Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 8 de abril de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4208.
[Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]
Los humanistas italianos habían propuesto la doctrina del
gobierno político absoluto, primero por los oligarcas republicanos y luego por
el déspota glorificado, el monarca o príncipe. Pero seguía habiendo un punto
esencial para liberar al gobernante de toda traba moral y permitir e incluso
glorificar el gobierno incontrolado e ilimitado del capricho real. Pues aunque
los humanistas no entendían de ningún
control institucional sobre el gobierno del estado, seguía habiendo un escollo
crítico: la virtud cristiana. El gobernante, advertían todos los humanistas,
debe ser cristiano, debe atenerse siempre a la justicia y debe ser honrado y
honorable.
Luego lo que hacía falta para
completar la teoría absolutista era un teórico que rompiera sin temor las
cadenas éticas que seguían limitado al gobernante a los requerimientos de
principios morales. Ese hombre fue el funcionario florentino Nicolás Maquiavelo
(1469-1527) en una de las obras de filosofía política más influyentes jamás
escrita, El príncipe.
Nicolás Maquiavelo había nacido
en Florencia, en una familia noble toscana relativamente acomodada. Su
preferencia personal estaba claramente a favor de la vieja república
oligárquica en lugar de los signori,
y en 1494, cuando los republicanos expulsaron a los Médicis de Florencia, el
joven Nicolás entró en el funcionariado de la ciudad. Progresando rápidamente
en el gobierno, Maquiavelo llegó a secretario del Consejo de los Diez, que
dirigía la política exterior y las guerras de Florencia. Ejerció este
importante cargo hasta que lo Médicis reconquistaron Florencia en 1512,
sirviendo en una serie de misiones diplomáticas y militares.
Maquiavelo no era otra cosa sino
“flexible” y este extraordinario filósofo del oportunismo saludó el regreso de
los odiados Médicis intentando congraciarse a sus ojos. Durante el año 1513
escribió El príncipe, que superficialmente es otro libro en la
tradicional serie de libros de consejos y panegíricos a los príncipes.
Esperando inducir a los Médicis a leerlo para que se le repusiera a un puesto
burocrático de lato nivel, Maquiavelo tuvo la desvergüenza necesaria para
dedicar el libro “al magnífico Lorenzo de Médicis”.
Sin embargo, los Médicis no
mordieron el anzuelo y lo único que le quedó a Maquiavelo es empezar una
carrera literaria y volver a sus conjuras republicanas. Maquiavelo tomó parte
en reuniones conspiratorias republicanas en los Jardines Oricellari en las
laderas de Florencia, propiedad de aristócrata Cosme Rucellai. Fue en los
Jardines Oricellari donde Maquiavelo discutió los borradores de su segundo
libro más importante, los Discursos sobre la primera década de Tito Livio,
escrito entre 1514 y 1519.
Nicolás Maquiavelo fue
vilipendiado en toda Europa durante el siglo XVI y los siguientes dos siglos.
Fue considerado como alguien único en la historia de Occidente, un predicador
del mal conscientemente, una figura diabólica que había desatado los demonios
en el mundo de la política. Los ingleses usaban su nombre de pila como sinónimo
del Diablo, “el viejo Nick”. Como dijo Macaulay, “De su apellido se ha hecho un
epíteto para un truhán y de su nombre de pila un sinónimo para el Diablo”.
En tiempos modernos, La
reputación de Maquiavelo como predicador del mal se ha visto reemplazada por la
admiración de los científicos políticos como fundador de su disciplina. Pues
Maquiavelo desterró el anticuado moralismo para observar el poder fría y
duramente. Realista duro, fue el pionero en el desarrollo de la ciencia
política moderna, positiva y libre de valores. Como el fundador del
mercantilismo orientado al poder, Sir Francis Bacon, escribiría a principios
del siglo XVII: “Estamos muy en deuda con Maquiavelo y otros que escribieron lo
que los hombres hacen y no lo que tendrían que hacer”.
Bien, ¿qué fue Maquiavelo, un
maestro del mal o un científico político libre de valores? Veamos. A primera
vista, El príncipe se parece mucho a otros libros de consejos espejos de
príncipes de los humanistas de finales del siglo XV. Se supone que el príncipe
debe buscar la virtú, o excelencia, y perseguir el honor, la gloria y la
fama en la búsqueda de dicha excelencia. Pero, dentro de esta fórmula
tradicional, Maquiavelo hace una transformación drástica y radical, creando de
esta forma un nuevo paradigma para la teoría política. Porque lo que hace
Maquiavelo es redefinir el concepto crítico de virtú. Para los
humanistas, como también para los teóricos cristianos y clásicos, la virtú,
la excelencia era el cumplimiento de las virtudes tradicionales clásicas y
cristianas: honradez, justicia, benevolencia, etc. Para el viejo Nick, por el
contrario, la virtú en el gobernante o príncipe (y para los últimos
humanistas, después de todo sólo contaba el príncipe) era simple y
terriblemente, como decía el Profesor Skinner “cualquier cualidad que ayuda a
un príncipe ‘a mantener su estado’”.
