Por Henry Grady Weaver. (Publicado el 10 de marzo de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4152.
[Extraído del capítulo 18 de The Mainspring of Human
Progress (1953), este artículo es la segunda parte de una serie de dos. La
Parte 1ª puede encontrarse aquí]
Durante miles de años bajo el concepto del viejo mundo de
una economía estática operando bajo control burocrático, los seres humanos
vivieron con hambre, suciedad y enfermedades. Trabajaron incesantemente
rompiéndose las espaldas en trabajos penosos para seguir vivos en sus
desdichados cuerpo. Morían jóvenes. Durante miles de años, cuando no luchaban
en guerra, se dedicaban a construir pocilgas, sembrar grano, cocinar carne,
uncir bueyes y encadenar esclavos a molinos y remos.
Luego en este Nuevo Mundo, en un breve periodo de 160 años,
los estadounidenses crearon un modo de vida completamente distinto, con mejoras
y avances en el nivel de vida más allá de lo imaginado en edades precedentes.
Los estadounidenses han refutado la superstición pagana de un universo estático
y han dado un nuevo significado a la palabra progreso.
Si nuestro progreso ha de continuar, es importante que no olvidemos las cosas que no han hecho
llegar tan lejos.
Los economistas y estadísticos se inclinan por considerar el
fin de la Guerra Civil como el hito que marca el inicio de la primera gran era
de progreso acelerado en Estados Unidos. En términos de aumento de la
producción y mayores niveles de vida, eso es cierto. Pero las semillas de ese
progreso se sembraron en las generaciones anteriores.
Muchas de las cosas que hoy tenemos pueden retrotraerse,
directa o indirectamente, a lo que estaba en la mente de quienes estaban
abriendo camino hace 100 o 150 años. Es entonces cuando se pusieron los
cimientos básicos y es dudoso que haya habido algún tiempo en el que la energía
humana y el pensamiento original, independiente y creativo fuera tan intenso y tan
bien dirigido como en los años inmediatamente siguientes a la Guerra de
Independencia.
El intervalo esquivo
En el progreso de una nación, igual que en su decadencia,
siempre hay un intervalo entre causa y efecto. Este punto es extremadamente
importante y el no reconocerlo parece llevar a la mayoría de los errores y
miserias de la humanidad a través de los tiempos. El progreso, o su falta, en
un momento concreto dependen de lo que ocurra en las mentes de hombres y
mujeres en algún momento previo. Las historias de Grecia, Roma y España aportan
abundantes evidencias.
Mirando al futuro en lugar de al pasado, el progreso de
Estados Unidos en los próximos años depende del pensamiento de Estados Unidos
de hoy. La perspectiva a largo plazo depende, no de los que somos mayores, sino
del pensamiento de la gente joven que estará al timón en 10, 20, 30, 40, 50
años.
Como individuos, ¿cuál es su perspectiva de la vida? ¿Son
fatalistas o independientes? ¿Cuál es la influencia del hogar y cómo es en
comparación con al de hace 50 o 100 años? ¿Qué ocurre en las aulas? ¿Cuál es la
filosofía de nuestros maestros y hombres públicos?
Una de las mejores formas de asegurar el progreso futuro es
mantener claramente en mente las cosas que han sido responsables de nuestro
progreso en el pasado, así como las cosas que pueden haber impedido que Estados
Unidos fuera tan grande como podía haber sido.
Este capítulo se supone que se ocupa del progreso de la
inventiva en lo que afecta a nuestro crecimiento económico y nuestro alto nivel
de vida. Y aún así no estoy seguro de que no deba disculparme por esta
digresión, porque todo se reduce al uso eficaz del trabajo humano y el uso
eficaz del trabajo humano depende a la perspectiva mental y moral de las
personas individuales que conforman una sociedad.
Esfuerzos en paralelo
Como ya se ha indicado, es difícil trazar la “genealogía” de
cada invención o descubrimiento y cualquier intento de hacerlo viene acompañado
de omisiones e imprecisiones.
Las necesidades económicas tienen una forma de pernear la
sociedad. Es un lugar común en la historia de los inventos encontrar mentes muy
distantes entre sí en el tiempo y el espacio ocupándose de los mismos
problemas, trabajando independientemente pero produciendo resultados
esencialmente idénticos.
