Por John T. Flynn. (Publicado el 9 de marzo de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4182.
[The Freeman, marzo de 1954]
Hace algo más de un año, Louis Bromfield, en The Freeman
(“The Triumph
of the Egghead”, 1 de diciembre de 1952) definió la expresión cabeza de
huevo.
La ideó para describir a una persona que pretende ser un
filósofo (una especie de intelectual profesional) defensor de la teoría de que
los cabezas de huevo son los designados por el destino, que traerán algo
conocido en el comercio como “seguridad” a una criatura conocida como “hombre
común” a cambio de lo cual todo lo que le piden es que entregue su alma a la
dirección de un gobierno operado por dichos cabezas de huevo.
La sociedad de los cabezas de huevo abarca comunistas,
socialistas, fascistas rudimentarios, junto con una serie de gente que sigue a
ciertos editores y sus esposas, hijos e hijas de hombres ricos e incluso
algunos vicepresidentes de empresas.
Muchos de nuestros filósofos convencidos de izquierdas, a
principios de la década de 1930, descubrieron una marca mágica para su producto:
la Sociedad Planificada.
La idea central de este método revolucionario era que el
negocio de planificar y gestionar la sociedad modelo correspondía no a
políticos o empresarios, sino a los intelectuales (o, si se quiere, a los
filósofos), quienes por sí solos son capaces de planificar y dirigir el flujo
de energías humanas que componen la sociedad económica.
Diseñada para proveer abundancia a las masas en lugar de
lujos a unos pocos, esta nueva dialéctica omite la repulsiva jerga del
comunista, estimula la vanidad de la élite intelectual y pretende abrir el
apetito a las masas. Es socialismo o comunismo bajo una nueva etiqueta, con el
insidioso atractivo añadido de la vanidad de los pensadores puros de la
universidad, de los sindicatos, del Colony Club y similares
lugares de lucimiento para señoras de pensamiento profundo, así como en los
escalones más bajos de las juntas directivas de bancos y empresas.
Es a esos pensadores puros de altas cejas a los que se les
ha dado el nombre de cabezas de huevo. No pretendo saber por qué, pero parece
casi increíblemente apropiado. Parece destilar las esencias de muchas otras
palabras como double-dome, crackpot, do-gooder, y pinko.
Describe, como observaba Bromfield, la falta intelectual de sentido común, un
desprecio doctrinario de la experiencia, un soñador iluso de ideas confusas.
El elemento explosivo en esta filosofía está en las dos
palabras que la describen: la sociedad planificada o la planificación económica.
Después de todo, ¿qué mente sana puede oponerse a la planificación social? Y,
después de todo, ¿quién es capaz de entender las aspiraciones del pueblo mejor
que los pensadores, los estudiosos, los filósofos?
Todo empezó con Platón
Lo que se conoce poco es que a lo largo de la historia esta
noción de la Sociedad Planificada ha sido considerada como un área de la
filosofía y su administración práctica la función del filósofo. Hasta donde sé
el primero (sin duda el más famoso) de estos evangelistas de la planificación
fue Paltón, quien, en su República, esbozaba su sociedad perfecta. No
habría riqueza privada, pero todos serían ricos, pues todos tendrían una
“asignación” igual de ocio, diversión, visitas, vino y engendramiento de niños,
pero todo con moderación, especialmente lo último. Habría tres grupos: los
Trabajadores que producirían, los Guerreros que defenderían la ciudad y los
filósofos (llamados Guardianes) que “tendrían el mando”.
Cada ciudadano sería asignado a su categoría apropiada por
parte de los Guardianes. Ningún habitante participaría en el gobierno hasta que
tuviera 35 o 40 años y después de los 50 los más inteligentes serían elegidos
como Guardianes.
Éstos, los cabezas de huevo gobernantes, ocuparían su tiempo
en estudios filosóficos. Los artesanos no participarían en el gobierno pues
nunca podrían convertirse en filósofos o cabezas de huevo. El fabricante y el
mercader y el guerrero no tienen cabida en el capo del arte de gobernar: “Hasta
que los filósofos no sean reyes o los reyes y los príncipes tengan el espíritu
de la filosofía, las ciudades nunca dejarán de sufrir” (Platón: La República).
