Por Ludwig von Mises y Bettina Bien Greaves. (Publicado el 18 de mayo de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4408.
[Extraído de Ludwig von Mises on Money and Inflation: A Synthesis of Several Lectures, recopiado por Bettina Bien Greaves. Esta conferencia se dio en la Fundación para la Educación Económica (FEE)]
Todo lo que haga un gobierno contra el poder adquisitivo de la unidad monetaria resulta ser, bajo las condiciones actuales, contra las clases medias y trabajadoras de la población. Sólo que esa gente no lo sabe. Lo trágico es que los sindicatos y toda esa gente esta apoyando una política que elimina todo valor a sus ahorros. Y éste es el mayor peligro de todos.
Las condiciones en las que vive la gente en la países industriales de Occidente, lo que hoy significa en prácticamente todos los países en que el modelo de civilización ha hecho algún progreso desde el siglo XVI o XVII, las masas están afortunadamente en situación, en los años en que pueden trabajar, en los que gozan de buena salud, de acumular para el futuro que se producirá en años posteriores cuando no sean capaces de trabajar o su capacidad haya disminuido por su vejez u otros cambios.
Bajo las condiciones actuales, está gente sólo puede proveer para su vejez prácticamente o firmando contratos de trabajo que les den una pensión o ahorrando parte de sus ingresos e invirtiéndolos de forma que puedan usarlos en años posteriores. Estas inversiones pueden ser simples depósitos de ahorro en bancos o pólizas de seguro de vida o bonos, por ejemplo bonos que se consideran en muchos países como completamente seguros. En todos estos casos el futuro de esta gente que está ahorrando así para su vejez, para su familia e hijos, está íntimamente relacionado con el poder de compra de la unidad monetaria.
El hombre que posee una propiedad agrícola, el productor de petróleo o alimentos o el empresario que posee una fábrica están en una posición distinta. Cuando los precios de los productos que vende suban por culpa de la inflación, no se verá dañado de igual forma que otra gente. El propietario de acciones verá, por lo general, que la mayoría de estas acciones suben de precio en la misma medida en que los precios de las materias primas suben por culpa de la inflación.
Pero para la gente con ingresos fijos es distinto. El hombre que se jubiló hace 25 años con una pensión anual, digamos de 3.000$, estaba en general en una buena situación o eso creía. Pero eso era en un tiempo en que los precios de eran muy inferiores a los actuales. No voy a decir más acerca de esta situación y las consecuencias y efectos de la inflación para la gente.
Lo que quiero apuntar es que el mayor problema actual es precisamente éste, aunque la gente no se dé cuenta. El peligro se debe al hecho de que la gente considera a la inflación como algo que daña a otra gente. Se dan perfecta cuenta de que también tienen que sufrir porque los precios de los productos que compran suben continuamente, pero no se dan cuenta de que el mayor peligro para ellos es precisamente el progreso de la inflación y el efecto que tendrá en el valor de sus ahorros.
Hay se ve malestar en toda Europa por el hecho de que las masas europeas están descubriendo que han sido los perdedores en todas estas operaciones financieras, que sus gobiernos han considerado algo maravilloso. Y por tanto, también desde el punto de vista de hacer posible a las masas el disfrute de la mejora de las condiciones económicas y hacerles partícipes, partícipes reales, en el gran desarrollo de la producción industrial que ya se está produciendo ahora en prácticamente todos los países de Europa y Norteamérica, incluyendo a México, es necesario abandonar la política de la inflación.
El gran malestar que es hoy característico de todo lo que está pasando en Europa, las ideas revolucionarias de las masas, especialmente de los hijos de las clases medias que estudian en las universidades, se deben al hecho de que los gobiernos europeos, con la excepción tal vez del pequeño país de Suiza y otros países igualmente muy pequeños, se han embarcada una y otra vez en los últimos 60 años en una política de inflación ilimitada.
