Por Walter Block. (Publicado el 16 de febrero de 2010).
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4104.
[Austrian
Economics Newsletter, Otoño de 1993]
El Profesor Gary S. Becker, ganador del Premio Nobel 1992 de
Ciencias Económicas es como el Profesor Moriarty del famoso Sherlock Homes. Holmes
decía de Moriarty, “Una y otra vez, en casos de los más variados tipos
(falsificaciones, robos, asesinatos) he sentido la presencia de esta fuerza”.
De forma similar, el Dr. Becker ha puesto su firma en
virtualmente todos los rincones no sólo de la economía, sino también de la
ciencia social en su más amplia definición. E igual que cuando la víctimas de
ficción de las novelas de Arthur Conan Doyle temblaban cuando el Profesor
Moriarty estaba en el pueblo, casi ningún estudioso se encuentra seguro en los
campos de la historia, el derecho, la sociología, la psicología, la
criminología, la ciencia política o la filosofía cuando el procesador de textos
de Gary Becker se activa.
La trayectoria de Becker abriendo nuevos caminos para la
“ciencia lúgubre” empezó con su libro de 1957, The Economics of
Discrimination. Antes de esta obra, el estudio del prejuicio y la
discriminación habían sido de exclusivo dominio de sociólogos y psicólogos.
Becker demostró que demanda y oferta, coste y beneficio y pérdidas y ganancias
podían dar bastante luz sobre este asunto.
Gracias a su trabajo, sabemos que la gente paga un precio
por la discriminación, sea ésta por raza, sexo o cualquier otro criterio.
Quienes tienen esas preferencias tienden a perder en la lucha competitiva del
mercado, pues deben pagar más por factores igualmente capaces de producir. El
mercado premia a la gente indiferente al color. Por tanto, el capitalismo,
lejos de ser la empresa racista y sexista que los marxistas creían que era, es
realmente un comportamiento bastante humano.
Cuando el estado se apropia de gran parte de la economía, el
proceso de liberación del mercado (el de penalizar a los intolerantes) se
limita en ámbito. No puede funcionar en el sector público, debido a la ausencia
de pérdidas y ganancias.
Tampoco la obra de Becker sobre la familia ayuda o consuelo
a quienes tratan de denigrar esa institución tradicional. Ha aplicado a las
relaciones maritales las ideas recogidas en el estudio del comercio
internacional.
Por ejemplo, tomemos la ventaja absoluta. Ésta es la
doctrina que muestra cómo los países pueden beneficiarse de la especialización
mundial y la división del trabajo, pues algunos pueden producir algo más
barato, mientras que otros son más productivos en otro producto. Por eso no se
producen plátanos en Canadá ni jarabe de arce en Costa Rica: cada nación se
especializa en lo que mejor hace y comercia por las especialidades de otro.
Esto es parte integrante de la explicación económica del
matrimonio. El marido habitualmente se gana la vida especializándose en
actividades de mercado, mientras que a menudo es un patoso en la cocina,
cuidando niños, etc. La esposa, debido a la interrupción del trabajo y quizá a
distintos intereses, puede ser menos productiva que su marido fuera de casa.
Como consecuencia, sus ganancias tienden a ser menores que las de él. Por el
contrario, complementan sus trabajos. Juntos son más fuertes económicamente,
igual que en el caso de las sociedades de negocios donde un miembro se encarga
de los clientes mientras otro se preocupa de la fabricación y las cuentas.
El “imperialismo económico” de Becker (aplicando teoría
microeconómica a problemas tradicionalmente monopolizados por otras ciencias
sociales) tiene pocos límites, si es que los hay. Ha aplicado la microeconomía
a modelos de ciclo de vida, actividades criminales, política, comportamiento de
los votantes, inmigración, educación, divorcio y asignación del tiempo. La
lista sigue y sigue.
Pero al elegir a Becker, el comité de Estocolmo ha
continuado una buena tradición de premiar con el Nobel a economistas del libre
mercado que, accidental o voluntariamente, han estudiado o enseñado en la
Universidad de Chicago. La lista hasta ahora incluye a Milton Friedman, F.A.
Hayek, Theodore Schultz, George Stigler y James Buchanan. Gary Becker es un
digno sucesor de este equipo de estrellas. Lo sorprendente no ha sido que
ganara el Premio Nobel, sino que tardara tanto en conseguirlo. De hecho no he
sido el único de sus antiguos alumnos que ha perdido dinero en los últimos
siete años apostando a que recibiría el premio.
Conocí a Gary Becker cuando era estudiante de postgrado en
la Universidad de Columbia en 1965. Ya tenía una reputación como enfant
terrible y sus cursos eran muy conocidos en la comunidad académica local.
Fue miembros de mi tribunal de examen oral y luego me honró aceptando ser mi
director de tesis. Sin embargo a mitad de mis estudios dejó Columbia para
unirse a la facultad de la Universidad de Chicago. Durante años he bromeado
diciendo que Columbia no era lo suficientemente grande para nosotros dos.
