Por Frank Chodorov. (Publicado el 10 de diciembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/3893.
[Este artículo se ha extraído del Capítulo Dos de The
Rise and Fall of Society]
¿La naturaleza de las cosas implica el estado? Los teóricos
clásicos de la ciencia política así lo creen. Observando que en toda
aglomeración de humanos conocida en la historia encontramos una institución
política de algún tipo y convencidos de que en todos los asuntos humanos toma
parte la mano de Dios, concluyeron que la organización política de los hombres
disfrutaba de la sanción divina. Tenían un silogismo para justificar su
suposición: Dios hizo al hombre; el hombre hizo el Estado; por tanto, Dios hizo
el Estado. El Estado adquiría divinidad vicariamente. El razonamiento se
reforzaba con una analogía: es una realidad que la organización de la familia,
con su cabeza, está en el orden natural de las cosas y de ello se sigue que un
grupo de familias, con el Estado actuando como padre de todos, es igualmente un
fenómeno natural. Si se producen deficiencias en la familia es por ignorancia o
maldad del padre, y si el orden social tiene apuros o falta de armonía es
porque el Estado ha perdido de vista los caminos de Dios. En ambos casos, el pater
familias necesita instrucción en principios morales. Esto es, el Estado,
que es inevitable y necesario, podría mejorarse pero no puede abolirse.
Aceptando a priori la naturalidad del Estado,
buscaron la raíz de la institución en la naturaleza del hombre. Sin duda el Estado
sólo aparece cuando se juntan los hombres y ese hecho indicaría que su origen
reside en la complejidad del ser humano: los animales no tienen Estado. Esta
línea de investigación llevaba a contradicciones e incertidumbres, como tenía
que ocurrir pues la evidencia respecto de la naturaleza del hombre reside en su
comportamiento moral y éste está lejos de ser uniforme. Dos hombres responderán
de forma distinta a la misma exigencia e incluso un hombre no seguirá un patrón
de comportamiento constante en todas las circunstancias. El problema con los
científicos de la política con la visión teológica que establecieron era
descubrir si el Estado debe su origen al hecho de que el hombre es
inherentemente “bueno” o “malo”, y en este punto no hay evidencia positiva. De
aquí las contradicciones en sus resultados.
Los tres pensadores en esta línea que nos son más
familiares, aunque tuvieron sus antecesores, son Thomas Hobbes, John Locke y
Jean Jacques Rousseau. Como punto de partida de sus reflexiones, los tres
emplearon la misma hipótesis de que hubo un tiempo en que los hombres no
estuvieron organizados políticamente y vivieron bajo condiciones llamadas un
“estado de naturaleza”. Por supuesto, era una pura suposición, pues si alguna
vez los hombres vagaron por la superficie de la tierra como verdaderos
aislacionistas, sin tener contacto con otros excepto a punta de garrote, no ha
quedado ninguna evidencia de ello. Siempre ha habido al menos una organización
familiar o no estaríamos aquí para hablar acerca de un “estado de naturaleza”.
En todo caso, Hobbes sostenía que en este estado prepolítico
el hombre era “brutal” y “desagradable”, siempre amenazando la propiedad y
persona de su vecino. Su inclinación predatoria venía motivada por una
arrogante pasión por la abundancia material. Pero, decía Hobbes, el hombre
desde el principio estaba dotado con el don de la razón y en algún momento en
su estado “natural” su razón le dijo que le iría mejor cooperar con su vecino
“natural”. En ese momento realizó un “contrato social” con éste, en los
términos de que ambos acordaban acatar una autoridad que les restringiría a
ambos el hacer aquello a lo que su “naturaleza” les inclinaba. Así apareció el
Estado.
