Por Mark R. Crovelli. (Publicado el 6 de julio de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4529.
Cuando las futuras generaciones de investigadores repasen el desastre económico y político que rodea hoy a Estados Unidos, tendrán tres peguntas en la cabeza.
Primera, deberían preguntarse si las muchas generaciones de políticos que diseñaron colectivamente este desastre económico y político eran (1) demasiado escandalosamente estúpidos como para saber que lo que estaban haciendo produciría una terrible catástrofe o (2) si eran tan malvados y ladinos que sí sabían que lo que estaban haciendo produciría una catástrofe, y aún así lo hicieron.
Segunda, deberían preguntarse cómo había sido el pueblo estadounidense tan estúpido y crédulo como para creer que el gobierno, gastando, pidiendo prestado, guerreando, encarcelando, regulando y por encima de todo poniendo impuestos, podía producir algo que no fuera una catástrofe económica y política para sí y para sus conciudadanos.
Finalmente, deberían preguntarse qué demonios estaban haciendo sus predecesores en el mundo académico antes y durante la caída del imperio americano en la pobreza, la tiranía y la guerra.
Buscando respuestas
Espero que la respuesta a la primera pregunta, aunque importante para reconstruir la narración histórica del periodo, no sea de especial interés para la mayoría de los futuros investigadores. Averiguar si, generación tras generación de estadounidenses, se las arreglaron para elegir principalmente sinvergüenzas o principalmente idiotas no es especialmente edificante (excepto en aquellos casos en que la idiotez y la villanía se solapan de forma espectacular). Sería mucho más interesante que simplemente observaran que la democracia funcionó para producir una situación en la que sólo había sinvergüenzas e idiotas encargados de decir a los demás lo que había que hacer.
La respuesta a la segunda pregunta les interesaría más, espero, porque podrán pedir a la gente que sobreviva que les explique su antiguo credulidad e ingenuidad. Sus propios padres, por ejemplo, podrán ofrecerles cuentos sobre cómo simplemente tenían fe en que la democracia era la mejor forma posible de gobierno y cómo esto les cegó para siquiera considerar la posibilidad de que Washington estuviera lleno de idiotas y ladrones.
Sin embargo, es la tercera pregunta la que espero que interesará más a los futuros investigadores de este oscuro periodo en la historia de Estados Unidos (qué digo: del mundo). Se verán enfrentados con el hecho manifiesto de que prácticamente todos los economistas y politólogos del periodo que nos llevó al desastre y durante éste corrían de aquí para allá recopilando datos en proyectos más que inútiles mientras al economía mundial colapsaba, el sistema político estadounidense caía en un despotismo integral y la mayoría de los estadounidenses se hundía en una pobreza desesperada. Y prácticamente ninguno de ellos lo vio venir.
La última pregunta, con un poco de suerte, será la que más interesará a los sociólogos, pues los hombres de este campo en particular se enorgullecen de ser miembros de un grupo de gente selecta en a historia humana que tiene respuestas “científicas” a la preguntas sociales más importantes y con consecuencias que afronta el hombre. Debería resultar embarazosamente monumental para los sociólogos del futuro observar que sus predecesores ortodoxos fueran más que inútiles tanto para predecir como para remediar el desastre que empezó en 2007.
Debería disgustarles descubrir que prácticamente todos los economistas ortodoxos, incluyendo los más ilustres de entre ellos, estuvieran tan poco advertidos del inminente desastre económico. Debería disgustarles aún más descubrir que el único remedio que estas supuestas lumbreras académicas tenían para ofrecer al gobierno y ciudadanía estadounidense era imprimir más papeles verdes y pedir prestado más dinero a los chinos. Debería chocarles descubrir que las más prestigiosas revistas de ciencia política estuvieran publicando artículos acerca de actitudes ante la inmigración y relaciones raciales en el mismo momento en que la unión monetaria europea estaba a punto de desmoronarse. Debería chocarles aún más descubrir que, al menos hasta 2010, muchos politólogos seguían creyendo en la “teoría de la paz democrática”, en el mismo momento en que Israel, Estados Unidos y el resto de la Europa democrática continuaban con su cruzada de décadas de arrasar y despoblar Oriente Medio.
Debería ser duro para los sociólogos del futuro creer que estos hombres de ciencia, estos supuestos faros de erudición, estaban completamente desorientados y eran tan inútiles para el mundo exactamente cuando el mundo más les necesitaba.
La raíz del problema
Si investigan con más profundidad en la materia, los futuros sociólogos acabarán llegando a la causa fundamental del asombroso fracaso de los sociólogos en predecir u ofrecer soluciones al desastre: decidieron adoptar el empirismo como su método para estudiar al hombre. En el primer tercio del siglo XX, las ciencias sociales adoptaron los métodos de las ciencias naturales como su modelo para estudiar los fenómenos sociales. Esto les llevó a asumir que no podía conocerse nada del mundo social hasta salir fuera y recolectar datos para verificar las hipótesis, igual que hacen los físicos y genetistas.
