La llegada del Reino: Las políticas del milenarismo

Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 17 de agosto de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4574.

[Publicado originalmente en Liberty Magazine, 1990]

El cristianismo ha desempeñado un papel central en la civilización occidental y ha contribuido con una importante influencia al desarrollo del pensamiento liberal clásico. No es sorprendente que las creencias cristianas acerca del “fin de los tiempos” sean justo ahora importantes para nosotros.

El reconstruccionismo cristiano es una de las corrientes de más rápido crecimiento y mayor influencia en la vida religiosa y política de Estados Unidos. Aunque las fascinantes exposiciones de Jeffrey Tucker y Gary North (en los números de julio y septiembre de Liberty) han llamado la atención libertaria y ayudado a explicar este movimiento, para clarificar completamente el cristianismo reconstruccionista tenemos que entender el papel y el problema de milenarismo en el pensamiento cristiano.

El problema se centra en torno a la disciplina de la escatología, o de los Últimos Días, y sobre la pregunta ¿Por qué el mundo está destinado a acabarse? La opinión que aceptan casi todos los cristianos es que en algún momento del futuro jesús volverá a la tierra en un segundo adviento y presidirá el Juicio Final, en el que a todos los que vivan entonces y a todos los resucitados se les asignarán sus lugares definitivos y la historia humana y el mundo tal y como los conocemos, habrán llegado a su fin.

Hasta aquí, bien. Sin embargo, aparece un molesto problema en varios pasajes de la Biblia, en el libro de Daniel y especialmente en el libro final del Apocalipsis, en el que se menciona  un milenio, un reino de mil años de Cristo sobre la tierra (el Reino de Dios sobre la tierra) antes del Dia del Juicio Final. ¿Quién va a establecer ese Reino y cómo se supone que será?

La respuesta ortodoxa a este problema la proporcionó el gran San Agustín, a principios del siglo V; esta línea agustiniana ha sido aceptada por todas las iglesias cristianas ortodoxas y litúrgicas: la católica romana, la ortodoxa riega y rusa, la alta iglesia luterana y la anglicana, así como la rama holandesa de la iglesia calvinista (lo que opinaba el propio Calvino es motivo de disputa). La opinión agustiniana es que el milenio, o el reino de los mil años, es solamente una metáfora de la creación de la Iglesia Cristiana; el milenio no es algo que debe entenderse literalmente, como algo que va a ocurrir, temporalmente, en al tierra. La posición ortodoxa tiene la gran virtud de eliminar el problema milenario. La respuesta: olvídenlo. En algún momento desconocido del futuro, Jesús regresará y eso es todo.

Pero para muchos siglos de disidentes cristianos, esta respuesta dista de ser satisfactoria. Les priva de esperanza, de los pasajes literales de la Biblia que parecen prometer mil años de bendiciones temporales en la tierra, el Reino glorioso. Entre los numerosos grupos de milenaristas, de quienes creen que el Reino de Dios sobre la tierra llegará y debe llegar, hay dos muy distintos: los que creen que el Reino los establecerá el propio Jesús, que por tanto regresará a la tierra antes del milenio (premilenarista o “premils”) y los que creen que Jesús regresará a la tierra después del milenio (los “postmilenaristas” o postmils”).

Esta aparentemente abstrusa diferencia teológica conlleva implicaciones sociales y políticas enormemente significativas. Pues por mucho que los premils anhelen llegar al Reino de Dios sobre la tierra e implantarlo durante mil años, están obligados a esperar: deben esperar a la vuelta de Jesús. Los postmils, por el contrario, mantienen que el hombre debe establecer primero el Reino de Dios sobre la tierra, para que Jesús acabe retornando. En otras palabras, el postmil está bajo la obligación teológica, como cumplimiento del plan divino, de establecer el Reino de Dios sobre la tierra lo antes posible. De ahí la sensación de prisa, la sensación de dirigirse hacia un inminente triunfo, que generalmente muestran los postmils. Para la marcha de la historia, los planes de la propia Providencia dependen de que los postmils triunfen tan pronto como puedan.

