Por Louis E. Carabini. (Publicado el 25 de diciembre de
2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3860.
[Journal of Libertarian Studies, Vol. 21, Nº 4 (Invierno 2007)]
“El
cristal roto”, un ensayo escrito por Frédéric Bastiat (1801-1850), era el
primero de una docena de ensayos cortos recogidos bajo el título de Lo que se ve y lo que no se ve.
En estos ensayos, Bastiat nos advierte contándonos que para evaluar
adecuadamente el resultado completo de un acontecimiento, debemos tener en
cuenta todos los efectos de ese acontecimiento, es decir, lo obvio (lo que se
ve) y también lo no tan obvio (lo que no se ve). “El cristal roto” es el más
famoso de estos instructivos ensayos y se cita a menudo por parte de los
libertarios como una lección precisa sobre análisis crítico económico. De
hecho, Henry Hazlitt emuló el episodio del cristal roto en su libro La
economía en una lección, citando dicho episodio como la primera lección
de economía aplicada.
En sus doce ensayos, Bastiat revela metódicamente las
falacias de la doctrina política establecida en su día identificando en que
erraban sus defensores considerando (lo que no se ve) en la políticas que
defendían. Demostraba como el fallo en contar con los efectos no visibles
llevaba a conclusiones económicas no válidas. A veces no vemos los efectos
negativos de un acontecimiento positivo visible y otras veces no vemos los
efectos positivos de un acontecimiento negativo visible. En otras palabras, a
menudo vemos los beneficios y no el daño, como el que procede de los impuestos.
Otras veces vemos el daño y no los beneficios, como cuando usamos máquinas que
ahorran mano de obra.
Mi crítica actual no significa que minimice la importante
lección que Bastiat estaba mostrando, sino más bien criticar las conclusiones
que deducía en la lección que daba en “El cristal roto”. Así pues, mi intento
realmente fortalece la lección básica que ofrece la obra de Bastiat
profundizando aún más en lo que verdaderamente no se ve en “El cristal roto”
con la esperanza de animar al lector a hacer lo mismo y usar ese conocimiento
productivamente para analizar los acontecimientos económicos con mayor
profundidad y extensión.
Aunque la narración de Hazlitt del episodio del cristal roto
es más contemporánea, la esencia de su análisis coincide con el desarrollado
por Bastiat. Así que mi crítica también valdría para el análisis de Hazlitt.
Bastiat critica el consuelo miope de la masa al Sr. B, que
accidentes como “un cristal roto”, hacen que la industria funcione. Después de
todo, “¿Qué pasaría con los cristaleros si los cristales nunca se rompieran?”
Apunta a los invisibles zapatos que el Sr. B no comprará con sus seis francos,
que usó en su lugar para pagar al cristalero.
En esencia, Bastiat demuestra que la potenciación de la
industria del cristal es lo que se ve, mientras que el desaliento de la
industria del zapato es lo que no se ve. Rechaza la conclusión errónea de la
masa, que implica que hay un beneficio en romper cristales, identificando un
efecto no visible equivalente oculto. Así,
“Y si se tiene en cuenta lo
que no se ve, porque es un hecho negativo, igual que lo que se ve,
porque es un hecho positivo, se entenderá que ni la industria en general,
ni la suma total de trabajo nacional se ven afectados, se haya roto el
cristal o no”.
Bastiat argumenta que no se puede mejorar una economía
destruyendo propiedades porque los acontecimientos que se producen como
consecuencia de esa destrucción impiden los acontecimientos que se habrían
producido en caso contrario. Concluye que si tenemos en cuenta lo impedido, es
decir, lo que no se ve, no habrá ganancia neta total. Bastiat limita su
análisis a un resultado equivalente y así yerra en estimar cualquier pérdida
neta real para la comunidad en conjunto por la destrucción de la propiedad.
Donde los espectadores ven un juego de suma positiva,
Bastiat ve un juego de suma cero. Por desgracia, Bastiat acaba demasiado pronto
su análisis, dejándonos sólo la noción de que la destrucción no es rentable.
