Por Jonathan
M. Finegold Catalán. (Publicado el 17 de marzo de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4179.
Estados Unidos invadió Afganistán para derrocar el régimen
talibán y capturar al líder Al-Qaeda Osama bin Laden. No se ha alcanzado
ninguno de los objetivos: aunque los talibanes perdieron el poder en Kabul, su
control sobre ciertas regiones del país permanece en buena medida intacto. Más
de ocho años después, Estados Unidos ha perdido de vista sus objetivos
originales. Osama bin Laden no ha sido localizado, mientras que Al-Qaeda ha
construido bastiones formidables por todas partes.
Al acabar en fracaso la misión de eliminar a Al-Qaeda, los
Estados Unidos cambiaron su propósito en Afganistán por construir la nación.
Esto ha entrado en conflicto con su segundo objetivo original: acabar con el
gobierno talibán. Aunque en la superficie la coalición militar ha luchado una batalla
de ocho años contra los señores de la guerra talibanes renacientes en distintas
áreas del país, incluyendo la más reciente ofensiva en Marjah,
realmente entre bambalinas los estrategas políticos de EEUU han estado
trabajando cerca de ciertos elementos de los talibanes en un esfuerzo por
lograr la estabilización.
Cada vez es más evidente que el gobierno de Estados Unidos
está tratando de parchear su credibilidad como “constructor de naciones” antes
de que la opinión pública le fuerce a sacar a su personal de Afganistán. La
actual política estadounidense no es muy diferente de la “estrategia de salida”
de “paz con honor” de Richard Nixon durante la Guerra de Vietnam. Construir
nación es un término falso para un objetivo que supone proporcionar a Afganistán
un gobierno fuerte en Kabul para ofrecer la ilusión de paz y estabilidad, sin
que importe el coste para el pueblo afgano ni la prosperidad a largo plazo de
su país.
Para ser justo, no todo el que cree que los gobiernos
centrales fuertes pueden proporcionar paz es verdaderamente deshonesto. Siempre
ha habido una fuerte creencia en la relación entre gran gobierno, estabilidad y
establecimiento de un entorno que lleve al crecimiento económico y social. No
hay duda de que el pueblo de un país con una sola autoridad tiene más
posibilidades de prosperar que el de un país con gobiernos en conflicto. Un
afgano que no sufriera la incertidumbre de preguntarse qué fuerza militar
destruirá sus cosechas este año tendrá muchas más posibilidades de acumular
capital.
Esta es probablemente la perspectiva que la Profesora Sheri
Berman manejaba al escribir su colaboración para Foreign Affairs, “Del
Rey Sol a Karzai”.
En el artículo, presta atención a la ascensión del rey francés Luis XIV, que se
las arregló para deshacerse de los nobles franceses en las posiciones de poder
en busca de convertirse en monarca absoluto. Hace una analogía para argumentar
que la mejor estrategia en Afganistán es crear un gobierno nacional fuerte en
Kabul a costa de los líderes locales rurales. Esta claro que Berman cree que un
gobierno central fuerte en Afganistán iría ligado al desarrollo, el crecimiento
y la prosperidad a largo plazo. Si la centralización del poder bajo Luis XIV
llevó al desarrollo de la Francia moderna, una estrategia similar haría lo
mismo en Afganistán.
A pesar de su atractivo, hay una laguna en el argumento del
gobierno central fuerte. Históricamente, algunos gobiernos centrales no han
sido “fuertes” porque hayan sido grandes, sino porque un entorno económico
próspero les ha permitido existir. Por tanto puede decirse que la estabilidad
viene de la riqueza. La gente libre para prosperar tiene incentivos para evitar
una incertidumbre en el régimen. Por tanto los gobiernos centrales pueden
formarse sin demasiada oposición del pueblo que intenta presidir.
Con esto en mente, no es coincidencia que la mayoría de los
países políticamente inestables sean asimismo muy pobres. Pero la relación
entre riqueza y gobierno indica que la riqueza debe preceder al gobierno
central. Así que, aunque se tenga éxito, el establecimiento de un gobierno
central autoritario probablemente no lleve a un desarrollo económico y social
positivo en Afganistán.
De hecho, en términos históricos, los gobiernos centrales
fuertes en naciones pobres han sido simplemente dictaduras opresivas. Iraq,
antes de la invasión de EEUU, era un ejemplo. Y estos “gobiernos centrales
fuertes” no han ofrecido estabilidad por mucho tiempo. Incluso durante el
reinado de Luis XIV hubo repetidas rebeliones entre 1630 y 1670.
De hecho, hasta que Luis XIV no eliminó su atroz red de impuestos y reemplazó
el mercantilismo por el laissez faire Francia no empezó a desarrollarse.
La libertad, no el gran gobierno, es el catalizador de la prosperidad.
