Por Rev. Edmund A. Opitz. (Publicado el 16 de noviembre de
2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3847.
[The
Freeman, 1974]
Cuando Albert Jay Nock escribió Our
Enemy, The State [Nuestro enemigo, el Estado] en 1935, estaba
aguantando la marea y no tenía ninguna falsa esperanza de que sus palabras
tuvieran un efecto inmediato en el curso de los acontecimientos humanos. Pero
era un devoto de la verdad y estaba acostumbrado a ir con el paso cambiado. Así
que, con un cínico distanciamiento, diseccionó la deriva del poder social hacia
el poder estatal, completamente consciente de su desagradecida tarea. Entonces
¿por qué el doloroso esfuerzo de escribir un libro? Por dos razones, replicaba
Nock:
“La razón general es que cuando
en cualquier área del pensamiento una persona tiene, o cree que tiene, una
visión del orden de las cosas completamente inteligible, es adecuado que
registre esa visión públicamente, sin pensar en las consecuencias prácticas o
la falta de ellas para embarcarse en la labor. Podría sin duda pensar que está
obligado a realizar esto como una especie de tarea abstracta, no como un
cruzado o propagandista de su opinión o para intentar imponerla a todos (¡lejos
de ello!) sin que le importe en absoluto su aceptación o rechazo, sino
simplemente para dejar constancia. Debo decir que podría pensarse que es su
tarea para con la verdad natural de las cosas, pero en todo caso, su derecho:
es admisible.
La razón especial tiene que ver
con el hecho de que en toda civilización, por muy generalmente prosaica, por
muy adicta el punto de vista inmediato sobre los asuntos humanos que sea, hay
siempre ciertos espíritus extraños, que aunque conformes externamente con los
requisitos de la civilización que los rodea, siguen teniendo una preocupación
desinteresada por la simple comprensión de la ley de las cosas, sin tener en
cuenta su fin práctico.
Éstos tienen una curiosidad
intelectual, a veces con un tinte de emoción, sobre el augusto orden de la
naturaleza: les impresiona su contemplación y quieren conocer todo lo que
puedan sobre él, incluso en circunstancias en las que su operación es siempre
tan manifiestamente desfavorable para sus mayores esperanzas y deseos.
Para éstos, una obra como ésta,
aunque no es práctica en el sentido actual del término, no es del todo inútil, y
a quienes les llegue se darán cuenta de que se escribió para gente como ellos y
sólo ellos".
Nock sostenía que hay dos instituciones políticas: el
gobierno y el estado. El gobierno es una institución de la sociedad limitada a
intervenciones negativas dirigidas a proteger al individuo frente a la fuerza y
el fraude: los gobiernos se establecen para garantizar a las personas sus
derechos y castigar cualquier infracción a éstos.
Por el contrario, el estado interviene positivamente en la
sociedad: somete al pueblo en busca de distintos objetivos nacionales, guerrea
contra la pobreza, ofrece bienestar, paga subvenciones, ofrece seguridad de la
cuna a la tumba, etc.
Nock se oponía al sistema del estado, en cualquier nombre
que éste asuma, pero no era un anarquista. No tenía una opinión ingenua sobre
la naturaleza humana y nuca habría suscrito la opinión de que hombres y
mujeres, libres de toda ley y obligaciones legales, se establecerían para vivir
felizmente para siempre en algún Jardín del edén del futuro. Creía que mantener
al gobierno estrictamente limitado y descentralizado es la forma de preservar
nuestras libertades.
Siendo el estado lo que es, importa poco quién esté al
frente y ejerza sus exorbitantes poderes. La verdad está calando hoy en algunas
personas, pero el público en general, aunque desilusionado por los políticos,
sigue teniendo fe en la política como medio de curación de todas las
enfermedades de la sociedad y de mejorar en la calidad de vida. Esperemos que
la gente algún día se dé cuenta de que lo que importa es la sobreextensión del
poder del estado, ni quien tenga el poder. Lo importante es refutar las ideas
estatistas, como quiera que se disfracen y el libro de Nock es una gran arma en
nuestro arsenal.
------------------------------------
El Reverendo Edmund A. Opitz fue un pastor
congregacionalista que defendió durante
décadas la causa de la sociedad libre y la necesidad de basar esa sociedad en
una moralidad trascendente. Durante 37, fue miembro señor y teólogo residente
en la Fundación para la Educación Económica. Al principio de los años 1950, fue
parte de Spiritual Mobilization [Movilización Espiritual], una organización que
publicaba la revista Faith
and Freedom [Fe y libertad], en la que escribieron a menudo
Murray Rothbard y Henry Hazlitt. Ésta se enviaba a más de 20.000 pastores. En
la FEE, creó una pequeña organización llamada Remnant, una hermandad de
pastores conservadores y liberales, empleando el tema principal de un ensayo
reimpreso, que publicó la FEE, escrito por Alert Jay Nock en 1937, "Isaiah's Job" [“El trabajo de
Isaías”]
Este artículo está extraído de The Freeman, Vol. 24, Nº
5, pp. 383-384.