Por Benjamin Weingarten. (Publicado el 11 de diciembre de
2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3907.
El éxito político, como se refleja en las últimas elecciones
de gobernadores, parece cada vez más ligado al estado de la economía. El
desempleo oficial llegó recientemente al 10%, aunque una medición más real
(U-6) muestra que la nación tiene un desempleo del 17,2% a niveles dignos de
una Depresión.
En respuesta a las altas cifras de paro, Barack Obama ha
dicho: “No descansaré hasta que puedan trabajar todos los americanos que
quieran hacerlo”. Pero las políticas del Sr. Obama contradicen sus palabras. De
hecho, lo que está haciendo su administración asegurará un desempleo masivo y
un estancamiento económico inacabable.
Para entender por qué hago una afirmación tan rotunda, es
necesario entender en primer lugar cómo ha acabado nuestra economía en este
aprieto. Para ello, debo dar una somera explicación de la teoría austriaca del
ciclo económico.
El tipo de interés es una señal de los precios, igual que la
etiqueta del precio en cualquier bien. En un mercado libre (que indudablemente los Estados Unidos no
tienen), el tipo de interés se determina por la oferta y la demanda de
capital. Los individuos eligen consumir o invertir y esto fija la cantidad de
fondos prestables, que las empresas utilizarán para emprender proyectos para traer
bienes al mercado para su consumo futuro.
Sin embargo cuando un banco central como la Reserva Federal
imprime dinero, rebajando artificialmente el tipo de interés y expandiendo la
cantidad de fondos prestables, se ofrece a los productores una falsa señal en
los precios. El tipo de interés dirá a los productores que los consumidores
quieren que emprendan proyectos a largo plazo para traer bienes al mercado.
Este tipo artificialmente bajo también inducirá a los consumidores a ahorrar
menos y gastar y pedir prestado más.
Las acciones en conflicto de consumidores y productores en
respuesta a la señal del precio de los tipos de interés distorsionados por el
gobierno genera la mala asignación masiva de recursos. Esto lleva a la crisis,
que se manifiesta, por ejemplo, en las casas y oficinas vacías en todo el país.
Lógicamente, uno podría pensar que la mejor manera de
arreglar este lío sería liquidar las malas inversiones de las empresas, pagar
nuestra deudas y empezar de cero; en otras palabras, dejar que el mercado
corrija los desequilibrios y distorsiones
creados durante la expansión artificial.
Pero el iluminado Barack Obama y su equipo de leales
asesores económicos, junto con los siempre complacientes Sres. Bernanke
y Geithner tienen otras ideas. Prácticamente cada política que han dictado se
dirige a impedir que el marcado depure los despilfarros y excesos de la
expansión.
El gobierno ha adoptado programas para que la gente mantenga
casas y coches que no pueden permitirse, elevando artificialmente las
cifras del PIB. Ha rescatado empresas en quiebra, anulado obligaciones
contractuales, creado trabajos orientados políticamente, para mantener a la
gente ocupada y naturalmente a menudo fraudulentos, y proyectos de obras
públicas despilfarradores y aumentado la oferta de dinero a un nivel sin
precedentes, rebajando el tipo de interés controlado por la Reserva Federal a
un ridículo 0%. Nuestros representantes han hecho todo esto al tiempo que
expandían una deuda nacional que ya era enorme previamente.
Todas estas políticas evitan cualquier tipo de recuperación.
Están diseñadas para impedir que los mercados reflejen la realidad y continuar
con las distorsiones ya creadas por los ajustes del gobierno. La historia
parece repetirse, con Obama siguiendo
las recetas antidepresion favoritas de Hoover y FDR.
Estos programas tienen grandes costes. El gobierno ha
prolongado (y sigue haciéndolo) la caída poniendo palos en los engranajes de
los mercados. También ha creado un riesgo moral al rescatar compañías
quebradas, dañando a aquellas compañías de éxito a las que se obliga a
subvencionar a las quebradas e impidiendo que los emprendedores hagan un mejor
uso de los activos (ahora ligados a negocios no rentables).
Esta subvención forzosa de empresas quebradas ha sido quizá
más evidente en el mercado hipotecario, en el que los bancos, no los individuos
en muchos casos, han
tenido que asumir la responsabilidad de las hipotecas por encima del valor
de la vivienda, eliminando la disciplina de los deudores y desincentivando a
los bancos para firmar hipotecas en el futuro. El gobierno asimismo ha engañado
a empresas y sus inversores, echando tierra sobre contratos en los casos de los
bonus de AIG y en el asunto del acreedor de GM.
El gobierno ha extendido su generosidad para supuestamente
“salvar o crear 600.000 empleos”, una cifra que digo que es supuesta porque
sabemos que es una completa mentira.
Como nos dijo
Frédéric Bastiat, el buen economista examina no sólo lo que se ve sino también
lo que no se ve. La arbitraria cifra de 600.000 esconde el hecho de que los
proyectos inútiles de empleo del gobierno y los apoyos a empresas insensatas
impiden que aparezcan industrias nuevas y más rentables, a causa de la
derivación de tierra, trabajo y capital a proyectos que en otro caso no existirían.
