Por Erasmo de Rotterdam. (Publicado el 24 de febrero de 2010)
Traducido a partir de la versión en inglés, que se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4134.
[Artículo de Erasmo de Rotterdam (1456-1536),
“Antipolemus o alegato de la razón, la religión y la humanidad contra la
guerra”]
Si hay en los asuntos de los hombres mortales algo que es
adecuado rebatir constantemente y que incumbe a todo hombre evitar, despreciar
y oponerse por cualquier medio legítimo, esa cosa es la guerra.
No hay nada tan antinaturalmente infame, más productor de
miseria, más extensivamente destructivo, más obstinado en el error, más indigno
del hombre como conforme a la naturaleza, más en un hombre que profese el cristianismo.
Aún así, ¡extraordinario relato!, la guerra la realizan, y cruel y
salvajemente, no sólo los infieles, sino también los cristianos.
Tampoco faltan nunca hombres miserables peritos en leyes,
incluso divinas, dispuestos a proporcionar instigaciones para la vil tarea y
avivar las brasas latentes hasta hacer fuego. Por tanto la guerra se considera
como algo que se da por supuesto, por lo que la maravilla es cómo hay algún
hombre que puede desaprobarla, tan sancionada por la autoridad y la costumbre
que se considera impío prestar testimonio contra una práctica de su principio
más degradado y de sus efectos elocuentes en todo tipo de calamidad.
Si alguien observa la organización y aspecto externo del
cuerpo, ¿no percibirá instantáneamente que la Naturaleza, o más bien el Dios de
la Naturaleza, creó al animal humano no para la guerra sino para el amor
y la amistad, no para la destrucción mutua sino para el servicio
y la seguridad mutua, no para producir heridas sino actos de beneficio
recíproco? El hombre llega al mundo desnudo, débil, tierno, desarmado, con
su carne de la más suave textura, su piel suave, delicada y susceptible a la
más mínima herida. No hay nada observable en sus miembros para la lucha o la
violencia.
Incapaz de hablar o andar o de conseguirse la comida, puede
pedir cariño sólo con llantos y gemidos, a partir de esta única circunstancia podría
colegirse que el hombre es un animal nacido para tal amor y amistad que se
forma y cimenta en el intercambio mutuo de favores benevolentes. Además, la
Naturaleza evidentemente quería que el hombre se considerara en deuda por la
bendición de la vida, no tanto por sí misma como por la bondad de sus
congéneres; que podía percibirse a sí mismo destinado a los afectos sociales y
los añadidos de la amistad y el amor.
Así que le dio un semblante ni aterrador ni temeroso, sino
suave y plácido, imitando por signos externos la benignidad de su disposición.
Le dio ojos llenos de expresión cariñosa, indicadores de una mente que goza con
la simpatía social. Le dio brazos para abrazar a sus congéneres. Le dio labios
para expresar una unión de cuerpo y alma. Le dejó sólo a él el poder de reír,
un distintivo de la alegría que puede sentir.
Le dio lágrimas, el símbolo de la clemencia y la compasión.
Le dio asimismo voz, no un grito amenazador ni aterrador, sino suave,
tranquilizador y amistoso. No satisfecha con estos distintivos de su peculiar
favor, le concedió sólo a él el uso de la palabra y la razón, un regalo que
tiende más que ningún otro a conciliar y apreciar la benevolencia, y un deseo
de ofrecer servicios mutuos, por lo que nada entra las criaturas humanas podría
hacerse mediante la violencia.
Implantó en el hombre el rechazo a la soledad y el amor a la
compañía. Sembró en su corazón las semillas de todo afecto benevolente y así
hizo a la vez de lo más saludable lo más agradable.
Ahora veamos con los ojos de nuestra imaginación las tropas
salvajes de hombres, horribles en sus mismos rostros y voces, hombres vestidos
de acero, ahogados en cada lado del campo de batalla, portando armas,
terroríficos en sus golpes y en su mismo brillo. Advirtamos el horroroso
murmullo de la multitud confusa, sus ojos amenazantes, el áspero y discordante
sonido de tambores y clarines, el terrible sonido de la corneta, el tronar del
cañón (un sonido no menos formidable que el verdadero trueno del cielo y mucho
más dañino), ¡un sonido insano como el de los gritos de los locos, una
aparición furiosa, una cruel carnicería de unos a otros! ¡Veamos a lo muertos y
a los que matan! ¡Pilas de cadáveres, campos anegados de sangre, ríos
enrojecidos con sangre humana!
