Por Robert P. Murphy. (Publicado el 8 de febrero de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4038.
Soy economista profesional, lo que significa que no me basta
con estar contento cuando la gente trata de ayudar a otros. Por el contrario,
me siento obligado a analizar si sus acciones altruistas son eficaces o parecen
ser un despilfarro de recursos. En un ramalazo de inspiración, descubrí una
forma de hacer más productivos los impulsos caritativos, pero tuve que
abandonar la idea una vez que me di cuenta de que el gobierno no la aprobaría.
Campanas y maratones
De verdad espero no ofender a nadie al decir esto, pero me
parece que un montón de las campañas de recogida fondos de este país son una
tontería. Por ejemplo, cuando era más joven viví unos meses en un barrio
bastante peligroso de Chicago. A veces por la noche, cuando bajaba del metro “el”
de vuelta a mi casa, una mujer veinteañera estaba fuera de la estación,
recaudando dinero para el Ejército de Salvación.
Bueno, esto siempre me pareció algo ridículo, pero, al no
ser un total imbécil, simplemente sonreía y seguía mi camino. Pero esto es lo
que iba pensando:
Señora, ¿está loca? Tengo cierto miedo a llegar a casa
tan tarde y tener que caminar diez manzanas en este barrio. Esta estación está
ahora desierta y la gente que se baja aquí no tiene un chavo.
¿Cuánto dinero recauda en realidad por cada hora que está
aquí haciendo sonar su campana? Es estupendo que quiera obtener dinero para
gente necesitada, pero ¿no tendría más sentido hacer horas extras en su trabajo
y donar el dinero extra de su nómina?
Tengo recelos similares sobre la forma en que nuestra
escuela nos usaba para recaudar dinero. Fui a una escuela secundaria católica que
organizaba maratones anuales. Así que cuando era niño iba en mi barrio de
puerta en puerta y pedía a la gente que diera una cierta cantidad de dinero por
cada vuelta que diera alrededor de mi escuela. (Algunos donantes resultaron ser
tipos duros, preguntándome lo largas que eran las vueltas y midiéndome como
fuera un caballo de carreras).
En mi época del bachillerato teníamos campañas de dulces y
revistas, donde igualmente íbamos puerta a puerta y hacíamos sentir
culpabilidad a la gente para que comprara cosas que no querían. Por supuesto,
nunca nos quedábamos con una parte de los beneficios, pero la escuela nos daba
premios para motivarnos. Era algo ridículo porque había un chico que podía
hacer que sus padres obtuvieran pedidos en sus trabajos, por lo que nunca había
posibilidad de batirle. Apuesto a que la revista Ellery Queen Mystery Magazine
debía la mitad de sus suscripciones a ese chico.
Por supuesto, hay analogías adultas a estas cosas. Por
ejemplo, la gente recauda dinero para la investigación del cáncer con “Walking
for a Cure”, etc. Entiendan que no estoy criticando a la gente que
participa en esas actividades. Entiendo que son eventos sociales y que así se
obtiene más dinero que simplemente pasando el sombrero a los compañeros de
trabajo. Pero lo que quiero decir es si no hay una forma en que podamos
explotar el lado filantrópico de la gente sin hacer algo intrínsecamente inútil
como hacer que un puñado de estudiantes den ocho vueltas al estacionamiento de
la escuela o pedir a la gente que gaste dinero en dulces o revistas que
realmente no quieren.
Una forma mejor
En este contexto, he aquí mi idea: Supongamos que hay una
organización que acabe obteniendo un nombre respetable en la comunidad, de
forma que todas las escuelas y muchos tipos de organizaciones benéficas confíen
en ella para coordinar su recaudación. En lugar de niños vendiendo cajas de barras
de chocolate con almendras o pidiendo donaciones basadas en las vueltas
alrededor de la escuela, lo que harían los estudiantes es pedir que la gente les
comprara horas de voluntariado.
Por ejemplo, un estudiante aparecería a su puerta explicándole
que está recaudando dinero para su viaje de invierno a la estación de esquí y
que vende horas de voluntariado a 20$ cada una. Usted diría: “Un viaje a
esquiar, ¿eh? Suena divertido. De acuerdo, ponme 5$”.
Luego, después de que el chico recaudara un dinero, lo
llevaría a su escuela, que reenviaría la información a la organización. Digamos
que el chico ha recaudado 80$ de la gente de su barrio. Más tarde, algún sábado
iría a la organización, donde se le asignaría un equipo con otros chicos. Dependiendo
de sus edades y habilidades (y el número de acompañantes adultos disponibles),
podrían repartir sopa en un refugio de vagabundos, quitar basura en el parque
local, ayudar a una viuda mayor a limpiar su patio o ir a un orfanato a jugar
con niños más pequeños.
La idea es que la organización filantrópica tendría que
asegurar que los “voluntarios” hacen cosas que la mayoría de los miembros de la
comunidad aprecia, así que estarían más dispuestos a “comprar horas” a los
niños (e incluso a los adultos) que estuvieran intentando recaudar dinero para
distintas causas. Para su control, después de su voluntariado, los
participantes obtendrían unos certificados de la organización que podrían
entregar a los distintos donantes como “recibo” por sus aportaciones.
Si la idea cuajara, podría aumentar realmente la cantidad de
donaciones de caridad en cierta área y, lo que es más importante, podría centralizar
los impulsos filantrópicos de todos con el fin de hacer de la comunidad un
lugar más agradable para vivir. De vuelta a casa, la gente vería equipos de la
organización llevándose bolsas de basura que otros habrían arrojado junto a la
carretera y pensarían “¡Eh! Me pregunto si mi vecino está ahí. Le pagué 30
minutos en último martes cuando recaudaba dinero para su viaje de estudios a
Europa”.
La llave inglesa del gobierno
Por desgracia, pienso que mi idea no sería legal. Si
realmente llegáramos al punto en que los recaudadores hicieran algo útil
para otros, probablemente dejaría de ser caridad y se convertiría en trabajo.
No soy un experto legal, pero apuesto a que es perfectamente correcto pagar 20$
por tener a un estudiante andando alrededor de su escuela, mientras que es una
violación de las leyes laborales pagar al mismo chico 20$ por pasar la
aspiradora en el salón de la vieja señora Jenkins.
De hecho, como observó Jeff Tucker, este asunto de los
impuestos y las leyes laborales podría ir muy lejos en su explicación del
aparentemente absurdo desperdicio de trabajo humano en la estructura actual de
actividades caritativas. ¿Se acuerdan cuando me preguntaba acerca de esta joven
que ganaba más por hora en su trabajo de lo que recaudaba haciendo sonar la
campana? Bien, recuerden que la cantidad relevante serían sus ganancias después
de impuestos. El gobierno pone una enorme valla delante de cualquier
actividad que ofrezca beneficios directos a otros. Ésa podría ser la razón por
la que muchos de los esfuerzos de los recaudadores no ofrezcan dichos
beneficios.
Pero no tema, querido lector. Aunque las regulaciones del
gobierno no permitan mi propuesta de caridad voluntaria, el gobierno está ahí
con sus propios programas para mejorar la sociedad.
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Robert Murphy, investigador adjunto del Mises Institute y
miembro de la facultad de la Universidad Mises, gestiona el blog Free Advice y es autor de The
Politically Incorrect Guide to Capitalism, Study
Guide to Man, Economy, and State with Power and Market, Human Action
Study Guide y The
Politically Incorrect Guide to the Great Depression and the New Deal.