Por Doug French. (Publicado el 20 de abril de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4283.
Pregunte al ciudadano medio de la calle (de la Calle Mayor o de Wall Street) acerca de lo que causó el desplome en Wall Street en 2008 y puede que le contesten “la avaricia” o “la arrogancia” o “demasiado apalancamiento” o “demasiada poca regulación” o una mirada en blanco. Después de todo, el arcano mundo de los valores hipotecarios era nuevo. Después de la crisis de las punto com, Wall Street necesitaba productos con los que ganar dinero. Y con los estadounidenses de clase media pensando que podían ser ricos en conjunto con solo llevarse a casa un título sin poner dinero y mirando cómo sube a los cielos el valor (sacando entretanto dinero para mantener su nivel de vida), bueno, de eso trata Wall Street: de algo a cambio de nada.
Pero entender de acciones y bonos, o incluso de opciones, es una cosa, pero ¿los CDO y CDS? No es probable que su folleto de E*Trade explique qué significa esta nueva sopa de letras de forma que el ciudadano medio pueda decir si arriesgarse. Así que ahora que se ha acabado todo el campeonato de tiro, sólo para se ser reconstruido por la Fed de Bernanke con el fin de mantener vivos a los grandes bancos para luchar otro día (y comprar deuda pública), es el momento de descubrir qué pasó realmente. ¿Qué era ese extraño guiso hipotecario que estaba sirviendo la Fed?
“Nunca merece la pena apostar contra Estados Unidos”, de acuerdo con Warren Buffett. Pero un estrafalario grupo de inversores hizo justamente eso y ganó millones, apostando contra lo que es más estadounidense que la tarta de manzana y el béisbol: la idea de que los precios de la vivienda siempre suben. E igual que al iluminar las argucias que se producían en el comercio de bono en Salomon Brothers en su éxito de ventas Liar's Poker, Michael Lewis ha venido a rescatarnos de nuestra ignorancia con un atractivo cuento acerca de los valientes que pusieron su dinero (y el de sus inversores) donde creían, y ganaron, con su nuevo libro The Big Short: Inside The Doomsday Machine.
Claro, algunos lectores dirán: “Vaya, yo sabía que todo esto de la vivienda iba a estallar” y, de acuerdo con la SEC, la gente de Goldman Sachs, también. El gobierno afirma que la empresa, muy relacionada con Wall Street, vendía inversiones hipotecarias sin decir a los compradores que los títulos se creaban con ayuda de un cliente que a la vez apostaba que esos mismos títulos iban a resultar impagados.
El cliente de Goldman Sachs era John Paulson, de quien, por cierto, la SEC no tiene queja. Paulson ganó millones con su negocio (pues es un nombre importante en los círculos inversores), pero sólo tiene una pequeña mención en la historia de Lewis, que se desarrolla alrededor de gente de la que nadie ha oído hablar: Steve Eisman, Dr. Michael Burry, Charlie Ledley, Jamie Mai, Vincent Daniel, Danny Moses, Porter Collins y Ben Hockett.
Este grupo estaba en el extremo de la mesa de dados del mercado inmobiliario (no necesariamente juntos) apostando a “Línea de no pasar” y “No venir” mientras el resto de Wall Street estaba en el lado de “Línea de pase” porque Moody y S&P decía que nunca saldría un siete en los dados. Era un lugar muy solitario y Lewis se asegura de que entendamos que pocos estaban tan obsesionados como para aguantar hasta el gran día.
El más obsesionado del grupo, si cabe, era el asocial y tuerto doctor Michael Burry, una persona con síndrome de Asperger. Junto con su esposa, forma una pareja con síndrome de Asperger, que también sufre su hijo, sin que lo supiera cuando empezó a advertir que las hipotecas se concedían cada vez con más alegría, aunque las agencias de calificación calificaban a las subprime como AAA. Así que posicionó su fondo en 2005 a favor del desplome del mercado hipotecario cuando acabara el periodo del tipo de referencia en 2007. Después de todo, leer los prospectos de 130 páginas de los bonos de hipotecas subprime que normalmente sólo leen los abogados que los escriben (de forma que desaniman a su lectura a cualquier otro) era algo fácil para Burry, mientras que nadie en Moody’s o Standard & Poors (S&P) estudiaba esas cosas.
Pero tenía el aliento de sus invasores en la nuca. Querían recuperar su dinero. Les había hecho perder más del 18% en 2006, mientras que el índice S&P 500 había aumentado más del 10%. Pero estaba convencido de que tenía razón. Y tenía razón: más de 800 millones de dólares para él y sus inversores. “Fue una suerte que su interés concreto fueran los mercados financieros y no, por ejemplo, coleccionar catálogos de cortacéspedes”. Pero los inversores a los que había hecho ganar tanto dinero dijeron poco: el éxito de Burry sólo sirvió para callarlos.
