Por Frank Chodorov. (Publicado el 21 de enero de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/3949.
[De The Rise and Fall of Society]
Hay que decir a favor de los socialistas declarados y
doctrinarios que su fe en el Estado es sublime. Para ellos, la institución del
poder político es el infalible pastor del rebaño, la guía a la Buena Sociedad;
es asimismo el antídoto de toda maldad, el creador de abundancia, la
encarnación de la justicia, la sublimación de las aspiraciones humanas. Eso
creen. Sin duda fingen un elaborado racionalismo, algo a lo que llaman
materialismo dialéctico, que su vez se basa en una aglomeración verbal conocida
como economía marxista. Se han aplicado a estas nociones lógica y hechos sin
fin para probar que sólo son nociones. Pero todo lo que esta elucubración ha
resultado ser es una pura pérdida de tiempo, al menos en lo que se refiere a
influir en los verdaderos devotos. Siguen creyendo. Uno no puede sino
maravillarse y admirar su integridad devocional.
La religión del socialismo llegará, según mantienen sus
devotos, sólo cuando muera el malvado culto del capitalismo. Hasta ese día
feliz el Estado sufrirá de imperfecciones, pero esas imperfecciones no son
inherentes al Estado: son simplemente tumores capitalistas malignos que
sucumbirán fácilmente a la cirugía socialista. La verdadera gloria del Estado
se hará evidente cuando el sacerdocio ungido se entronice en sus templos (por
la fuerza, si es necesario), y luego procederá a hacer demostraciones diarias
de su milagrosa omnisciencia, por no decir nada de su omnipotencia. Entre
tanto, es tarea de los fieles aumentar el poder del Estado, reducir el área de
expresión del pensamiento individualista pecador y herético, de forma que
cuando la resistencia al Estado sea inútil no habrá nadie competente para
administrar su grandeza excepto los eruditos obispos de la iglesia.
Por esta razón vemos a socialistas alineados con no
creyentes en la búsqueda de reformas que prometan mejorar el poder del Estado.
Pero no son reformistas. Su interés por la reforma deriva de la conveniencia:
la reforma es meramente una maniobra táctica que encaja con su estrategia
general.
El reformista es también una persona entregada, pero el
objeto de su devoción no es un orden político completamente revisado, sólo una
mejora concreta en el actual. Su entusiasmo puede encontrar posibilidades de
panacea en sus propuestas, pero está interesado principalmente en arreglar un
mal concreto, real o imaginario. Pide una ley, con las sanciones necesarias,
que obligue a la gente a cambiar sus malos hábitos, que traerá justicia social,
que abolirá las escaseces y creará abundancias, que incluso domesticará a la
caprichosa naturaleza. Sea lo que sea lo que espere lograr, sus querencias se
caracterizan por un fuerte sentido moral y la convicción de que el poder
político es el instrumento correctivo moral.
Produzca o no la administración de la ley los resultados que
cree que producirá el reformista si tiene éxito en que se dicte o haga peores
las cosas que esperaba corregir, el efecto neto es aumentar el pode r político
y disminuir el poder social. El legado residual de todas las reformas es el
Estado. Así que el reformista resulta ser un aliado involuntario de los
socialistas, que realmente le desprecian por su falta de comprensión
espiritual.
La reforma mejor publicitada de toda la historia es la
efectuada por José el Proveedor. La Biblia nos dice que todo empezó con un
sueño, lo que es muy propio, porque todas las reformas se originan en la
fantasía. En este caso, el mal que buscaba corregir José era una insuficiencia
de la naturaleza, o eso dice la historia, aunque podría ser que el daño que
produjo a los egipcios se intensificara por los impuestos del faraón; tenemos
razones para creer que los impuestos, no la prodigalidad, dejan poco para
sostenerse en la depresión. José pensaba de otra manera y su propuesta de
remedio fue muy agradable al faraón porque implicaba la imposición de un nuevo
gravamen. (Aquí tenemos el primer caso conocido de “impuesto para fines sociales”).
La reforma de José era un éxito tan seguro, tan completa en
todos los aspectos, que el faraón la adoptó de inmediato. Y por supuesto llevo
al reformista directamente de la cárcel de Putifar al puesto de primer
ministro. ¿Cuál fue el resultado de la reforma?