En resumen, el objetivo principal, si no el único, del príncipe era mantener y
extender su poder, su gobierno sobre el estado. Mantener y expandir el poder es
el objetivo del príncipe, su virtud y por tanto cualquier medio necesario para
alcanzarlo está justificado.
En su ejemplar explicación de
Maquiavelo, el Profesor Skinner trata de defenderle contra la acusación de ser
un “predicador del mal”. Maquiavelo no alaba el mal por sí mismo, nos dice
Skinner; de hecho, en igualdad de condiciones probablemente prefería las
virtudes ortodoxas cristianas. Es simplemente que cuando esas virtudes se
convierten en inconvenientes, es decir cuando están en contra del objetivo
primordial de mantener el poder del estado, hay que dejar de lado las virtudes cristianas.
Los humanistas más ingenuos
también apoyaban que el príncipe mantuviera su estado y alcanzara la grandeza y
la gloria. Sin embargo, creían que esto sólo podía hacerse manteniendo y
ajustándose siempre a las virtudes cristianas. Por el contrario, Maquiavelo
apreciaba que ajustarse a la justicia, la honradez y otras virtudes cristianas
podía a veces, o incluso la mayoría de las veces, entrar en conflicto con el
objetivo de mantener y expandir el poder del estado. Para Maquiavelo, las
virtudes ortodoxas tendrían entonces que irse por la borda. Skinner resume a
Maquiavelo como sigue:
“El sentido
final de Maquiavelo de qué debía ser un hombre de virtú y sus palabras
finales de consejo para el príncipe pueden así resumirse diciendo que indica al
príncipe que se asegure sobre todo de ser un hombre de ‘disposición flexible’:
debe ser capaz de variar su conducta de bien al mal y al contrario ‘como dicten
la fortuna y las circunstancias’”.
Sin embargo, el Profesor Skinner
tiene una curiosa opinión de lo que podría ser “predicar el mal”. Después de
todo, ¿quién en la historia del mundo, y fuera de una novela del Dr. Fu Manchú
ha alabado realmente el mal por sí mismo y aconsejado el mal y el vicio
en cada momento de su vida? Predicar el mal es aconsejar exactamente como hizo
Maquiavelo: sé bueno mientras la bondad no se interponga en el camino hacia lo
que desees, lo que en el caso del gobernante sería el mantenimiento y la
expansión del poder. ¿Qué otra cosa podría ser predicar el mal, salvo
esa “flexibilidad”?
Del poder como objetivo
primordial y de su realismo acerca del poder y la moral general a menudo en
conflicto, se deduce directamente la famosa defensa de Maquiavelo del engaño y
la mendacidad por parte del príncipe. Luego al príncipe se le aconseja que
siempre parezca moral y virtuoso a la manera cristiana, pues eso mejora su
popularidad, pero practicar lo contrario si es necesario para mantener el
poder. Así Maquiavelo destacaba el valor de las apariencias, de lo que los
cristianos y otros moralistas llaman “hipocresía”.
El príncipe, escribe, debe estar
dispuesto convertirse en “una gran mentiroso y engañador”, aprovechándose de
todos los crédulos: pues “los hombres son tan simples” que “el engañador
siempre encontrará a alguien dispuesto a ser engañado”. O, en las inmortales
palabras de P.T. Barnum siglos después: “Cada minuto nace un primo”. Y
nuevamente, al alabar el fraude y el engaño, Maquiavelo escribe que “la experiencia
contemporánea demuestra que los príncipes que han alcanzado grandes logros han
sido quienes han dado su palabra a la ligera, quienes han sabido engañar a la
gente con su ingenio y quienes, al final, se han impuesto a quienes se
atuvieron a los principios de honradez”. O, en palabras de otro astuto crítico
social estadounidense: “el chico bueno acaba el último”.
Por supuesto, hay una
contradicción interna en una predicación del engaño, difundiendo cándidamente
(!) esas opiniones de una sola vez. Pues mientras los gobernantes empiezan a
adoptar una filosofía “pragmática” que es en todo caso su inclinación
natural, la gente engañada puede empezar
a advertir la realidad de las cosas (“los primos pueden aprender”) y así el que
l clase gobernante continúe engañando puede ser contraproducente. Los “grandes
mentirosos y engañadores” podrían dejar de encontrar muchos súbditos tan “dispuestos
a ser engañados”.