Quizás el más famoso de estos paraísos míticos sea la feliz
comunidad isleña de Santo Tomás Moro, al que dio el nombre Utopía, término que
se ha mantenido para describir estos paraísos sociales cerrados. More era un
intelectual y un soñador que, después de su ruptura con Enrique VIII, fue a la
Torre de Londres y luego al verdugo con gran serenidad. Durante la prisión que
precedió a su decapitación describió la sociedad perfecta descubierta por un
navegante imaginario llamado Rafael Hythloday.
La gente repartía su tiempo entre la agricultura y la
industria y todo el producto iba a un almacén común. No había oro, ni
acaparamiento, ni codicia. El trabajo duro no hacían esclavos condenados por
transgredir la ley. Cada treinta familias se elegía un magistrado, cada diez
magistrados elegían un magistrado en jefe que ocupa el cargo de por vida y que
elegía a un príncipe-filósofo que también gobernaba de por vida.
Poco después de Moro, otro filósofo, Francis Bacon, creó
otro paraíso terrenal dirigido por otro rey-filósofo. Hizo aparecer en los
mares místicos su propia isla: Nueva Atlántida. Aquí el centro de la autoridad
era la Casa de Salomón, un laboratorio donde 12 estudiantes elegidos buscaban
la verdad y conformaban la aristocracia.
Aproximadamente al mismo tiempo, Campanella, un monje
italiano, hizo surgir de las profundidades su propia isla, la Ciudad del Sol.
Aquí la gente era pobre, porque no tenía nada, y rica, porque no quería nada.
El estado era supremo y se depositaba en manos de “una aristocracia de sabios”.
Por cierto, que en la Ciudad del Sol, Campanella descubrió
la educación progresiva siglos antes que John Dewey. La ciudad tenía siete
grandes murallas en las que se representaban pictóricamente las siete regiones
del conocimiento, de las cuales los niños respirarían educación sin dolor
mientras jugaban.
Obras maestras de la credulidad
La segunda mitad del siglo XVIII y el primer cuarto del XIX
produjeron la más extraordinaria erupción de auténticas cabezas de huevo en la
historia. La edad de la razón y de las máquinas estaba alboreando. El viejo
orden se tambaleaba, pero el filósofo encerrado en su propio paraíso persistía.
Por ejemplo, estaba Ettiene Cabet, que descubrió una nueva Utopía llamada
Icaria.
Era una democracia celestial dividida en cien provincias
ubicadas alrededor de una capital situada en su mismo centro. Todas las calles
y manzanas se disponían siguiendo un patrón matemático. Toda la industria y la
agricultura eran propiedad del estado. Toda la gente, independientemente de su
sexo, vestía igual. La educación era obligatoria y todos debían trabajar hasta
los sesenta y cinco años.
La gente elegía a sus funcionarios, pero sólo entre técnicos
certificados: aquéllos elegidos constituían una Dictadura de los Técnicos, que
poseía, entre otros poderes, la censura absoluta de libros.
Impaciente por establecer su cielo en la tierra y
obstaculizado en Francia, Cabet se llevó sus planes a Texas, con tantos sitios
disponibles, desde donde la fiebre amarilla le llevó a Illinois. Allí
estableció una comunidad ideal de más de mil miembros. Pero sus icarianos
empezaron a comportarse como seres humanos. Discutían y se peleaban entre ellos
y el paraíso se disolvió.
Es increíble ver estas obras maestras de la credulidad
escritas por hombres de gran inteligencia. Por ejemplo, tomemos a Henri de
Saint-Simon, nacido en 1760. Después de una extraña vida, que incluye perder
una fortuna y amasar otra, se establece como filósofo de prestigio y escribe
tres libros sobre el Sistema Industrial y la Cristiandad.
Por supuesto, concluye que el nuevo orden debe ser diseñado
por los científicos, dirigido por los industrialistas. Éste garantizaría
trabajo y seguridad para todos. Esta idea atrajo inmediatamente a una multitud
de profesores, escritores, poetas, abogados, algunos ingenieros y varios
políticos. Saint-Simon acabó abandonando el movimiento y el liderazgo recayó en
Enfantin, que los dedicó al amor libre, demoliéndolo así completamente.
El gobierno de los filósofos
Estos erráticos aventureros intelectuales no estaban locos.
Muchos eran hombre de gran inteligencia. Pero un pequeño tornillo en alguna
parte cerca del centro del intelecto que mantiene todas sus funciones en
armonía, así que un hombre puede soñar, y aún así soñar dentro de la razón.
