).
Lo que es más importante, ¿cuáles son los resultados del programa? Sin embargo, deberíamos recordar lo que decía Kohn respecto de las puntuaciones: las puntuaciones más altas en los exámenes pueden producirse a costa de la enseñanza. Sin embargo, en 2006, por ejemplo, las puntuaciones en matemáticas y lectura cayeron notablemente, mostrando que sólo un 32% de los estudiantes de instituto eran competentes en matemáticas.[xi]
¿Qué pasa con los índices de graduación de los institutos? Sin duda, éstos reflejan la calidad y eficacia de las escuelas, que la NCLB se suponía que mejoraría. En 2008, un informe patrocinado por la America's Promise Alliance, preparado por el Editorial Projects in Education Research Center, mostraba que las escuelas en las grandes ciudades de los Estados Unidos tenían un horrible índice de graduación del 52% después de cuatro años; el índice nacional es del 70%, que sigue sin ser bueno. En áreas como Baltimore, con un índice de graduación de 34%, Columbus, con un 41% y Detroit con un espantoso 25%, sus suburbios tienen un 80% o superior.[xii] Estas áreas urbanas se suponía que eran a las que se dirigía la NCLB.
Unos 1,2 millones de estudiantes abandonan cada año los estudios, según los investigadores.[xiii] Así que cualquier mejora en la puntuación de los exámenes es por sí misma sólo representativa de quienes siguen en la escuela. Es parecido a un charlatán como Pat Robertson presumiendo de que el índice de divorcios está bajando y no preocupándose de mencionar que el índice de matrimonios baja más aún.
Quizá sea más importante el hecho de que la NCLB es completamente inconstitucional. No hay nada en la Constitución que permita al gobierno federal involucrarse en la educación. Este hecho fue ignorado por el Presidente George W. Bush, quien, en noviembre de 2005, se refirió infamemente a la Constitución de EEUU como “sólo un condenado pedazo de papel”.[xiv] En febrero de 2005, un comité bipartidista de de legisladores estatales concluyó que el programa es inconstitucional pues limita el control estatal y local sobre las escuelas.[xv] Dicen que “Esta intromisión de la autoridad federal en un área reservada históricamente a los estados ha tenido el efecto de recortar innovaciones estatales adicionales y de socavar mucho de lo que se ha hecho durante las tres décadas anteriores”.
Hay quien dice que, como la participación en la NCLB es opcional a nivel estatal, no es coactiva a nivel federal. Este excusa es ridícula. Negarse no quiere decir que no tengan que pagar impuestos (a través de sus ciudadanos) en proporción al dinero no gastado por los federales en educación, así que no es una opción viable. El dinero de los impuestos se extrae de los estados y luego se da a los estados la “opción” de participar en el programa con el fin de recuperar parte de ese dinero. Es una coacción pasiva agresiva. Opcional o no, el gobierno federal no tiene autoridad par entrometerse en la educación.
Mucha gente que apoya el programa aplaude las enormes sumas de dinero que se entierran en él. ¿Es el dinero la respuesta? El autor de Savage Inequalities, Jonathan Kozol, así lo piensa. De acuerdo con éste, la “financiación enormemente insuficiente” es la culpable de los malos resultados en Chicago. Kozol afirma que los “problemas [de los niños] derivan de la escasa financiación” y que el “baja financiación de las escuelas a las que acuden confirma la opinión” de que es necesario más dinero. Sin embargo, Kozol sí concede que “es evidente que las escuelas urbanas tienen otros problemas aparte de su insuficiente financiación”.
En 1984, un juez federal en Missouri ordenó que se doblara el impuesto a la propiedad en Kansas City, que aumentara el impuesto sobre la renta y que otros fondos estatales se reubicaran para dar a las escuelas de Kansas City 2.000 millones de dólares extra (4.100 millones en 2008). En 1991, Kansas City estaba gastando 9.412$ por estudiante, comparados con los 2.854$ a 5.956$ en los suburbios. Las escuelas de Kansas City fueron equipadas con nuevos y flamantes libros de texto, ordenadores de última generación, una piscina de tamaño olímpico, estudios de televisión e incluso dinero para taxistas que llevaran a los niños a la escuela si había algún problema con la tarifa del autobús. De acuerdo con los que creen que el dinero es la respuesta, éste sería el lugar donde apreciar el éxito. ¿Aumentaron las puntuaciones de los exámenes de los estudiantes? Ni lo más mínimo.[xvi]
En el año 2009, en Washington DC, la financiación era de alrededor de 15.000$ por estudiante y el ratio estudiante-maestro era de 15,2 por 1 y aún así el nivel de éxito de los estudiantes era uno de los más bajos del país. Quizá la parte más irónica sea que los padres están enviando a sus hijos a otros distritos que reciben tan poco como 7.500$ por estudiante al año, con el fin de escapar del muy financiado distrito escolar.[xvii] Esto simplemente destruye toda la argumentación de quienes dicen que más financiación a las escuelas públicas es la respuesta a la mayoría de los problemas, si no a todos.