Por otro lado, Locke es bastante neutral en sus conclusiones
morales: para él la cuestión de si el hombre es “bueno” o “malo” es secundaria
ante el hecho de que es una criatura de razón y deseo. De hecho, dice Locke,
incluso cuando vivía en su estado “natural”, la principal preocupación del
hombre era su propiedad, el fruto de su trabajo. Su razón le decía que
aseguraría mejor sus posesiones y su disfrute si se sometía a una agencia de
protección. Por tanto realizó un “contrato social” y organizó el Estado. Locke
hace la primera obligación del Estado la protección de la propiedad y afirma
que cuando un Estado concreto abandona esa tarea es moralmente correcto que la
gente lo reemplace, incluso por la fuerza, con otro.
Observando el “estado de naturaleza”, Rousseau lo considera
un Edén idílico en el que el hombre era perfectamente libre y por tanto
perfecto moralmente. Sólo había un defecto en su por otra parte buena vida:
ganarse la vida era difícil. Fue para superar las dureza de la existencia
“natural” por lo que renunció a parte de su libertad y aceptó el “contrato
social”. Respecto del carácter del contrato, es una mezcla de las voluntades de
cada individuo con los demás firmantes para conformar lo que Rousseau denomina
la Voluntad General.
Así que aunque los tres pensadores estaban en desacuerdo con
la naturaleza del hombre, donde debían encontrarse las semillas del Estado, sin
embargo estaban de acuerdo en que el Estado derivaba de ésta. Debería apuntarse
que este intento de encontrar un origen del Estado no era su propósito
principal, que cada uno estaba interesado en su sistema político propio y que
todos pensaron que era necesario establecer un origen que se ajustara a su
sistema. No serviría a nuestro propósito actual comentar sus filosofías
políticas, pero es interesante advertir que cada uno intentaba ajustarse a las
exigencias de sus tiempos, lo que hace sospechar que sus teorías sobre el
origen tuvieron influencias similares. Su presupuesto común era que el Estado
es el orden natural del las cosas y Hobbes le da la sanción divina. En ese
aspecto, seguían la tradición: el pensamiento cristiano primitivo sobre el
Estado ponía como su ideal la “Ciudad de Dios” y Platón hablaba de su Estado
como algo “cuyo modelo se hizo en el cielo”.
La ciencia política moderna no se ocupa de la cuestión del
origen, acepta el Estado como una preocupación vigente, hace recomendaciones
para que mejore su operatividad. Los metafísicos de la antigüedad achacaban las
deficiencias de un Estado concreto a la ignorancia o desobediencia de las leyes
de Dios. Los modernos también tienen su ideal o cada científico político tiene
el suyo y cada uno tiene sus recetas para alcanzarlo: los ingredientes de la
receta son una serie de leyes más una maquinaria para su cumplimiento. La
función del Estado, se asume generalizadamente, es traer la Buena Sociedad (no
se cuestiona su capacidad para hacerlo) y la Buena Sociedad es lo que cada
científico político piense.
En los últimos tiempos, unos pocos investigadores han
acudido a la historia buscando evidencias del origen del Estado y han
desarrollado lo que a veces se llama la teoría del Estado sociológico.
La historia muestra, observan, que todos los pueblos
primitivos se han ganado la vida de una de dos maneras: agricultura o
ganadería; caza y pesca parecen haber sido actividades suplementarias en ambas
economías. Los requisitos de estas dos ocupaciones desarrolladas definen
claramente distintos hábitos y habilidades. La ocupación de vagar en busca de
tierras de pasto y agua necesitaba una organización bien estructurada de
hombres audaces, mientras que la rutina fija de las granjas no necesitaba
ninguna organización y poca empresa. La flemática docilidad de aislados hombres
del campo les hacía presa fácil de los osados ganaderos de las colinas. La
codicia sugería el ataque.
