Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 1 de abril de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4167.
[Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]
En el siglo XII, las ciudades-estado italianas habían
evolucionado hacia una nueva forma de gobierno, nueva al menos desde la antigua
Grecia. En lugar del habitual monarca hereditario como señor feudal, que basa
su poder en una red de dominios feudales sobre territorios, las ciudades-estado
italianas se convierten en repúblicas. Las oligarquías comerciales que
constituían la élite dirigente de la ciudad-estado elegirían como gobernante un
funcionario asalariado o podestà, cuyo tiempo en el cargo era corto y
que por tanto gobernaba al gusto de dichas oligarquías. Esta forma de gobierno
de ciudad republicana empezó en Pisa en 1085 y se extendió por el norte de
Italia al final del siglo XII.
Desde la época de Carlomagno en el siglo IX, los emperadores
germanos, o del “Sacro Romano”, se suponía que eran legalmente los gobernantes
del norte de Italia. Sin embargo, durante varios siglos, este gobierno era
meramente pro forma y las ciudades estado eran de facto independientes.
A mediados del siglo XII, las ciudades-estado italianas eran los países más
prósperos de Europa. La prosperidad significaba la existencia de la tentación
de riqueza para saquear, así que los emperadores alemanes, empezando con
Federico Barbarroja en 1154, empezaron una serie de intentos de conquista de
las ciudades del norte de Italia que duraron dos siglos. Las incursiones
acabaron con la sonada derrota de la expedición del Emperador Enrique VII en
1310-13, seguida por la abyecta retirada y disolución del ejército imperial por
Luis de Baviera en 1327.
En el curso de estas luchas crónicas, aparecieron teóricos
legales y políticos en Italia para dar voz a una posible determinación italiana
capaz de resistir las invasiones de los monarcas germanos. Éstos desarrollaron
la idea del derecho de las naciones a resistir los intentos imperiales de
conquista de otras naciones, lo que posteriormente se conocería como el derecho
a la independencia nacional o “autogobierno” o “autodeterminación nacional”.
Durante los dos siglos de conflictos, el principal aliado de
las ciudades-estado italianas contra el Imperio Germánico fue el papa, que en
esa época era capaz de poner en el campo de batalla ejércitos pontificios. A
medida que los ejércitos pontificios ayudaban a las ciudades a combatir a las
fuerzas imperiales durante el siglo XIII, las ciudades-estado descubrían para
su creciente disgusto que el papa estaba empezando a ejercer un poder temporal
sobre la Italia del Norte. Y esos temores podían reafirmarse al haber ejércitos
pontificios ocupando grandes zonas de la península italiana.
Durante un tiempo, algunos teóricos jugaron con la idea de
revertir la política italiana y someterse al emperador germánico con el fin de
librarse de la amenaza papal. En este grupo fue importante el gran poeta
florentino Dante Alighieri, que expresó sus opiniones proimperiales y
antipapales en su Monarquía, escrita en la cumbre de las esperanzas
imperiales por la expedición de Enrique VII en 1310. Sin embargo, el fin de la
amenaza imperial poco después hizo imposible acudir al emperador y también
desagradable para la mayoría de los italianos. Y por tanto se necesitaba una
nueva teoría política para las oligarquías de las ciudades-estado italianas.
Una teoría así afirmaría las demandas del estado secular (que fuera una
república o una monarquía sería algo indiferente) de gobernar a su voluntad,
sin control de la antigua autoridad moral, y a menudo concreta, de la Iglesia
Católica que limite las invasiones estatales a la ley natural y los derechos
humanos. En resumen, las oligarquías italianas necesitaban una teoría del
absolutismo estatal o del poder secular ilimitado. La Iglesia iba a ser
impacientemente relegada al área puramente teológica y “religiosa”, mientras
que los asuntos seculares estarían en las manos completamente separadas del
estado y su poder temporal. Esto se acumuló a la doctrina politique,
que prevalecería a finales del siglo XVI en Francia.