Mientras cuenta la historia de aventureros financiaros como Burry, Lewis es capaz de explicar elegantemente cómo se creó “un producto tan opaco y complejo que podría permanecer eternamente sin ser entendido por parte de inversores y agencias de calificación: la CDO u obligación deudora colateralizada, garantizada con hipotecas subprime”. En realidad a él le ocupa menos de una página. Sin embargo, el matorral de los productos financieros se hace algo más complicado a partir de aquí.
Como en muchas hipotecas arriesgadas, había que cubrir las apuestas y Lewis apunta
cuando Mike Burry compraba un CDS basado en un bono garantizado con una subprime de Long Beach Savings, hacía que Goldman Sachs creara otro bono idéntico al original en todos los aspectos menos uno: No había préstamo o comprador de vivienda alguno. Sólo las pérdidas y ganancias de la cobertura de los bonos eran reales.
¡Ah! Por cierto, un swap no es realmente un trueque sino el equivalente a una póliza de seguro contra la solvencia de un CDO concreto. Así que cuando se compra un swap, hay que pagar las primas del seguro que incluya el CDO, o si no están todas comprendidas, dejarse un poco y seguir pagándolas. Así que estos chicos no estaban sólo tomando una posición y cruzando los dedos, tenían que seguir alimentando sus apuestas, incluso aunque el mundo financiero (y sus inversores) pensaran que estaban locos.
Así que si nadie podía realmente entender esto y las hipotecas subyacentes las hacía gente como la stripper de Las Vegas que compró cinco casas con préstamos subprime y el recolector de fresas en Bakersfield que pidió prestado el precio íntegro de la compra de su casa soñada de 724.000$, disponiendo sólo de 14.000$ de ingresos anuales, ¿cómo es posible que las hipotecas calificaran estas cosas como triple A?
Bueno, primero, quienes trabajaban en Moody’s y S&P eran los que no eran suficientemente listos como para trabajar en empresas de Wall Street. Y, como dijo a Lewis un antiguo corredor de Goldman Sachs, lo peor de la manda trabajando en agencias de calificación eran quienes revisaban los productos garantizados con activos, incluyendo los bonos hipotecarios subprime, “que son básicamente descerebrados”.
Lewis continúa describiendo cómo las agencias de calificación no pidieron una lista de todos los antecedentes crediticios de los tomadores de un bono concreto, sólo pedían un porcentaje. Y para obtener una calificación AAA, lo único que querían ver era una calificación FICO media de 615 (que, por cierto, no es gran cosa). Pero al usar esa media, la mitad de los prestatarios tenían FICO de 550 y la mitad de 680 y el bono obtenía su media de 615 y su calificación triple A. No importaba que los tipos de FICO 550 impagaran incluso en el mejor momento.
Y cuando el beligerante ex-abogado convertido en gestor de fondos Steve Eisman y su escéptico gurú contable, Vinny Daniel tomaron el tren para ver a una mujer en S&P que estaba a cargo de controlar los bonos subprime, pensando que sin duda ésta tendría información que ellos no tenían, se quedaron de piedra, porque no la tenía. “Era una locura: El juez del valor de los bonos no tenía acceso a información relevante acerca de ellos”.
Lewis continúa relatando cómo Eisman atacó a la mujer de S&P por no tener más información que él, algo no extraño en un hombre que de joven estudió el talmud para encontrar errores y cuando se hizo rico hizo una donación llamada Footsteps “dedicada a ayudar a los judíos jasídicos a abandonar su religión. No podía siquiera dar su dinero sin empezar una pelea”, escribe Lewis.
Tener razón al final nunca es tan dulce como uno imagina. El reconocimiento siempre va a quienes tratan de congraciarse con los medios mediante publicistas y encantos mientras reconstruyen la historia para que se ajuste a sus propósitos. Los rescates del gobierno y la eterna impresión de dinero de la Reserva Federal impiden que quienes cometieron los grandes errores paguen por ello. Si no fuera por Michael Lewis, los nombres y las historias de los emprendedores reales en esta tragedia de auge y caída se habrían perdido para la historia. Es su gran don.
Douglas French es presidente del Mises Institute y autor de Early Speculative Bubbles & Increases in the Money Supply. Es doctor en economía de la Universidad de Nevada- Las Vegas, dirigido por Murray Rothbard, con el Profesor Hans-Hermann Hoppe en su tribunal de tesis.