Cuando se afloja ese pequeño tornillo, la imaginación, la razón y el sentido de
orden y proporción empiezan a girar en sentido contrario y en órbitas
excéntricas con resultados asombrosos.
Asociado con Saint-Simon se encuentra un intelecto mucho
mayor, un extraño ermitaño que bien podría considerarse como el santo patrón de
los cabezas de huevo: Auguste Comte. Es el perfecto ejemplo de filósofo de las
ideas que pretende reorganizar el mundo de los hombres y el trabajo, sin saber
nada de él. Su método fue retirarse a un completo aislamiento, evitar
periódicos y asuntos económicos y dedicarse a leer obras religiosas y
políticas. Así alejado de la influencia de las fuerzas económicas, políticas y
humanas, preparó un plan para la reconstrucción de la sociedad.
Comte buscó un sustituto para Dios y creo la Humanidad como
una vaga deidad a la que adorar. Luego trató de replicar las imágenes,
sacrificios y formas devocionales ceremoniales de la religión… incluso los
rezos. Habría una jerarquía en su funcionariado, su sacerdocio y las elaboradas
series de días festivos que excitar la devoción de los fieles.
Sin embargo, el concepto de que el gobierno de la gente
correspondía a los filósofos perneaba todo, que formarían una especia de
sacerdocio en esta nueva iglesia. Era cabezahuevismo en su forma más perfecta.
El episodio más espectacular de esta serie de aventuras
absurdas se produjo en nuestro país bajo el nombre de fourierismo. Charles
Fourier fue un vendedor ambulante francés que realizó el tranquilizador
descubrimiento de que la tierra estaba abandonando su infancia. Tenía un plan
para asegurar 70.000 gloriosos años para la humanidad, cuando los leones se
usarían como animales de carga y las ballenas tirarían de barcos en el océano.
Propuso organizar la sociedad en falanges o falansterios, pequeñas comunidades
agrícolas, cada una con menos de dos mil habitantes.
Los trabajadores comerían en un comedor central platos
preparados en una gran cocina por cocineros expertos. Cada habitante produciría
los suficiente entre su dieciocho y veintiocho cumpleaños como para mantenerse
ocioso el resto de su vida. Cada comunidad estaría dirigida por un Unarca y
todos los falansterios estarían unidos bajo un Omniarca.
Primeros cabezas de huevo estadounidenses
Por muy curioso que fuera este movimiento, aún más curioso
fue lo que le pasó cuando cruzó el océano hasta América. Aquí recibió el
apasionado apoyo de muchos de los más famosos escritores, pensadores,
periodistas y profesores del momento.
Su más notable converso fue Horace Greely, fundador del New
York Tribune, candidato frente a U.S. Grant
en la elecciones presidenciales de 1872.
Greely fue atraído al fourierismo por Albert Brisbane, un
periodista competente, que fue contratado por Greely para exponer su filosofía
en el Tribune.
Otro converso fue Paul Godwin, socio del New York Evening
Post. Chalres A. Dana, editor del Sun, también se alistó a esta
nueva edición del paraíso. Pero el centro real del movimiento fue el Club Trascendentalista
de Boston, el entonces punto de encuentro del mundo intelectual
estadounidense.
Allí Nathaniel Hawthorne, William Ellery Channing, George
Ripley, Ralph Waldo Emerson y otros unieron sus espíritus colectivos al
movimiento. George Ripley, crítico literario y enciclopedista, que era además
pastor unitario, compró una extensión de 200 acres no muy lejos de Boston,
donde se organizó el primer falansterio bajo los auspicios del famoso Instituto
Agrario Brook de Agricultura y Educación. El edificio central estaba a punto de
acabarse cuando se quemó hasta los cimientos. Con él pereció el gran sueño.
Ésta fue la primera exposición auténtica de la primera gran
generación de cabezas de huevo en Estados Unidos. Ralph Waldo Emerson escribió
a Carlyle en Inglaterra: “Estamos un poco alborotados con innumerables
proyectos de reforma social: ningún hombre letrado deja de tener un proyecto de
nueva comunidad en su bolsillo”.
Pasaba lo mismo en Inglaterra. Las condiciones sociales en
Inglaterra realmente pedían a gritos la reforma. Y había hombres serios y
prácticos ocupados en esa tarea. Pero también había el mismo frívolo rebaño de
cabezas de huevo, sobrevolando las sonrosadas nubes de la economía
trascendental.