Los oligarcas italianos basaron su nueva teoría en las obras
del teórico político y profesor universitario Marsilio de Padua. Por tanto
Marsilio puede ser considerado como el primer absolutista del mundo occidental
moderno y su Defensor pacis (1324) la primera expresión destacada de
absolutismo.
Aunque Marsilio fue el teórico fundador del absolutismo en
Occidente, la forma específica de su política preferida pronto quedó obsoleta,
al menos en Padua. Pues Marsilio fue un defensor del republicanismo
oligárquico, pero esta forma de gobierno resulto ser de vida breve y
desapareció en Padua poco después de la publicación de su tratado. Durante la
última mitad del siglo XIII, las ciudades-estado italianas se dividieron entre
los viejos oligarcas (los magnati) que luchaban por retener su poder, y
los popolani, nuevos ricos pero sin derecho al voto, que intentaban
ganar poder. El resultado fue que por todo el norte de Italia durante la
segunda mitad del siglo XIII (empezando por Ferrara en 1264) el poder quedó en
manos de un hombre, un signor, un déspota que impuso la regla
hereditaria para sí mismo y su familia. En efecto, la monarquía hereditaria
había vuelto a establecerse. No se les llamó “reyes” pues hubiera sido un
título absurdamente grandioso para el territorio de una ciudad, así que se
dieron otros nombre: “señor permanente”, “capitán general”, “duque”, etc.
Florencia fue una de las pocas ciudades que resistió la nueva marea del
gobierno unipersonal.
En 1328, cuatro años después de la publicación de Defensor
pacis, la familia della Scala se las
arregló finalmente para imponer su control sobre la ciudad de Padua. Los della
Scala se habían apoderado de Verona en la década de 1260 y ahora, tras muchos
años de conflicto, Cangrande della Scala era capaz de hacerse también con el
poder en Padua. Rápido en inaugurar una nueva tradición de zalamera adulación
de la tiranía fue la eminente figura literaria paduana de Ferreto de Ferreti
(ca. 1296-1337), que abandonó su republicanismo previo para componer un largo
poema en latín sobre El ascenso de la Scala.
El héroe Cangrande había llegado, según Ferreti, y traído
por fin la paz y la estabilidad a la
“turbulenta” y desgarrada Padua. Ferreti concluía su panegírico expresando la
ferviente esperanza de que los descendientes de Cangrande della Scala
“continuarían manteniendo su cetros durante largos años venideros”.
El humanismo italiano: los republicanos
Los defensores de las viejas repúblicas oligárquicas
contrarrestaron el ascenso de los signori con su propio absolutismo
prerrepublicano. Este desarrollo empezó en las enseñanzas de la retórica. Al
inicio del siglo XII, la Universidad de Bolonia y otros centros italianos de
formación en derecho habían desarrollado cursos de retórica, originalmente el
arte y estilo de escribir cartas, al que posteriormente se añadió el arte de
hablar en público. En la primera mitad de del siglo XIII, los profesores de
retórica incluían comentarios políticos directos en sus lecciones y libros de
texto. Una forma popular fue una historia propagandística de sus propias
ciudades, glorificando a la ciudad y sus gobernantes y expresamente dedicada a
inculcar la ideología de apoyo a la élite gobernante de la ciudad. El primer
maestro importante de este género fue el retórico boloñés Boncompagno da Signa
(ca. 1165-1240), cuya obra más popular fue El sitio de Ancona (1201-02).
Otra fórmula importante, desarrollada por los retóricos italianos en la segunda
mitad del siglo XIII, fueron los libros de consejos para gobernantes y
magistrados civiles, en los que se aconsejaba políticamente a los gobernantes.
El más importante libro de consejos temprano fue El gobierno de las ciudades,
de Juan de Viterbo, que escribió en la década de 1240 después de servir como
juez bajo el gobernante elegido o podestà
de Florencia. Sin embargo, Juan de Viterbo no era un absolutista completo, pues
su postura decididamente moral aconsejaba al gobernante buscar siempre la
virtud y la justicia y evitar el vicio y el crimen.
