Por Ludwig von Mises. (Publicado el 25 de junio de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4509.
[Este artículo está extraído del capítulo 20 de La acción humana]
En una economía cambiante, siempre hay inventarios no vendidos (excediendo las cantidades que, por razones técnicas, deben mantenerse en stock), trabajadores en paro y capacidad ociosa de instalaciones de producción no convertibles. El sistema se mueve hacia un estado en el que no habría ni trabajadores en ni exceso de inventarios. Pero como la aparición de nuevos datos desvía continuamente el curso hacia un nuevo objetivo, las condiciones de una economía en rotación uniforme no se alcanzan nunca.
La presencia de capacidad ociosa de inversiones inconvertibles es una consecuencia de errores cometidos en el pasado. Las suposiciones de los inversores resultaron incorrectas, como probaron los acontecimientos posteriores: el mercado pide más intensamente otros bienes distintos de los que pueden producir estas plantas. La acumulación de inventarios excesivos y el desempleo cataláctico de los trabajadores son especulativos. El propietario de los stocks rechaza vender al precio del mercado porque espera obtener posteriormente un precio mayor. El trabajador en paro rechaza cambiar de trabajo o su residencia o contentarse con una paga menor porque espera obtener posteriormente un trabajo mejor pagado en su lugar de residencia y en el sector que más le gusta. Ambos se resisten a ajustar sus demandas a la situación actual del mercado porque esperan un cambio en los datos que altere las condiciones a su favor. Su resistencia es una de las razones por las que el sistema no ha alcanzado el estado de una economía en rotación uniforme.
Los defensores de la expansión del crédito argumentan que lo que hace falta es más medios fiduciarios. Entonces las plantas trabajarán a plena capacidad, los inventarios se venderán a precios que sus propietarios consideran satisfactorios y los desempleados obtendrán trabajos con salarios que consideran satisfactorios. Esta doctrina muy popular implica que el aumento en precios, producido por los medios fiduciarios adicionales, afectará al tiempo y en la misma medida a todos los demás productos y servicios, y que los propietarios de los inventarios excesivos y los trabajadores desempleados se contentarán con esos precios y salarios nominales que piden hoy (por supuesto, en vano). Pues si ocurriera esto, los precios y los salarios reales obtenidos por dichos propietarios y trabajadores disminuirían (en proporción a los precios de otros productos y servicios) a la altura a la que deben caer con el fin de encontrar compradores y empresarios.
El curso del auge no se ve sustancialmente afectado por el hecho de que en su principio haya capacidad ociosa, inventarios no vendidos y trabajadores en paro. Supongamos que haya instalaciones no utilizadas en la minería de cobre, cobre no vendido y mineros del cobre en paro. El precio del cobre está a un nivel al que la extracción ya no merece la pena en algunas minas, sus trabajadores son despedidos, hay especuladores que se niegan a vender sus stocks. Los que hace falta para hacer de nuevo rentables estas minas, dar empleo a los parados y vender las existencias sin forzar los precios por debajo de los costes de producción, es un aumento p en la cantidad de bienes de capital disponibles lo suficientemente grande como para hacer posible ese aumento de la inversión y del tamaño de la producción y consumo que conlleva un aumento adecuado en la demanda de cobre.
En cambio, si este incremento p no se produce y los empresarios, engañados por la expansión del crédito, actúan en todo caso como si p hubiera estado realmente disponible, las condiciones en el mercado del cobre, mientras dura el auge, son como si p se hubiera añadido realmente a la cantidad de bienes de capital disponibles. Pero todo lo que se ha dicho acerca de las inevitables consecuencias de las expansiones de crédito se ajusta también a este caso. La única diferencia es que, en lo que se refiere al cobre, la expansión inapropiada de la producción no tiene que lograrse por la retirada de capital y trabajo de usos en que hubiera atendido mejor los deseos de los consumidores. En lo que respecta al cobre, el nuevo auge encuentra un forma de mala inversión del capital y mal empleo de la mano de obra ya realizados en un auge previo, que el proceso de reajuste aún no ha absorbido.
Así que resulta obvio lo inútil que resulta justificar una nueva expansión del crédito refiriéndose a la capacidad ociosa, los stocks no vendidos (o, como dice incorrectamente la gente, “invendibles”) y los trabajadores en paro. El principio de una nueva expansión del crédito se produce sobre el recuerdo de las malas inversiones y empleos precedentes, aún no eliminados en el curso del proceso de reajuste y de los aparentes remedios de errores realizados. Sin embargo, de hecho esto en simplemente una interrupción del proceso de reajuste y de la vuelta a condiciones sólidas.
La existencia de capacidad no usada y desempleo no es un argumento válido contra la exactitud de la teoría del crédito de circulación. La creencia de los defensores de la expansión del crédito y la inflación de que la abstención de una mayor expansión del crédito e inflación perpetuaría la depresión es completamente falsa. Los remedios que sugieren estos autores no harán que el auge dure eternamente. Sólo dificultarían el proceso de recuperación.
Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído del capítulo 20 de La acción humana.