Raramente algo aparece completamente maduro. El progreso
avanza gradualmente, con cada mejora abriendo el camino a la siguiente y desde
la llegada de la imprenta y el crecimiento de las sociedades científicas los
esfuerzos se han acumulado unos a otros en un grado cada vez mayor a un ritmo
acelerado.
Cuanto más complicado sea el producto, más difícil será
trazar el origen de su desarrollo. Por ejemplo, para contar la historia de la
máquina de vapor haría falta un gran volumen, con un capítulo de introducción tan
largo como el Libro de la Crónicas.
Normalmente se considera a James Watt como su inventor y es
cierto que Watt, más que cualquier otra persona, fue responsable del tipo de
máquina que nos condujo a la edad moderna de la energía. Introdujo en principio
del condensador y convirtió el movimiento oscilante en rotatorio. Pero máquinas
de vapor de un tipo más burdo se venían usando para sacar agua de las minas de
carbón inglesas antes de que naciera James Watt.
En realidad, el principio de la máquina de vapor se conocía
desde los tiempos de la antigua Grecia y sabemos que en Alejandría, un hombre
llamado Herón construyó una turbina de vapor en el año 130 a. de C. Pero una
invención, como un recurso natural, no vale para mucho salvo que se haga algo
con ella.
Normalmente se considera a Robert Fulton como el inventor
del primer barco de vapor americano, pero fue más un promotor que un inventor.
Se construyeron y operaron no menos de 16 barcos de vapor en este país antes de
la botadura del Clermont.
Antes de Fulton
El genio medio olvidado John Fitch, de Bucks County,
Pennsylvania, construyó un barco de vapor en 1786 y durante los siguientes diez
años, con la ayuda de Harry Voigt y otros, construyó otros cinco barcos de
vapor, todos con éxito y cada uno mejor que su predecesor.
Quince años antes del Clermont de Fulton, el cuarto
barco de Fitch, el Persaverence, estaba operando diariamente subiendo y
bajando el Delaware, llevando pasajeros de Filadelfia a Trenton, Nueva Jersey.
Pero, al contrario que Fulton, John Fitch era un mal promotor y estaba
demasiado concentrado en su trabajo como para preocuparse por los asuntos
políticos.
También estuvo el ingeniero capaz, Coronel John Stevens, que
botó su primer buque en 1802. Su tercer barco, el Phoenix (acabado a la
vez que el Clermont) estaba equipado con un motor mejorado, diseñada y construida por el propio
Coronel, mientras que el motor del Clermont fue importado de Inglaterra.
Pero Stevens estaba en desventaja porque el patrocinador de
Fulton, el Canciller Livingston, mediante medios políticos, había obtenido un
monopolio de veinte años sobre la operación de barcos de vapor dentro y
alrededor del Estado de Nueva York. También parece que Nicholas Roosevelt, un
antiguo asociado de Stevens había cambiado su apoyo al grupo de Fulton.
En todo caso, el acuerdo monopolístico fue mas de lo que
pudo resistir Stevens. Así que mientras el Clermont resoplaba río arriba el
pacífico Hudson, el Coronel se enfrentaba a las aguas del Atlántico y llevaba
su nuevo barco de Hoboken a Filadelfia, el primer viaje oceánico jamás
realizado bajo el poder del vapor.
Livingston y Roosevelt trataron de extender su monopolio por
todos los Estados Unidos, pero a los estadounidenses recién liberados no les
gustaba la idea de la restricción gubernamental: en menos de una generación,
los operadores independientes habían cubierto todas las aguas occidentales con
barcos de vapor de invención propia. Entretanto el dinámico Nuevo mundo había
desafiado al Viejo realizando la primera travesía del océano en un barco
propulsado a vapor. Fue el buen barco Savannah, que llegó a Cork,
Irlanda en el año 1818.
Pequeñas cosas
La demanda de viviendas que siguió a la Guerra de
Independencia fue tan grande o más que la que siguió a la Segunda Guerra
Mundial.
