Por Briggs Armstrong. (Publicado el 10 de diciembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3888.
Docenas de personas entre el gentío de jubilosos aficionados
sostienen bastos carteles hechos con cartón mostrando las palabras “Necesito
entradas”. Curiosamente esta gente que, para un profano, parece necesitar
desesperadamente entradas para el gran partido, tiene numerosas entradas, más
de las que necesitan como todos pueden ver. Esta gente son los nobles
revendedores.
Son gente perseguida por las organizaciones deportivas,
legisladores y muchos aficionados. ¿Qué hacen para merecer esa mala reputación
y la persecución legal? ¿Son realmente gente sin escrúpulos, parásitos
avariciosos que engañan a los aficionados y perjudican a las organizaciones
deportivas?
Estados Unidos no tiene una prohibición federal de la
reventa, pero muchos estados y aún más municipios ponen restricciones o
directamente la prohíben. Es una desgracia para quienes acuden a eventos en
esas zonas, porque los revendedores son verdaderos servidores públicos. Las
leyes, en la medida en que se aplican, son realmente responsables de la mayoría
de las cosas desfavorables atribuidas a la práctica de la reventa.
Los revendedores ofrecen multitud de servicios y beneficios
a un grupo de individuos, empresas y organizaciones sorprendentemente grande y
aparentemente desconectado. Sin duda merecen más agradecimiento que desdén y
persecución.
Uno de los primeros beneficiarios de los servicios de los
revendedores son las propias organizaciones deportivas. Puede parecer
sorprendente pues muchos organizadores de eventos llegan muy lejos para
disuadir a los aficionados de comprar a los revendedores. Los revendedores
permiten a los equipos vender previamente las entradas mucho más eficazmente.
Esto pasa porque los revendedores están deseando comprar entradas por
adelantado con la esperanza de ser capaces de guardarlas un plazo y luego
revenderlas con beneficio.
Por el contrario, mucha gente no está segura, en el momento
de la preventa, de si serán capaces de irse del trabajo o de otras
obligaciones. Esta incertidumbre lleva a la gente a abstenerse de comprar hasta
que estén seguros de serán capaces de ir. Así, el revendedor permite al equipo
obtener antes el dinero mediante las preventas de entradas.
Los revendedores asumen el riesgo temporal asociado a los
eventos. Asumen el riesgo asociado a los asuntos de agenda (es decir, si los
aficionados pueden o no ir). También asumen el riesgo de que ocurran
acontecimientos desfavorables. Quien haya comprado o vendido una entrada sabe
que el valor de reventa cae en picado después de que el equipo pierda varios
partidos. Si el equipo va bien, el revendedor puede obtener un buen beneficio,
si va mal puede sufrir una enorme pérdida.
Esta oportunidad de beneficio es buena para los aficionados,
porque asegura que las entradas estarán disponibles si el equipo lo hace
inesperadamente bien. Es buena para el equipo porque será capaz de vender
entradas incluso en temporadas malas. Cuanto más ataque a los revendedores el
peso de la ley, mayor será la reducción de estas externalidades positivas.
Los propietarios de abonos también están en deuda con los revendedores.
Aunque los abonados han elegido asumir el riesgo de agenda, están más seguros
de hacerlo con la expectativa de que si ocurre algo inevitable pueden vender su
entrada al revendedor. Así el revendedor ofrece cierto tipo de seguro de
agenda. El revendedor es capaz de ofrecer liquidez a los abonados.
Si el abonado se encuentra en una situación de aprieto
financiero, puede recuperar todo o parte del coste de la entrada vendiéndola a
un revendedor. Estos factores pueden aumentar la disposición del consumidor a
comprar abonos. Es un beneficio importante para el equipo, porque los abonos a
menudo se venden con bastante descuento respecto de las entradas ordinarias. Es
difícil ver cómo la prohibición de esta acción ayuda a alguien: sin duda no
ayuda al abonado ni al equipo.