La actual política de EEUU en Afganistán está asegurando la
creación de una gran burocracia dedicada a la opresión del pueblo de
Afganistán. Malalai Joya, una mujer afgana elegida para el parlamento (y luego
expulsada) ha sido una voz crítica de las políticas en su país azotado por la
guerra. Ha atraído la atención al hecho de que una gran proporción del gobierno
de Hamid Karzai en Kabul está compuesta por señores de la guerra y extremistas
religiosos, muchos de los cuales cometieron crímenes contra la humanidad
durante la guerra civil de la década de 1990.(6) En efecto, Estados Unidos está devolviendo a Afganistán al estado en que se
encontraba antes de la invasión de 2001: en lugar de los talibanes, los nuevos
déspotas serían los “señores de la guerra y traficantes de drogas”.
La estrategia de la Profesora Berman para Afganistán sólo
promueve el desastre. Aunque muchas de las políticas mercantilistas de Luis XIV
se acabaron eliminando, esto se produjo sólo porque la Francia del siglo XVII
disfrutaba de una gran cantidad de mercaderes ricos a los que les interesaba la
lucha por la libertad. Los pobres de Afganistán, que componen la gran mayoría
de la población, no disfrutan de la ventaja de tener una clase media similar
que desee presionar al gobierno afgano para que sea más amable con los
negocios. En consecuencia, la estrategia de Berman está condenada a llevar a la
dictadura, no a una paz y un desarrollo duraderos.
No hay una solución fácil
No nos equivoquemos, encontrar una solución al “problema
afgano” no e suna tarea sencilla. No importa el camino que tomemos, el futuro
inmediato supone mucho dolor, sufrimiento e incertidumbre. Está claro que un
gobierno autoritario, venga éste de Kabul se provenga de cualquiera de los distintos señores
regionales de la guerra, no será derrocado sin sangre.
Pero la intervención extranjera evidentemente no ha hecho
nada por mejorar la situación. Por el contrario, ha puesto en peor situación a
los pobres dañando su negocios y sus medios de vida y ha reforzado el poder de
los gobiernos locales al ofrecerles apoyo militar. Por el contrario, Afganistán
debe mejorarse desde el interior.
Es verdad que “la mejora desde el interior” es más fácil de
decir que de hacer. A las naciones-estado modernas del primer mundo les llevó
siglos de inestabilidad, guerra y evolución alcanzar su nivel actual de
estabilidad política. En Afganistán, Estados Unidos está tratando de forzar
esta transición en el plazo de unos pocos años.
Por desgracia, este objetivo puede simplemente no ser
realista. Cualquier gobierno central creado mediante la fuerza en Afganistán
conlleva un alto grado de compromiso. El compromiso en Afganistán está llevando
a la construcción de un régimen opresor. Un gobierno diseñado sin considerar
los intereses del pueblo es un gobierno condenado a actuar contra estos mismos
intereses.
Históricamente, los países que escapan de una tiranía y
entran en periodos de acumulación de riqueza lo hacen al tiempo en que hay una
disminución simultánea del tamaño del gobierno. Ya se ha mencionado el
ejemplote Francia en el siglo XVII: sólo después de que el gobierno de
Luis XIV empezara a terminar con las intervenciones en el mercado empezó a
prosperar el pueblo de Francia. Pasa lo mismo en Afganistán. Sólo se
producirá un nuevo aumento en la riqueza cuando los gobiernos, tanto el central
como los locales, dejen de interferir el derecho individual a su propiedad.
Puede que sea imposible ofrecer un plan para guiar paso a
paso el proceso de “construir la nación”. Realmente no importa lo bien que
conozcamos la política y la historia de Afganistán, ningún plan será muy útil.
Si sirve de guía la experiencia de las naciones modernas del primer mundo,
Afganistán tendrá que soportar un periodo de doloroso desarrollo político en el
que el pueblo afgano, como grupo de individuos, marque los límites del
gobierno; esto invariablemente significa una reducción del gobierno. Pero esta
serie de acontecimiento tienen que provenir del interior y debe realizarlos
voluntariamente el pueblo afgano, así que se su resultado es bastante
impredecible.
Kimberly Marten, escribiendo para International Security,
ofrece un interesante estudio del método mediante el que se superó el “señorío
de la guerra” en la Europa medieval:
“El desarrollo económico en
Europa al final del primer milenio creó nuevas oportunidades para el comercio a
larga distancia. Así que los mercaderes tenían un incentivo para actuar
políticamente y rebajar los costes de transacción asociados a los negocios. Los
impuestos sobrepuestos y los sistemas monetarios incompatibles del sistema
feudal les dieron razones para escapar a territorios donde pudieran manejar sus
negocios sin interferencia de los señores feudales. Los mercaderes que eran
capaces de establecerse en pueblos con leyes propias, donde códigos legales
impersonales protegían sus derechos de propiedad y fijaban tipos fiscales
predecibles, prosperaron. A su vez, esta prosperidad les dio poder y medios
tanto para formar sus propios ejércitos para autodefensa contra los saqueos de
los señores de la guerra o para negociar con reyes que les prometían protección
y reglas justas universales de comercio que se extendían sobre grandes
territorios”.(8)
Este ejemplo histórico es muy revelador. En Europa la
prosperidad no llegó hasta que los mercaderes, incentivados por su búsqueda del
beneficio, sortearon las restricciones que les imponían los gobiernos locales.