Mientras que la enseñanza italiana de la retórica en Bolonia
y otros lugares era estrictamente práctica, los profesores de retórica
franceses en el siglo XIII mantenían a los escritores clásicos griegos y
romanos como modelos de estilo. El método francés se enseñaba en la Universidad
de París y particularmente en Orleáns. En la segunda mitad del siglo XIII, los
retóricos italianos que habían estudiado en Francia trajeron la nueva postura a
Italia y esta postura más amplia y humanística se impuso rápidamente, dominando
incluso la Universidad de Bolonia. Pronto estos primeros humanistas empezaron a
estudiar las ideas junto al estilo de los poetas, historiadores y oradores
clásicos y a animar su teoría política con referencias y modelos clásicos.
El más importante de estos primeros retóricos humanistas fue
el florentino Brunetto Latini (ca. 1220-1294). Exiliado de su Florencia nativa,
Latini fue a Francia con 40 años y conoció las obras de Cicerón y la postura
retórica francesa. Durante su exilio, Latini compuso su obra maestra, Los
Libros del Tesoro, que introducía a Cicerón y otros escritores clásicos
dentro de las obras tradicionales de retórica italiana. En su vuelta a
Florencia en 1266, Latini también tradujo y publicó algunas de las principales
obras de Cicerón.
Particularmente importante en la nueva enseñanza fue la
Universidad de Padua, empezando con el gran juez Lovato Lovati (1241-1309),
poeta no inferior a Petrarca (mitad del siglo XIV) y considerado como el mayor
poeta italiano hasta ese momento. El más importante de los discípulos de Lovati
fue el fascinante personaje Alberto Mussato (1261-1329). Jurista, político,
historiador, autor teatral y poeta, Mussato fue el líder de la facción
republicana de Padua, la principal oposición a la larga campaña de la familia
della Scala para obtener el poder en esa ciudad. (Curiosamente, Ferreto de
Ferreti, el panegirista de de la victoria de los della Scala, había sido
compañero suyo como discípulo de Lovati). Mussato escribió dos historias de
Italia, su trabajo literario más importante fue la notable obra teatral en
verso Ecerinis (1313-14), el primer drama secular escrito desde la era
clásica. Aquí Mussato empleó la nueva retórica como político y propagandista.
Explica en la presentación de la obra que su propósito principal fue “vituperar
con lamentos contra la tiranía”, por supuesto en concreto contra la tiranía de
los della Scala. El valor de propaganda política de Ecerinis fue
reconocido por la oligarquía paduana, que coronó de laurel a Mussato en 1315 y
emitió un decreto ordenando que la obra fuera leída en voz alta cada año ante
la asamblea del pueblo de la ciudad.
El nuevo estudio de los clásicos también dio lugar a
sofisticadas crónicas de ciudades, como la Crónica de Florencia escrita
al inicio del siglo XIV por Dino Compagni (ca. 1255-1324), un eminente jurista
y político de la ciudad. De hecho, el mismo Compagni era uno de los dirigentes
de la oligarquía florentina. Otro importante ejemplo de humanismo retórico
republicano fue el libro de Bonvesin della Riva, Las glorias de la Ciudad de
Milán (1288). Bonvesin era un importante profesor de retórica en Milán.