La idea que radica en el fondo de esta larga historia de
imprudente planificación social de Platón a Henry Wallace y los Americans
for Democratic Action es que la planificación social es la misión concreta
del poeta, el ensayista, el novelista, el profesor y el técnico.
No quiero decir en modo alguno que todos los intelectuales
sean cabezas de huevo. Simplemente sugiero que el cabezahuevismo es una enfermedad profesional del intelectual
a la cual está expuesto el intelectual superficial o el frustrado o el
fracasado o el enfadado y vengativo, particularmente tiene tendencia al odio o
la notoriedad.
También sugiero que los miembros de estos gremios, si están
dispuestos a ser sensibles al problema de la reconstrucción social, son
susceptibles de ofrecer un incubación particularmente acogedora a estas
absurdas ideas. En estos últimos años, el cabezahuevismo se ha extendido como
un azote por nuestras universidades y nuestra prensa de opinión. Cuando más
joven sea el pensador, más descarada es su filosofía.
Esta explosión de soberbia del joven intelectual que cree
que su diploma le otorga autoridad para coger al mundo por el pescuezo y agitarle
para que se comporte bien puede verse en este canto del joven Rexford Tugwell,
recién salido del campus de Columbia:
“Soy fuerte. Soy grande y bien
formado. Estoy harto del hedor de una nación. Estoy harto de ricos con
propiedades. He soñado mi gran sueño de su muerte. He tomado mis herramientas y
mis gráficos. Mis planes están terminados y en práctica. Me remangaré y volveré
a hacer América”.
Aquí tenemos al cabeza de huevo literalmente encendido,
genuino heredero del “libro y la antorcha” de Platón y Bacon y Campanella, de
Saint-Simon y Comte y sobre todo de esa topera de poetas y músicos y novelistas
y filósofos y periodistas y profesores que revolotean alrededor del la pálida
pero bella luz de la vela de la Granja Brook.
Los cabezas de huevo modernos son los herederos naturales
del derecho divino a la revolución y la reconstrucción social. Pero con esta
inmensa diferencia.
Ya no hablan de Granjas Brook e Icarias y pequeñas comunas
cerradas. Hace tiempo Kart Marx vio el fin de tanto sinsentido. El sufragio
universal y el maquinismo cambiaron la naturaleza de la lucha.
Los filósofos hablan ahora de derribar las fronteras de las
naciones y subyugar no a una población, sino a un mundo a su planificación. Lo
que una vez fue llamado comunismo aplicado a una ciudad república se ha
convertido en socialismo erigido sobre una vasta nación. Pero no le llaman
socialismo. Ahora se vende bajo un nuevo nombre de marca: la Economía
Planificada.
Pero el gran objetivo es el mismo. Empezando por la nación,
la población disfrutará del voto, pero bajo tales condiciones que el poder de
quienes controlan el estado será tan grande que no pueda ser desafiado con
éxito. Pero nuestros audaces y esperanzados cabezas de huevo han cometido un
error decisivo. Suponen que controlarán el estado.
Puede que soñar sea
un talento peculiar de los filósofos, pero cuando se hace realidad un
sueño y el estado se ha visto investido con estos vastos poderes de compulsión,
no será sólo el gobernador, sino el empresario de todos, con un poder demasiado
grande sobre los cuerpos y mentes de los hombres como para oponerse a él.
En esta situación, la gestión del estado recaerá en las
manos no de los profesores y sus colegas intelectuales, sino en las de los
políticos prácticos que entiendan las técnicas de adquirir y retener y
gestionar el poder. Entonces, me imagino, la mayoría de los cabezas de huevo
irán a la cárcel o se fugarán a Canadá o México.
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John Thomas Flynn (1882-1964) fue un famoso crítico de las
decisiones políticas internas y externas de la administración Roosevelt,
oponiéndose tanto al New Deal como a la Segunda Guerra Mundial. El miembro
senior dela Instituto Mises Ralph Raico describió a Flynn es su prólogo a la
edición del 50 aniversario de The Roosevelt Mith: “Hay pocas dudas de
que el mejor informado y más tenaz de los miembros de la Vieja Derecha fue John
T. Flynn”.
Este artículo apareció originalmente en The Freeman,
marzo de 1954. Se reimprimió
en Forgotten
Lessons: Selected Essays of John T. Flynn (1996), pp. 144–150.