Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 20 de enero de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3937.
[Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]
Uno de los últimos escolásticos españoles fue un jesuita,
pero no un salmantino. Fue el “extremista” contemporáneo de Molina y Suárez,
Juan de Mariana (1536-1624). Mariana nació cerca de Toledo, de padres pobres y
humildes. Ingresó en la gran Universidad de Alcalá en 1553, brilló como
estudiante y un año después se incorporó a la nueva Compañía de Jesús. Después
de completar sus estudios en Alcalá, Mariana fue a la Universidad Jesuita en
Roma en 1561 para enseñar filosofía y teología y después de cuatro años se
trasladó a Sicilia para establecer en la Universidad Jesuita de ese lugar el
programa de teología. En 1569, Mariana se mudó a enseñar teología a la gran
Universidad de París a la temprana edad de 33 años. Después de cuatro años, su mala
salud le obligó a retirarse a vivir a Toledo; sin embargo una mala salud no
significa necesariamente una corta vida y Mariana vivió hasta la entonces
respetable edad de 88 años.
Por fortuna, el “retiro” de Mariana fue activo y su gran
sabiduría y erudición llevó a muchas personas, desde ciudadanos privados a
autoridades civiles y eclesiásticas, a pedir su ayuda y consejo. Fue capaz de
publicar dos libros grandes e influyentes. Uno fue una historia de España,
escrita primero en latín y luego en español en muchos volúmenes y ediciones en
ambas lenguas. La versión en latín acabó siendo publicada en 11 volúmenes y la
española en 30. La edición española ha sido considerada durante mucho tiempo
uno de los clásicos del estilo español y se realizaron múltiples ediciones hasta
mediados del siglo XIX.
La otra notable de Mariana, De Rege, se publicó en
1599, escrita por sugerencia del rey Felipe II de España y dedicado a su
sucesor, Felipe III. Pero la monarquía no salía bien parada en manos del duro
Mariana. Ferviente opositor a la creciente marea de absolutismo en Europa y de
la doctrina de quienes, como el rey Jacobo I de Inglaterra, opinaban que los
reyes gobernaban absolutamente por derecho divino, Mariana convirtió la
doctrina escolástica de la tiranía de un concepto abstracto a un arma con la
que golpear a los monarcas del pasado. Denunció a gobernantes antiguos como
Ciro el Grande, Alejandro Magno y Julio César como tiranos que adquirieron su
poder por la injusticia y el robo. Los anteriores escolásticos, incluido Suárez,
creían que el pueblo podía ratificar esa usurpación injusta por su
consentimiento después del hecho y así legitimar su gobierno. Pero Mariana no
era tan rápido a la hora de conceder el consentimiento del pueblo. Al contrario
que otros escolásticos, que ponían la “propiedad” del poder en el rey, afirmaba
que el pueblo tiene derecho reclamar su poder político siempre que el rey abuse
de él. De hecho, Mariana sostenía que, al transferir su poder político original
de un estado de naturaleza al rey, el pueblo se reservaba necesariamente para
sí importantes derechos: además del derecho a reclamar la soberanía, retenía
poderes vitales como los impuestos, el derecho de veto a las leyes y el derecho
a determinar la sucesión si el rey no tenía heredero. Debería quedar ya claro
que fue Mariana y no Suárez quien podría considerarse el antecesor de la teoría
del consentimiento popular de John Locke y de la superioridad continua del
pueblo respecto del gobierno. Además Mariana también precedió a Locke en
sostener que los hombres abandonan el estado de naturaleza para formar
gobiernos con el fin de preservar sus derechos sobre la propiedad privada.
Mariana asimismo fue mucho más allá que Suárez al postular un estado de
naturaleza, una sociedad, previa a la institución del gobierno.
Pero la característica más fascinante del “extremismo” de la
teoría política de Mariana fue su innovación creativa en la teoría escolástica
del tiranicidio. Que el pueblo podía matar con justicia a un tirano había sido
una doctrina habitual desde hacía mucho, pero Mariana la amplió mucho en dos
sentidos importantes. Primero, amplió la definición de tiranía: un tirano era
cualquier gobernante que violara las leyes de la religión, que dictara
impuestos sin consentimiento del pueblo o que impidiera una reunión de un
parlamento democrático. Por el contrario, los demás escolásticos habían ubicado
el único poder de imponer impuesto en el gobernante. Lo que es más llamativo,
para Mariana cualquier ciudadano individual podía asesinar justamente a
un tirano y podía hacerlo por cualquier método. El asesinato no requería ningún
tipo de decisión colectiva de todo el pueblo. En realidad, Mariana no pensaba
que un individuo pudiera realizar un asesinato a la ligera. Primero, debería de
reunir al pueblo para tomar esta decisión crucial. Pero si eso fuera imposible,
debería al menos consultar a algunos “hombres graves y eruditos”, salvo
que el clamor del pueblo contra el tirano sea tan manifiesto que la consulta
sea innecesaria.