A todos estos escritores (Latini, Mussato, Compagni y otros)
les preocupaba desarrollar una teoría política en defensa del gobierno de la
república oligárquica. Concluyeron que había dos razones básicas para el
ascenso de los odiados signori: la aparición de facciones dentro de la
ciudad y el amor a la riqueza y el lujo. Ambas dolencias eran, por supuesto, un
ataque implícito a la ascensión de los nuevos ricos, los popolani, y el desafío
de éstos a los viejos magnates republicanos. Sin la nueva riqueza de los popolani,
o el auge de sus facciones, la vieja oligarquía habría continuado su camino sin
perturbaciones en su tranquilo ejercicio del poder. Compagni lo expresó con
claridad: Florencia estaba perturbada porque “las mentes de los falsos popolani”
habían sido “corrompidas para hacer el mal en busca de ganancias”. Latini ve el
origen del mal en “quienes codician riquezas” y Mussato atribuye la muerte de
la república paduana al “deseo de dinero”, que socavaba la responsabilidad
cívica. Adviértase el énfasis en la “codicia” o “deseo” de dinero, es decir de nueva
riqueza; la antigua, y por tanto buena riqueza (la de los magnates), no
requería codicia o deseo pues ya estaba en poder de la oligarquía.
La manera de acabar con las facciones, de acuerdo con los
humanistas, era que la gente dejara de lado sus intereses personales por una
unidad en bien de “interés público” o cívico, del “bien común”. Latini marcó el
tono aludiendo a Platón y Aristóteles, a Platón por instruirnos en que
“tendríamos que considerar el beneficio común por encima de todo” y a
Aristóteles por indicar que “si cada hombre sigue su propia voluntad
individual, el gobierno de las vidas de los hombres se destruye y disuelve
completamente”.
Disparatar acerca del “interés público” y el “bien común”
puede estar muy bien, hasta que llega el
momento de interpretar en la práctica qué se supone que significan esos
nebulosos conceptos y en particular quién se supone que interpreta su
significado. Para los humanistas la respuesta estaba clara: el gobernante
virtuoso. Elijamos gobernantes virtuosos, confiemos en su virtud y el problema
está resuelto.
¿Cómo se supone que los pueblos se las arreglan para elegir
gobernantes virtuosos? Ésa no era el tipo de pregunta embarazosa propuesta o
considerada por los humanistas italianos. Pues eso hubiera llevado
inevitablemente a considerar mecanismos institucionales que puedan
promover la selección de gobernantes virtuosos o, aún peor, evitar la selección
de los viciosos. Cualquier intervención de este tipo en las instituciones
habría llevado a controles en el poder absoluto de los gobernantes y esa no era
la perspectiva de estos humanistas apologistas del poder soberano de la
oligarquía.
Sin embargo, los humanistas dejaban claro que la virtud
residía en los individuos y no per se en las familias nobles. Aunque sin duda
era importante para ellos evitar centrar la virtud las familias nobles
hereditarias, también eso significaba que el gobernante virtuoso podía reinar
personalmente sin control cualquier ligazón o compromiso con las familias
tradicionales.
El único control ofrecido para asegurar la virtud de los
gobernantes, el único criterio real para dicha virtud, era si los gobernantes
seguían los consejos de estos humanistas, desarrollados en los libros de
consejos. Por fortuna, mientras Latini y sus seguidores humanistas establecían
todas las condiciones previas para un gobierno absoluto, no procedieron a
apoyar el propio absolutismo. Pues, al igual que Juan de Viterbo antes,
insistieron en que los gobernantes debían ser verdaderamente virtuosos,
incluyendo ajustarse a la honradez y perseguir la justicia. Como Juan de
Viterbo y otros en lo que se ha llamado la literatura de “espejo de príncipes”,
Latini y sus seguidores insistieron en que el gobernante debe evitar todas las
tentaciones de fraude y falta de honradez y servir como modelo de integridad.
Para Latini y los demás, la verdadera virtud y el propio interés de los
gobernantes eran uno y lo mismo. La honradez no sólo era moralmente correcta,
era asimismo, en una frase posterior, “la mejor política”. Justicia, probidad,
ser amado por sus súbditos en lugar de temido, todo esto también servía para
mantener en el poder al gobernante. Latini dejó claro que parecer justo
y honrado no era suficiente, el gobernante tanto por la propia virtud como por
mantener su poder “debe ser realmente como quiere parecer”, pues se “engañaría
grandemente” si “tratara de ganar gloria por métodos falsos (…)”. En resumen,
no había conflicto entre moralidad y utilidad para el gobernante: lo ético
resultaba, armoniosamente, ser lo útil.
