Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 3 de mayo de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4328.
[Revista Liberty, Julio de 1989]
Decir que el vertido de petróleo ha llegado a dimensiones histéricas es una descripción gravemente insuficiente. La histeria abunda y en todas partes se usa generosamente el término “desastre”. Incluso Par Buchanan, que de entre todos los comentaristas de los medios de comunicación sería el más resistente a las artimañas del ecologismo, usó ese término. El Premio a la Exageración Idiota del Año es para el juez de Alaska Kenneth Rohl, que opinó acerca del vertido: “Tenemos una destrucción por la mano del hombre que no tienen comparación, probablemente, desde Hiroshima”.
Cientos de miles de japoneses inocentes fueron masacrados en Hiroshima: eso es un desastre. Durante los últimos meses, el gobierno de los ayatolas ha asesinado a miles de prisioneros políticos, un millón de iraníes e iraquíes murieron en su última y monstruosa guerra, el régimen de Pol Pot, a mediados de la década de 1970, mataron genocidamente a un tercio de la población camboyana.
Esos son desastres. Eso es “destrucción por la mano del hombre”. En el vertido del Valdez, no se perdió ni una sola vida humana. Ni siquiera una persona fue herida.
Además, esos desastres fueron intencionados y el vertido de petróleo fue, evidentemente, un accidente. ¿Quién sufrió las pérdidas del vertido? Nadie más que la Exxon Corporation, que perdió diez millones de galones de crudo; además de los 5 millones de dólares que representa esta pérdida, Exxon se verá obligada a pagar los costes de limpieza, así como compensaciones a las pérdidas económicas producidas a la industria pesquera en Alaska. Así que la única perdedora en Exxon, que sufre la negligencia de su supuestamente borracho capitán. Entonces, ¿todos se compadecen de Exxon, como yo? Rayos, no; por el contrario, Exxon ha sido injuriada a diario por prácticamente todos en los medios de comunicación y la vida pública. Al contrario que el gobierno cuando comete un accidente o una “externalidad” similar, Exxon, como corporación privada, debe pagar los costes de lo que inflige a otros.
Entonces ¿cuál es el problema? De vez en cuando hay accidentes. ¿Vamos a prohibir todos los petroleros porque de vez en cuando alguno encalla? ¿Vamos a prohibir toda la navegación porque algunos barcos naufragan? ¿Vamos a prohibir todos los vuelos porque de vez en cuando algún avión se estrella?
El problema, por supuesto, es que a los ecologistas les importa un rábano el pago de los costes externos. Tienen su propio programa, ya muy poco oculto. Veamos su dolor por los pobres pájaros y las nutrias de mar y los salmones, etc. veamos también sus quejas acerca de la belleza del azul prístino del agua ahora ensuciada con manchas de crudo negras o marrones.
(Bueno, hombre, tal vez una capa de negro sobre las aguas azules ofrezca una nueva experiencia estética: después de todo, una vez visto un pedazo de agua azul, vistos todos). Los ecologistas siguen su propia escala de valores perversa y antihumana, en la que cada criatura, animal, pez o pájaro (caramba, hasta el agua azul) está por encima de los deseos y necesidades de los seres humanos. Los ecologistas agradecen esta falsa “crisis”, porque quieren cerrar el oleoducto de Alaska, que suministra una buena parte del petróleo doméstico estadounidense, quieren revertir la Revolución Industrial y volver a la prístina “naturaleza”, con su hambre crónica, sus constantes enfermedades y su esperanza de vida corta, fea y brutal.
Observemos la diferencia entre la desaforada reacción al vertido del Exxon Valdez y la respuesta al último gran vertido en 1978, cerca de la costa de Francia, cuando el Amoco Cádiz dejó escapar no menos de 60 millones de galones de crudo en el Atlántico, el peor vertido de la historia. No hubo histeria, no hubo titulares lamentándose, no hubo quejas en televisión. Los tribunales obligaron tranquilamente a Amoco a pagar 115 millones de dólares para indemnizar los costes del accidente y eso fue todo. Las reacciones fueron diferentes porque entre uno y otro el virus del ecologismo ha infectado profundamente nuestra cultura. Argumentar basándose en que las empresas privadas paguen los costes de las responsabilidades que imponen a otros esta muy bien, pero, como vemos en las acusaciones contra Exxon, no es suficiente.
No debemos permitir más que los ecologistas se apropien impunemente de los principios morales y se arroguen la bondad en el cosmos mientras el resto somos tildados de estrechos, egoístas, miopes e inmorales. No hay mayor inmoralidad que una profunda oposición a la humanidad por sí misma y debe calificarse al ecologismo como ese credo inmoral y destructivo. Sólo entonces el partido de la humanidad será capaz de recuperar nuestra cultura.
Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario.
Este artículo se publicó originalmente en el número de Julio de 1989 de la revista Liberty.