Al principio, informan los historiadores, el objeto del robo
eran las mujeres, porque el incesto era un tabú mucho antes de que los
científicos encontraran razones para condenar la práctica. El robo de mujeres
vino seguido del robo de bienes transportables y ambas labores iban acompañadas
de la matanza generalizada de hombres y de mujeres no deseadas. En algún
momento los maleantes se dieron cuenta del hecho económico de que los hombres
muertos no producen nada y a partir de esa observación se realizó la
institución de la esclavitud: las hordas mejoraron sus negocios capturando
cautivos y asignándoles tareas menores. Esta economía de amo y esclavo, dice la
teoría, es la primera manifestación del Estado. Así que la premisa del Estado
es la explotación de los productores mediante el uso de la fuerza.
El robo de golpea y corre acabó siendo reemplazado por la
idea de seguridad, o la continua recaudación de tributos de los pueblos
sometidos a esclavitud. A veces una tribu invasora se ocupaba de un centro de
intercambio y ponía tasas a las transacciones, a veces controlaba los caminos y
corrientes de agua que llevaban a ciudades y cobraban peajes a caravanas y
mercaderes. En cualquier caso, pronto aprendieron que el saqueo es parte de la
producción y que es mayor cuando mayor es la producción; por tanto, para favorecer
la producción, se ocuparon de patrullar y mantener “la ley y el orden”. No sólo
vigilaban al pueblo conquistado, sino también le protegían de otras tribus
merodeadoras; de hecho, no era extraño que una comunidad acosada invitara a
otra tribu guerrera a venir y hacer guardia a un precio. Los conquistadores no
sólo vinieron de las colinas, pues hubo también “hordas del mar”, tribus cuya
peligrosa ocupación les hacía especialmente osados en sus ataques.
Los pueblos invasores se mantuvieron distantes de los
conquistados disfrutando de lo que más tarde se conoció como
extraterritorialidad. Mantenían lazos culturales y políticos con su tierra de
origen, mantenían su propio leguaje, religión y costumbres y en la mayor parte
de los casos no molestaban en las mores de sus sometidos, siempre que
pagaran su tributo. Con el tiempo, pues así es como ocurre con la proximidad,
las barreras entre conquistadores y conquistados desaparecieron y se produjo un
proceso de amalgama. El proceso a veces se aceleraba por la rigidez de los
lazos con la tierra de origen, como cuando el jefe local se sentía
suficientemente fuerte en su nuevo entorno como para desafiar a su señor y
dejar de dividir su botín con éste y cuando una insurrección con éxito en la
tierra de origen les hacía cortar los lazos. Un mayor contacto con los
conquistados generaba una mezcla de lenguajes, religiones y costumbres. Incluso
aunque el matrimonio mixto estaba mal visto por razones económicas y sociales,
la atracción sexual no puede eliminarse por ley y una nueva generación, a
menudo manchada por la siniestra prohibición, cubría el abismo con sus lazos de
sangre. Las aventuras militares, en defensa de la nueva tierra común, ayudaban
a la amalgama.
La mezcla de dos culturas daba lugar a una nueva, de la que
no era su característica menos importante una serie de costumbres y leyes
regularizando la acomodación a sus amos de las clases que pagaban. Estas
convenciones las formulaban necesariamente los primeros, intentando perpetuar
su posición económica como legado a sus sucesores. El pueblo dominado, que al
principio había resistido a las exacciones, había sido desgastado por la lucha
desigual y se había rendido a un sistema de impuestos, rentas, peajes y otras
formas de tributo. El ajuste se facilitó por la inclusión de algunas de las
“clases inferiores” en el sistema como capataces, alguaciles y sirvientes y el
servicio militar bajo los amos hecho de mutua admiración, si no respeto.
Asimismo la codificación de las exacciones acabó borrando de la memoria la arbitrariedad
con que se impusieron y las cubrió con un aura de corrección. Las leyes fijaban
límites a las exacciones, hacían a los excesos irregulares y punibles y así
establecían “derechos” para las clases explotadas.