La siguiente gran explosión de humanismo italiano se produjo
en la ciudad de Florencia, casi un siglo después. La independencia de Florencia,
el baluarte del republicanismo oligárquico, se vio amenazada durante tres
cuartos de siglo, de la década de 1380 a la de 1450, por la familia Visconti de
Milán. Giangeleazzo Visconti, signor y duque de Milán, intentó en la
década de 1380 someter todo el norte de Italia. En 1402, Visconti había
conquistado todo el norte de Italia, excepto Florencia, y esta cuidad se salvó
por la muerte repentina del duque, Sin embargo, pronto el hijo de Giangeleazzo,
el duque Filippo Maria Visconti, reinició la guerra de conquista. La guerra
abierta entre Florencia y la imperial Milán continuó de 1423 a 1454, cuando
Florencia obligó a Milán a reconocer la independencia de la república
florentina.
El estatus combatiente de la República Florentina llevó a un
renacimiento del humanismo republicano. Aunque estos humanistas florentinos de
principios del siglo XV estaban más orientados hacia la filosofía y eran más
optimistas que sus predecesores paduanos y demás italianos de principios del
siglo XIV, su teoría política era prácticamente la misma. Todos estos
destacados humanistas florentinos (mucho mejor conocidos por los posteriores
historiadores que los anteriores paduanos) tenían biografías similares: fueron
educados como juristas y retóricos y trabajaron como profesores de retórica o
funcionarios de alto rango en Florencia, en otras ciudades o en la corte papal
del Vaticano. Así, el decano de los humanistas florentinos fue Coluccio
Salutati (1331-1406), que estudió retórica en Bolonia y fue canciller en varias
ciudades italianas, en las tres últimas décadas de su vida en Florencia. De
entre los principales discípulos de Salutati, Leonardo Bruni (1369-1444)
estudió derecho y retórica en Florencia, fue secretario en la curia papal y
luego se convirtió en funcionario de alto rango y finalmente en canciller de
Florencia desde 1427 hasta su muerte. Pier Paolo Vergerio (1370-1444) empezó
enseñando dereecho en Florencia y luego ascendió a secretario de la curia papal
y, de forma parecida, Poggio Bracciolini (1380-1459) estudió derecho civil en
Bolonia y Florencia y luego fue profesor de retórica en la curia papal.
La segunda generación del círculo de Salutati también siguió
carreras semejantes y opiniones afines. Aquí deberíamos mencionar al famoso
arquitecto Leon Battista degli Alberti (1404-1472) de la gran familia de
banqueros, que se doctoró en derecho canónico en Bolonia y luego fue secretario
papal; Giannozzo Manetti (1396-1459) fue formado en estudios de derecho y
humanística en Florencia y luego sirvió durante dos décadas en la burocracia
florentina, siendo después secretario enla curia papal y finalmente secretario
de rey de Nápoles y Matteo Palmieri (1406-1475) fue un alto funcionario durante
cinco décadas en Florencia, incluyendo ocho embajadas diferentes.
El humanismo italiano: Los monarquistas
La decadencia política y económica de las ciudades-estado
italianas después de volver la vista al Atlántico al final de siglo XV y el XVI
se vio marcada en los asuntos exteriores por las repetidas invasiones de Italia
por ejércitos de los florecientes estados-nación de Europa. Los reyes de
Francia invadieron y conquistaron Italia repetidamente desde l década de 1490 y
desde la de 1520 a la de 1550, los ejércitos de Francia y el sacro Romano
Imperio lucharon sobre Italia como campo de batalla para la conquista.
