Por Tyler A. Watts. (Publicado el 4 de diciembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3886.
¡Ah, los verdes! Ya no son abrazaárboles. Nos han estado
intimidando para reciclar, tomar soja, conducir menos, usar el autobús y mil
otras maneras de “actuar localmente durante muchos años. Ahora incluso tienen
un nuevo publicista de moda en la gran pantalla: “No impact man”, nuestro conductor
a un viaje culpable de primera clase a Ecolandia. A pesar de la masiva
popularidad de su causa, no creo que estén satisfechos. Quieren controlarnos.
Si no tenemos cuidado, esta gente empeñada en salvar el planeta va a acabar
gestionando los más mínimos aspectos de nuestras vidas.
La idea de sostenibilidad por sí misma suena bastante
inocente: simplemente implica que la gente tendría que pensar en el futuro, ser
prudente y ahorrativa en su uso de los recursos económicos. Y estoy de acuerdo
con esta idea básica: superficialmente parece inteligente aunque simple, en
línea con valores suaves y benevolentes como la responsabilidad y la
generosidad.
Pero en el fondo hay algo inquietante acerca de la premisa
básica de la sostenibilidad. Los defensores de la sostenibilidad (llamémosles
“sostenibilistas”) son dañinos con su fervor, su postura y su retórica. Su
ideología está viciada por una acusación de que las cosas tal y como están son
de alguna manera insostenibles. Aquí hay un alarmismo que esencialmente dice:
“hay una crisis, es culpa tuya por ser ignorante, irracional y avaricioso.
Debes hacer lo que decimos para resolverla o todos moriremos”.
Esta cruzada alarmista que subyace el movimiento de la
sostenibilidad debería doler a gente con un conocimiento económico del mundo.
Un principio básico de la economía es que los mercados son ordenados y se
autorregulan: los precios indican las limitaciones de los productos y guían a
la gente para economizar en su uso. Los precios cambian cuando la cambian las
condiciones subyacentes de oferta y demanda, introduciendo los ajustes
apropiados en los modelos de consumo y producción. Los precios canalizan la
búsqueda de beneficio (un aspecto natural de la condición humana) en
actividades productivas e innovadoras. En resumen, los precios funcionan.
Los sostenibilistas ignoran o niegan esta lección básica. En
todo caso, los economistas tenemos el trabajo apropiado.
La queja de los sostenibilistas
El meollo del problema, tal y como lo ven los
sostenibilistas, es que la gente está usando irresponsablemente los recursos,
ya sea usándolos demasiado deprisa, usando demasiados o usándolos de una forma
que tendrá ramificaciones negativas a largo plazo. En resumen, los sostenibilistas
desaprueban las acciones de otra gente y actúan para corregir a sus hermanos
caprichosos.
Como estos otros derrochadores, por ignorancia, pereza o
terquedad no se levanten y adopten por sí mismos prácticas sostenibles, los
sostenibilistas ven la necesidad de un esfuerzo de concienciación: campañas
organizadas, viajes ecoculpables y, sí, incluso leyes para corregir este mal
uso de recursos. Necesitamos cambiar nuestros patrones de acción, necesitamos
una fuerza motivadora más allá del mero “interés económico” (es decir, la
búsqueda de beneficio). Por tanto la sostenibilidad se ha convertido en una
cruzada con todas las de la ley para “salvar el planeta” y si no eres parte de
la solución, sin duda eres parte del problema.
Interpretamos esto con una perspectiva económica. Los
argumentos de la sostenibilidad entran una de dos amplias categorías: (1) el
argumento de los recursos no renovables de que los suministros de ciertos
recursos importantes están disminuyendo y para cuando la gente se dé cuenta
será “demasiado tarde”: la escasez de recursos estrangulará las economías
capitalistas hasta el punto de ruptura; (2) el argumento del cambio climático
de que hay grandes externalidades negativas, aunque en el futuro, en los
actuales patrones de uso de recursos.