Esta derivación impide que se creen nuevas oportunidades de
empleo y también que los trabajadores aprendan nuevas habilidades para hacer
viables empleos en negocios nuevos y rentables. En el mejor de los casos, si no
hubiera politización
corrupción o despilfarro y el gobierno fuera capaz de hacer cosas sensatas
y agradables estéticamente, el gobierno podría simplemente derivar recursos.
Sin embargo seguiría sin atender ninguna demanda de consumo (como haría una
empresa privada) porque al gobierno le falta el mecanismo de precios del
mercado que mostraría ganancias o pérdidas. El gobierno responde a las demandas
de los intereses políticos.
De una forma más resumida, no sabemos cuántos empleos se han
perdido a causa de los que teóricamente se han salvado o creado. Los recursos
utilizados para salvar o crear estos empleos (y para todos los demás rescates y
programas realizados por el gobierno) tienen que venir de algún sitio, y así
es: de expoliar al contribuyente y a las futuras generaciones de
contribuyentes.
Además, los bajos tipos de interés no sólo han mantenido
vivos a bancos que habrían quebrado, sino que les han permitido generar
beneficios a costa del contribuyente al pedir prestado al gobierno a un 0% y
después prestar de nuevo a la Reserva Federal o inyectarlo en los mercados
financieros, donde vemos los resultados de la continua inflación monetaria en
los aumentos de precios de acciones, bonos y materias primas.
Los bancos no tienen incentivo alguno para jugarse su dinero
libre prestándolo a solicitantes de créditos de riesgo, como el hiperendeudado
pueblo estadounidense. Lo que esto representa es una transferencia masiva de
riqueza del público a los financieros, que apuntala al propio gobierno al
financiar y crear mercados sobre su deuda.
Lo más importante de todo: al mantener los tipos de interés
artificialmente bajos el gobierno continúa su distorsión del mecanismo de
señales del precio, lo que causó originalmente toda la crisis.
También hay grandes costes debidos a la deuda que el
gobierno emite para financiar su intervención. Primero, un aumento en la deuda
pública representa un aumento del apalancamiento del presupuesto nacional,
contrarrestando los efectos positivos de la necesaria depreciación contable en
los balances de empresas y propietarios de viviendas. Segundo, el incremento
masivo de nuestra deuda mina la credibilidad del país, lo que en último término
lleva a un aumento de los tipos de interés al tiempo que la gente pierde la fe
en nuestro gobierno y en la capacidad de nuestra economía para pagar sus
deudas.
La única manera de que el gobierno atienda estas deudas (pues
no puede hacerlo abiertamente con los impuestos directos) es mediante el
impuesto indirecto que supone la inflación. Y de nuevo la inflación continuará
la distorsión de la señal de los precios.
Así que, por resumir, el gobierno está creando proyectos despilfarradores
en obras públicas, evitando que se ajusten los mercados, impidiendo que los
negocios quiebren y que sus activos se dediquen a mejores usos por parte de
empresarios más competentes y al mismo tiempo debilitando el dólar y arruinando
la credibilidad de la nación.
Hay un último asunto a comentar. Igual que durante la
presidencia de FDR, los empresarios en el mercado (en oposición a los que están
en la política, que se benefician de los engaños del gobierno) ahora tienen
verdadero miedo a esta administración. La gente de negocios no sabe lo
arbitrarias o gravosas que serán las futuras regulaciones del gobierno.
Mientras el gobierno pase de un plan caprichoso a otro,
todos los participantes en el mercado pueden estar seguros de que habrá mayor
regulación e intervención y de que la gente se verá asaltada por impuestos
directos o indirectos. Como las empresas no están seguras del entorno
económico, sino que están anticipando correctamente (aunque, en mi opinión,
subestimándolo) un aumento de un abierto socialismo, esta incertidumbre sin
duda sofocará el crecimiento económico.
Así que vemos que las políticas de Obama no sólo van en mala
dirección, sino que son también increíblemente destructivas. Si en lugar de
dejar que la economía se liquide, por muy doloroso que sea, intentamos
continuar la ilusoria expansión, estaremos condenados a años de desempleo,
estancamiento y finalmente a la “explosión del
boom” de la economía. Y esto sin mencionar las amenazas que suponen para
nuestra economía la sanidad nacional, el impuesto a las emisiones y, aún más
amenazador, la política exterior del Sr. Obama.
Todas y cada una de estas políticas retrasa el necesario
ajuste, privando a los negocios de activos valiosos que puedan ponerse en las
líneas de trabajo más rentables y privando a los consumidores de los productos
que buscan a su verdadero valor de mercado. La única forma de crear empleo y
arreglar un modelo económico averiado es desatar las fuerzas emprendedoras de
Estados Unidos. Por desgracia, parece que al Presidente Obama no le preocupa
esta solución, prefiriendo una depresión prolongada para servir a sus fines
políticos.
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Benjamin Weingarten es estudiante de último curso en la
Universidad de Columbia, estudiando economía y ciencia política. También
mantiene el blog: Socialist
Watch.