Mientras Florencia y el resto del norte de Italia eran
invadidos desde el exterior, el republicanismo en Italia finalmente dejó paso
al gobierno unipersonal de los distintos signori. Aunque las fuerzas republicanas, encabezadas
por la familia Colonna, se las habían arreglado para privar a los papas de su
poder temporal a mediados del siglo XV, al final de dicho siglo los papas,
liderados por Alejandro VI (1492-1503) y Julio II (1503-1513) consiguieron
reafirmarse como monarcas temporales indiscutibles de Roma y los estados
pontificios. En Florencia, la poderosa familia Médicis de banqueros y políticos
empezó lenta pero seguramente a construir su poder político hasta que pudieron
ser monarcas hereditarios, signori. El proceso empezó tan pronto como en
la década de 1430, con el gran Cosme de Médicis y culminó su apropiación del
poder en 1480 con el nieto de Cosme, Lorenzo “el Magnífico”. Lorenzo aseguró su
poder unipersonal estableciendo un “consejo de los 70” con control completo sobre
la república, que incluía a sus propios partidarios.
Sin embargo, las fuerzas republicanas contraatacaron y la
lucha duró otro medio siglo. En 1494, los oligarcas republicanos obligaron a
Pedro, el hijo de Lorenzo, a exiliarse después de que rindiera Florencia a los
franceses. El régimen republicano cayó en 1512, cuando los Médicis tomaron el
poder con la ayuda de las tropas españolas. El poder de los Médicis duró hasta
1527, cuando otra revolución republicana les expulsó, pero dos años más tarde,
el papa Médicis, Clemente VII, indujo al Emperador de Sacro Imperio Romano
Carlos V a invadir y conquistar Florencia en nombre de los Médicis. Carlos lo
hizo en 1530 y la república florentina no perduró. Clemente VII, dejado al
mando de Florencia por el emperador, nombró a Alejandro de Médicis gobernante
perpetuo de la ciudad y Alejandro y todos sus herederos también fueron
nombrados señores de la ciudad a perpetuidad. El gobierno de Florencia se
disolvió en el Gran Ducado de la Toscana de los Médicis y éstos rigieron la
Toscana como monarcas durante dos siglos más.
El triunfo final de los signori puso fin al optimismo
de los humanistas republicanos de principios del siglo XV, cuyos sucesores
empezaron a mostrarse cínicos en política y a defender vidas de tranquila
contemplación.
Sin embargo otros humanistas que veían de qué lado caía la
tortilla, realizaron un cambio al pasar de adular la oligarquía republicana a
alabar la monarquía unipersonal. Ya hemos visto el cambio de Ferreto Ferreti al
componer un panegírico a la tiranía de los della Scala en Padua. De forma
similar, alrededor de 1400, el peripatético y habitualmente republicano P.P.
Vergerio, durante su estancia en la monárquica Padua, compuso una obra Sobre
la monarquía en la que alababa ese sistema como “la mejor forma de
gobierno”. Después de todo, la monarquía acabó con los tumultos y los
incesantes conflictos de facciones y partidos, trajo paz, “seguridad y defensa
de la inocencia”. Asimismo, con la victoria del absolutismo de los Visconti en
Milán, los humanistas milaneses rápidamente se adaptaron, componiendo
panegíricos a la gloria del principado, especialmente el de los Visconti. Así, Uberto
Decembrio (ca. 1350-1427) dedicó cuatro libros sobre el gobierno local a Filippo
Maria Visconti en la década de 1420, mientras que su hijo Pier Candido
Decembrio (1392–1477), manteniendo la tradición familiar, escribió un Elogio
en alabanza de la Ciudad de Milán en 1436.
Con el triunfo del gobierno de los signori en toda
Italia al final del siglo XV y principios del XVI, el humanismo proprincipado
llego a la cumbre del entusiasmo. Los humanistas probaron ser enormemente
flexibles al ajustar sus teorías para adaptarse del gobierno republicano al
principado. Los humanistas empezaron a producir dos tipos de libros de consejos:
al príncipe y al cortesano, sobre cómo debía comportarse éste ante dicho
príncipe.