No es sorprendente que el desarrollo fuera más rápido después de que la clase
de los mercaderes rompiera el monopolio de la fuerza del estado. Fue la
creación de un código legal por parte de los propios mercaderes,
mediante contratos voluntarios, lo que ofreció la estabilidad necesaria para
promover un entorno que condujera a la inversión y el crecimiento económico. De
hecho, la experiencia europea sugiere que los gobiernos no desempeñan ningún
papel en la estabilización.
Lo que está claro es que la actual situación en Afganistán
hace muy difícil que se cree un entorno así. La clase mercantil en Afganistán
es casi inexistente,
y la posibilidad de desarrollo de un grupo de interés así se ha visto severamente
dificultada por la presencia del personal estadounidense y de la OTAN. En
efecto, los poderes extranjeros han estado fortaleciendo a los gobiernos
regionales al incorporarlos al nuevo gobierno en Kabul y ofreciéndoles
asistencia militar. Es exactamente los contrario de lo que hay que hacer en
Afganistán. Hasta cierto punto, lo que ocurre en Afganistán es similar a lo que
ocurriría si Estados Unidos proveyera asistencia militar a gente como Chávez en
Venezuela o la familia Castro en Cuba.
La ayuda externa directa por medio de la fuerza militar ha
resultado ser desastrosa. La ayuda externa directa en forma de capital
proporcionado por gobiernos puede que tampoco sea lo que prescriba el médico.
Dados los probables receptores de esa ayuda externa, es improbable que el
capital se dedique a actividades productivas.
La única ayuda externa que merece la pena es la que ofrecen los empresarios
extranjeros que busquen invertir en Afganistán y para que se produzcan esas
inversiones debe establecerse la paz mediante reformas internas. La única forma
de que ocurra esto es que las tropas extranjeras salgan de Afganistán y el
pueblo afgano luche por reducir el tamaño de su propio gobierno.
Por suerte, la existencia de la globalización ha hecho mucho
más fácil que los mercaderes comercien con bienes de capital, evitando décadas
de acumulación de capital.
Esto acortaría el proceso de creación de una clase mercantil relativamente rica
en Afganistán, lo que asimismo acortaría el tiempo necesario para que se
hicieran los cambios políticos necesarios. Sin embargo, la presencia de
personal militar armado ejerciendo un monopolio de la fuerza contra la clase
mercantil, o quienes esperen convertirse en la clase mercantil, ofrece un
fuerte barrera contra el progreso. Por esta razón, las tropas deben irse.
Empresarios contra gobierno
Afganistán no mejorará mediante la construcción forzosa de
una voluminosa burocracia centralizada. Ha habido una suposición incorrecta
acerca de la relación de causalidad entre gobierno fuerte, estabilidad y
emprendimiento. La relación es exactamente la contraria de la que suponen
Berman y similares.
Los empresarios, sorteando las restricciones establecidas
por el estado, acumularon la riqueza necesaria para que existieran los
gobiernos centrales estables. Esto gobiernos centrales “fuertes” han sido o
bien pequeños en un primer momento o han disminuido necesariamente en tamaño
para permitir el crecimiento económico. Además, su fortaleza y estabilidad no
deriva de su tamaño o poder, sino del hecho de que cuanto más pequeño es su
papel en regular las acciones de un individuo, menos probable será que éste
cuestione la legitimidad del estado.
Ese desarrollo político no se produjo de la noche a la
mañana y no puede ser forzoso para el pueblo. Al perpetuar el
empobrecimiento de los afganos, las fuerzas de la coalición se han dirigido al
fracaso. Lo que hace falta es crear un grupo relativamente rico de personas que
tendrían un incentivo para luchar contra el estado y ofrecer al pueblo afgano
en general un entorno estable que promueva el crecimiento. Por tanto, la mejor
estrategia para países extranjeros interviniendo ahora directamente en
Afganistán sería irse.
Los intelectuales que busquen guiar la política exterior
marcando similitudes entre ejemplos históricos y el Afganistán moderno de hoy
deben darse cuenta de que el desarrollo social y económico sólo puede
producirse voluntariamente y sólo puede derivar de la pasión por el
emprendimiento existente en el pueblo afgano.
El gran gobierno y la ingeniería social son cargas que actúan contra los
empresarios; las naciones prósperas y estables requieren invariablemente un
gobierno tan pequeño como sea posible o idealmente ningún gobierno en absoluto.
Jonathan Finegold Catalán es licenciado en economía y
ciencias políticas en la Universidad Estatal de San Diego. Escribe en el blog economicthought.net.