Además Mariana añadía (en frases que anticipaban a Locke y a
la Declaración de Independencia en la justificación del derecho de rebelión)
que no tendríamos que preocuparnos por que el orden público se altere demasiado
porque demasiada gente realice la práctica del tiranicidio. Pues es una empresa
peligrosa, apuntaba agudamente Mariana, y muy pocos estarán dispuestos jamás a
arriesgar así sus vidas. Por el contrario, la mayoría de los tiranos no
han muerto de muerte violenta y los tiranos han sido siempre considerados por
el pueblo como héroes. En contraste con las objeciones habituales al
tiranicidio, concluía, sería saludable que los gobernantes temieran al pueblo y
se dieran cuenta que un error hacia la tiranía podría hacer que la gente les
pidiera cuentas de sus crímenes.
Mariana nos ha dejado una elocuente descripción del tirano
típico y su mortífera tarea:
“Se apropia de los bienes de los
individuos y los malgasta, poseído como está por los innobles vicios de la
codicia, la avaricia, la crueldad y el fraude (…) Los tiranos, en verdad, intentan
dañar y arruinar a todos, pero dirigen su ataque especialmente contra los ricos
y los hombres honrados en todo el reino. Consideran lo bueno más sospechoso que
lo malo y la virtud que les falta les es más formidable (…) Expulsan a los
mejores hombres de la comunidad bajo el principio de que quien sea exaltado en
el reino debe ser derribado (…) Exprimen todo el resto, de forma que no pueda
unirse, demandándoles nuevos tributos diariamente, promoviendo peleas entre los
ciudadanos y uniendo una guerra a otra. Construyen grandes obras a costa y
sufrimiento de los ciudadanos. Así nacieron las pirámides de Egipto (…) El
tirano teme necesariamente que quienes aterroriza y mantiene como esclavos
intenten derrocarle (…) Así que prohíbe que los ciudadanos se reúnan, las
asambleas y la discusión común de los asuntos de la comunidad, quitándoles
mediante métodos de policía secreta la oportunidad de hablar y escuchar
libremente, de forma que no siquiera se les permite quejarse libremente”.
Este “hombre grave y erudito”, Juan de Mariana, no dejó
ninguna duda de lo que pensaba del más reciente tiranicidio famoso: el del rey
Enrique III de Francia. En 1588, Enrique III se había preparado para nombrar
como sucesor a Enrique de Navarra, un calvinista que debería gobernar una
nación fieramente católica. Al afrontar una rebelión de los nobles católicos,
encabezada por el Duque de Guisa y apoyada por los devotos ciudadanos católicos
de París, Enrique III mandó llamar al duque a su hermano el cardenal para
negociar la paz en su campamento y los hizo asesinar. El años siguiente, a
punto de conquistar la ciudad de París, Enrique III fue a su vez asesinado por
un joven fraile dominico de la Liga Católica, Jacques Clement. Para Mariana, de
esta forma “la sangre fue expiada con sangre” y el Duque de Guisa fue “vengado
con sangre real”. “Así pereció Clement”, concluía Mariana, “un ornato eterno de
Francia”. El asesinato fue alabado de forma parecida por el Papa Sixto V y por
los fieros sacerdotes católicos de París.
Es comprensible que las autoridades francesas estuvieran
nerviosas por las teorías de Mariana y su libro De Rege. Finalmente, en
1610, Enrique IV (antes Enrique de Navarra, que se había convertido del
calvinismo a la fe católica para convertirse en rey de Francia), fue asesinado
por Ravaillac, un resistente católico que menospreciaba el centrismo religioso
y el absolutismo de estado impuesto por el rey. En ese momento se produjo una oleada
de indignación en Francia contra Mariana y el parlement de parís hizo
que el verdugo quemara públicamente De Rege. Antes de ejecutar a
Ravaillac, se le interrogó repetidas veces acerca de si la lectura de Mariana
le había llevado al asesinato, pero denegó saber nada de él. Mientras que el
rey de España rechazó considerar las propuestas de Francia de suprimir esta
obra subversiva, el general de los jesuitas emitió un decreto a su orden
prohibiendo enseñar que es legítimo matar a los tiranos. Sin embargo este acto
de sumisión no evitó una exitosa campaña difamatoria en Francia contra los jesuitas,
así como su pérdida de influencia política y teológica.
