Por Mark Spangler. (Publicado el 24 de diciembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3909.
[The Freeman. 1978]
Hoy día la gente de todas las condiciones sociales está
preocupada por la inflación.
¿Qué es realmente la inflación? ¿Es intrínseca a una
economía libre de mercado? ¿Quién o qué la causa? ¿Sindicatos, regulaciones del
gobierno, comerciantes, déficit federal o intermediarios? ¿Puede detenerse la
inflación y cómo?
¿Qué hacer? La mayoría de la gente está desesperadamente
confusa y buscando respuestas. La sociedad está afrontando nada menos que una
crisis. En respuesta a esta grave situación aparece el último libro de Henry
Hazlitt, The
Inflation Crisis, and How to Resolve It. Como empieza el mismo Hazlitt
el libro, “ningún asunto hoy es tan discutido (o tan poco entendido) como la
inflación”.
Henry Hazlitt estima que un dólar de hoy vale menos que 25
centavos de un dólar de 1940 y no hay que decir que un dólar cada vez compra
menos cosas. Aún así, ¿cuánta gente sabe que desde 1940 el gobierno federal ha
multiplicado la existencia de moneda en bastante más que un 1.000%? Hazlitt
informa que al final de 1939, el número total de dólares en la economía era de
63.300 millones y al final de 1977 esa cifra llegaba a los 806.500 millones.
Quien sea consciente de estos acontecimientos debería sin duda apreciar una
conexión lógica entre los precios constantemente en aumento y la expansión
continua de la oferta monetaria.
Hazlitt apunta que hay dos lados para cada precio.
“Un precio es un tipo de
intercambio entre un dólar y una unidad de un bien. Cuando la gente tiene más
dólares, valoran menos cada dólar. Luego los bienes aumentan de precio, no
porque los bienes sean más escasos que antes, sino porque los dólares son más
abundantes y por tanto menos valorados”.
Explica claramente que el predicamento actual de los precios
siempre crecientes deriva de una política gubernamental deliberada para inundar
la economía con más y más dólares simplemente “imprimiéndolos”. De hecho, el
término inflación originalmente significaba aumentar (inflar) la oferta
monetaria. Hoy el término se usa habitualmente para indicar la consecuencia más
evidente de la creación del dinero, el aumento generalizado de los precios.
Luego no hay nada misterioso acerca de la inflación: es una
pura y simple intervención gubernamental. Entonces, ¿por qué los líderes del
gobierno continúan inflando y por qué las imprentas no son conocidas por el
público en general?
La inflación sirve a los intereses inmediatos de los políticos
en busca del voto. La mayoría de los candidatos prometen un montón de dádivas a
cambio de ser elegidos, pero el presupuesto federal se ha hecho tan amenazador
que financiarlo por los impuestos directos es políticamente imposible. El
gobierno federal recurre a imprimir dinero para ayudar a cubrir cualquier déficit
y eso se hace de una forma muy complicada mediante la Reserva Federal y el
sistema de banca comercial para esconder el proceso a la mayoría de la gente.
Henry Hazlitt dedica una gran parte de The Inflation
Crisis a explicar el gasto del gobierno, la financiación del déficit y las
falacias generales de un sistema monetario gestionado por el gobierno. Además,
explica los beneficios de un patrón oro determinado por el mercado.
Su texto va de presentar principios sencillos sobre el
dinero y la inflación a refutar sofisticadas doctrinas keynesianas,
especialmente la noción de que la expansión monetaria es necesaria para emplear
a trabajadores y recursos ociosos.
Igualmente importante es que Hazlitt analiza las políticas
de los monetaristas, generalmente liderados por el economista de la Escuela de
Chicago, Milton Friedman. A menudo se silencia la distinción entre monetaristas
u otros defensores de la libre empresa. Henry Hazlitt deja claro que los
monetaristas son inflacionistas que defienden un cierto grado anual de expansión
monetaria por parte de los funcionarios del gobierno.
“El fallo central de la propuesta
Monetarista es su extrema ingenuidad política. Pone el poder de controlar la
cantidad, la calidad y el poder adquisitivo de nuestra moneda enteramente en
manos del Estado, es decir, de los políticos y burócratas de la administración”.
Un economista coherente con el libre mercado, por otro lado,
pediría que se deje a los individuos, actuando voluntariamente en el mercado, que
elijan qué producto aceptarán como moneda.
Hazlitt advierte acerca de usar falsos remedios para
combatir la inflación. Atacar la subida de precios con controles de precios y
salarios yerra completamente respecto del corazón del problema. No hacen nada
por acabar con la expansión monetaria. Además, los propios controles tienen las
desastrosas consecuencias de crear escasez, desalentar la producción y dirigirse
siempre en dirección a un control total de la economía.
Hazlitt también explica cómo la inflación perturba la producción,
inhibe el cálculo económico, distorsiona los tipos de interés, hace mal uso de
trabajadores y recursos y consume capital.
Igual de serias que las perturbaciones económicas son las
consecuencias sociales de la inflación. Destruye el ahorro, promueve el juego, desanima
el espíritu de trabajo y cría disturbios sociales, envidias y crímenes.
“Bajo la inflación (…) sólo un
puñado de personas se da cuenta con claridad de lo que pasa. La mayoría tiende
a echar la culpa de su situación, no al gobierno, sino a aquellos vecinos que
parecen beneficiarse de la inflación”.
Desde el punto de vista de la economía, la cura de la
inflación es sencilla: ¡detenerla! Detener a los políticos que imprimen moneda
para pagar sus programas de gasto, pero aquí es donde está la dificultad. El
problema de la inflación va más allá de la economía, como concluye Henry
Hazlitt:
“Un parte importante de la solución
(…) sería cómo quitar el sistema monetario de las manos de los políticos.
Ciertamente mientras mantengamos nuestro casi omnipotente estado
redistributivo, no puede haber ninguna moneda sólida”.
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Mark Spangler fue un editor invitado en The Freeman.
Esta crítica apareció originalmente en The Freeman, 1978, Vol. 28,
Nº 10, 1978, pp. 638-640.