Entonces, ¿cómo se supone que será este milenio tan importante, ya sea en la versión premil o postmil? Como podríamos esperar, como pasa en muchas utopías, la visión es algo difusa. La mayoría de los teóricos, empezando por uno de los primeros y mas influyentes, el abad calabrés de principios del siglo XIII Joaquín de Fiore, han sido explícitamente comunistas, es decir, el trabajo, la propiedad privada y la división del trabajo desaparecerían en esta sociedad perfecta. Joaquín, que casi convirtió a tres papas y por tanto casi alteró significativamente la historia de la civilización occidental, ofrecía una solución única al problema de la producción bajo el comunismo: desaparecería, porque con el nacimiento del Reino de Dios sobre la tierra (predecía su advenimiento 50 años después de su escrito) desaparecería todo cuerpo humano y el hombre sería puro espíritu. No habría problema de producción o propiedad. Estos espíritus humanos puros y desencarnados, cantarían así las alabanzas a Dios en éxtasis místico durante todo el milenio. Sin embargo, otros milenaristas no podían encontrar una salida tan sencilla.

Aunque la mayoría de los teóricos del Reino de Dios sobre la tierra han sido comunistas, algunos postmils, como el calvinista estadounidense de principios del siglo XX, J. Gresham Machen han sido incondicionales del laissez faire y el libre mercado. Pero todos los milenaristas están de acuerdo en un punto: no puede haber pecadores dignos de vivir en el mundo perfecto del Reino de Dios sobre la tierra. Por supuesto, se define de forma general a los “pecadores” para abarcar buena parte de la raza humana existente: incluyen adúlteros, sodomitas, blasfemos, idólatras, profetas de falsas doctrinas, etc. Así que aparece una pregunta esencial, ¿cómo hay que librarse de los pecadores, para poder establecer el Reino de Dios sobre la tierra?

Para los premils, la respuesta es que, justo antes del segundo adviento de Jesús que establecerá el Reino de Dios sobre la tierra, Dios nos enviará el Armagedón, la guerra final del bien contra el mal, en la que todas las extrañas criaturas que pueblan el libro del Apocalipsis tendrán un papel importante: la Bestia, el Anticristo, el 666 y todas las demás. Al final del Armagedón, el mundo se verá limpio de todos los pecadores y Cristo y Su guardia de santos podrá establecer Su Reino. Desde el punto de vista libertario, los premils suponen poco peligro, pues su papel es esperar ansiosamente las supuestas señales del inminente holocausto. Pues el premil, por muy ansioso que pueda estar, se espera que espere que Dios realice los movimientos esenciales.

Por desgracia, hay muchas tendencias en el pensamiento premil que sostienen que es importante, y moralmente obligado, que el premil, sabiendo que el Armagedón es inminente, trate de apresurar el plan de Dios dándole un saludable pequeño impulso, “haciendo la voluntad de Dios”. De esta forma, por tomar prestado de otro famoso milenarista (ateo), el premil ha de actuar como “partera de la historia”. Por eso, por ejemplo, sería algo inquietante tener un premil con su dedo cerca del botón nuclear. (Nuestro querido expresidentes, Ronald Reagan, es un declarado premil, pero es dudoso que entienda totalmente las implicaciones de su propia postura).

En general, si consideramos malo un acontecimiento y pensamos que es inevitable, tendemos a verlo venir de inmediato. Y así los premils, a lo largo de la historia, han venido estudiando cuidadosamente la Biblia y los acontecimientos mundiales y viendo señales presuntamente infalibles de que llega la Gran Batalla (el Armagedón). Cualquier tiempo de guerra, agitación o revolución  ha engendrado gran número de movimientos premils. Pero esas predicciones precisas han resultado ser siempre falsa: es el eterno problema de los premils “historicistas”, quienes eligen fechas históricas concretas ya sea para el Armagedón o el Segundo Adviento.