Al tiempo olvidamos los cultivos de grano pisoteados, las
tranquilas granjas y mansiones rurales quemadas hasta los cimientos, las villas
y pueblos reducidos a cenizas, el granado aparatado de sus pastos, las mujeres
inocentes violadas, los viejos en cautividad, las iglesias desfiguradas y
demolidas, ¡todo se convierte en yermo, presa de los robos, los saqueos y la
violencia!
Sin mencionar las consecuencias que soporta el pueblo después
de una guerra, incluso en la más afortunada de éstas: los pobres, gente común
inofensiva a los que se roba su pequeña propiedad duramente ganada; la gran
carga de los impuestos; viejos afligidos por sus hijos, más cruelmente muertos
por el asesinato de sus descendientes que por la espada, más felices si el
enemigo les ha privado de conocer su desgracia y de su misma vida en el mismo
momento; mujeres de edad avanzada, dejadas en la indigencia y expuestas más
cruelmente a la muerte que si hubieran muerto de inmediato a punta de lanza;
mujeres viudas, niños huérfanos, hogares de luto y familias que una vez
conocieron tiempos mejores reducidas a la extrema penuria.
La paz es a la vez la madre y la niñera de todo lo que es
bueno para el hombre; la guerra, con un solo golpe repentino, aplasta,
extingue, abole todo lo alegre, todo lo que es feliz y bello, y derrama un
torrente completo de desastres sobre la vida de los mortales. La paz brilla
sobre los asuntos humanos como el sol primaveral. Los campos se cultivan, los
jardines florecen, el ganado pasta en miles de colinas, aparecen nuevos
edificios, la riqueza fluye, los placeres sonríen, la humanidad y la caridad
aumentan, las artes y las manufacturas sienten la calidez genial del ánimo y
las ganancias de los pobres son más abundantes.
Pero tan pronto como se ciernen las nubes de la guerra, ¡qué
avalancha de miserias y desgracias se apodera, inunda y aplasta todas las cosas
en su campo de acción! Los rebaños se diezman, las cosechas se pisotean, los
granjeros son masacrados, las villas y pueblos quemados, las ciudades y estados
que han estado eras creciendo hasta su estado de florecimiento subvertidas por
la furia de una tempestad, la tormenta de la guerra. ¡Cuánto más sencilla es la
labor de hacer daño que la de hacer el bien, de destruir
que de construir!
Añadamos a estas consideraciones que las ventajas derivadas
de la paz se extienden lejos y ampliamente y alcanzan a gran número,
mientras que en la guerra, si algo acaba felizmente, la ganancia redunda sólo en
unos pocos, que son indignos de recibirla.
La seguridad de un hombre se debe a la destrucción de otro.
El premio de un hombre deriva del saqueo de otro. La cusa de regocijo por un
bando es para el otro una causa de luto. Todo lo que es desafortunado en una
guerra lo es muy realmente y por el contrario todo lo que de denomine buena
fortuna es una buena fortuna salvaje y cruel, una alegría no
generosa, al derivar su existencia de la aflicción de otro.
De hecho, a su conclusión normalmente ocurre que ambos bandos,
el victorioso y el derrotado, tienen razones para lamentarse. No sé de ninguna
guerra que haya discurrido tan afortunadamente en todos sus acontecimientos que
el conquistador, si tenía corazón y sentimientos para juzgar, que tendría que
tener, no se arrepintiera de haberla sufrido.
Tantos y tan grandes son los males que se producen para
conseguir un fin, que es en sí una maldad mayor que todos los que le han
precedido para su preparación. Así que nos afligimos por un fin noble que nos
permite afligir a otros.
Si tuviéramos que calcular con justicia el asunto y realizar
un cálculo justo del coste de atender la guerra y del de de procurar la paz,
deberíamos descubrir que la paz podría comprarse por la décima parte de los
cuidados, trabajos, problemas, peligros, gastos y sangre que cuesta ir a la
guerra.
¡Pero el objetivo es hacer todo el daño posible al enemigo!
¡Un objetivo muy inhumano! Y considerar si podemos dañarle seriamente si dañar,
por los mismos medios, a nuestra propia gente. Sin duda es actuar como un loco
llevarnos una parte tan grande de un seguro mal cuando debe ser siempre algo
incierto cómo puede acabar la guerra al final.
¿Dónde están las tantas y tan sagradas obligaciones de
concordia perfecta, como en la religión cristiana? ¿Dónde las numerosas
exhortaciones a la paz? Jesucristo proclamó una ley como su propia ley
particular: era la ley del amor o la caridad. ¿Qué práctica entre la
humanidad viola esta ley tan groseramente como la guerra?