Por tanto, Nicolás Maquiavelo fue
indudablemente un nuevo fenómeno en el mundo occidental: un predicador del mal
consciente para la clase dirigente. ¿Qué hay de su supuesta contribución al
fundar un ciencia política inflexible, realista, libre de valores?
Primero, se ha dicho que una de
sus principales contribuciones es el uso abrumador del poder, de la fuerza y la
violencia, por parte de los gobernantes del estado. Maquiavelo no fue el primer
filósofo político que comprendió que la fuerza y la violencia son el corazón
del poder del estado. Sin embargo, los teóricos anteriores buscaban que ese
poder se frenara mediante las virtudes antiguas o cristianas. Pero hay un
cierto realismo refrescante en el total despojo de Maquiavelo del disfraz de la
virtud en la política y su visión del estado como simplemente una fuerza brutal
sin adornos al servicio del puro poder.
También tiene un mucho sentido
considerar a Maquiavelo como el fundador de la ciencia política moderna. Pues
el moderno “científico político” (científico, economista, sociólogo o lo que
sea) es una persona que se ha puesto muy cómodamente en el papel de consejero
del príncipe o, más en general, de la clase dirigente. Así que, como un puro
técnico, éste consejero asesora realistamente a la clase dirigente sobre cómo
alcanzar sus objetivos, que, como aprecia Maquiavelo, se limitan a lograr la
grandeza y la gloria, manteniendo y expandiendo su poder. Los científicos
políticos modernos evitan los principios morales como “no científicos” y por
tanto fuera de la esfera de su interés.
En esto, la ciencia social
moderna es fiel seguidora del astuto oportunista florentino. Pero difieren en
un sentido muy importante. Pues Nicolás Maquiavelo nunca tuvo la presunción (o
la astucia) de afirmar que era un verdadero científico porque estaba “libre de
valores”. No hay pretensión de libertad de valores en el viejo Nick.
Simplemente ha reemplazado los objetivos de la virtud cristiana por otra serie
opuesta de principios morales: los de mantener y expandir el poder del
príncipe. Como escribe Skinner:
“a menudo se
afirma que la originalidad de la argumentación de Maquiavelo (…) reside en el
hecho de que separa la política de la moralidad y en consecuencia destaca la
‘autonomía de la política’. (...) [Pero] la diferencia entre Maquiavelo y sus
contemporáneos no puede centrarse apropiadamente como una diferencia entre una
visión moral de la política y otro divorciada de la moralidad. Más bien la
diferencia esencial es entre dos moralidades, dos visiones rivales e
incompatibles sobre lo que en definitiva tendría que hacerse”.
Por el contrario, los científicos
sociales modernos se enorgullecen de ser realista y libres de valores. Pero,
paradójicamente, en esto son mucho menos realistas, o quizá menos
cándidos, que su mentor florentino. Pues, como bien sabía Maquiavelo, al
adoptar su papel de consejero de los gobernantes del estado, el “científico
libre de valores” está, lo quiera o no, comprometiéndose con un fin y por tanto
con la moralidad primordial de fortalecer el poder de estos gobernantes. Al
defender las políticas públicas, la libertad de valores es, como mínimo, un
atrampa y un engaño: el viejo Nick era demasiado honrado o demasiado realista
para llegar a considerar pensar otra cosa.
Por tanto, Nicolás Maquiavelo
fue, a la vez, el fundador de la ciencia política moderna y un
notable predicador del mal. Al abandonar la moral cristiana o de la ley
natural, no pretende, sin embargo, afirmar que esté “libre de valores” como
hacen sus seguidores modernos: sabía bien que estaba defendiendo la nueva
moralidad de subordinar cualquier consideración al poder y la razón de estado. Maquiavelo
fue el filósofo y apologista por excelencia del poder del estado absoluto sin
control ni restricciones.
A algunos historiadores les gusta
contraponer el Maquiavelo “malo” de El príncipe con el Maquiavelo
“bueno” de sus posteriores. Aunque menos influyentes Discursos. Al no
conseguir convencer a los Médicis de su cambio de ideas, Maquiavelo vuelve, en
sus Discursos, a sus inclinaciones republicanas. Pero el viejo Nick de
los Discursos no se ha transformado en ningún sentido por la bondad:
simplemente está adaptando su doctrina a un republicano y en contra de una
política monárquica.
Obviamente, como republicano
Maquiavelo ya no puede destacar la virtú y la grandeza del príncipe así
que se mueve hacia una especie de virtú colectiva en la comunidad como
un todo. Excepto que, por supuesto, en el caso de la comunidad la virtú
ya no puede realizar grandes actos y mantener el poder de un hombre. Ahora se
convierte en actuar siempre por el “bien público” o el “bien común” y siempre
subordinando los intereses privados “egoístas” de un individuo o grupo a un
supuesto bien superior.