El impuesto del 20% de la renta que recaudó José durante los años de
abundancia se acumuló en el tesoro público, como estaba previsto, pero cuando
los hambrientos trabajadores pidieron su devolución, como se había prometido,
se les informó que había un precio de compra de su propiedad confiscada. El
precio, al principio, fue todo su capital, sus existencias y sus tierras y
cuando desapareció todo, se vendieron como esclavos del faraón. Así que la
reforma de José hizo lo que todas las reformas, aumentó el poder político.
Quizá José no lo pretendiera de esa forma, a los reformistas no se les debe
echar la culpa de la contrariedad de sus reformas, quizá no conocía bien la
ciencia política, pues podía haber aprendido que el Estado nunca deja pasar la
oportunidad de acumular poder.
Aproximadamente cuarenta siglos después los granjeros de
Estados Unidos afrontaron una incapacidad económica de grandes proporciones. En
este caso, el daño no fue causado por la naturaleza, sino por la ley del lugar.
Había una gran diferencia entre sus ingresos y su coste de vida, generado por
el efecto de que mientras se veían obligados a aceptar por sus productos el
precio fijado en el competitivo mercado mundial estaban a la vez obligados a
pagar precios gravados con aranceles para sus necesidades de manufacturas. La
equidad demandaba la abolición de los aranceles, pero esto habría debilitado el
poder del Estado, lo que no podía ser. Así que algún reformador tuvo la idea de
que el ingreso del granjero debía aumentar con impuestos recaudados al resto de
la población (igual que el ingreso de los fabricantes protegidos mejora con los
aranceles) hasta el punto indefinible de que el ingreso del granjero se iguale
al gasto. A esto se le llamó “paridad”. Los políticos lo aceptaron, no porque
entendieran los términos de la ley propuesta o previeran sus efectos, sino
porque su defensa les prometía la promoción a la que estaban dedicadas sus
vidas.
La bonanza prometida a los granjeros resultó ser en gran
parte sólo una promesa: como la mayoría de las granjas del país estaban
hipotecadas o se operaban en aparcería, una considerable parte de los subsidios
fue a los titulares de las hipotecas o a los propietarios reales. Más
importante fue que el precio artificial que el Estado impuso en las cosechas
les puso fuera del mercado mundial mientras que el mercado interno se contraía
por la reducción del poder de compra de los consumidores generada por los
impuestos. Como en todos los subsidios, alguna gente obtiene algo a cambio de
nada con el “auxilio rural”, el resto de la Sociedad paga la factura y el
beneficio neto es un aumento del poder del Estado. Pues las medidas de reforma,
al ponerse en marcha, produjeron una multitud de problemas no previstos, cada
uno de los cuales pide una ley que los remedie
y más funcionarios para su cumplimiento, hasta que al fin hasta el
último granjero de Estados Unidos se encuentra controlado, regulado y además
acosado por las autoridades. El sueño de la reforma siempre presagia un
beneficio para el faraón.
Cuando reducimos la abstracción “poder político” a su
realidad operacional, a la forma en que funciona realmente, vemos como se
alimenta de las reformas. Cada propuesta para mejorar la suerte humana con
medidas políticas pide la adopción de una ley o edicto oficial. La ley
presupone que alguna gente no está haciendo lo que tendría que hacer o está
haciendo algo que no tendría que hacer. Por tanto, el propósito de la ley es
regular el comportamiento humano. La misma premisa de la ley es que esa
violación o evasión seguirá tras su promulgación, que no se impondrá por sí
misma; por tanto, el centro de la ley es una cláusula sancionadora. Ninguna ley
merece el papel en que está impresa sin una cláusula así y ninguna ley tiene
efecto alguno si no se implanta con quien la pueda imponer. Ahí reside el
secreto de la acumulación y perpetuación del poder político.
La ley de reforma de José fue llevada a cabo por lo que la
Biblia llama “funcionarios”: tipos robustos que realizaban su tarea con
firmeza. Allá donde la autoridad es difusa y altamente formalizada, como en
este país, se recurre al arbitrio de la fuerza sólo cuando los métodos más
sutiles de la persuasión y el soborno se han agotado, métodos que requieren los
servicios de “funcionarios” altamente entrenados, actualmente conocidos como
burócratas. Los burócratas son gente distinta de aquélla cuya acción se limita
a actuar bajo la ley; también están inclinados a obtener todo lo que puedan de
la vida con el mínimo esfuerzo y también ajustan su pensamiento a lo medios que
tienen a mano. Desarrollan un marco de ocupación en su mente, la psicología
burocrática. Es algo sui generis, o se convierte en ello después de un periodo
de acomodación. La mente de un burócrata puede compararse, sin querer ser
injusto, con la mente criminal en el sentido de que toma su forma por las
peculiaridades del negocio. Igual que el criminal, el burócrata no está
sometido a la disciplina del mercado, ganándose la vida no por producción, sino
por depredación; de hecho, como el burócrata se supone que es un “servidor
civil”, su trabajo adquiere un aura que ni el ladrón ni el productor pueden
soñar.