Con mucho el más famoso libro de consejos para los
cortesanos fue El cortesano, de Baltasar de Castiglione (1478-1529).
Nacido en una villa cerca de Mantua, Castiglione se educó en Milán y entró al
servicio del duque de dicha ciudad. En 1504, se unió a la corte del duque de
Urbino, al que sirvió fielmente como diplomático y jefe militar durante dos
décadas. Luego, en 1524 Castiglione pasó a servir al emperador Carlos V en
España y, en pago de sus servicios, éste le hizo obispo de Ávila. Castiglione
compuso El cortesano como una serie de diálogos entre 1513 y 1518 y el
libro se publicó por primera vez en 1528 en Venecia. La obra se convirtió en
uno de los libros más leídos en el siglo XVI (los italianos lo conocían como Il
libro d'oro), tocando claramente la sensibilidad de la cultura de la época
en su descripción y celebración de las cualidades del perfecto cortesano y
caballero.
Los humanistas florentinos de principios del siglo XV habían
sido optimistas respecto del hombre, por su búsqueda de la virtus (o virtú)
o excelencia y del “honor, elogio y gloria” que los cristianos más
tradicionales habían pensado que sólo se debía a Dios. Por tanto, les fue fácil
a los posteriores humanistas del siglo XVI transferir esa búsqueda de la
excelencia y la gloria del hombre individual a ser la única función del príncipe.
Así que Castiglione declara que el objetivo principal del cortesano, “el fin
hacia el que se dirige”, debe ser aconsejar al príncipe de tal forma que este último
pueda alcanzar “el pináculo de la gloria” y hacerse “famoso e ilustre en el
mundo”.
Los primeros humanistas republicanos habían alimentado el
ideal de la “libertad”, con lo que querían decir, no el concepto moderno de los
derechos individuales, sino “autogobierno” republicano, generalmente oligárquico.
Castiglione condena expresamente esas viejas ideas en favor de las virtudes monárquicas
de la paz, la ausencia de discordias y la total obediencia al príncipe
absoluto. En El cortesano, uno de los personajes del diálogo protesta
porque el príncipe “mantiene a sus súbditos
en la mayor esclavitud”, así que la libertad ha desaparecido. Castiglione
contesta sagazmente, en términos antiguos empleados en numerosas apologías del
despotismo, que esa libertad es sólo una petición de que se nos permita “vivir
como queramos” en lugar de “de acuerdo con buenas leyes”. Como la libertad es sólo
una licencia, por tanto se necesita un monarca para “establecer en su pueblo
tales leyes y ordenanzas que les permitan vivir tranquilos y en paz”.
Un importante escritor de libros de consejos tanto para el
príncipe como para el cortesano y un hombre que merece el dudoso honor de ser
tal vez el primer mercantilista, fue el duque napolitano Diomede Carafa (1407-1487).
Carafa escribió El perfecto cortesano mientras servía en la corte de
Fernando, rey de Nápoles, en la década de 1480, así como El oficio de un
buen príncipe durante el mismo periodo. En El perfecto cortesano, Carafa
marca el tono para la obra enormemente influyente de Castiglione en la
siguiente generación. En su El oficio de un buen príncipe, Carafa fija
el modelo de la forma de consejo económico representado por administradores
consultivos. Como en muchas obras posteriores, el libro empieza con principios
política y defensa general, luego se ocupa de la administración de justicia,
las finanzas públicas y finalmente la adecuada política económica.