Quienes vayan al evento se benefician del alto nivel de
comodidad que ofrece el revendedor. Esta comodidad se encarna en una
accesibilidad sencilla. Los asistentes no están obligados a planear tanto y
pueden acudir al evento de improviso y comprar una entrada. Es un beneficio
importante para quienes son incapaces de o no quieren someterse a planes
inflexibles.
Incluso los trabajadores locales y las empresas se
benefician con la actividad de los revendedores. La gente sin entrada a menudo
viaja a la ciudad del partido con la esperanza de comprar una entrada en la
reventa una vez allí. Si el aficionado es incapaz de encontrar una entrada a un
precio que considera razonable, hay muchas posibilidades de que visite
restaurantes y comercios locales antes de abandonar la ciudad. Por tanto, los
camareros obtienen más propinas y los comercios hacen más ventas de las que
habrían hecho sin la expectativa de disponibilidad de entradas en el último
minuto. Al prohibir la reventa, los municipios están privando en la práctica de
estos ingresos adicionales a la comunidad.
Está claro que los revendedores ofrecen muchos beneficios a
las comunidades. Por desgracia la naturaleza a menudo ilegal de su trabajo
reduce los beneficios a obtener. Igual que con cualquier bien o servicio
prohibido, siempre hay una prima de riesgo asociada con su provisión ilegal.
Los compradores están forzados a compensar al revendedor por asumir el riesgo
legal de proveer este servicio inocuo. El riesgo legal también crea una barrera
artificial de entrada. Hay muchos ciudadanos a los que les gustaría participar
en los beneficios de la reventa de entradas pero no quieren quebrantar la ley.
Así que hay menos competidores en el mercado y quienes están dispuestos a
revender son capaces de obtener mayores beneficios.
La naturaleza prohibida del servicio también añade al
consumidor los costes de búsqueda. En áreas donde está prohibida la reventa, no
existe una ubicación fiable en la que los que quieran entradas puedan
obtenerlas. No puede haber una taquilla. Como los revendedores no pueden abrir
una tienda, quienes quieran entradas deben gastar tiempo y energías en buscar
la zona de los revendedores clandestinos. La imposibilidad de publicitarse
aumenta mucho el coste de búsqueda.
Por esto los revendedores inteligentes sostienen carteles
que dicen que necesitan entradas mientras, a la vez, muestran entradas en alto
como señal de su deseo de vender entradas. Se ven obligados a anunciar
lo contrario de lo que hacen. Aunque quienes frecuentan los partidos
rápidamente aprenden a descifrar esta curiosa señal, mucha gente busca entradas
infructuosamente, ignorando a la misma persona que están buscando porque no
entienden este mensaje críptico. Evidentemente este quebradero de cabeza es
innecesario.
Los revendedores son héroes ocultos en los eventos. Asumen
riesgos personales, financieros y legales para ofrecer un servicio crítico en
la esperanza de obtener un beneficio por su trabajo. Muchos de los aspectos de
la reventa que la gente desprecia son, en realidad, producto directo de la
prohibición que pesa sobre el servicio. La prohibición aumenta los precios,
reduce la oferta y limita la competencia. Además, en ausencia de la prohibición
de reventa, los compradores tendrían recursos legales contra revendedores que
venden entradas falsificadas.
Los revendedores desafían bravamente las leyes mal
concebidas. Al hacerlo ofrecen un servicio a las comunidades en las que operan.
Aunque probablemente no sea su intención, actúan como guerreros del libre
mercado. Luchan contra la idea de que la gente debe ser protegida de los
intercambios libres y no coaccionados. Los revendedores son tan críticos para
que un evento tenga éxito como los vendedores de comida, los porteros y los
empleados de limpieza. Deberían otorgarles los mismos derechos legales que a
cualquier otro.
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Briggs Armstrong es estudiante en la Universidad de Auburn,
especializándose en contabilidad, rama de finanzas. Es miembro de los
Libertarios de la Universidad de Auburn, el Club de Economía de Auburn y el
Club de Filosofía de Auburn.