Por Ludwig von Mises. (Publicado el 17 de agosto de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3647.
La esencia del programa de estatismo alemán es el seguro
social. Pero la gente fuera del Imperio Alemán también ha llegado a considerar
el seguro social como el punto culminante que puede alcanzar la inteligencia
estadista y política. Si alguien alaba los maravillosos resultados de estas instituciones,
otros sólo pueden reprocharles por no ir lo suficientemente lejos, por no
incluir a todas las clases sociales y por no darles a todos los favorecidos lo
que, en su opinión, deberían tener. El seguro social, se dice, se dirige en
último término a dar a cada ciudadano la protección adecuada y el mejor
tratamiento en la enfermedad y el sustento apropiado si se ve incapaz de
trabajar por accidente, enfermedad o vejez, o si no consigue encontrar trabajo
en las condiciones que éste considere necesarias.
Ninguna comunidad organizada ha permitido que de forma
desalmada sus pobres y discapacitados mueran de hambre. Siempre ha habido algún
tipo de institución fundada para salvar de la indigencia a gente incapaz de
sostenerse. Como el bienestar general ha aumentado de mano del desarrollo del
capitalismo, también ha mejorado la asistencia a los pobres. Al mismo tiempo,
la base legal de esta asistencia ha cambiado. Lo que antes era una caridad que
los pobres no podían reclamar, es ahora una tarea de la comunidad. Se han
adoptado medidas para asegurar la atención a los pobres. Pero en principio la
gente cuidó de no dar a la persona pobre un derecho de reclamación ejecutable
de atención o sostenimiento. De la misma forma que tampoco pensaron eliminar el
más pequeño estigma asociado a quienes se veían así mantenidos por la
comunidad. No era crueldad. Las discusiones que generó la Ley de Pobres inglesa
en particular, mostraba que la gente era completamente consciente de los
grandes peligros sociales que implicaba cualquier extensión de la atención a
los pobres.
El seguro social alemán y las instituciones correspondientes
de otros estados se fundan sobre bases muy distintas. La manutención es un
derecho cuyo titular puede exigir por ley. El reclamante no sufre ningún
desdoro en su posición social. Es un pensionista del estado, como el rey o sus
ministros o quien recibe una anualidad de un seguro, como cualquier otro que
haya firmado un contrato de seguro. Tampoco hay duda de que tiene derecho a
considerar que lo que recibe es equivalente a sus propias contribuciones. Pues
las contribuciones al seguro son siempre a expensas de los salarios, sin que
importe si los recauda del empresario o de los trabajadores. Lo que tiene que
pagar el empresario por el seguro es un cargo sobre la productividad marginal
del trabajo, tendiendo así a reducir los salarios. Cuando los costes de
manutención se pagan con los impuestos, el trabajador contribuye a ellos con
claridad, directa o indirectamente.
Para los defensores intelectuales del seguro social y los
políticos y estadistas que lo promulgaron, la enfermedad y la salud aparecen
como dos condiciones del cuerpo humano claramente diferenciadas entre sí y
siempre reconocibles sin dificultad o duda. Cualquier doctor podría
diagnosticar las características de la “salud”. Las enfermedad sería un
fenómeno corporal que se muestra independientemente de la voluntad humana y no
es susceptible de verse influenciado por la voluntad. Habría gente que por una
razón u otra simulara la enfermedad, pero un doctor podría descubrir el
fingimiento. Sólo la persona sana tendría una eficiencia completa. La eficiencia
de la persona enferma se rebajaría de acuerdo con la gravedad y naturaleza de
su dolencia y el doctor sería capaz, por medio de pruebas psicológicas revisables
objetivamente, de indicar el grado de reducción de la eficiencia.
