Por Llewellyn H. Rockwell, Jr. (Publicado el 5 de mayo de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí http://mises.org/daily/4331.
Hace 21 años que el Exxon Valdez vertió petróleo y desató un torrente de histeria ecologista. Rothbard lo entendió en su artículo “¿Por qué no compadecerse de Exxon?”
Después de que la plataforma petrolífera de British Petroleum explotara la semana pasada, el ecologistas se han vuelto locos de nuevo, aprovechando la ocasión para sacudir a una empresa privada y gemir acerca de la mala situación del “ecosistema”, que de alguna forma se las arregló para sobrevivir y prosperar después de la debacle de la Exxon.
La comparación se complica por lo mucho peor que es este accidente para BP. Once personas murieron. Las acciones de BP han sido vapuleadas en los mercados. Mientras persista el escape, la compañía pierde de 5.000 a 10.000 barriles diarios.
BP será responsable de los costes de limpieza excediendo con mucho el límite federal de los 75 millones de dólares en responsabilidad por los daños. La pesadilla para las relaciones públicas durará una década o más. Al final, los costes pueden llegar a los 100.000 millones de dólares, cerca de arruinar a la empresa y a muchas otras compañías.
Debería ser evidente que BP es, con mucho, la víctima principal, pero aún no he visto una sola expresión de tristeza por la compañía y sus pérdidas. De hecho, las palabras de disgusto para BP son más que increíbles. El DailyKos lo resume: “BP: Jód**e”. El secretario de prensa de Obama, Robert Gibbs, dijo que el gobierno trataría de mantener “su bota sobre el cuello de BP”.
¿Qué pasa con la realidad? El accidente es una tragedia para BP y todos los subcontratistas afectados. Probablemente arruine a la compañía, una compañía que ha suministrado durante mucho tiempo el combustible para que funcionen nuestros vehículos y nuestras industrias y mantenga vivo el mismo cuerpo de la vida moderna. La idea de que BP debería ser denostada y denunciada es absurda: existen todas las razones para expresar una gran tristeza por lo que ha ocurrido.
No es que BP se beneficie de los vertidos o que alguien disfrute ante la posibilidad de arrojar su precioso petróleo por todo el océano. BP no gana nada con esto. Su propio CEO ha trabajado durante años tratando de evitar precisamente que ocurriera este tipo de accidente y lo ha hecho no por el deseo de cumplir con las normativas, sino precisamente porque es una buena práctica de negocio.
Al contrario de quienes se quejan, podemos preguntarnos quienes están contentos con el desastre:
- los ecologistas, dedicados al miedo y al odio a la vida moderna, y
- el gobierno, que trata a todo productor capitalista como un ave a desplumar.
Los ecologistas están encantados porque tienen una nueva oportunidad de gemir y quejarse por la situación de sus queridas marismas y otras tierras supuestamente sensibles. La pérdida de peces y vida marina es triste pero no es como si no fuera a recuperarse: después del desastre del Exxon Valdez, la pesca fue mejor que nunca en sólo un año.
La principal ventaja para los ecologistas es la victoria de su propaganda al tener otra oportunidad de dirigirse contra los males de los productores de petróleo y las perforaciones marítimas. Si se les hiciera caso, los precios de la gasolina serían el doble o el triple, nunca se construiría otra refinería y todo desarrollo de los océanos se detendría en nombre de “proteger” cosas que no hacen ningún bien a los seres humanos.
El asunto económico esencial en relación con el medio ambiente se refiere realmente a la responsabilidad. En un mundo de propiedad privada, si ensucias la propiedad de otro, tienes una responsabilidad. ¿Qué pasa en un mundo en el que los gobiernos poseen enormes terrenos y los océanos se consideran algo común? Se hace extremadamente difícil evaluar los daños al medio ambiente.
Hay asimismo un problema profundo con los límites de responsabilidad del gobierno federal. Es la locura de la planificación central. La responsabilidad por daños medioambientales debería ser al menos del 100%. Un sistema así igualaría unas políticas de la compañía con el riesgo real de producir daños. Límites inferiores alentarían a las compañías a preocuparse menos por el daño a otros de lo que deberían, de la misma forma que una empresa con un rescate garantizado afronta un riesgo moral de ser menos eficiente de lo que sería en un mercado libre.
Pero esa regla de responsabilidad presupone la propiedad, así que los propios dueños están en una posición de entrar en una negociación justa y puede haber alguna prueba objetiva. No hay prueba objetiva cuando los océanos son de propiedad colectiva y donde enormes cantidades de territorio son de propiedad pública.
Y es precisamente el gobierno y la administración Obama los que ganan con el accidente. Los reguladores tienen otro aliciente más en su vida. Ya están enviando a miles de personas a “salvar” la región. “Todo estadounidense afectado por este vertido debería saber esto: nuestro gobierno hará todo lo que haga falta durante el tiempo que haga falta para detener esta crisis”, dijo Obama.
¿Debemos realmente creer que el gobierno es más capaz de ocuparse de este desastre que la industria privada?
Entretanto, la administración Obama debe estar encantada de tener un cambio de tema al viejo estilo, de forma que no tengamos que advertir cada día que su estímulo económico ha sido un increíble fracaso, con un desempleo actual más alto que hace un año y con la depresión aún persistente.
¿Y por cierto, por qué cuando cualquier desastre natural es alabado por los medios de comunicación keynesianos por al menos tener el efecto estimulativo de la reconstrucción, no se dice nada parecido acerca del vertido de petróleo? Al menos en este caso, las pérdidas parecen reconocerse como pérdidas.
La abstracción conocida como “ecosistema” (que jamás parece incluir la humanidad o la civilización) ha hecho mucho menos por nosotros que la industria petrolífera y las fábricas, aviones, trenes y automóviles que hace funcionar. La mayor tragedia aquí afecta a BP y sus filiales y las empresas privadas afectadas por pérdidas que nadie buscaba. Si el resultado es una cancelación de las perforaciones o una mayor regulación de la empresa privada, sólo acabaremos dejando que venza el vertido.
Llewellyn H. Rockwell, Jr es Presidente de la Junta Directiva del Ludwig von Mises Institute en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor de The Left, the Right, and the State.