Uno de los grupos más influyentes de historicistas fue el movimiento millerista, de los seguidores en Estados Unidos e Inglaterra del predicador yanqui William Miller, que predijo el Armagedón en una fecha concreta de 1843. Con es habitual, cuando no ocurrió nada en la fecha especificada, el gurú repensó el asunto y concluyó que había un pequeño error en sus cálculos científicos: la fecha es realmente un año más tarde o algo así. Es lo que ocurrió con Miller. Pero tampoco ocurrió nada en la segunda fecha (n este caso en 1844), se produjo confusión y el movimiento desapareció.

En el caso de los milleristas, apareció un subgrupo que afirmaba que realmente Jesus sí vino, reivindicando la predicción, pero que su adviento fue invisible: el adviento se hará visible a todos en algún momento en el futuro. Esta solución poco satisfactoria fue el camino seguido por el grupo que luego fue conocido como los adventistas del séptimo día.

Pero al cabo se encontró una solución ante las irritantes falsificaciones de las predicciones historicistas. John Nelson Darby, un predicador y místico inglés, inventó por entonces el concepto del dispensacionalismo, que se extendió luego como un reguero de pólvora en Estdos Unidos e iba a conocerse como “fundamentalismo” (por los libros Los Fundamentos, publicados en 1910). Lo que hicieron Darby y los fundamentalistas fue repudiar el método básico de los historicistas, que era realizar la cuenta atrás hacia el Armagedón con los relojes de la profecía que descubrían en la Biblia.

Darby reprendía a los premils por ligarse a las profecías numéricas basadas en la Biblia. De acuerdo con Darby, el reloj bíblico de la profecía funcionó hasta la fundación de la Iglesia Cristiana. La fundación de la Iglesia detuvo ese reloj, pues constituyó una nueva dispensación en l historia. La Iglesia, en una famosa expresión de Darby, “es el gran paréntesis en la historia”. Sin embargo, en algún momento, momento para el que los premils buscan señales, el reloj de la profecía volverá funcionar de nuevo y empezará la cuenta atrás para el inminente Armagedón. Uno de los signos profetizados era el retorno de todos los judíos a Palestina y su conversión masiva al cristianismo. Así que, con un poco de esfuerzo, la mayoría de los premils consideraron la fundación del Estado de Israel en 1948 como el principio de la cuenta atrás, escogiendo así muchos de ellos cuarenta años después como la fecha del Armagedón, en 1988.

Sin embargo, a medida que se desarrollaba el pensamiento premil, el Armagedón (que ahora se considera que tomará siete años y que es conocido como “la tribulación”) empezó a generar un gran problema. Es cierto que los Malos, la enrome masa de pecadores, será eliminada satisfactoriamente por la ira de Dios. ¿Pero qué pasa con los Buenos? Después de todo, durante esos maravillosos pero agotadores años estarán en peligro de verse alcanzados por el fuego y ser masacrados con los demás. No parecía justo.

Y así los teóricos premils, estudiando la Biblia, llegaron a una solución: los Buenos no tendrán que sufrir durante el Armagedón. En su lugar, justo antes de que empiece el Armagedón, Jesús volverá invisiblemente (una variante de los adventistas del séptimo día) y “arrebatará” a los Buenos en cuerpo y alma al Cielo. Luego, los Buenos, los salvos, se sentarán a la derecha de Dios en el Cielo mirando (¿disfrutando?) el espectáculo de los Malos matándose unos a otros allá abajo.

Luego, después de que acabe la guerra, se pose el polvo y tal vez acaben las radiaciones, Jesús retornará visiblemente a la tierra junto con sus Santos, para gobernarla durante mil años, con los pecadores eliminados de la forma más satisfactoria. Así que el segundo adviento se divide en dos partes: la primera invisible en la que Jesus arrebata a los Buenos y la segunda visible en la que Él vuelve con ellos para establecer el Reino de Dios en la tierra.

Recuerdo bien un sermón de mi telepredicador premil favorito, el Reverendo Jimmy Swaggart (antes de que fuerzas personales o satánicas le echaran por tierra). El arrebatamiento, que Jimmy afirmaba que era inminente, era el culmen emocional del reverendo ante su enorme congregación.

