¿Debería el estado financiar las artes?

Por Frederic Bastiat. (Publicado el 4 de diciembre de 2009)

Traducido de la versión en inglés. El artículo original en inglés se encuentra aquí http://mises.org/daily/3806.

[De “Lo que se ve y lo que no se ve”, 1850]

 

¿Tendría el estado que financiar las artes?

Sin duda habría mucho que decir por ambas partes de la pregunta. Puede decirse a favor del sistema de votar fondos para este fin que las artes engrandecen, elevan y armonizan el alma de una nación, que la desvían de la demasiado grande preocupación por los asuntos materiales, la animan a amar la belleza y así actúan favorablemente en sus conductas, costumbres, moral e incluso en su industria.

Podría preguntarse qué pasaría en Francia con la música sin su teatro italiano y su conservatorio, con el teatro dramático sin su Théâtre-Français, con la pintura y escultura sin sus colecciones, galerías y museos. Podría también preguntarse si, sin centralización y consecuentemente sin la financiación de las bellas artes, se hubiera desarrollado ese gusto exquisito que el noble apéndice del trabajo francés y que presenta sus producciones al mundo entero. A la vista de esos resultados, ¿no sería una imprudencia renunciar a esta moderada contribución de todos sus ciudadanos a lo que, de hecho, a los ojos de Europa, muestra superioridad y su gloria?

A estas y otras razones, cuya fuerza no disputo pueden oponerse argumentos no menos sólidos. Podría decirse primero que hay una cuestión de justicia distributiva. ¿Puede extenderse el derecho de legislador hasta comprender el salario del artesano en bien de añadir algunos beneficios al artista?

El Sr. Lamartine dijo: “Si dejamos de apoyar el teatro, ¿dónde acabaremos? ¿No nos veríamos necesariamente obligados a eliminar el apoyo a nuestras universidades, nuestros museos, nuestros institutos y nuestras bibliotecas?” Podría contestársele, si deseamos apoyar todo lo que es bueno y útil, ¿dónde acabaremos? ¿No nos veríamos necesariamente obligados a formar una lista civil para la agricultura, la industria el comercio, la caridad, la educación? Además, ¿es seguro que la ayuda del gobierno favorece el progreso del arte? Esta cuestión está lejos de resolverse y vemos muy bien que los teatros que prosperan son los que dependen de sus propios recursos.

Además, si atendemos a consideraciones de orden superior, podemos observar que los deseos derivan unos de otros y se originan en zonas que son cada vez más refinadas en proporción a que las necesidades sanitarias de la población estén satisfechas y que el gobierno no tendría que tomar parte en esta correspondencia, porque en las condiciones concretas de las presentes fortunas no podría estimular fiscalmente las artes necesarias sin controlar las de la riqueza, interrumpiendo así el curso de la civilización. Puedo observar que esas transposiciones artificiales de deseos, gustos, trabajo y población ponen a la gente en una situación precaria y peligrosa, sin una base sólida.

Aquí van algunas de las razones alegadas por los adversarios de la intervención del estado y lo que se refiere al orden en que los ciudadanos piensan que deberían satisfacerse sus deseos y hacia los cuales, en consecuencia, debería dirigirse su actividad. Soy, lo confieso, uno de quienes piensan que la elección y el impulso tendría que venir desde abajo y no desde arriba, desde el ciudadano y no desde el legislador y la doctrina opuesta me parece tender a la destrucción de la libertad y la dignidad humana.

Pero, mediante una deducción tan falsa como injusta, ¿saben de qué se acusa a los economistas? De que cuando desaprobamos el apoyo gubernamental se supone que desaprobamos la misma cosa cuyo apoyo se discute y de ser enemigos de todo tipo de actividad, porque deseamos ver estas actividades, por un lado libres y por el otro buscando su propio premio por sí mismas.