Abundaba la madera: el problema eran los clavos. Se usaban
clavos de hierro en el Imperio Romano en tiempo de Cristo, pero siempre se
habían realizado laboriosamente a mano: la forja de los clavos para la
construcción de una casa llevaba casi tanto tiempo como la construcción de la
propia casa. Había una leyenda de que en los tiempos coloniales las casa viejas
se quemaban deliberadamente hasta los cimientos y se tamizaban las cenizas para
recuperar los clavos hechos a mano.
Los clavos se vendían por docenas, a precios no mucho
menores de los que ahora tienen en una tienda de antigüedades. Thomas Jefferson
mantenía ocupados a una docena de esclavos forjando clavos sólo para
actividades constructivas en su propiedad de Monticello. Pero todo esto cambió
cuando, en 1795, Jacob Perkins, de Newburyport, Massachussets, desarrolló una
máquina que fabricaría sesenta mil clavos por semana.
La historia de los clavos es similar a la de muchos otros
utensilios domésticos que hoy se compran en la tienda más cercana sin pensarlo
dos veces. Las ahorradoras amas de casa coloniales podrían habernos contado sin
un momento de vacilación cuántos alfileres, agujas y botones tenían en sus
costureros, el cabeza de familia llevaba un inventario mental sobre sus magras
existencias de clavos, tachuelas, tornillos y piezas de metal.
Los botones de latón se vendían a diez centavos cada uno
hasta que Paul Revere, en 1801, ideó una máquina hacía rollos de latón de
grosor uniforme. Luego los fabricantes de botones de Waterbury, Connecticut,
empezaron a estampar botones en prensas operadas por un molino de agua.
Los alfileres y la agujas eran especialmente preciados. Eran
mayores que los que se usan comúnmente hoy y mucho más caros, especialmente los
alfileres, ya que las cabezas se fabricaban por separado y se soldaban luego.
La venta de alfileres en bloque no se puso en práctica hasta 1844, cuando un
pequeño fabricante en derby, Connecticut, ideó una forma de producirlos
completamente a máquina al ritmo de dos millones por semana.
Hasta entonces, los alfileres ordinarios se vendían por
hasta 20 centavos cada uno y se consideraban regalos apropiados para bodas y
Navidades. También se usaron como moneda para complementar el trueque entre
familias vecinas, lo que por cierto, es el origen de la expresión estadounidense
“pin money” [dinero para gastos personales].
Efectos de largo alcance
Al igual que en el caso de la desmotadora, es casi imposible
medir el valor de cada invención útil. El volumen en dólares del aumento de la
producción industrial es sólo una parte de la historia y puede excederse con
mucho por las ganancias en eficacia humana. Pensemos en los efectos de barcos
de vapor, ferrocarriles, teléfonos, automóviles, aviones, etc. en ahorrar
tiempo y energía para otros fines. O, por tomar un ejemplo menos espectacular,
imaginemos el tiempo perdido por el ama de casa colonial buscar uno de sus
alfileres de 20 centavos.
Consideremos en ahorro en tiempo y trabajo humano y en las
mil y una mejoras en la vida que debemos a la electricidad. Su historia es tan
complicada y de tan largo alcance que llevaría un libro entero desarrollarla,
incluso aunque yo tuviera el conocimiento y talento para cálculos de
proporciones tan astronómicas.
Pero aquí va un ejemplo, uno bastante simple, sin duda menos
espectacular que la electricidad o la máquina de vapor. Se refiere a los
arados.
Los arados se san venido usando desde el inicio de la
historia, pero han permanecido prácticamente sin cambios durante miles años. En
el momento de la Revolución Americana seguían haciéndose de puntas de árboles,
a veces con una pieza de metal unida al extremo.
No era el tipo de problema que atrajera al científico
erudito. Remover la tierra era algo que siempre se había dejado a campesinos y
esclavos, así que por qué preocuparse. Pero en el Nuevo mundo donde los hombres
eran libres, se abrió un enorme emporio agrícola como consecuencia del ingenio
americano aplicado a la mejora del esta venerable herramienta.
En los tiempos coloniales, las grandes praderas del Medio
Oeste y buena parte del Valle del Mississippi se consideraban inútiles. Los
primeros viajeros hablaban de las amplias praderas como un “océano de tierra”
que permanecería por siempre salvaje y sin cultivar.