A medida que describía las glorias del arrebatamiento, gritos y sollozos de alegría estremecían a los asistentes. A ninguno de los fieles les parecía contradictorio que, sólo unos pocos momentos después, Jimmy pidiera contribuciones para su universidad bíblica. ¿Por qué preocuparse acerca de escuelas y universidades cuando el Arrebatamiento se prometía para dentro de unas pocas semanas?

El premilenarismo es básicamente un credo pasivo y aun así, desde el principio de la década de 1970, los cristianos fundamentalistas se han implicado cada vez más fervientemente en la acción política. Comprensiblemente, muchos se han cansado de esperar el Arrebatamiento y han empezado a buscar programas y estrategias políticas  coherentes que el premilenisarismo nunca ha estado preparado para ofrecer. De aquí la oportunidad de oro para los reconstruccionistas cristianos.

Así que aquí aparecen los postmils. Los postmils tienen una especie de programa político, porque creen que el hombre debe establecer el Reino de Dios en la tierra por sí mismo. Los postmils pueden dividirse entre los “inmediatistas”, que quieren hacerse con el poder y establecer el Reino de Dios en la tierra inmediatamente, y los gradualistas, que están prudentemente dispuestos a esperar un poco.

Los inmediatistas más notorios florecieron al principio de la Reforma en quince breves pero turbulentos años, de 1520 a 1535. En numerosos pueblos de Alemania y Holanda, diferentes sectas de anabaptistas trataban de hacerse con el poder e imponer el Reino de Dios en la tierra. Se librarían de los pecadores matando inmediatamente a todos los herejes, lo que incluía a todos lo que rechazaran recibir órdenes del máximo líder de la secta. Líderes como Thomas Müntzer y Jan Bockelson[i] trataron de imponer un comunismo teocrático, jurando exterminar a los incrédulos y actuar como “la guadaña de Dios”, hasta que, como dijo alguno de ellos, la sangre cubriera el mundo hasta la altura de las bridas de los caballos. Finalmente, en 1535 fue derrotado el último y más importante de los sangrientos experimentos del comunismo anabaptista, en la ciudad de Münster y sus partidarios masacrados a su vez.

El fracaso anabaptista sirvió para desacreditar el inmediatismo y desde entonces, los postmils utilizaron medidas graduales, y por tanto algo menos coactivas. La idea era que en lugar de matar a todos los pecadores y herejes inmediatamente, los postmils tomarían las riendas del gobierno y, por medios bastante amables y gentiles, aleccionarían a todos, harían morales a los hombres y eliminarían el pecado, para así estar listos para entrar en el Reino de Dios en la tierra.

Por ejemplo, las principales iglesias protestantes del siglo XIX en Estados Unidos fueron tomadas por una ferviente visión pietista del postmilenarismo, que destacaba el avivamiento, los arrebatos de emoción y el gobierno del Espíritu Santo. Estos protestantes postmils se hicieron cada vez más progresistas y estatistas, siendo su perspectiva mejor expresada por uno de sus líderes, el Profesor Richard T. Ely, fundador de la American Economic Association, sociólogo cristiano e infatigable activista y organizador, que consideraba al “gobierno como el principal instrumento de salvación de Dios”. Los pecados que estaban interesados en eliminar particularmente los pietistas protestantes eran el Demonio del Alcohol, el incumplimiento del sábado y el conocido instrumento del Anticristo, la Iglesia Católica Romana.

Por otro lado, los puritanos de América del siglo XVII era teonomistas, creían en la ley de Dios, y trataban de construir una Comunidad Cristiana en lugar de escuchar emocionalmente al Espíritu Santo. Los reconstruccionistas cristianos modernos son los descendientes espirituales de los puritanos. Pero los teonomistas postmils tienen un problema. Jesús nunca tuvo un cargo político ni defendió ninguna legislación; después de todo, quizá una indicación de que Jesús era más libertario o estaba menos preocupado por el Reino de Dios en la tierra de lo que han creído los reconstruccionistas y otros postmils.