Al hablar acerca de las condiciones de Francia, no debemos olvidar lo que significa realmente la inflación. Los franceses tenían razón cuando en el siglo XIX y principios de éste, declararon que la estabilidad social y el bienestar de Francia se basaba en buena medida en el hecho de que las masas de la población francesa eran propietarias de bonos públicos y por tanto consideraban el bienestar financiero del país, del gobierno, como algo que les beneficiaba. Y ahora todo eso se ha destruido.
Los franceses que no estaban en los negocios, es decir, la mayoría de la población eran ahorradores fanáticos. Todos sus ahorros se destruyeron cuando la tremenda inflación redujo el valor del franco a la nada. El franco francés puede no haber llegado totalmente al cero, pero para un francés que tenía antes 100$ y luego 1$, la diferencia no era mucha. Sólo unas pocas personas podían seguir considerándose propietarios de algo, cuando su propiedad se redujo al 1% de lo que tenían antes.
Al hablar de inflación, no deberíamos olvidar que además de las consecuencias de destruir el patrón monetario de un país, existe el peligro de que privar a las masas de sus ahorros les haga desesperar. Durante décadas, sólo unos pocos estarían de acuerdo conmigo. Aún así, me sorprendió leer hoy en el Newsweek que la mayoría de la gente en el país no está interesada en la preservación del poder adquisitivo de la unidad monetaria. Por desgracia el artículo no decía que la destrucción de los ahorros de las masas era un asunto mucho más serio que la famosa guerra ahora declarada contra la pobreza. Es ridículo que el gobierno financie una “guerra contra la pobreza” con impuestos, inflación y gasto, sacrificando así los ahorros de las masas que están tratando de mejorar por sí mismas.
Es una de las muchas contradicciones que tenemos en nuestro sistema político, no en el económico. Para explicar lo que tengo en mente, consideremos la terrible contradicción del gobierno estadounidense cuando dice. “Tenemos que iniciar una guerra contra la pobreza. Ciertamente mucha gente es pobre y debemos hacerles más ricos”. Y aún así este gobierno pone impuestos a la gente con el fin de hacer más caro el pan. Ustedes dirán: “Vale, el pan es más caro: e suna excepción”. ¡Pero no es una excepción! El gobierno estadounidense gasta asimismo miles de millones de dinero procedente de impuestos para hacer más caro el algodón. Los productos de algodón indudablemente no son bienes de lujo: tal vez los sean comparados con el pan, pero el gobierno hace lo mismo, sigue la misma política, con el pan.
La guerra real contra la pobreza fue la revolución industrial y la industrialización de las fábricas modernas. A principios del siglo XIX, los zapatos y las medias eran artículos de lujo para la mayor parte de la gente de la Europa continental: no eran artículos para vestir a diario. Y la condición de esta gente no mejoró por los impuestos, quitando dinero o zapatos a los ricos para dárselos a los pobres. Fue la industria zapatera, no las riquezas del gobierno, la que mejoró la condición de los pobres, la que hizo un cambio revolucionario en las condiciones del pueblo.
Un estadista puede decir: “Si tuviera más dinero para gastar podría hacer cosas que me harían muy popular en mi país”. El gobierno intenta hacerse popular haciendo esas cosas, pero la técnica que usa es el gasto y por tanto intenta atribuirse los buenos resultados de un gasto. Un gasto no siempre es bueno. A veces un gasto es simplemente comprar bombas y arrojarlas en otro país.
Pero si el gasto es beneficioso, digamos que si hace posible mejorar algunas cosas en el país, el estadista dice: “Mirad, nunca habéis vivido tan bien como bajo mi régimen. Hay alguna gente mala, algunos inflacionistas, alguna gente que busca el beneficio, pero no tengo nada que ver con ellos. No es mi culpa”. Y así sucesivamente.