Pero todas las afirmaciones de esta teoría son falsas. No
hay una frontera claramente definida entre la salud y la enfermedad. El estar
enfermo no es un fenómeno independiente del deseo consciente y de las fuerzas
físicas que operan en el subconsciente. La eficiencia de un hombre no es
meramente resultado de su condición física: depende en buena medida de su mente
y voluntad. Así que toda la idea de ser capaces de distinguir, mediante examen
médico, a los capacitados de los incapacitados de los que fingen y de los que
pueden trabajar de los que no, resulta ser insostenible. Quienes creían que el
seguro de accidentes y salud podía basarse en medios completamente eficaces de
diagnosticar la enfermedad o las lesiones y sus consecuencias, se equivocan
seriamente. El aspecto destructivo del seguro de accidentes y salud reside
sobre todo en el hecho de que esas instituciones promueven los accidentes y la
enfermedad, entorpeciendo la recuperación y creando muy a menudo, o en todo
caso intensificando y alargando, los desórdenes funcionales que llevan a la
enfermedad o el accidente.
Una dolencia especial, la neurosis traumática, que ya ha
aparecido en algunos casos como consecuencia de la regulación legal de las
reclamaciones por lesiones, se ha convertido así en una enfermedad nacional
gracias al seguro social obligatorio. Ya nadie niega que la neurosis traumática
sea un resultado de la legislación social. Estadísticas abrumadoras demuestran
que a las personas aseguradas les cuesta más tiempo recuperarse de sus lesiones
que a otras personas y que son más propensas a más prórrogas y molestias
funcionales permanentes que las no aseguradas. El seguro contra las
enfermedades genera enfermedades. La observación individual por doctores, así
como las estadísticas, prueban que la recuperación ante enfermedades y lesiones
es más lenta en funcionarios y empleados permanentes y gente asegurada
obligatoriamente que en miembros de profesiones no aseguradas. El deseo y la
necesidad de volver a estar bien y listos para trabajar tan pronto como sea
posible ayuda a la recuperación en un grado tan grande como para ser capaz de
manifestarlo.
Sentirse sano es algo bastante diferente de estar sano en
sentido médico y la capacidad de trabajar de un hombre es en buena medida
independiente de los rendimientos verificables y medibles psicológicamente de
sus órganos individuales. El hombre que no quiere estar sano no es simplemente
un enfermo fingido. En una persona enferma. Si se debilita la voluntad de estar
sano y eficiente, se genera enfermedad e incapacidad de trabajar. Al debilitar
o destruir completamente la voluntad de estar bien y en condiciones de
trabajar, el seguro social crea enfermedad e incapacidad de trabajar: produce
el hábito de quejarse (lo que es en sí una neurosis) y neurosis de otros tipos.
En resumen, es una institución que tiende a favorecer la enfermedad, no digamos
los accidentes, y a intensificar considerablemente los resultados físicos y psíquicos
de accidentes y enfermedades. Como institución social hace enfermar a la gente
física y mentalmente o al menos ayuda a multiplicar, alargar e intensificar la
enfermedad.
Las fuerzas psíquicas que están activas en todo ente
viviente, incluyendo al hombre, en forma de voluntad de salud y deseo de
trabajar, no son independientes del entorno social. Ciertas circunstancias las
fortalecen, otras las debilitan. El entorno social de una tribu cazadora
africana está decididamente calculado para estimulas esas fuerzas. Lo mismo
pasa en el entorno muy diferente de los ciudadanos de una sociedad capitalista,
basada en la división del trabajo y la propiedad privada. Por otro lado, un
orden social debilita estas fuerzas cuando promete que si el trabajo individual
se ve impedido por la enfermedad o los efectos de un trauma, viviremos sin
trabajar o con poco trabajo y no sufriremos ninguna reducción apreciable en
nuestros ingresos. Las cosas no son tan simples como parecen a la ingenua
patología del doctor del ejército o de la prisión.
Así que el seguro social ha hecho de la neurosis de los
asegurados una peligrosa enfermedad pública. Si la institución se extiende y
desarrolla, la enfermedad se extenderá. Ninguna reforma puede evitarlo. No
podemos debilitar o destruir la voluntad de salud sin producir enfermedad.
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Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela
Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un
escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica,
historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la
teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del
dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria
con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe
fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue
el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia
superior sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído de El
socialismo: Análisis económico y sociológico.