Varias razones
Esta conclusión no era irracional. De hecho se basaba en
varias razones.
El país de las praderas, al contrario que el área oriental,
no estaba cubierto por bosques y, aunque talar árboles y aclarar terreno había
sido la cruz de su existencia, los colonos pioneros veían con recelo cualquier
terreno que no tuviera que aclararse. Razonaban que si no crecían árboles, no
podría ser de ningún valor para obtener cosechas.
Las praderas estaban cubiertas por una tierra dura
primigenia. Cuando se secaba esta tierra, el arado ordinario no podía abrirla y
cuando se ablandaba con la lluvia, la rica marga del substrato era tan pegajosa
que se adhería a la hoja del arado. La fértil tierra de los valles fluviales se
describía como “demasiado gruesa como para beberla y demasiado fina como para
ararla”.
Se habían usado arados de hierro, pero sin mucho éxito. No
“restregaban”. Eran demasiado pesados para manejarlos. Y había una superstición
inmemorial de que un arado hecho con metal envenenaría las cosechas.
Pero John Deere, un herrero yanqui que emigró de Vermont al
Valle del Mississippi, no era tan escéptico. En lugar de usar hierro, fabricó
un arado a partir del mejor acero disponible por entonces. A partir del disco
de una vieja sierra circular, recortó las partes necesarias y, sobre patrones
tallados en un tronco, dio cuidadosamente la forma apropiada a las láminas y
las unió a un bien construido marco de madera noble.
Si nos fijamos, el arado de John Deere difícilmente puede considerarse una invención.
Todo lo que hizo fue encontrar un nuevo uso a un material viejo y desarrollar
sus ideas de una manera muy eficiente.
Pero el arado de John Deere cortaba la tierra como una
navaja y la pegajosa marga se caía del arado como mantequilla de un cuchillo
caliente. Es verdad que era más pesado que su predecesor de madera, pero John
Deere era un hombre gigantesco y recorría las tierras de las praderas con su
nuevo arado al hombro, sólo para evitar la discusión sobre el peso.
Y después de que John Deere tuvo unas pocas temporadas de
crecientes buenas cosechas, los colonos realistas y abiertos de mente dejaron
aparte la superstición de que el metal envenenaría el terreno y el país de las
praderas empezó su auge.
Justa recompensa
Del sencillo invento de John Deere nació una gran industria
y una serie de otras industrias se siguieron en su aparición, pues se
desarrollaron cosechadoras, empacadoras, tractores y otros tipos avanzados de
maquinaria rural como resultado natural de haber encontrado una forma de arar
el terreno de las praderas.
Se habilitaron millones de acres de los terrenos más
productivos del mundo. Aparecieron pueblos y ciudades prósperos en los vastos
“paramos” de las praderas y el arado de John Deere, junto con otras invenciones
más complejas de Cyrus McCormick y otros, abrieron oportunidades similares para
un aumento de la producción agrícola en todas partes del mundo, incluyendo la
Ucrania rusa.
Asombra nuestra imaginación pensar cómo la sencilla
contribución de John Deere aumentó la riqueza de la humanidad. Quizá se hubiera
producido sin libertad de invención y libertad de obtener su parte en las
remuneraciones de los esfuerzos por inventar, pero no puede eludirse el hecho
de que los arados habían permanecido prácticamente sin cambios durante eras,
mientras que los pueblos del mundo pasaban hambre.
No se cuánto dinero hizo John Deere como consecuencia de
encontrar una manera de arar los rucos terrenos de las praderas. Dudo que
obtuviera más de lo que se merecía, aunque no intentaré decir a cuánto tenía
derecho, ni saber como estimarlo.
Creo que una forma de hacerlo sería basándose en cuántas
horas le llevó pensar la idea y desarrollar el modelo experimental. El problema
es que el genio inventor no opera por horas. Lo más frecuente es que las buenas
ideas lleguen en momentos de ocio, como consecuencia de un interés en el
trabajo que se extiende más allá del horario laboral.
Por lo que puedo colegir, John Deere había estado dándole
vueltas al problema en su cabeza durante alrededor de un año antes de dar con
la solución. Pero la paga de un año difícilmente sería suficiente, aunque
pensemos en una base puerta a puerta, con máximos niveles y triple tiempo en
horas extra.