Sea cual sea su tipo, los argumentos de la sostenibilidad
invocan fallos en el mercado. De hecho, las mismas prácticas citadas como
insostenibles aparecen en el mercado libre. Por tanto, se necesita algo que
corrija desde fuera, ya sea una persuasión moral agresiva o una regulación
económica, para prevenir la amenazadora catástrofe del uso insostenible de los
recursos.
¿No son suficientes los precios?
No quiero ocuparme de los detalles del movimiento por la
sostenibilidad. Hay docenas de manifestaciones de éste, desde la construcción
verde a los cultivos orgánicos al reciclado obligatorio para la
descarbonización. De hecho, el carro de la sostenibilidad (que, por supuesto
está pintado de verde y movido por energías renovables) parece expandible infinitamente
para incluir cualquier industria y grupo de interés bajo el sol. Más bien
quiero descubrir las implicaciones esenciales del movimiento de la
sostenibilidad.
El movimiento de la sostenibilidad es un asalto a la
economía. Afirma esencialmente que los precios no operan en el tiempo para
dirigir las decisiones de consumo y producción de una forma sostenible. Una
lección de economía básica debería bastar para defenderse del ataque de los
sostenibilistas.
Los precios aparecen en el mercado como una consecuencia del
intercambio en beneficio mutuo. La gente quiere cosas para mejorar sus vidas, a
esto lo llamamos valor. Algunas cosas valiosas son más escasas que otras,
usemos el ejemplo clásico del agua y los diamantes. En términos absolutos, el
agua es más valiosa que los diamantes: no necesitamos diamantes para vivir.
Aun así, a igual peso, el agua es mucho más barata. ¿Por
qué? Aunque es valiosa, es relativamente abundante: en muchas partes del mundo
literalmente cae del cielo. El precio de cualquier bien refleja esta
combinación de valor y escasez. Estamos dispuestos a pagar más por cosas
valiosas a medida que se van haciendo más escasas (p. ej., el petróleo) y no
necesitamos pagar tanto por cosas valiosas si se vuelven más abundantes (p.
ej., el cereal).
Igualmente, a medida que las cosas pierden su valor, la
gente ya no desea pagar pro ellas (p. ej.: las máquinas de escribir) y la gente
debe pagar más por cosas escasas que de repente se codician (p. ej.: discos
antiguos de Michael Jackson). Los asombroso de los precios es que expresan de
forma sencilla esta combinación de hechos acerca del valor de un objeto
(demanda) y su escasez (oferta). Por supuesto, los precios están sujetos a
cambio: los precios de ciertos bienes fluctúan todos los días. Pero estoe s
bueno, las tendencias apreciables en precios a lo largo del tiempo indican
cambios relativos en los “fundamentales del mercado” de oferta y demanda.
En este sentido, los precios guían bien a los individuos,
tanto consumidores como productores, hacia un uso racional de los recursos. Los
consumidores inteligentes atienden a los precios: una tendencia al alza les
indica que dejen de consumir ese objeto en particular y un precio a la baja les
dice que continúen y usen algo más. La misma lógica básica se aplica del lado
de la producción.
Los emprendedores, dirigidos por la búsqueda del beneficio,
son como sabuesos olfateando estas tendencias de los precios en búsqueda de
oportunidades de beneficio, oportunidades de crear valor mediante intercambios.
Si el precio de un bien tiende a subir fuertemente en el tiempo (indicando que
se ha hecho más escaso o más valioso) se apresuran a encontrar sustitutivos
baratos. Cuanto más baratos sean los sustitutivos, mayores serán los beneficios
obtenidos, especialmente para el primero en el mercado. Si los precios tienden
a la baja en el tiempo (indicando que el recurso es más abundante en relación
con su utilidad), los empresarios dedicarán sus esfuerzos a otra cosa.