Al burócrata le gusta su trabajo. Los emolumentos pueden ser
o no tan grandes como los que el mercado pagaría por esos servicios reales y
fueran capaces de rendir a la Sociedad, pero el renombre que se acumula en
quienes ejercitan o representan o tienen acceso al poder es importante: su paga
en ego no debe despreciarse. Pero su trabajo depende de la ley, no de la
producción, y por tanto su principal preocupación es la ley, su aplicación, su
perpetuación, su engrandecimiento. Cuanta más ley, mejor, lo que es otra forma
de decir que su mente está interesadamente de acuerdo con las posibilidades de
reforma. La proliferación de reformas significa la proliferación de trabajos
burocráticos, con su correspondiente abundancia en honores y oportunidades para
los ambiciosos. Así aparece un interés personal en las reformas, desarrollando
tanto una distinción de conciencia de clase como las habilidades necesarias
para su perpetuación y avance. La burocracia es una aristocracia de la oficina,
es vital para esta aristocracia que las oficinas una vez establecidas se
perpetúen, incluso aunque la razón que las hizo nacer haya pasado hace mucho y
que las que no puedan seguir viviendo sean reemplazadas por otras. El interés
personal hace con ello que el poder del Estado no disminuya.
Hablando estrictamente, las leyes las hacían los monarcas y
los legisladores. Fue el faraón el que proclamó la ley, no José. Pero el faraón
actuó con el consejo de José. En nuestra era “democrática”, cuando el
parlamento hace leyes, es el burócrata el que las redacta, el que prepara los
argumentos que las justifican (en boca de los legisladores), el que estima (o
subestima) los costos de operación, el que pone en marcha la maquinaria
(trabajos) para implantar las leyes. Y cuando una ley en vigor no produce la
solución del problema que se suponía que iba a resolver, sino que produce sus
propios problemas, es la burocracia la que propone los correctivos.
Ideológicamente, la burocracia es siempre “de izquierdas” (si por tal término
queremos decir el agrandamiento del poder del Estado), no tanto por
convencimiento como por los intereses personales y la psicología del negocio.
Un burócrata es un socialista, o un comunista, porque su trabajo le requiere
que piense como un socialista o un comunista.
Una vez que la ley forma parte del código legal, queda fuera
del ámbito de los que la crearon, los legisladores o el rey, y se convierte en
el territorio especial y privado de quienes la manejan. Cuanto más numerosas y
prolijas sean las leyes, más importantes y autosuficientes serán los
especialistas. Ningún legislador a tiempo parcial (cuya principal preocupación
es ser elegido) o rey (preocupado por disfrutar) puede tener posibilidad de
encontrar el camino a través del laberinto legal sin un guía. Así que el cuerpo
gobernante real del país es en la práctica su burocracia, cuyas perspectivas
mejoran con cada reforma que se convierte en ley.
Los poderes intervencionistas del Estado están en proporción
directa a sus ingresos; debe tener los medios con los que hacer cosas. Pero la
evidencia y realidad visible de sus poderes es la burocracia, por lo que su
tamaño es una medida segura de la magnitud de dichos poderes. Por decirlo de
otra manera, toda medida intervencionista reclama una agencia para su
cumplimiento, pues no puede cumplirse por sí misma y las operaciones de esta
agencia deben pagarse, sin mencionar los costes de los equipos necesarios, como
oficinas, materiales y edificios. ¿Para qué fin pondría el Estado sus ingresos
si no tuviera una burocracia que mantener? Lo que en cierto modo es una
redundancia, pues la burocracia es el Estado. Los gastos del Estado son los
gastos de la burocracia, igual que los poderes del Estado se materializan en
las funciones de la burocracia. Es el tamaño e importancia de esta aristocracia
de las oficinas la que se concreta en el Estado. Por tanto, cuando esta
aristocracia reclama sobre la financiación fiscal, simplemente se ocupa de sus
negocios y cuando se ocupa de alguna medida reformista que conlleva más gastos,
actúa de acuerdo con su carácter.