Por tanto, al tratar de construir una comunidad basada en la ley de Dios, los puritanos sólo podían recurrir al Antiguo Testamento y al gobierno del antiguo Israel. De ahí eol énfasis en lapidar a los transgresores y la discusión acerca de si la antigua ley israelita se aplica hoy a quienes no respeten el sábado.

Los cristianos consecuentes tratan de cumplir con una ética personal y política. Es difícil ver cómo un cristiano pueda ser utilitarista, nihilista o defensor de que el poderoso hace el derecho. Hay, me parece a mí, sólo dos posibles sistemas éticos aceptables para un cristiano. Uno es la posición de la ley natural y los derechos naturales de los escolásticos (católicos o anglicanos), en el que la razón humana esta preparada para descubrir la ley natural y la ética puramente teológica y revelada divinamente es una parte del sistema pequeña y separada, aunque importante. Otro es la opinión calvinista de que la razón humana está tan corrompida que la única ética posible, y de hecho la única verdad sobre todo, debe venir de la revelación divina tal y como se presenta en la Biblia.

Con su habitual agudeza, Gary North ve que las dos posiciones están y deben estar en desacuerdo y de aquí desarrolla toda su explicación del presuposicionalismo calvinista. Por desgracia, el presuposicionalismo no es una postura que pueda obtener partidarios fuera de la más estricta fe calvinista e incluso ahí sospecho que podría tener problemas. (¿Realmente sólo hay una química cristiana, unas matemáticas cristianas, una forma cristiana de pilotar un avión?)

Finalmente, debo confesar que encuentro que todo lo que se dice acerca de “alianzas”, coaliciones, asociaciones o “deseos de trabajar juntos de forma informal” (Tucker) es un ejercicio de sutilezas. Los libertarios viven en un mundo en el que (¡por supuesto!) no todos son libertarios al 100%. Mucha gente (indudablemente, la mayoría) son mezclas de un X% libertario y un Y% no libertario o antilibertario. Decir que es intolerable  hablar o trabajar con quien no sea 100% libertario es seguir el desastroso y excéntrico camino de la randianismo ortodoxo, es decir, cavar un profundo hoyo sectario y saltar dentro.

Me parece que lo que la sensatez y el sentido común nos dicen que hagamos es trabajar con el X% libertario de la gente e ignorar, desanimar o trabajar en contra del otro Y%. Que le llamemos alianza, coalición o lo que sea no importa. Evidentemente, en distintos contextos y momentos, algunos asuntos serán más importantes que otros y corresponde al libertario individual, dependiendo del contexto y de su temperamento personal e intereses, decidir a qué asuntos y coaliciones dar importancia.

Evidentemente es importante para los libertarios explicar que asuntos probablemente serán los dominantes o los más importantes en cada periodo histórico concreto. Así, durante la Guerra del Vietnam, en mi opinión los asuntos políticos más importantes eran la guerra y el reclutamiento y de ahí mi argumento de que hacía falta una coalición, alianza, asociación informal o lo que quieran con la Nueva Izquierda. Ahora el reclutamiento es voluntario y parece claro que los “luchadores por la libertad” de Wheeler-Rohrabacher han desaparecido y que la misma Guerra Fría está en proceso de terminar.

Si eso es cierto, en el próximo periodo habría que realizar algún tipo de asociación, coalición o lo que sea con algunos tipos de conservadores. Pero sólo, por supuesto, como pasaba con la izquierda, con elementos en contra del establishment. Nunca puede haber un argumento convincente para coaligarnos o aliarnos con el aparato del Estado. En cualquier caso, espero que las discusiones estratégicas puedan realizarse entre libertarios con un mínimo de anatemas y amenazas de excomunión, pues como bien dice Jeff Tucker, en “cuestiones de estrategia, las respuestas definitivas difíciles de alcanzar”.

 

 

Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario.

Este artículo se publicó originalmente en Liberty Magazine, Enero de 1990, Vol. 3, pp. 39-40, 42, 45.



[i] Comúnmente conocido como Juan de Leiden o Jan van Leyden (nota del editor)

Published Wed, Aug 18 2010 7:05 PM by euribe