Nuestra situación económica depende mucho de la relación del gobierno y el partido político en el poder con los sindicatos. Tenemos “inflación”, en el sentido de precios más altos, como algo propio de nuestro sistema económico, porque los sindicatos cada año, cada dos años o en casos excepcionales cada tres años, piden salarios superiores. La gran mayoría de los trabajadores quieren continuamente salarios mayores y suponen que éstos pueden manipularse ad libitum, a voluntad, por parte del gobierno.
Los sindicatos, mediante el uso de la violencia y con la ayuda de ciertas leyes e instituciones de Washington, tienen el poder de obligar a la gente a aceptar sus demandas salariales. Si los salarios no continúan subiendo, nadie sabe lo que pasará. La única solución posible al problema de la inflación es una oposición abierta a los sindicatos y a la idea de que los salarios nominales más altos son el único medio de mejorar la condición de las masas. Los sindicalistas también deberían darse cuenta de que sus condiciones mejorarían si disminuyesen los precios de las cosas que quieren comprar, incluso si sus salarios nominales no aumentan. No quiero decir nada más sobre este problema, excepto añadir que el gobierno lo inició cuando empezó a aumentar la cantidad de dinero imprimiéndolo.
Para dar un ejemplo de cómo la inflación destruye el ahorro, había en un país europeo un niño pobre educado en un orfanato, muy bien educado porque cuando acabó la escuela y su vida en el orfanato emigró a Estados Unidos. En el curso de su larga vida acumuló una considerable fortuna fabricando y vendiendo algo que tuvo mucho éxito. Cuando murió, después de vivir 45 años en Estados Unidos, dejó una fortuna considerable de 2.000.000$. No todo el mundo deja esa fortuna: fue sin duda algo excepcional.
Este hombre hizo testamento de acuerdo con el cual estos 2.000.000$ debían devolverse a Europa para establecer otro orfanato como aquél en que había sido educado este hombre. Fue justo antes de la Primer Guerra Mundial. El dinero volvió a Europa. De acuerdo con el procedimiento habitual, tenía que invertirse en bonos del estado de este país, con cuyos intereses anuales se mantendría el asilo. Pero llegó la guerra y la inflación. Y la inflación redujo a cero esta fortuna de 2.000.000$ invertidos en marcos alemanes… simplemente a cero.
Por dar otro ejemplo, un alemán que en 1914 tuviera una fortuna equivalente a 100.000$ le quedaría nueve años después algo así medio céntimo o cinco céntimos, no hay diferencia: lo había perdido todo.
Y hubo experiencias similares en las universidades europeas. Por ejemplo, se establecieron montones de fundaciones a lo largo de siglos por gente que quería hacer posible que los niños pobres pudieran estudiar en las universidades y lograr lo que ellos obtuvieron de la buena educación en esas universidades. ¿Y qué pasó? En todos estos países, en Alemania, Francia, Austria e Italia hubo grandes inflaciones. Y esas inflaciones destruyeron también estas inversiones. ¿Para beneficiar a quién? Para beneficiar, por supuesto, al gobierno. ¿Y qué hizo el gobierno con el dinero? Lo gastó, lo desperdició.
Sin embargo, la gente sigue creyendo que destruir el valor de la unidad monetaria es algo que no daña a las masas. Pero sí daña a las masas. Y es a las primeras a las que daña. No hay mejor forma de producir una revolución que destruir los ahorros de las masas invertidos en depósitos de ahorro, pólizas de seguro, etc.
Un ejemplo de lo que quiero decir lo produjo el presidente de un banco de Viena. Me dijo que cuando era un joven en la veintena había contratado un seguro de vida demasiado caro para su condición económica de entonces. Esperaba que cuando se liquidara la haría un burgués acomodado. Pero cuando llegó a su 60 cumpleaños, la póliza se liquidó. El seguro, que había sido una suma tremenda cuando lo contrató hacía 35 años, era sólo suficiente para pagar el taxi de vuelta a su oficina después de recoger en persona el dinero.