En conclusión, es evidente que la intervención del gobierno en las escuelas es un completo fracaso. Las ideas de que un examen normalizado resolverá el problema y de que derrochar dinero en un proyecto público generará mejores resultados son igual de absurdas.
Los educadores derrocando dinero en una escuela fracasada son como granjeros derrochando un fertilizante caro en una acerca de cemento: lo único que van a conseguir es que crezcan hierbajos indeseables. Incluso el liberal de izquierdas Juan Williams, en su libro Enough, reconocía que los pobres, concretamente los negros pobres, “desafiando a los políticos negros, han dicho a los encuestadores que prefieren los cheques escolares, la escuelas concertadas y los distritos abiertos para darles alguna oportunidad de sacar a sus hijos de las malas escuelas públicas”.
¿Por qué debería oponerse alguien a esto? Enseñar para el examen, aumentar la centralización pública y forzar a los profesores a convertirse en robots ordenándoles prácticamente todo los que han de enseñar ha demostrado ser un fracaso.
Las escuelas funcionan como un monopolio pagado por los contribuyentes, respondiendo inconstitucionalmente al gobierno federal y los sindicatos de maestros. Además, como es un monopolio gestionado por un monopolio coercitivo, tiene todos los problemas del control, es decir, no tiene un mecanismo de pérdidas y ganancias. Este monopolio está asimismo sujeto a los caprichos de los políticos, que pueden ordenar que algo se enseñe o no enseñe de acuerdo con sus creencias. Así se inculcan esas creencias a los niños, que están obligados por ley a estudiar ese material o si no.
Anton Batey enseña en el sistema público escolar de Detroit. Realiza cursos de maestría en estudios sociales en la Universidad estatal de Wayne, también en Detroit.
[i] “LBJ Announces 88 New Projects”, Lodi News-Sentential, 18 de enero de 1965.
[ii] Chomsky, Noam. Understanding Power. The New Press, 2002
[iii] “Bush, GOP Senators Lick Wounds but Say They're Not Too Conservative”, Chicago Tribune, 25 de mayo de 2001.
[iv] “On Way to Passage, Bush's Education Plan Gets a Makeover”, The New York Times, 4 de mayo de 2001.
[v] Técnicamente, es un poco más complicado que eso. Los burócratas generalmente subdividen a los estudiantes en grupos como Negros, Americanos Nativos, Blancos, Estudiantes con Necesidades Especiales, etc.
Si uno solo de esos grupos deja de cumplir con los estándares, toda la escuela “fracasará”. Así que un título mas adecuado para el programa sería “No dejar a ningún grupo atrás”.
[vi] George Will, “Getting Past 'No Child'”, The Washington Post, 9 de diciembre de 2007.
[vii] Williams, Walter, “Patterns of Black Excellence”, Creators Syndicate Inc., 2008.
[viii] Buchanan, Pat, “Even in Massachusetts, Trouble for the Party of Government”, The Union Leader, 19 de enero de 2010.
[ix] Murray, Charles, “The Age of Educational Romanticism”, The New Criterion, Mayo de 2008.
[x] Kohn, Alfie, “NCLB: 'Too Destructive to Salvage”, USA Today, 31 de mayo de 2007.
[xi] Walsh, James, “Math, Reading Test Scores Drop; Only 32% of High Schoolers Were Proficient in Math on Test Designed to Match Stiffer Learning Standard”, Star Tribune, 15 de noviembre de 2006.
[xii] Aquí van algunas otras comparativas ciudad/suburbio:
New York — 47,4% vs. 82,9%
Cleveland — 42,2% vs. 78,1%
Philadelphia — 49,2% vs. 82,4%
Chicago — 55,7% vs. 84,1%
Los Angeles — 57,1% vs. 77,9%
Atlanta — 46,1% vs. 61,8%
[xiii] Grey, Berry, “High-School Drop Out Rate in Major US Cities at Nearly 50 Percent”, World Socialist, 3 de abril de 2008.
[xiv] Thompson, Doug, “Bush — Constitution 'Just a Goddamned Piece of Paper”, Op Ed News, 11 de diciembre de 2005.
[xv] Dillon, Sam, “Bipartisan Study Assails No Child Left Behind Act”, The New York Times, 23 de febrero de 2005.
[xvi] “Desegregation's Broken Promises”, Forbes.com, 10 de noviembre de 2003.
[xvii] Williams, Walter, “Dumbest Generation Getting Dumber”, Creators Syndicate Inc., 2009.