Por el contrario, Maquiavelo
condena la búsqueda del interés privado como una “corrupción”. En resumen;
Maquiavelo sigue sosteniendo que el mantenimiento y la expansión de
poder del estado son los bienes más importantes, excepto que ahora el estado es
oligárquico y republicano. Lo que está predicando realmente es similar al credo
de los anteriores humanistas republicanos: cada individuo y grupo se subordina
y obedece sin rechistar los decretos de la clase dirigente oligárquica de la
ciudad-estado republicana.
Nicolás Maquiavelo es el mismo
predicador del mal en los Discursos que era en El príncipe. Uno
de los primeros escritores ateos, la actitud de Maquiavelo hacia la religión en
los Discursos es típicamente cínica y manipuladora. La religión es útil,
opinaba, para mantener a los súbditos unidos y obedientes al estado y por tanto
“aquellos príncipes y aquellas repúblicas que deseen mantenerse libres de
corrupción deberían sobre todo mantener incorruptas las ceremonias de su
religión”. La religión podía asimismo hacer una contribución positiva si
glorificaba la fortaleza y otras virtudes guerreras, pero desgraciadamente el
cristianismo había minado la fortaleza de los hombres predicando la humildad y
la contemplación. En una diatriba que anticipa a Nietzsche, Maquiavelo acusaba
a la moralidad cristiana de “glorificar a los hombres humildes y
contemplativos” y de que ese espíritu pacífico había llevado a la corrupción
existente.
Maquiavelo tronaba que los
ciudadanos sólo pueden lograr la virtú si su objetivo principal es mantener
y expandir el estado y que, por tanto, deben subordinar la ética cristiana a
ese fin. En concreto, deben estar listos para abandonar las restricciones de la
ética cristiana y dispuestos “a entrar en el caminó de la maldad” con el fin de
mantener el estado. El estado debe tener siempre preferencia. Por tanto debe
abandonarse cualquier intento de juzgar la política o el gobierno a escala de
ética cristiana. Como expresa Maquiavelo con claridad cristalina y gran
solemnidad al final de su último Discurso, “cuando la seguridad de un
país depende de la decisión a tomar, no deberían permitirse prevalecer
cuestiones de justicia o injusticia, humanidad o crueldad, ni de gloria o
vergüenza”.
Las opiniones de Maquiavelo, y la
unidad esencial con su punto de vista en El príncipe, se muestran en su
explicación en Los discursos de Rómulo, el legendario fundador de la ciudad de Roma. El hecho de que Rómulo
matara a su hermano y a otros se justifica por la opinión de Maquiavelo de que
sólo un hombre debería imponer la constitución fundadora de una república. La
astuta confusión de Maquiavelo del “bien público” con los intereses privados
del gobernante se muestra en el siguiente texto mendaz:
“Un sagaz legislador de una
república, por tanto, cuyo objeto sea promover el bien público y no sus
intereses privados (…) debería concentrar toda la autoridad en sí mismo”. En
esa concentración, el fin de establecer el estado excusa cualquier medio
necesario: “una mente inteligente jamás censurará a alguien tomar cualquier
acción, por muy extraordinaria que sea, que pueda servir para organizar un
reino o constituir una república”. Maquiavelo concluye con lo que llama la
“sensata máxima” de que “las acciones reprochables pueden excusarse por sus
efectos y de que cuando el efecto es bueno, como era en el caso de Rómulo,
siempre disculpa la acción”.
A lo largo de los Discursos,
Maquiavelo predica la virtud del engaño en el gobernante. También insiste, en
contraste con los humanistas anteriores, en que es mejor que un gobernante sea
temido que amado y en que el castigo es mucho mejor que la clemencia al
relacionarse con sus súbditos. Además, cuando un gobernante descubre que toda
una ciudad se rebela contra su gobierno, con mucho lo mejor que puede hacerse
es “aniquilarlos” totalmente.
Así que el Profresor Skinner es
perspicaz y correcto cuando concluye, respecto de El príncipe y los Discursos,
que:
“la moralidad
política subyacente en los dos libros es por tanto la misma. El único cambio en
la postura básica de Maquiavelo deriva de cambiar el destino de su consejo
político. Mientras que en El príncipe estaba principalmente preocupado
por explicar la conducta de los príncipes individuales, en los Discursos
está más preocupado por ofrecer su consejo a todos los ciudadanos. Sin embargo,
la suposición que subyace a su consejo sigue siendo la misma que antes”.
Maquiavelo sigue siendo a la
vez un predicador del mal y un fundador
de la política y la ciencia política modernas.
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Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela
Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político
libertario.
Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.