La política no puede arreglarse

Por D.W. MacKenzie. (Publicado el 12 de marzo de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí http://mises.org/daily/4166.

 

Ha habido recientemente muchas quejas acerca de la forma en que funciona Washington, o más bien sus recuentes fracasos en implantar de forma eficiente las prioridades políticas de Obama.

Paul Krugman compara el presente estado de la política estadounidense con la parálisis que afectó a Polonia en el siglo XVII. El uso del Liberum Veto paralizó el parlamento polaco (el Sejm). Ahora los senadores están bloqueando nueva legislación en Estados Unidos. Muchos otros han añadido quejas acerca de los grupos de intereses especiales y una supuesta necesidad de financiar públicamente las elecciones.

Evan Bayh cita al partidismo y la paralización como razones para abandonar el Senado. Bayh afirma que era más fácil servir al pueblo “en los viejos tiempos”. En general hay un sentimiento en muchos de que el proceso legislativo puede y tendría que funcionar mejor y que los cargos electos pueden y deberían hacer un trabajo mejor en su servicio público.

Aunque sin duda los críticos del status quo de Washington son sinceros, hay buenas razones para considerar ingenuas sus opiniones. La ideología influye en la forma en que votan muchos senadores. De acuerdo con un estudio, las preferencias de los votantes son una influencia menor en el voto de los senadores, excepto para quienes afrontan oponentes fuertes en próximas elecciones.[1] En situaciones altamente competitivas, los políticos deben ignorar los puntos de vista más ideológicos y extremistas a favor de las posiciones centristas que apoyaba Bayh. Sin embargo, es bastante normal que falte competencia en un sistema bipartidista. Hay una falta de competencia en muchas áreas de la política estadounidense, pero esto es normal.

Tampoco la política de intereses especiales es algo raro. Los grupos de intereses especiales muy concretos son más fáciles de organizar que los grandes, especialmente si estos últimos están dispersos geográficamente y son diversos.[2] Por consiguiente, los intereses especiales tienen una influencia aparentemente desproporcionada en los asuntos políticos. La influencia de los intereses especiales no es un signo de avería política. Por el contrario, los intereses especiales altamente activos e influyentes son una parte perfectamente normal de la democracia.

Alguna gente cree que los intereses especiales han asumido un papel mayor en la política en años recientes. Puede que sea verdad. El pasado años los intereses especiales gastaron una cifra récord de 3.500 millones de dólares en cabildeo. Esto parece una enorme cantidad de dinero, pero realmente es pequeña comparada con lo que puede ganarse o perderse en competir pro influencia política, dado el enorme papel que desempeña el gobierno en la economía estadounidense.

Bayh puede tener razón en que fuera más sencillo servir a la gente “en los viejos tiempos”. Esta referencia a los viejos tiempos puede referirse a la carrera de su padre como senador, que empezó en la década de 1950. El gobierno federal era entonces mucho más pequeño. Por ello había menos en disputa por intereses especiales, menos razones para cabildear. Dada la expansión del gobierno desde entonces y las propuestas recientes de mayor expansión, deberíamos esperar que se intensifique la competencia entre intereses especiales. El sistema no está averiado: así es como se supone que deben funcionar los grandes estados de bienestar democráticos.

Ha habido nuevas llamadas a la reforma de la financiación de las campañas electorales, especialmente desde que la Corte Suprema votó a favor de la expresión política de los representantes de empresas privadas.[3] Por supuesto, la influencia empresarial sobre las políticas públicas puede imponer costes a otros. Sin embargo, la alternativa propuesta de elecciones financiadas públicamente podría ser peor. Es muy evidente que los políticos afectados usarían esa financiación pública en su provecho.  La financiación pública podría limitar seriamente la competencia política. Como he señalado antes, la falta de competencia (debida en este caso a la propuesta de financiación pública de las elecciones) daría a los senadores y otros cargos electos más libertad para implantar políticas de acuerdo con sus propias ideologías personales, causando un dilema en la política estadounidense.