Los explotadores respetaron inteligentemente que se violaran
esos “derechos” por parte de sus miembros más avariciosos, mientras que los
explotados, habiendo conseguido un ajuste cómodo al sistema de exacciones, del
cual algunos se beneficiaban a menudo, adquirió una sensación de seguridad y autoestima
en esta doctrina de “derechos”. Así que, mediante procesos psicológicos y
legales, se fijó esa estratificación de la Sociedad. El Estado es esa clase que
disfruta de preferencia económica mediante su control de la maquinaria de la
fuerza.
La teoría sociológica del Estado se basa no sólo en las
evidencias históricas, sino también en el hecho de que hay dos formas en las
que los hombres pueden obtener bienes económicos: la producción y la
depredación. La primera implica la aplicación de trabajo a las materias primas,
la otra el uso de la fuerza. El pillaje, la esclavitud y la conquista son las
formas primitivas de la depredación, pero el efecto económico es el mismo
cuando se usa la coacción política para privar al productor de su producto o
incluso cuándo éste accede a transferir la propiedad como precio para seguir
vivo. Tampoco la depredación pasa a ser otra cosa cuando se hace en nombre de
la caridad (la fórmula de Robin Hood). En todo caso, uno disfruta de lo que
otro ha producido y, en la medida en que la depredación hace queden
insatisfechos los deseos del productor, su trabajo no se ve correspondido. Se
verá que, en su aspecto moral, la teoría sociológica descansa en la teoría de
la propiedad privada, el derecho inalienable del individuo al producto de su
esfuerzo y sostiene que cualquier tipo de coerción, ejercido con cualquier
propósito, no elimina ese derecho. Volveremos más tarde sobre este punto.
Por cierto, a primera vista esta teoría parece tener un
parecido con la frase de Marx de que el Estado es el comité de dirección de la
clase capitalista. Pero el parecido es en las palabras, no en las ideas. La
teoría marxista mantiene que el Estado en otras manos (la “dictadura del
proletariado”) podría abolir la explotación. Pero la teoría sociológica del
estado (o la teoría de la conquista) insiste en que el propio estado,
independientemente de su composición es una institución explotadora y no puede
ser otra cosa: que se apropie de los bienes de propietarios de salarios o de
propietarios de capital, el principio ético es el mismo. Si el estado quita al
capitalista para dárselo al trabajador o del mecánico para dárselo al granjero
o de todos para beneficiarse él mismo, se ha usado la fuerza para privar a
alguien de su derecho de propiedad y a ese respecto sigue el espíritu, si no la
forma, de la conquista original.
Por tanto, aunque la cronología de un estado concreto no
empiece con la conquista, sigue, sin embargo, el mismo modelo, pues sus
instituciones y prácticas continúan en la tradición de los estados que hayan
seguido el proceso histórico. El Estado Americano no empezó con una conquista:
los indios no tenían propiedad que se les pudiera arrebatar y, al ser
cazadores, eran demasiado obstinados para ser esclavos. Pero los colonos eran
el producto de una economía de explotación, se habían habituado a ella en sus
respectivas tierras de origen, la habían importado e incorporado a la nueva
organización. Muchos de ellos vinieron a su nueva tierra soportando el yugo de
la esclavitud. Todos habían venido de entornos institucionales que habían sido
resultado de conquistas, no conocían otra cosa y cuando establecieron sus
propias instituciones simplemente transplantaron estos entornos. Trajeron con
ellos el Estado depredador.
Cualquier investigación de provecho sobre el carácter del
Estado Americano debe por tanto tener en cuenta la distinción entre ganarse la
vida produciendo y ganarse la vida depredando, es decir, entre economía y
política.
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Frank Chodorov fue un defensor del libre mercado, el individualismo
y la paz. Empezó apoyando a Henry George y editó la revista georgista The
Freeman antes de fundar su propio periódico, que fue el influyente Human
Events. Después fundó otra versión de The Freeman para la Foundation
for Economic Education y dio clases en la Freedom School en Colorado.
Este artículo se ha extraído del Capítulo Dos de The
Rise and Fall of Society.