Juan de Mariana poseía una de las personalidades más
fascinantes de la historia del pensamiento político y económico. Honrado,
valiente e intrépido, Mariana estuvo en líos prácticamente toda su larga vida,
incluso por sus escritos económicos. Dirigiendo su atención a la teoría y
práctica monetaria, Mariana, en su breve tratado De Monetae Mutatione (De
la alteración de la moneda), denunciaba a su soberano, Felipe III, por
robar al pueblo y dañar al comercio mediante la degradación del cobre acuñado.
Apuntaba que esta degradación también se añadía a la crónica inflación de
precios de España al aumentar la cantidad de dinero en el país. Felipe había
liquidado su deuda pública degradando en dos tercios sus monedas de cobre,
triplicando así la oferta de moneda de cobre.
Mariana apuntaba que la degradación y la intromisión del
gobierno en el valor de mercado de la moneda sólo podían causar graves
problemas económicos:
“Sólo un loco intentaría separar
esos valores en forma que un precio legal deba diferir del natural. No es la
locura, sino la maldad del gobernante la que ordena que una cosa que el común
de la gente valora, supongamos a cinco, deba venderse por diez. Los hombres se
ven guiados en esta materia por la estimación común basada en consideraciones
de la calidad de las cosas y de su abundancia o escasez. Sería vano para un
príncipe buscar socavar estos principios del comercio. Es mejor dejarlos
intactos en lugar de asaltarlos por la fuerza en detrimento del público”.
Mariana empieza De Monetae con una encantadora y
cándida apología por escribir el libro que recuerda al gran economista sueco
Knut Wicksell de dos siglos más tarde: sabe que su crítica al rey le ha
granjeado una gran impopularidad, pero ahora todos se quejan de los problemas
que derivan de la degradación y aún así nadie ha tenido el coraje de criticar
públicamente la acción del rey. Por tanto la justicia requiere que al menos un
hombre (Mariana) actúe para expresar públicamente la queja común. Cuando
conspira una combinación de miedo y sobornos para silenciar a los críticos,
debería haber al menos un hombre en el país que conozca la verdad y tenga el
coraje de denunciarlos de una vez.
Mariana procede después a demostrar que al degradación es un
impuesto muy bien ocultado sobre la propiedad privada de sus sujetos y que, de
acuerdo con su teoría política, ningún rey tiene derecho a fijar impuestos sin
el consentimiento del pueblo. Como el poder político se origina en el pueblo,
el rey no tiene derechos sobre la propiedad privada de sus súbditos, ni puede
apropiarse de su riqueza a su antojo y capricho. Mariana apunta que la bula
pontificia Coena Domini, que había decretado la excomunión de cualquier
gobernante que fijara nuevos impuestos. Mariana razona que cualquier rey que
practique la degradación debería incurrir en el mismo castigo, como debería
cualquier monopolio legal impuesto por el estado sin el consentimiento del
pueblo. Bajo esos monopolios, el propio estado o su beneficiario puede vender
un producto al público a un precio mayor del que marca el mercado y esto sin
duda no es otra cosa que un impuesto.
Mariana asimismo exponía una historia de las degradaciones y
sus desafortunados efectos y apuntaba que se esperaba que los gobiernos mantuvieran
todos los estándares de peso y medida, no sólo de moneda y que su recurso a
alterar esos patrones era lo más lamentable. Por ejemplo, Castilla había
cambiado sus medidas de aceite y vino, con el fin de recaudar un impuesto
oculto y esto llegó a una gran confusión y al descontento popular.
El libro de Mariana atacando la degradación real de la
moneda llevó al monarca a mandar a prisión al anciano sabio (73 años),
acusándole del grave crimen de lesa majestad. Los jueces condenaron a Mariana
por este delito, pero el papa se negó a castigarle y Mariana acabó saliendo de
prisión después de cuatro meses, bajo la condición de que eliminaría los
pasajes ofensivos de su obra y que sería más cuidadoso en el futuro.