Así, “‘romper, estropear, desperdiciar, no es favorecer el trabajo nacional’ o,
más en breve ‘la destrucción no es un beneficio’”.
Yo argumento que no sólo es que la destrucción de la
propiedad “no es un beneficio”, sino que realmente es un déficit para la
comunidad. Al plantear el caso, lo que Bastiat no tiene en cuenta en un
acontecimiento impedido y no realizado que es más sutil que los zapatos
invisibles, no tiene nada que ver con el dinero y, cuando se incluye en el
análisis, genera un juego de suma negativa. No importa si el cristal se rompe
deliberadamente, como en la versión de Hazlitt, o accidentalmente, como en la versión
de Bastiat del “cristal roto”.
Si el cristal no se hubiera roto, la masa asumiría que el
cristalero no habría ganado seis francos. Esta idea es incorrecta y Bastiat no
la refuta en su ensayo.
Bastiat yerra no indicando qué podría estar haciendo el cristalero
si no estuviera reparando el cristal del Sr. B. Si el cristalero no estuviera
reparando el cristal del Sr. B, estaría haciendo otra cosa, posiblemente
instalando una nueva ventana en una casa nueva. Si estuviera instalando una
nueva ventana en una casa nueva, también habría ganado seis francos o algo así
por su tiempo y esfuerzo. Si el cristal roto, tanto el Sr. B como el cristalero
habrían sido capaces de hacerse con un nuevo par de zapatos o los bienes
equivalentes.
Bastiat identifica el efecto negativo que no se ve con la
industria del calzado. Así, “Si el cristal no se hubiera roto, el comercio del
zapatero (o algún otro) se habría favorecido en la cantidad de seis francos: esto
es lo que no se ve”. Aquí Bastiat vuelve a errar pues el comercio del
zapatero (o algún otro) se habría visto favorecido por los mismos seis francos,
aunque más indirectamente por medio del cristalero.
Para aclararlo, digamos que el cristalero compraba zapatos
al mismo zapatero al que el Sr. B habría comprado su calzado. Así que, con el
cristal roto y reparado, el cristalero simplemente está llevando los zapatos
que no compró el Sr. B. Luego resulta que la industria del calzado (u otra
industria) no se ve menos potenciada aunque el cristal se rompa o permanezca
intacto. La prosperidad de la comunidad parece igual, pues no hay ganancia o
pérdida neta. Entonces, ¿qué hay de malo en la destrucción de un cristal más
allá de una reordenación de pagos y una sustitución de beneficiarios?
El efecto que no se ve de la destrucción no se limita
a los desaparecidos zapatos que el Sr. B no comprará, vestirá y disfrutará,
sino, más importante, la desviación del tiempo y el esfuerzo del cristalero de
un proyecto que habría aumentado la prosperidad de la comunidad en su
conjunto a un proyecto que simplemente ha restaurado a la comunidad a la
misma situación en que estaba antes de la destrucción. El efecto del cristal
roto más sutil que no se ve es el cristal perdido de una nueva casa o un
bien o servicio equivalente que el cristalero podría haber producido en otro
caso y que alguien estaría disfrutando.
Para reforzar esta conclusión e identificar más claramente
el acontecimiento que no se ve más significativo que olvidó Bastiat, digamos
que sólo hay una persona en el pueblo capaz de instalar y reparar cristales,
pero las necesidades de los servicios de ese individuo son muy infrecuentes.
Durante el tiempo en que esta persona no está reparando e instalando cristales,
se dedica a pescar para vivir. Sin embargo, cuando está reparando cristales no
puede pescar y cundo no pesca, alguien no come peces. Por tanto, lo que aquí no
se ve es el pez que no se capturó y fue disfrutado cuando el cristalero estaba
reparando cristales rotos.