En los años siguientes, he tenido la suerte de poder
relacionarme con él en muchas reuniones de la Sociedad Mont Pelerin y
conferencias del Fondo de la Libertad. Muy leal con todos sus colegas y
antiguos alumnos, ha sido para mí un cálido apoyo durante años. Personalmente
me encantó el reconocimiento que le hizo el comité del Premio Nobel.
¿Cuáles son las consecuencias de este premio para la
economía austriaca? Puede haber algún beneficio positivo, pero no muchos. Este
reconocimiento no potenciará la tradición austriaca más que los de Friedman,
Stigler o Coase. Los efectos beneficiosos para la praxeología serían
indirectos, no directos como lo fueron en pequeña medida en el caso de Buchanan
y en grande en el de Hayek.
Se producirán algunos beneficios porque las escuelas de
Chicago y austriaca son las únicas escuelas de pensamiento económico orientas a
la libre empresa. Pensemos, por ejemplo, en la economía normativa. Lo que ayude
a una escuela, ayudará a la otra, en la medida en que compartan esas cosas en
común.
La dirección de la influencia es principalmente de una sola
dirección, por supuesto, de la Escuela de Chicago a la Escuela Austriaca y no a
la inversa. Como dice el chiste del elefante y el ratón (dice el ratón, subido
al hombro de un elefante que cruza un puente, “¡Tío, sí que hemos hecho que se mueva
ese puente!”), esto ocurre porque uno es mucho mayor y más visible que el otro.
En la medida en que Becker se opone a las leyes de salario mínimo,
controles de rentas, aranceles, socialismo, nacionalización de la industria,
licencias, etc., y en la medida en que apoya los mercados, la privatización y
los derechos de propiedad, esto no puede sino ayudara los austriacos en su
lucha por una sociedad más libre.
Por el contrario, en relación con la economía positiva, no
habrá ninguna mejora; si hay algún impacto, será negativo. Esto ocurre porque
la postura metodológica de Chicago está demasiado cerca (de hecho es
indistinguible) de la del resto de la profesión. Es un gran contraste con
Hayek, cuya recepción el premio ha sido la principal responsable de la
recuperación austriaca. Conozco a Gary Becker, es amigo mío y céname, no es
Friedrich Hayek. Ni siquiera es un James Buchanan, que adoptó una postura sobre
el subjetivismo de los costes compatible con la de la escuela praxeológica.
En lo que respecta a Becker, la Escuela Austriaca bien podría
no existir. En ninguno de sus escritos hay ni siquiera el más mínimo indicio o
evidencia de cualquier familiaridad o interés sobre ella. Los nombres de Menger,
Böhm-Bawerk, Mises y Hayek nunca han salido de sus labios en los muchos en que
he acudido a sus cursos.
No, el Premio Nobel 1992 es un teórico de microeconomía neoclásico
hasta la médula. Está completamente imbuido de la tradición positivista: economía
matemática, curvas de indiferencia, verificación de hipótesis, falsacionismo,
econometría, etc. Lo único remarcable (lo que le diferencia de casi todos los
demás que están en este sector particular) es la brillantes e imaginación con
la que utiliza estas herramientas tradicionales de análisis.
Pero eso no le hace un austriaco. No le hace alguien más
receptivo a la tradición austriaca que cualquier otro economista de la
corriente principal que tenga menos talento. Además, ha adoptado numerosas
posturas que divergen mucho de las sostenidas por los economistas austriacos.
Fijémonos en lo siguiente:
- Sostiene
que no hacen la falta la racionalidad y el propósito para comprender la
actividad económica en general, ni las curvas decrecientes de demanda en
particular. (Ver su polémica con Israel Kirzner sobre el asunto).
- Adopta
la opinión típica de Chicago de que el monopolio (definido como un sector
altamente concentrado) es una violación de la libertad económica y debería
prohibirse mediante leyes antitrust. Quizá reformaría radicalmente esa
legislación, pero no la derogaría.
- Mantiene
que la política es tan susceptible de análisis económico como cualquier
otro tipo de actividad. Con esto quiere decir que los partidos políticos
son similares a las empresas, los votos en las urnas son como votos en dólares
y ser elegido equivale a obtener ganancias. En resumen. El gobierno es sólo
un acuerdo institucional más, igual que la iglesia, la familia, los clubs
sociales, los Boy Scouts, etc. Como parte integrante de esta opinión,
defendía en una de sus columnas más recientes en Business Week la
subasta de los derechos de ciudadanía en EEUU.
- En
muchos asuntos (el patrón oro, el rechazo del Sistema de Reserva Federal,
los tipos fijos de cambio) sus opiniones no se diferencian de las de su
colega Milton Friedman.
Todos los economistas deberían entonar tres hurras
entusiastas por este Premio Nobel muy merecido. En áreas de la economía
normativa, este acontecimiento supone un espaldarazo a muchas de las opiniones
sobre el libre mercado sostenidas por los austriacos. Pero ene lo que se refiere
al análisis económico positivo, no ayuda en nada a la escuela praxeológica.
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Walter Block es investigador eminente Harold E. Wirth,
catedrático de economía en la Universidad de Loyola, investigador senior del
Instituto Mises y columnista habitual para LewRockwell.com.
Este artículo apareció originalmente en la Austrian Economics Newsletter,
Otoño de 1993.