La idea de que tanto la política dirigida por grupos de interés como la dirigida ideológicamente son malas pone en un dilema a quienes defienden un papel mayor del gobierno en la economía. Quienes quieren un mayor control gubernamental sobre la industria ven la naturaleza ineficaz del proceso democrático. Friedrich Hayek explicó la incompatibilidad de la democracia y la planificación gubernamental en su libro Camino de servidumbre. Cuando las asambleas democráticas asumen responsabilidades en “dirigir la economía”, estas instituciones se ven abrumadas por la tarea de tratar de acordar cómo tendría que dirigirse la industria. La falta de criterios objetivos (es decir, de cifras de pérdidas y ganancias) en la política de evaluar diferentes planes para la economía lleva a un debate interminable y a la parálisis política. Los parlamentos se convierten en “tertulias ineficaces” y se produce una “insatisfacción con las instituciones democráticas”.

En último término, la gente pierde la confianza en la democracia y la pone en los “expertos” del funcionariado. El acto de transferir el poder de legisladores electos a burócratas, sin embargo, no cuadra bien con la democracia.  El aumento de la burocratización impide la eficiencia económica y acaba destruyendo la libertad política. La experiencia reciente ha cumplido la primera parte de las predicciones de Hayek. No se trata simplemente de que el actual Congreso sea impopular. La gente esta frustrada con el propio proceso democrático.

Tenemos un dilema en que la mayoría de los estadounidenses defienden un gobierno democrático y muchos quieren que los cargos electos asuman responsabilidades en asuntos que no pueden gestionar. No podemos y no deberíamos tolerar interminables riñas políticas sobre algo tan importante como la sanidad. Pero así es como funciona la democracia para “gestionar” la economía. Sin duda no deberíamos dar a los burócratas poder sobre la sanidad (o cualquier otro sector comercial, por cierto). Sin embargo, hay una tercera opción. Un gobierno estrictamente limitado constitucionalmente es relativamente inmune tanto a los intereses especiales como a los ideólogos. Un gobierno constitucional limitado a la proveer seguridad interna y externa puede evaluarse bajo criterios objetivos.[4] Una vuelta a un gobierno limitado, por supuesto, significaría mucha mayor confianza en la empresa privada y los mercados sin interferencias.[5]

La política estadounidense no está estropeada: funciona en la manera disfuncional en que debería hacerlo, dado su inmanejable tamaño y ámbito. Lo que puede estar rompiéndose son las ingenuas creencias idealistas de que los políticos pueden usar un gobierno grande y entrometido para servir “al pueblo”. Y la renuncia a esas creencias podría ser buena.

La idea de políticos solidarios actuando mediante un gobierno grande e ilimitado es utópica. Por suerte, pocos estadounidenses han recurrido a la creencia de que los expertos pueden “dirigir la economía” como funcionarios. Tanto la democracia como la burocracia tienen históricamente malos antecedentes. Por el contrario, la libre empresa y el gobierno limitado tiene buenos antecedentes y sólidas bases teóricas

Aquí la lección básica es que la política no puede arreglarse, por tanto tenemos que evitarla hasta el máximo posible.

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D. W. MacKenzie enseña economía en la Academia de Guardacostas. (Los contenidos de este artículo no reflejan posiciones oficiales de la Academia de Guardacostas de los EEUU).

 


[1] Steven D. Levitt, “How Do Senators Vote? Disentangling the Role of Voter Preferences, Party Affiliation, and Senator Ideology”. The American Economic Review, Vol. 86, Nº 3 (Junio de 1996), pp. 425-441.

[2] Ver M. Olson, The Logic of Collective Action (Harvard University Press, 1965).

[3] Ver “Fair Elections Now”, por Katrina vanden Heuvel, The Nation, 18 de febrero de 2010.

[4] Mises (La acción humana, 1949) apunta cómo el obtención de la paz interna y externa puede determinarse objetivamente sin referirse a los datos de mercado.

[5] Ver el más reciente Índice de Libertad Económica.

Published Sat, Mar 13 2010 7:57 PM by euribe