Para llegar a donde queremos con un ejemplo aún más simple,
supongamos una sola persona en nuestro escenario. Esa persona se hornea su pan
y no hay nadie más que él para reparar su cristal cuando se rompe. Si decide
que el cristal es más importante que el pan que pueda hornear, reparará el
cristal y dejará de comer el pan que no ha tenido tiempo de fabricar. Es una
elección ¡o el cristal o el pan! Incluso si reparara su cristal durante su
tiempo de ocio de lectura, estaría abandonando ese otro placer al reparar su
cristal. El tiempo y la energía son finitos y si se desvían de A a B, entonces
A no se producirá ni disfrutará.
La frase final de Bastiat del cliché “¿qué pasaría con los
cristaleros si nadie rompiera nunca cristales?” es la cuestión quintaesenciada
planteada por los espectadores al inicio del ensayo. La pregunta, así
planteada, supone que menos cristaleros en la comunidad tendrían esta triste
consecuencia si sus servicios se necesitaran menos a menudo. Es vital dar una
respuesta que invalide dicha suposición, pero Bastiat no presenta ninguna.
Es verdad que si nadie rompiera nunca un cristal, habría
menos necesidad de cristaleros y la industria de los cristaleros tendría menos
trabajadores. Si embargo quienes en otro caso habrían sido cristaleros estarían
trabajando en sectores de se necesiten más su tiempo y energías. Mantener viva
una industria destruyendo propiedades elimina a quienes ahora trabajan en
empleos de poco valor, es decir, reparando y restaurando propiedades, de
empleos en trabajos productivos que incrementan la riqueza general de los
miembros de la comunidad. Sería tan absurdo romper cristales para mantener
ocupados a los cristaleros como quemar zapatos para mantener ocupados a los
zapateros.
Demasiado a menudo, la gente considera al trabajo en sí
mismo como un beneficio. Esta opinión deriva de un error común de que los
trabajos, independientemente de lo que se haga en ellos, son buenos para la
sociedad porque esa actividad mantiene ocupada a la gente, viva a la industria
y fluyendo al dinero. Ese concepto es una falacia. Si el trabajo es
beneficioso, deberíamos echar abajo cada casa de la comunidad, digamos París,
como dice Bastiat en broma, para crear empleo. Por supuesto nos damos cuenta
inmediatamente de la tontería de emplear esos medios como forma de mejorar la
comunidad. Imaginamos un trastorno inmenso para la gente que tendría ahora de
desviar su tiempo y energías de lo que estén haciendo a restaurar la comunidad
a como estaba antes de la destrucción masiva.
Sin embargo, una vez que empieza la reconstrucción, algunos
pueden pensar, como hacía la masa en la escena de Bastiat, que todo no es malo,
pues todos están trabajando y ganado dinero. Igual que en tiempo de guerra,
tenemos sensación de prosperidad porque trabajamos duro, produciendo tanques,
barcos y multitud de otros materiales bélicos, pero perdemos de vista los
automóviles, yates y otros incontables bienes útiles que no se producen y
disfrutan. Perdemos todas estas cosas que no se ven, que se habrían producido
por quienes ahora desfilan pelean y trabajan para otro fin. El trabajo por sí
mismo no crea prosperidad, tampoco el dinero. La prosperidad se obtiene
produciendo bienes y servicios que valora la gente.
En Lo que se ve y lo que no se ve, Bastiat nos
advierte de que si no tenemos en cuenta todos los efectos relacionados
con un acontecimiento económico concreto, probablemente llegaremos a
conclusiones sobre éste que no son válidas. Aunque la lección sigue siendo de
importancia primordial, sin embargo debemos, al exponer dicha lección,
modificar el ejemplo del “cristal roto” de Bastiat teniendo en cuenta lo que el
cristalero habría hecho si no se hubiera roto dicho cristal. El efecto que no
se ve que falta en el análisis del “cristal roto” es la desviación de tiempo y
energía del esfuerzo de mejora de la comunidad (lo que no se ve) a uno de restauración
(lo que se ve).
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Louis Carabini es fundador de Monex
Precious Metals.
Este artículo se publicó originalmente como “Bastiat's 'The
Broken Window': A Critique” en el Journal of Libertarian
Studies, Vol. 21, Nº 4 (Invierno 2007): pp. 151-155.