El resultado necesario de la adopción de este modelo epistemológica y metodológicamente empirista fue que los sociólogos siempre estuvieron por detrás de la aparición de cualquier fenómeno social. Si tenemos que esperar a los datos para verificar las hipótesis, no podemos decir prácticamente nada concreto acerca de las condiciones emergentes hasta bastante después de que ya hayan ocurrido los eventos importantes y revolucionarios. En la práctica, no se han convertido en buenos previsores de condiciones sociales futuras, sino en meros cronistas aburridos de pasados eventos que siempre miran atrás.
Al contrario de esta realidad, los politólogos y economistas ortodoxos de hoy se inclinan a pensar que el gobierno es capaz de anticipar y evitar las crisis. Están especialmente poco inclinados a pensar que pueda producirse un cambio serio y revolucionario en sus perspectivas. Esto es más evidentemente cierto respecto de los economistas, muchos de los cuales serán empleados por la Reserva Federal en algún momento de sus carreras, que parecen pensar que una economía planificada y controlada por economistas no podría descarrilar. Después de todo, con la economía gestionada y dirigida por hombres de exactamente las misma profesión que ellos, ¿cómo podrían ir mal las cosas?
Pas lo mismo en la ciencia política, pero por razones menos evidentes. Los politólogos tienden a tener un complejo de inferioridad cuando ser refieren a la economía. Aunque les gusta pensar que su campo es tan “científico” como la economía, también están constantemente mirando por encima del hombro, preguntándose si están simplemente realizando un trabajo científico. Su reverencia por los economistas desanima a los politólogos a incluso imaginar que las crisis económicas puedan producirse a la vista de sus héroes. Así que normalmente están igual de sorprendidos por las crisis económicas, ya que sus héroes no las predijeron.
Tampoco están dispuestos a pensar que sus héroes políticos (es decir, sus socios cercanos en el gobierno, ellos mismos asesorados por politólogos) son capaces de estrellar la economía contra un muro de ladrillo. Por estas razones, los politólogos y economistas ortodoxos eran completamente inútiles para predecir el desastre que ahora afrontamos y continúan aportando nada más que estudios empíricos inútiles de los asuntos menos importantes de ayer.
Los expertos del mañana
Por desgracia, es más que probable que los politólogos y economistas futuros sean tan inútiles y comprometidos con el gobierno como el lote actual. Pienso que esto es probablemente por una razón principal: la economía estadounidense estará en un estado desastroso durante mucho tiempo. Hay dos efectos muy importantes que tendrá esto en economistas y politólogos.
Primero, las instituciones de educación superior en Estados Unidos pronto empezarán a desmoronarse, porque la gente pobre (es decir, la mayoría de los estadounidenses en el futuro) no podrá permitirse ir a la universidad y estudiar bajo estos politólogos fracasados sin ninguna promesa de empleo futuro. Esto es cierto incluso a pesar de que el gobierno federal ha dirigido el sistema de préstamos estudiantiles sin contar con los banqueros, porque un préstamo barato para una educación cara es un completo desperdicio si luego no puede encontrarse trabajo. Esto significa que una gran proporción de los actuales politólogos y economistas se verá pronto forzada a encontrar empleo en otra parte y los que mantengan sus empleos serán completamente fieles a la clase política que estará apoyando y subvencionando sus trabajos.
Segundo, la misma naturaleza de la ciencia social empírica significa que los investigadores que se las arreglen para mantener sus trabajos estarán obsesionados con esta crisis durante mucho tiempo. De hecho, estarán tan obsesionados con esta crisis que sin duda ignorarán la aparición de la recuperación, si ésta se produce alguna vez Estarán verificando hipótesis con datos pasados, y por tanto estarán mirando atrás precisamente a cuando golpeó la crisis o golpeó otra crisis. Así que podemos contar con que estos economistas y politólogos fogueados en la crisis no podrán predecir la recuperación de crisis futuras, igual que la última generación no pudo predecir la gigantesca conflagración de 2007 que persiste hasta hoy.
Sin embargo, en algún momento del futuro, después de ir de fracaso en fracaso, los sociólogos se preocuparán de por qué siguen fallando en predecir estos acontecimientos socialmente importantes. En ese momento, sólo podemos esperar que nada les interese más acerca de este oscuro periodo de la historia que el fracaso de sus predecesores y que puedan finalmente encontrar una alternativa al empirismo que pueda transformarlas de fracasados mirando atrás en verdaderos sociólogos.
Mark R. Crovelli escribe desde Denver, Colorado.