Barthélemy de Laffemas: El primer gran mercantilista francés

Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 17 de junio de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4489.

[Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]

 

El primer mercantilista francés notable fue Barthélemy de Laffemas (1545-1612), un hijo sin educación de una familia muy pobre del Delfinado. Toda su vida fue servidor de Enrique de Navarra, el pretendiente protestante, ascendiendo en 1582 al puesto elevado de sastre y valet honorario de su señor. Cuando Enrique de Navarra se convierte en el rey Enrique IV, Laffemas se ve favorecido y en 1601 se convierte en controlador general de comercio y jefe de la Comisión de Comercio, permaneciendo allí hasta la muerte del Rey. Como un perro fiel que muere poco después que su amo, Laffemas, perdido el poder, murió un año después de que Enrique fuera asesinado en 1610. Laffemas nos llama la atención a causa de las literalmente docenas de panfletos execrablemente escritos que realizó durante su década en el poder, a favor del sistema mercantil que estaba ayudando a implantar en Francia.

Lo esencial de Laffemas, su criterio para numerosas políticas económicas, era si traían metales preciosos al reino o no. Pero advirtamos que estas opiniones no tienen que ser necesariamente interpretadas como una absurda creencia en el dinero como riqueza, pues cuando Laffemas escribía que el oro y la plata eran “nervio y soporte de reinos y monarquías (…) la verdadera materia y sustancia que mantiene el estado contra (…) enemigos”, tenía por supuesto mucha razón. Cuanto más dinero puedan amasar los reyes de sus súbditos, más ricos y poderosos serán. No hay nada extraño ni falso en eso. La falacia residía (si hay que tomar el argumento seriamente) en que alguien identificara el interés del rey con el de toda la sociedad francesa.

La chispa de inteligencia económica aparece en el hecho de que Laffemas fue uno de los primeros mercantilistas en aconsejar sagazmente al rey no prohibir directamente la exportación de metales preciosos. Era mucho mejor, creía,  permitir que los metales entraran y salieran libremente del país y regular estrictamente el comercio y la industria de forma que entraran en él.

Aparte de esto, los consejos económicos de Laffemas eran una pesada letanía: prohibir todas las importaciones de manufacturas; prohibir las ferias, que quitaban dinero al reino y lo ponían en manos de extranjeros; obligar a los comerciantes a comprar sólo materias primas en el extranjero y no manufacturas; prohibir la exportación de materias primas. Debían revivir los gremios y usarse para regular todo el trabajo urbano y mantener la calidad de los productos; los comités de maestros debían supervisar los gremios; una oficina de manufacturas debía supervisarlos y así sucesivamente hasta la corte real.

Siguiendo el lenguaje mercantilista habitual, Laffemas aseguraba a los agricultores que se beneficiarían, no sufrirían, por el establecimiento de manufacturas protegidas, pues éstas proporcionarían un mercado doméstico para los productos agrícolas. Laffemas no se preocupaba por añadir que sería un mercado doméstico muy ineficiente y costoso.

Quien se oponía a sus opiniones era, según Laffemas, egoísta, ignorante o traidor, y debería tratársele como tal. Todos los que desobedecieran las regulaciones y prohibiciones debían sufrir la confiscación de sus bienes e incluso la muerte.

Como la mayoría de sus conmilitones mercantilistas, Barthélemy de Laffemas estaba enamorado de la idea del pleno empleo y la erradicación de la indolencia. Por supuest0o, el pleno empleo significaba empleo forzoso y Laffemas reclamaba el fin de la holgazanería poniendo a los indolentes a trabajar, obligando a los reticentes a hacerlo mediante “cadenas y prisiones”. Las tabernas y cabarets se restringieron severamente y los borrachos conocidos eran arrestados y puestos en la picota.

El proteccionismo empieza tratando de asegurar la autosuficiencia nacional en bienes que puedan producirse internamente y luego continúa expandiendo la definición de lo que realmente puede producirse. Cuando se abandona como criterio la rentabilidad en el mercado, pueden producirse (a algún coste) virtualmente todos los productos de la creación internamente. Si los estadounidenses quisieran, podrían indudablemente cultivar todos sus plátanos en invernaderos en Maine o Montana a un coste astronómico. Pero ¿qué ganaríamos, aparte de los subsidios para unos pocos cultivadores privilegiados de invernaderos?

Uno de los proyectos más ridículos de Barthélemy de Laffemas, que como controlador general hizo todo lo posible por llevar a efecto, fue hacer a Francia autosuficiente en una de sus importaciones de lujo favoritas: las sedas. Muchos de sus panfletos y esfuerzos prácticos se dedicaron a alimentar por la fuerza una enorme expansión de la industria francesa de la seda, hasta entonces pequeña y confinada al sur de Francia.

Laffemas insistía en que el clima de Francia era ideal para criar gusanos de seda; cualquier creencia en contrario, cualquier charla subversiva sobre que Francia era demasiado fría y tormentosa para criar seda, era propaganda divulgada por las “malvadas artimañas de ciertos mercaderes franceses, comerciantes de sedas extranjeras”. Laffemas apuntaba su propio éxito cultivando seda para que l rey Enrique plantara moreras (de las que se alimentan los gusanos de seda). Defendía una ley que obligaba a todos los propietarios, incluyendo clérigos y monasterios plantaran dos o tres moreras por acre. Mostraba un hermoso paisaje de enormes beneficios que sin duda derivaría de las moreras y la cultura de la seda. Laffemas también afirmaba las mágicas propiedades medicinales de las moras: curarían el dolor de muelas y los problemas estomacales, aliviarían las quemaduras, alejarían a las alimañas y serían un antídoto para venenos.

Aunque Laffemas convenció al rey de gastar cientos de miles de libras en potenciar el cultivo de moreras y la cultura de la seda y el rey ordenó así a cada diócesis de Francia que estableciera un plantío de 50.000 moreras, el gran experimento de la seda resultó un completo fracaso. El clima de la mayor parte de Francia resultó ser realmente inhóspito, producto más de la dura realidad que de las mentiras divulgadas por importadores egoístas y traidores. La mayoría de los clérigos franceses comprensiblemente arrastraban los pies al verse repentinamente forzados a convertirse en productores de seda. Francia continuó siendo un gran importador neto de sedas.

El principal discípulo de Laffemas, si no el único, fue su hijo Isaac. A la tierna edad de 19 años, el joven Isaac de Laffemas (1587-1657), deseoso de ser el heredero de su poderoso padre en todos los sentidos, publicó su Historia del Comercio en Francia (1606). La Historia no era una obra memorable, destacable sólo por las adulaciones que prodigaba a su padre y al rey Enrique y por la servil repetición de las ideas y recetas de su padre. El tono de esta obra puede calibrarse por el hecho de que Isaac alababa a Enrique IV como origen de todo lo que es bueno en Francia. Dirigiéndose a Su Majestad, el joven Isaac escribió que el cielo “ha favorecido a mi padre al dejarle vivir durante vuestro reinado”.

Con la caída en desgracia de su padre y su posterior muerte, la carrera de Isaac como economista político llegó a su fin definitivo y acabó sus días como teniente menor, pero fiel, del primer ministro, el Cardenal Richelieu.

 

 

Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario.

Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.

Published Thu, Jun 17 2010 8:00 PM by euribe

Comments

# El grandioso fracaso de François du Noyer

Thursday, June 24, 2010 3:24 PM by Mises Daily en español

Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 24 de junio de 2010) Traducido del inglés. El artículo