Así que si pensamos que el estado no debería interferir mediante los impuestos en los asuntos religiosos, somos ateos. Si pensamos que el estado no tendría que interferir mediante los impuestos en la educación, somos hostiles al conocimiento. Si decimos que el estado no tendría que dar un valor ficticio a los terrenos o a cualquier rama concreta de la industria mediante los impuestos, somos enemigos de la propiedad y el trabajo. Si pensamos que el estado no tendría que apoyar a los artistas, somos bárbaros que consideran las artes como inútiles.

Ante conclusiones como éstas protesto con todas mis fuerzas. Lejos de divertirnos la absurda idea de eliminar la religión, la educación, la propiedad, el trabajo o las artes, cuando decimos que el estado tendría que proteger el libre desarrollo de todos estos tipos de actividad humana sin ayudar a algunas a expensas de otras, pensamos por el contrario, que todas estas fuerzas vivas de la sociedad se desarrollarían más armoniosamente bajo la influencia de la libertad y que, bajo esa influencia ninguna sería como ahora una fuente de problemas, de abusos, de tiranía y de desorden.

Nuestros adversarios consideran que una actividad que no está ayudada con algo, ni regulada por el gobierno es una actividad destruida. Nosotros pensamos exactamente lo contrario. Si fe está en el legislador, no en la humanidad; la nuestra está en la humanidad, no en el legislador.

Así, el Sr. Lamartine dijo: “Bajo este principio debemos abolir las exposiciones públicas, que son el honor y la riqueza de este país”. Pero yo diría al Sr. Lamartine que, de acuerdo con su modo de pensar, no apoyar es abolir, pues basándose en la máxima de que nada existe independientemente de la voluntad del estado, concluye que nada existe salvo lo que el estado hace existir.

Pero opongo a su afirmación el mismo ejemplo que ha elegido y le pido que considere que la más grande y noble de las exposiciones, la que se ha concebido con el espíritu más liberal y universal (y podría incluso usar el término humanitario, pues no es exagerado decirlo) es la exposición que se está preparando en Londres, la única en que ningún gobierno participa y que no se va a pagar con impuestos.

Volvamos a las bellas artes. Repito que hay muchas razones sólidas a aportar, tanto a favor como en contra del sistema de asistencia gubernamental. El lector debe ver que el objetivo especial de esta obra me lleva a no explicar estas razones ni a decidir a su favor o en su contra.

Pero el Sr. Lamartine ha adelantado un argumento que no puedo pasar por alto, pues está íntimamente ligado a este estudio económico. “La cuestión económica, en lo que se refiere a los teatros, se reduce a una sola palabra: trabajo. Importa poco cuál es la naturaleza de este trabajo: es fértil, tan productivo como cualquier otro trabajo en la nación. Los teatros en Francia, como saben, alimentan y pagan a no menos de 80.000 trabajadores de distintos tipos: pintores, albañiles, decoradores, sastres, arquitectos, etc., que constituyen la misma vida y movimiento de muchas zonas de esta capital y por ello tendrían que tener vuestras simpatías”. ¡Vuestras simpatías! Mejor decir vuestro dinero.

Y luego continúa: “Los placeres de París son el trabajo y el consumo de las provincias y los lujos de los ricos son los salarios y el pan de 200.000 trabajadores de toda condición, que viven de las múltiples industrias de los teatros en la superficie de la República y que reciben de estos nobles placeres, que hacen ilustre a Francia, el sustento de sus vidas y las necesidades de sus familias e hijos. Es para ellos para lo que daréis 60.000 francos”. (Muy bien, muy bien. Gran aplauso). Por mi parte me veo obligado a decir: “¡Muy mal! ¡Muy mal!” limitando esta opinión, por supuesto dentro de los límites de la cuestión económica que estamos discutiendo.