Sin embargo, el rey Felipe y sus acólitos no dejaron el
destino del libro a un eventual cambio de opinión por parte de Mariana. En su
lugar, el rey ordenó a sus funcionarios que compraran todos los ejemplares
publicados de De Monetae Mutatione que pudieran conseguir y las
destruyeran. No sólo eso: después de la muerte de Mariana, la Inquisición
española expurgó las copias restantes, eliminó muchas frases y tachó con tinta
páginas enteras. Todas la copias no expurgadas se pusieron en el Índice
español y estas a su ves se expurgaron
durante el siglo XVII. Como consecuencia de esta salvaje campaña de censura, la
existencia del texto latino de este importante manual no fue conocida durante
250 años y sólo fue redescubierto porque el texto en español se incorporó a una
colección de ensayos españoles clásicos en el siglo XIX. De ahí que sobrevivan
pocas copias completas del manual, de las que la única existente en Estados
Unidos está en la Biblioteca Pública de Boston.
Aparentemente el venerable Mariana no había tenido
suficientes problemas: después de ser encarcelado por el rey, las autoridades
se apropiaron de sus notas y papeles y entre ellos encontraron un manuscrito
que atacaba a los gobernantes de la Compañía de Jesús. Como individualista sin
miedo a pensar por sí mismo, Mariana valoraba poco el ideal jesuita de la
compañía como un cuerpo casi militar altamente disciplinado. En este manual, Discurso
de las Enfermedades de la Compañía, Mariana ataca a la Orden Jesuita por
todos lados, su administración y su formación de novicios y juzgaba a sus
superiores en la Orden incapaces de gobernarla. Sobre todo, Mariana criticaba
la jerarquía de estilo militar: el general, concluía, tiene demasiado poder y
los provinciales y otros jesuitas demasiado poco. Los jesuitas, afirmaba
deberían tener al menos voz en la selección de sus superiores inmediatos.
Cuando el general de los jesuitas, Claudio Acquaviva,
descubrió que había copias de la obra de Mariana circulando como una especie de
oculto samizdat tanto dentro como fuera de la Orden, ordenó que Mariana
pidiera perdón por el escándalo. Sin embargo, el luchador y hombre de
principios Mariana se negó y Acquaviva no presionó más. Tan pronto como murió
Mariana, la legión de enemigos de la Orden de los jesuitas publicó el Discurso
simultáneamente en francés, latín e italiano. Como en todas las organizaciones
burocráticas, a los jesuitas de entonces y ahora les preocupaba más el
escándalo y no lavar la ropa sucia en público que promover la libertad de
investigar, la autocrítica o corregir los males que Mariana pudiera haber
puesto al descubierto.
La Orden de los jesuitas nunca expulsó a su eminente miembro
ni éste la abandonó. Siguió siendo considerado toda su vida como un hombre
conflictivo y luchador, incapaz de doblegarse o a las órdenes o a las
presiones. El Padre Antonio Astráin, es su historia de la Orden de los jesuitas
indica que “después de todo debemos tener en cuenta que su carácter [el de
Mariana] era muy duro y no se avergonzaba”.
En lo personal, al igual que los santos franciscanos
italianos del siglo XV San Bernardino y San Antonio, Mariana era ascético y
austero. Nunca acudía al teatro y sostenía que sacerdotes y monjes no deberían
degradar nunca su carácter sagrado escuchando a los actores. También denunció
las populares corridas de toros, lo que no contribuyó a aumentar su
popularidad. Tristemente, Mariana decía a menudo que la vida era corta,
precaria y llena de tribulación. Pero, a pesar de su austeridad, el Padre Juan
de Mariana tenía un ingenio chispeante, casi menckenesco. Véase su chiste sobre
el matrimonio: “Alguien dijo inteligentemente que el primer y el último día del
matrimonio son deseables, pero que el resto son terribles”.
Pero probablemente su comentario más gracioso se refirió al
toreo. Su ataque a este espectáculo encontró la objeción de algunos teólogos
que defendían su validez. Al denunciar a los teólogos que quitaban hierro a los
delitos inventando explicaciones para agradar a las masas, Mariana dio una
respuesta anticipando uno de los comentarios favoritos de Ludwig von Mises tres
siglos y medio después: “no hay nada tan absurdo que no haya sido defendido por
algún teólogo”.
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Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela
Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político
libertario.
Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.