Una historia de la reforma en Estados Unidos tendría que
dedicar la mayoría de sus páginas a los últimos cien años y, si fuera realista
en lugar de ideológica en su valoración de los resultados, concentraría el
crecimiento de la burocracia en los últimos cincuenta. Al principio, digamos
entre el periodo de la colonización y la Guerra Civil, la preocupación
dominante del pueblo estadounidense fue la producción y la acumulación; había
poco interés en la posibilidad de mejorar la Sociedad por medios políticos. La
Revolución difícilmente puede clasificarse como reforma, pues vino espoleada
por una urgencia de limitar el poder político, no de engrandecerlo; la
expectativa de los revolucionarios era la libertad ante el Estado, no sus
favores, así que era mejor que siguieran excavando, fabricando, transportando,
vendiendo y persiguiendo la felicidad. La idea de usar medios políticos para
mejorar las circunstancias personales difícilmente se les hubiera ocurrido a
los revolucionarios, pues había demasiado poco producido para que el poder
político lo confiscara. Los impuestos eran bajos y su recaudación difícil.
Algunos ciudadanos y agentes británicos disfrutaban de los pocos privilegios
que había otorgado la Corona, pero éstos tenían poco valor crematístico y por
tanto eran poco envidiados. La reforma, en realidad, se limitó a las prácticas
religiosas y morales, pero incluso ahí las autoridades tuvieron poco peso, pues
uno podía escapar a sus intervenciones huyendo hacia tierras vírgenes.
Después de la Revolución, la nueva clase política empezó a
hacer de las suyas, económicamente hablando. Como la Constitución y el espíritu
del pueblo refrenaban el poder de imponer impuestos, esta clase tenía poco con
lo que expandir sus prerrogativas: era demasiado pobre para pedir reformas. Los
mejor que podía hacer es entregar la vasta área sin colonizar de la que tenía
control sobre el papel a sus favoritos, incluyendo miembros del Estado, para
juegos de azar. Algunos hicieron su buen dinero de esta concesión original,
pero como seguía habiendo mucho terreno para ocupar, usar e incluso jugar, la
riqueza así adquirida produjo poca avaricia y por tanto ningún movimiento de
reforma: cuando el botín es grande y está distribuido liberalmente, la
moralización está fuera de lugar.
Acerca de la única reforma que asomó en los primeros años de
la República, ésta fue una reclamación urgente de dinero barato. Empezó en
Masschussets, incluso antes de que se ratificara la Constitución y su
proponente fue, por supuesto, la gran clase de deudores que esperaban liquidar
sus hipotecas imprimiendo dinero. La historia de la reforma monetaria, de la
Rebelión de Shays, pasando por la lucha de Andrew Jackson con el Banco de
Estados Unidos, hasta la era de los “wildcat banks” y los Greenbackers, culminó
finalmente en el rechazo del patrón oro por Franklin D. Roosevelt y el
establecimiento de la inflación como política nacional. Lo que empezó como un
intento de librarse de las deudas privadas, acabó como un plan fiscal artero,
es decir, que la reforma redundó en beneficio del Estado. Y ahora que el Estado
ha cobijado a la inflación bajo sus alas, la burocracia que la “controla” es
una institución muy ocupada, empleando a miles de operarios, incluyendo
eruditos profesores de economía. El si los deudores obtuvieron alguna vez un
penique de su querida reforma es algo cuestionable.
Otra reforma que amenazaba en los primeros días fue la
agitación sobre los aranceles protectores, a favor y en contra. No produjo
ningún resultado, salvo la Guerra Civil y los aranceles más altos y un
considerable ejército y marina de recaudadores e investigadores y “expertos” en
aranceles, esto es, una burocracia. El hecho de que las industrias protegidas
hayan tenido un registro de bancarrotas igual que el de las no protegidas
indica que los defensores de aranceles más altos no se beneficiaron mucho de
sus reformas. El Estado sí.