Sí, es a los trabajadores de los teatros a los que irá al menos una parte de estos 60.000 francos, quizá unos pocos sobornos se pierdan por el camino. Quizá si miramos con un poco más de atención el asunto podríamos descubrir que el pastel ha seguido otro camino y que esos trabajadores serán afortunados si reciben unas pocas migajas. Pero permitiré, para seguir con el argumento, que toda la suma llega a los pintores, decoradores, etc.

Esto es lo que se ve. Pero ¿de dónde viene? Ésta es la otra cara de la cuestión y tan importante como la anterior. ¿De dónde salen esos 60.000 francos? ¿Y a dónde irían si el voto del parlamento no los dirigiera antes a la Rue Rivoli y luego a la Rue Grenelle? Es lo que no se ve.

Sin duda nadie pensará en mantener que el voto del parlamento haya causado que esta suma se haya incubado en una urna, que sea una simple adición a la riqueza nacional, que si no fuera por este voto milagroso estos 60.000 francos habrían sido por siempre invisibles e impalpables. De admitirse que todo lo que la mayoría puede hacer es decidir que deben tomarse de un lugar para enviarlos a otro, y si toman una dirección, es sólo porque los han desviado de otra.

Siendo este el caso, está claro que el contribuyente que haya aportado un franco, ya no tendrá este franco a su disposición. Está claro que se verá privado de algún beneficio por importe de un franco y que el trabajador, quienquiera que sea, que lo habría recibido se verá asimismo privado del beneficio de esa cantidad. Por tanto, no nos dejemos llevar por una ilusión infantil de creer que el voto de los 60.000 francos pueda añadir nada al bienestar del país y al trabajo nacional. Desplaza disfrutes, traslada salarios, esto es todo.

¿Podría decirse que para un tipo de ratificación y un tipo de trabajo se sustituyen gratificaciones más urgentes, morales o razonables? Podría discutir esto: podría decir que al quitar 60.000 francos a los contribuyentes disminuimos los salarios de trabajadores, cargadores, carpinteros, herreros y aumentamos los de los cantantes.

No hay nada que pruebe que esta última clase necesite más simpatía que las anteriores. El Sr. Lamartine no lo dice. Él mismo dice que el trabajo en los teatros es tan fértil, tan productivo como cualquier otro (no más) y esto puede dudarse, pues la mejor prueba de que el último no es tan fértil como los anteriores reside en esto, en que se necesita que otro le asista.

Pero esta comparación entre el valor y el mérito intrínseco de diferentes tipos de trabajo no forma parte de mi sujeto actual. Todo lo que tengo que hacer aquí es demostrar que si el Sr. Lamartine y otras personas que siguen esta argumentación han visto a una lado los salarios que ganan los proveedores de los comediantes, tendrían que haber visto en el otro los salarios perdidos por los proveedores de los contribuyentes: no es por falta de ello, se han expuesto al ridículo confundiendo una mala asignación con una ganancia. Si fueran coherentes con su doctrina, no habría límites a sus demandas de ayuda del gobierno, porque lo que es cierto para un franco y 60.000 francos también lo es, en circunstancias paralelas, para cien millones de francos.

Cuando los impuestos son objeto de discusión, tendría que probarse su utilidad con razonamientos que vayan a la raíz del asunto, pero no con esta desafortunada afirmación: “Los gastos públicos apoyan a las clases trabajadoras”. Esta afirmación oculta el importante hecho de que los gastos públicos siempre sustituyen a los gastos privados y que por tanto damos sustento a un trabajador en lugar de a otro, pero no añadimos nada a la parte de la clase trabajadora en su conjunto. Sus argumentos son bastante elegantes, pero son demasiado absurdos como para justificarse con algo parecido a la razón.

-----------------------------------------

Frédéric Bastiat fue el gran proto-austrolibertario francés cuyas polémicas y análisis trataron acerca de todos los clichés estatistas. Su intención principal como escritor fue llegar a la gente de la forma más práctica con el mensaje de la urgencia moral y material de la libertad.

Published Tue, Dec 8 2009 11:01 PM by euribe