¿Qué había pasado? Los precios aumentaron aunque la cantidad monetaria de la póliza seguía siendo la misma. De hecho había ahorrado durante décadas. ¿Para quién? Para que el gobierno gastara y devastara.
Si hablamos de una catástrofe monetaria, no tenemos que pensar siempre en una quiebra total de la divisa. Eso pasó en este país en 1781 con la llamad “moneda continental”. Y pasó más tarde en muchos otros países, por ejemplo, la inflación más conocida, la quiebra del marco alemán en 1923. Los cambios no son los mismos ni el mismo grado en distintos países. Pero no deberíamos exagerar la diferencia en los efectos producidos por las grandes inflaciones en comparación con las pequeñas. Los efectos de las “inflaciones más pequeñas” son también negativos.
Debemos darnos cuenta de que en la economía de mercado, en el sistema capitalista, todas las relaciones humanas que no sean simplemente personales e íntimas, todas las relaciones interpersonales se expresan, hacen y cuentan y términos monetarios. Un cambio en el poder adquisitivo de la moneda afecta a todos y no de una manera que podamos decir que sea beneficiosa si el poder adquisitivo sube o baja.
Todas nuestras relaciones, las relaciones entre individuos y el estado y entre individuos entre sí, se basan en el dinero. Y esto es cierto no sólo en los países capitalistas. Es cierto para todo tipo de condiciones. Por ejemplo, en países predominantemente agrícolas, en los que prevalecen las granjas pequeñas o medianas, es habitual, necesariamente habitual, que a la muerte del propietario de dicha granja, uno de sus hijos se quede con ella y los demás hermanos y hermanas hereden sólo una parte de ella.
Quien se queda la granja tiene que pagar a los otros en el curso de su vida, paso a paso, la parte de herencia que es suya. Eso significa que quien hereda la granja no obtiene ni más ni menos que otros miembros de la familia. Pero cuando se acuerda transferir la propiedad a un heredero y dar a los demás sus partes en dinero, puede reclamarse durante años, lo que significa que cada día, si progresa la inflación, la parte de quien se queda con la granja aumenta y las porciones del resto de hermanos disminuyen.
Hemos tenido en este país, continuamente desde hace años, un franco aumento inflacionario en la cantidad de dinero circulante. Sin embargo, las condiciones se ven influidas por esta situación. Ha habido un aumento general de precios. Lo han escuchado, lo han leído, la gente compara precios y habla bastante sobre ello.
Aún así yo no debería exagerar lo que ya ha ocurrido con el dólar. Lo que ha ocurrido al dólar no es aún algo que haga inevitable una catástrofe. Si tuviéramos que ir a otros países, como por ejemplo Brasil o Argentina, estaríamos también en países con inflación, pero mucho mayor. Y su preguntamos a un brasileño qué considera una moneda estable que no disminuya su poder adquisitivo, nos diría “El dólar EEUU… ¡qué maravilla!”. Por supuesto, lo es en comparación con la moneda de su país.
El problema del dinero, el problema práctico actual del dinero en todo el mundo es precisamente éste: los gobiernos creen que en la situación que he indicado antes, cuando puede elegirse entre un impuesto impopular y un gasto muy popular, hay una salida, la salida hacia la inflación. Esto ilustra el problema de abandonar el patrón oro.
El dinero es el factor más importante de una economía de mercado. El dinero lo creó la economía de mercado, no el gobierno. Fue producto del hecho de que la gente sustituyó paso a paso el intercambio directo por un medio común de intercambio. Si el gobierno destruye el dinero, no sólo destruye algo de extrema importancia para el sistema (los ahorros que la gente ha dejado aparte para invertir y ocuparse de sí mismo en alguna emergencia), también destruye el propio sistema. La política monetaria es el centro de la política económica. ¡Así que toda la palabrería acerca de mejorar condiciones, acerca de hacer a la gente próspera mediante la expansión del crédito, mediante inflación, es fútil!
Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.