También es bastante posible que John Deere pueda haber
seguido algunos caminos erróneos y gastado tiempo en otras ideas que no
resultaron. Podría ser que algunos de estos esfuerzos inútiles fueran las
piedras angulares que le llevaran a una solución del problema del arado. Pero
no importa lo liberalmente que le tratemos sobre una base horaria, correríamos
el peligro de infravalorar a John Deere ¡y yo no quiero hacerlo!
Capacidad de pago
Así que adoptemos otra postura y utilicemos el punto de
vista de la “capacidad de pago”. Como el rompetierra de Deere transformó
terreno baldío en terreno de alto valor, podríamos decir que tenía derecho a un
porcentaje bastante generoso de la riqueza aumentada. Esto podría
calcularse con los valores anterior y
posterior del vasto Valle del Mississippi, incluyendo los fértiles terrenos de
Illinois, Missouri, Kansas, Nebraska, Iowa, Wisconsin, Minnesota, y las
Dakotas, por no hablar de la Ucrana rusa.
En grandes cifras, esto representa el área que Jefferson
compró a Napoleón por 15.000.000$, pero cuando esta tierra se dedicó al
cultivo, el valor aumentó a unos 20.000.000.000$, lo que significaría una
riqueza añadida de 19.885.000.000$.
Pero eso no ofrece ninguna pista acerca de cuál sería la
parte que correspondería a John Deere porque ocupó los trabajos en cooperación
de millones de hombres libres durante varias generaciones seguir hasta el final
y hacer que se acabe el trabajo.
Es verdad que John Deere desempeñó un papel importante en
hacer que todo empezara, pero estoy usando su nombre más como un símbolo, y
buena parte del mérito pertenece a Cyrus McCormick, James Oliver y otros
inventores, ninguno de los cuales habría llegado muy lejos son la ayuda de
otros que les apoyaron en su trabajo. Esto incluye a quienes pusieron el dinero
para construir y equipar fábricas, a quienes emplearon las herramientas, a
quienes ayudaron a desarrollar herramientas nuevas y mejores, a quienes idearon
métodos nuevos y mejores para usar las herramientas nuevas y mejores, a quienes
contribuyeron a la gestión, distribución y servicios y, por fin, a los
prometedores granjeros que deseaban tener una oportunidad de dejar sus
confortables hogares en el Este y arriesgar su dinero y vidas para abrir un
nuevo y vasto país. No sé de nadie que sea lo suficientemente inteligente como
para distribuir las distintas porciones de la riqueza creada.
Un duro problema
Es un problema duro como quiera que lo miremos. Pienso que
la única forma de resolverlo es tal y como se hizo: a través de sopesar
libremente y sin interferencias los incentivos y las recompensas entre los
distintos individuos que tomaron parte. Quizá fuera una suerte que en los
tiempos de John Deere el énfasis principal era aumentar la riqueza, en lugar de
cómo debía dividirse ésta.
Dar demasiada importancia a cómo debería dividirse bien
podría haber reducido la cantidad a dividir porque hubiera requerido más gente
para hacer las cifras que para el trabajo. Pero me estoy desviando del asunto:
simplemente trato de destacar las posibilidades de producir riqueza que traen
las nuevas ideas.
No importa cuánto dinero hiciera John Deere, sería
insignificante en comparación con los tremendos beneficios generales compartidos
por millones de personas. Y es perfectamente posible que el buen viejo John
Deere no hubiera dedicado su cabeza al problema del arado si no hubiera estado
viviendo en un país libre, donde un herrero ambicioso tenía la posibilidad de
convertirse en un próspero fabricante. La mentes libres son mentes con
inventiva. Por eso Estados Unidos ha sido siempre una tierra de inventores.
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Henry Grady Weaver (1889-1949) trabajó como mecánico,
vendedor y dibujante antes de ser director de investigación de clientes para
General Motors. Por esa labor apareció en la portada del 14 de noviembre de
1938 de la revista Time. Fue conocido principalmente por su obra The Mainspring of Human Progress.
Este artículo está extraído del capítulo 18 de The Mainspring of Human Progress (1953).