En las políticas concretas, los consejos de Carafa son
relativamente sensatos y en nada tan orientados al poder o tan estatistas como
aconsejaron posteriormente los mercantilistas en los estados-nación. El
presupuesto debería ser equilibrado, pues los préstamos forzosos son
comparables al robo y los impuestos deberían ser equitativos y moderados con el
fin de no oprimir al trabajo o expulsar al capital del país. Debería dejarse en
paz a los negocios, pero, por otro lado, Carafa pide subvenciones del estado a
la industria, la agricultura y el comercio, así como gastos sustanciales en
bienestar. Al contrario que los posteriores mercantilistas, los comerciantes
extranjeros, declaraba Carafa, deberían ser bienvenidos porque sus actividades
son muy útiles al país.
Pero no hay ningún indicio en Carafa, al contrario que en
los escolásticos, de cualquier deseo de entender o analizar los procesos del
mercado. La única cuestión importante era cómo podía el gobernante
manipularlos. Como escribió Schumpeter sobre Carafa, “Los procesos normales de
la vida económica no albergaban ningún problema para Carafa. El único problema
era cómo gestionarlos y mejorarlos”.
Schumpeter también atribuye a Carafa la primera concepción
de una economía nacional, del país entero como una gran empresa dirigida por el
príncipe. Carafa fue
“hasta donde yo sé, el primero de
ocuparse exhaustivamente de los problemas económicos del naciente estado
moderno (…). La idea fundamental de Carafa se apoyaba en su concepción del Buen
Príncipe (…) de una Economía Nacional (…) [que] no es simplemente la suma total
de las posesiones y empresas individuales o de los grupos y clases dentro de
las fronteras del estado. Se concibe como una especie de unidad de negocio
sublimada, algo que tiene una existencia distinta e intereses propios distintos
y necesidades a gestionar como si fuera una gran granja”.
Quizá la obra maestra de entre el nuevo género de
libros de consejos fue la de Francesco Patrizi (1412-1494), en su El reino y
la educación del rey, escrito en la década de 1470 y dedicado a primer papa
activista, Sixto V, ocupado en restaurar el poder temporal del papado en Roma y
los estados pontificios. Humanista sienés, Patrizi fue nombrado obispo de
Gaeta.
Como en otros libros humanistas de consejos, Patrizi ve en
el príncipe el centro de la virtus. Pero debe advertirse que, al igual
que sus compañeros humanistas pro-príncipe, así como los primeros republicanos,
el príncipe virtuoso de Patrizi es sobre todo el modelo de virtud cristiana. El
príncipe debe ser un cristiano acérrimo y debe siempre buscar y perseguir la
justicia. El particular, el príncipe debe ser siempre escrupulosamente honrado
y honorable. “Nunca debe incurrir en engaños, nunca decir una mentira y nunca
permitir a otros decir mentiras”. Sin embargo, al contrario que sus compañeros
humanistas tardíos, Patrizi habla del príncipe como poseedor de una serie de
virtudes distinto del de sus más pasivos súbditos. Como quien hace la historia
y busca la gloria, por ejemplo, no se espera que el príncipe sea humilde. Por
el contrario se espera que sea generoso, espléndido en el gasto y totalmente “magnífico”.
El triunfo de los signori produjo muchos libros de
consejos llamados simplemente El príncipe. Uno lo escribió Bartolomeo
Sacchi (1421-1481) en 1471 en honor del duque de Mantua y hubo uno importante
de Giovanni Pontano (1426-1503), que se presentó ante el rey Fernando de Nápoles
escribiendo El príncipe en su honor en 1468. A cambio, el rey Fernando
hizo a Pontano su secrtario durante más de 20 años. Pontano siguió ensalzando a
su patrón en dos tratados distintos alabando las virtudes gemelas principescas
de Fernando de la generosidad y la esplendidez. En Sobre la liberalidad,
Pontano declara que “nada es menos digno de un príncipe” que la falta de
generosidad. Y en Sobre la magnificencia, Pontano insiste en que construir
“nobles edificios, espléndidas iglesias y teatros” es un atributo esencial de
la gloria principesca y alaba al rey Fernando por “la magnificencia y majestad”
de los edificios públicos que había construido.
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Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela
Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político
libertario.
Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.