El resultado general de estos procesos económicos se resume
en la frase “los precios coordinan”.
En otras palabras, el sistema de precios actúa como una “mano invisible”,
guiando a la gente (tanto consumidores como productores) en sus acciones
económicas. La verdadera belleza de este sistema de precios del libre mercado
es que conlleva su propio tipo de sostenibilidad. No es tanto sostenibilidad en
el uso de ciertos recursos (pues algunos bienes concretos suben o bajan de
acuerdo con la oferta y la demanda), sino sostenibilidad de un alto crecimiento
económico y altos niveles de vida en la economías capitalistas económicamente
desarrolladas.
Tomemos, por ejemplo, el transición del mercado de la
iluminación de interiores: las velas de sebo se vieron reemplazadas por lámpara
de aceite de ballena, que fueron sustituidas por lámparas de queroseno, que
fueron reemplazadas por bombillas incandescentes con energía eléctrica. No se
necesitó ninguna presión social o política para llegar a esta evolución, no
hubo ningún movimiento de “pico
del aceite de ballena”, ni conservacionistas del queroseno, ni cruzada por
la sostenibilidad del pasado. Sólo hizo falta un sistema de precios funcional,
combinado con la acción emprendedora siempre presente en búsqueda de beneficios
bajo un orden competitivo de libre mercado.
De forma parecida, en nuestro tiempo mientras los
sostenibilistas y otros pesimistas se preocupan por el agotamiento de los
recursos, el sistema de precios sigue
siendo funcional, guiando silenciosamente pero con seguridad a los individuos
para economizar recursos, buscar sustitutivos rentables y anticipar tendencias
futuras. Todo esto ocurre sin predicar, sin cruzadas y sin activismo.
¿Es sostenible la cruzada de la sostenibilidad?
Durante cuánto tiempo serán los sostenibilistas capaces de
tocar su tambor a la vez que proclaman su imagen de “más verde que tú” e
intentan, con distintos grados de coerción, hacer que todos los demás actuemos
también “sosteniblemente”? Con el temor al calentamiento global perdiendo
credibilidad cada día, la posibilidad de que los sostenibilistas sean
capaces de obtener una victoria, aunque sea moral, se desvanece.
Salvo que la tierra se destruya por un poco de humo, no me preocupa mucho que
los sostenibilistas tengan mucho impacto a largo plazo.
Los sostenibilistas más radicales piden un cambio drástico
del orden natural de la economía del libre mercado. Nos piden que abandonemos
la riqueza y optemos por las privaciones en nombre de su causa.
Aunque los ciudadanos de las democracias occidentales aparentemente se han
convertidos en objetivos fáciles para cualquier cosa verde, no avanzaremos más
hacia salvar el planeta, especialmente cuando sea evidente que la
sostenibilidad requiere ir hacia la pobreza y una sociedad profundamente
reglamentada y regulada (y que el planeta no está realmente en peligro, después
de todo).
También, y quizá más importante, la gente en los países en
desarrollo cada vez se opondrán más a las demandas de sacrificios pro parte de
los sostenibilistas. Una vez llegados a los niveles altos de vida que el
desarrollo del capitalismo produce a largo plazo, algo me dice que recibirán
fríamente la idea de poner freno a su desarrollo.
El actual resurgimiento de la tradición liberal clásica en
economía también reducirá el atractivo de la sostenibilidad. La idea de imponer
una sostenibilidad planificada centralizadamente se desmoronará cuando se entienda
que el orden espontáneo que genera la mano invisible del sistema de precios del
libre mercado es asombrosamente sostenible por sí misma. Añadamos a la mezcla
las penurias de la recesión actual y no tarará mucho para que haya gente
suficiente, incluso cruzados de la sostenibilidad, vuelvan con el rabo entre
las piernas y con una caja de bombones en la mano al a economía del libre
mercado.
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Tyler Watts es doctorando en economía en la Universidad
George Mason.