No fue hasta unos años después de la Guerra Civil, tras tres
siglos de trabajo productivo que dieron el fruto de un aumento general de la
riqueza y el ocio, cuando la reforma se convirtió en un interés importante en
este país. Durante el último cuarto del siglo XIX hubo un gran número de
reformas entre las que podían elegir los ciudadanos y todas empezaban con la
premisa de que el poder político podía mejorar la suerte del hombre, económica,
social, moral e incluso culturalmente. Estaba la ley seca, el sufragio
femenino, la elección directa de senadores, la libre acuñación de plata, los subsidios
a los granjeros, la extensión del sistema educativo, las medidas antitrust, el
control de los ferrocarriles y muchas más. En general, la redistribución de la
riqueza provocaba el entusiasmo más violento y la mayoría de las reformas
defendidas tenían todas las trazas de la envidia. Los que no tenían buscaban a
los que tenían. Los reformistas no hacían distinciones entre fortunas amasadas
por el trabajo productivo y las que tenían su origen en los privilegios especiales
establecidos políticamente: de hecho, las reformas no apuntaban a la abolición
de privilegios especiales, sino al establecimiento de más privilegios
especiales para más grupos. El poder político podía hacer ricos a todos.
Un ejercicio prometedor de ciencia política sería seguir
cada reforma que se convirtió en ley hasta su conclusión definitiva; incluso un
somero examen apoya la teoría de que todas las reformas acaban con aumentos en
el poder del Estado y ninguna de ellas logra el alto fin esperado por sus
defensores. Esto es especialmente cierto en el impuesto de la renta, que podría
calificarse como la reforma de las reformas, porque su consecución hizo posible
multitud de reformas.
Durante la Guerra Civil se impuso un impuesto sobre la renta
que perduró media docena de años para liquidar los costes de aquélla. A su
abolición se opusieron vigorosamente quien habían probado el sabor de la sangre,
y su irresistible pasión por más acabó culminando en la Decimosexta Enmienda.
La verdad es que era un impuesto de nivelación, bajo la suposición de que lo
que se tomaba de los bolsillos de los ricos de alguna manera había de acabar en
los bolsillos de los pobres. Pero el estado, como nos dice la historia, no está
preocupado por el destino de los pobres o los ricos, a pesar de que proclame lo
contrario, sino sólo de su propio avance. Esta oportunidad de meter mano en los
bolsillos no podía limitarse mucho tiempo a unos pocos que evidentemente
sobresalían mucho. Pronto se aprendió que todos esos bolsillos colectivamente
contenían poco menos botín que el sobre del pago nacional y cuando se evidenció
este hecho los traviesos dedos del Estado no pudieron resistirse. Así que el
impuesto “contra los ricos” se convirtió en el impuesto “contra los pobres”. La
mayor parte de los ingresos del Estado estadounidense derivan ahora de las
ganancias de los menos capaces de
soportar la carga.
El impuesto de la renta abrió las compuertas de las
reformas. Es interesante advertir que mientras que en el siglo XIX la mayoría
de las reformas tenían origen en las ideas de los elementos disidentes de la
población, las reformas que se han convertido en ley desde la introducción del
impuesto sobre la renta fueron instigadas por burócratas. Tenían el dinero con
el que satisfacer su pasión por el poder. Sin duda, las ideas de las reformas
parecían provenir de universidades, tiendas y organizaciones, pero es evidente
que tomaban forma en la imaginación de los intereses creados, cuya maquinaria
de propaganda daba al entusiasmo por la reforma un sabor popular. Y así llegó
el New Deal, que es el nombre dado a un grupo de intervenciones llamado
“legislación social”. Cada una de esas medidas pedía el establecimiento de otra
agencia de cumplimiento, más oficinas, edificios y trabajos. La burocracia
actuaba bien para sí misma.
El beneficio neto de la reforma es la acumulación de poder
del Estado; la pérdida neta la soporta la Sociedad. De las reformas defendidas
por los hermanos Graco vinieron los césares y el “pan y circo”. Pericles
estableció una serie de proyectos de construcción y gobernó durante treinta
años, sutilmente, pero con mano de hierro. Bismarck fue un reformista. Mazzini
fue el inconsciente antecesor de Mussolini. Lenin fue el mayor archirreformista
de todos los tiempos, en el sentido de que sus reformas culminaron en la mayor,
más arbitraria y más despiadada burocracia que el mundo haya conocido nunca.
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Frank Chodorov fue un defensor del libre mercado, el
individualismo y la paz. Empezó apoyando a Henry George y editó la revista georgista
The Freeman antes de fundar su propio periódico, que fue el influyente Human
Events. Después fundó otra versión de The Freeman para la Foundation
for Economic Education y dio clases en la Freedom School en Colorado.