Examinad todas las partes de su doctrina y no encontraréis
nada que no respire paz, hable el lenguaje del amor y saboree el de la caridad,
y cómo él sabía que la paz no podía preservarse salvo que esos objetivos por
los que pelea el mundo a punta de espada fueran considerados viles y despreciables,
nos ordenó que aprendiéramos de él a ser mansos y humildes.
Declaró bienaventurados a quienes no estimaran las riquezas.
Prohibió resistir al mal. En resumen, como toda su doctrina recomendaba renuncia
y amor, así su vida no enseñó sino bondad, dulzura y amable afecto. Tampoco los
apóstoles inculcaron otra doctrina: habían bebido el purísimo espíritu de
Cristo y estaban llenos de las sagradas aguas del manantial. ¿Que resuena en
todas las epístolas de Pablo salvo paz, sufrimiento, caridad? ¿Qué otra cosa hacen
todos los escritores en el mundo que son verdaderamente cristianos?
Pero observemos cómo los cristianos defienden la locura de
la guerra. Si, dicen, la guerra hubiera sido absolutamente ilegítima, Dios no
hubiera animado a los judíos a hacer la guerra contra sus enemigos. Pero los
judíos casi nunca fueron a la guerra, como hacen los cristianos, entre sí, sino
contra extranjeros e infieles: nosotros, los cristianos, empuñamos la espada
contra cristianos. Ellos luchaban por mandamiento expreso de Dios; nosotros,
por mandamiento de nuestras propias pasiones.
Pero incluso los cristianos dicen que las leyes de la
naturaleza, de la sociedad, de los usos y costumbres, conspiran para dictar la
aptitud de repeler fuera con fuerza y defender la vida y también el dinero.
Hasta aquí estoy de acuerdo. Pero la gracia de la Palabra de Dios, de más
fuerza que cualquiera de estas leyes, declara en palabras contundentes que
debemos devolver bien por mal y también deberíamos rezar por quienes pretenden
quitarnos la vida. Todo esto, nos dicen, tiene una se refiere en particular a los
apóstoles, pero entiendo que también se refiere a todo el pueblo cristiano.
También argumentan que, igual que es legítimo infligir
castigo a un delincuente individual, debe ser legítimo tomar venganza sobre un
estado ofensor. Una respuesta completa a este argumento me obligaría a una
mayor prolijidad de la que ahora necesitamos y sólo diré que los dos casos
difieren mucho en este aspecto: quien es condenado judicialmente sufre
el castigo que impone la ley, pero en la guerra cada bando trata al otro
como culpable y procede a infligir castigos sin considerar la ley, el juez o el
jurado. En el primer caso, la maldad sólo recae en quien comete la falta; en el
último, la mayor parte de los numerosos males recae en quienes no merecen ningún
mal en absoluto, en campesinos, ancianos, madres, huérfanos y mujeres
indefensas.
Pero el objetor repite. “¿Por qué no puedo ir y cortar el
cuello de quienes nos cortarían el cuello si pudieran?” ¿Entonces considerarías
una desgracia que cualquiera fuera más malvado que tú?
¿Por qué no va y roba a los ladrones? Le robarían si
pudieran. ¿Por qué no injuriar a los que nos injurian? ¿Por qué no odiar a los
que nos odian? ¿Considera una noble hazaña para un cristiano haber matado en
guerra a quienes considera malvados, pero que siguen siendo hombres por los que
murió Cristo, ofreciendo así víctimas más aceptables al Diablo y deleitando al
gran enemigo en dos aspectos: primero en que se mata a un hombre y segundo en
que el hombre que mata es un cristiano?
Si la religión cristiana es una fábula, ¿por qué no la
demolemos honrada y abiertamente? ¿Por qué nos burlamos de ella? Pero si Cristo
es “el camino, la verdad y la vida”, ¿por qué todos nuestros planes de conducta
difieren tanto de sus enseñanzas y ejemplos? Si reconocemos a Cristo como
nuestro Señor y Maestro, que es amor y no enseñó más que amor y paz, mostremos
su modelo en nuestra vida y palabra. Adoptemos el amor a la paz que Cristo
pueda reconocer, igual que nosotros le reconocemos como Maestro de la Paz.
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Erasmo de Rotterdam (1466/1469-1536) fue humanista, sacerdote
y teólogo católico holandés del Renacimiento, conocido como el “Príncipe de los
humanistas”.