Echando chispas con el calentamiento global
Por Robert P. Murphy. (Publicado el 6 de noviembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3825.
Una de las batallas más feas de la blogosfera en la guerra
acerca del clima se relaciona con el recientemente publicado Superfreakonomics,
la secuela del best-seller Freakonomics. En el último
capítulo de su nuevo libro, el economista Steven Levitt y el periodista
Stephen Dubner ponen en duda la opinión de que la restricción masiva de las
emisiones de carbono sea la única esperanza para evitar una catástrofe
planetaria. Algunos de los más afamados defensores de una “legislación sobre el
carbono” inmediata, como Joe Romm y Paul Krugman, quedaron consternados por el
capítulo.
En esta artículo enlazaré algunos de los principales
comentarios sobre el libro hasta ahora y trataré de explicar a los lectores
austriacos por qué los intervencionistas compresiblemente se disgustaron. En
particular, quiero advertir a los liberales no alinearse irreflexivamente con
Levitt y Dubner porque “están de nuestro lado”. Recordaré a los lectores los
errores conocidos que Levitt cometió en sus batallas (derivadas de la era de Freakonomics)
con el opositor al control de armas John Lott.
Un vez hecho esto, al final del artículo, mi buena
disposición me impulsará a defender a Levitt y Dubner de la específica
afirmación del economista de la Universidad de Berkeley, Brad DeLong, de que su
apoyo de la geoingeniería es, de alguna manera, “mala economía”.
Como veremos, Levitt y Dubner podrían estar equivocados
en sus opiniones sobre el calentamiento global, pero si están equivocados es
por las cifras. A pesar de otros posibles pecados, Levitt y Dubner deberían ser
absueltos de la acusación de DeLong de que no están pensando como economistas.
Sumario de las guerras de blogs
No puedo aquí hacer justicia a la exposición de Levitt y
Dubner: animo al lector interesado a leer el capítulo.
Por resumir muy brevemente, argumentan que si el calentamiento global es
realmente una amenaza, de ello no se sigue que los gobiernos necesiten
obligar a recortes draconianos en la emisión de dióxido de carbono, que
costaría muchos billones de dólares en las próximas décadas.
En su lugar, podría adoptarse una solución de
“geoingeniería” para mantener fría la tierra a pesar de aumentar las
concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Quizá la idea
más original sería suspender una manguera usando globos de helio para bombear
dióxido sulfuroso a la estratosfera. Esto reflejaría algo de la luz solar y detendría
(o incluso revertería) el calentamiento global, igual que ocurrió con la
erupción del Monte Pinatubo en 1991. Lo mejor de todo es que esta solución en
concreto sólo costaría alrededor de un total de 250 millones de dólares,
menos de lo que la fundación de Al Gore se está gastando sólo en “crear
conciencia” del cambio climático.
Naturalmente, los que proponen intervenciones gubernativas
masivas en la economía se enfurecieron con las afirmaciones de Levitt y Dubner.
El físico y funcionario del Departamento de Energía de la administración
Clinton, John Romm, hizo que bola siguiese rodando con este
fiero post en el que acusaba a los autores de Superfreakonomics no
sólo de ser increíblemente descuidados en su resumen de la ciencia del clima
sino asimismo de distorsionar conscientemente las opiniones de científicos a
los que citan.
El habitual aliado de Romm en esos asuntos, Paul Krugman,
pronto siguió
el juicio y afirmó que los autores ha malinterpretado terriblemente las
opiniones de los principales economistas del clima en el capítulo. Dubner se
defendió y defendió al coautor Levitt ante las acusaciones de Romm de
distorsiones intencionadas en este
post y el físico (y gurú en su amplio sentido) Nathan Myhrvold, una de las
fuentes primarias del capítulo, se defendió de las acusaciones de ignorancia de
Romm aquí.
¿Están justificadas las críticas?
Los lectores de estas páginas saben que no soy un fan de
Paul Krugman, especialmente en lo que se refiere a sus opiniones sobre el cambio climático.
Pero quiero explicar que entiendo por qué Romm y él echaron chispas sobre este
capítulo.
El ejemplo que más ofendió a Krugman fue la explicación de
Levitt y Dubner del trabajo del economista Martin Weitzman. En un pasaje
explicando los asuntos peliagudos del cambio climático (que los riesgos son muy
inciertos y no se producirían durante muchos años, haciendo difícil saber
cuánta acción hay que realizar en el presente), Levitt y Dubner dicen:
“El economista Martin Weitzman
analizó los mejores modelos climáticos disponibles y concluyó que el futuro
tiene un 5% de posibilidades de un escenario terrorífico, un aumento de más de
10º C.
Por supuesto hay una gran
incertidumbre incluso en esta estimación de incertidumbre. Así que ¿cómo
podríamos valorar esta relativamente pequeña posibilidad de una catástrofe
mundial?” (Superfreakonomics, p. 169)
Esta es la única mención a Weitzman en el capítulo y por
supuesto se trata de que el calentamiento global no tiene por qué alterar la
civilización moderna. Luego en el contexto uno tiene la impresión de que el
trabajo de Martin Weitzman debilita la defensa de las restricciones inmediatas
de las emisiones de carbono.
Pero es exactamente lo contrario lo que ha hecho Weitzman.
Son cosas demasiado técnicas para exponerlas enteramente aquí, pero he explicado en otro lugar que
Weitzman es uno de los héroes de los intervencionistas en el asunto de cambio
climático.
Incluso concediendo un “consenso” en las ciencias naturales
sobre el cambio climático antropogénico, los modelos estándar de
coste/beneficio muestran que el “impuesto óptimo sobre el carbono” empieza muy
modestamente y sólo se incrementa gradualmente tras décadas. Esto sucede porque
los daños serios del cambio climático no afectarán realmente hasta el final del
siglo, así que el valor descontado presente de los “costes sociales” de una
tonelada adicional de emisiones de
dióxido de carbono es bastante bajo.
El trabajo de Weitzman cuestiona esta conclusión habitual.
Ha demostrado las condiciones matemáticas bajo las que los modelos usuales de
coste/beneficio no son válidos. La demostración de Weitzman muestra que, en
lugar de hacer un pequeño ajuste marginal en la trayectoria de las emisiones
para “internalizar la externalidad”, lo óptimo puede ser recortar las emisiones
ya con el fin de minimizar las posibilidades de experimentar eventos climáticos
catastróficos.
Así que no es tanto que Levitt y Dubner hayan mentido acerca
del trabajo de Weitzman, sino que su referencia era muy equívoca. Los austriacos
pueden apreciar lo que ha ocurrido considerando esta analogía: Supongamos que
un defensor de la sanidad pública dijera: “Todos esos críticos siguen
advirtiendo acerca de la ‘medicina socializada’. Pero el Nobel de Economía
Friedrich Hayek escribió en el debate sobre el cálculo socialista que no había
ningún problema lógico para que los planificadores centrales asignen
óptimamente los recursos”.
La (hipotética) cita anterior sería real, hablando
estrictamente, pero terriblemente equívoca. Si estuviera incluida en un
capítulo de un libro que defiende un plan de seguros médicos estatales, los
economistas austriacos echarían chispas. Así que debemos perdonar a Paul
Krugman cuando hace lo mismo después de leer Superfreakonomics sobre el
cambio climático.
Una cosa más, en caso de que lector pro libre mercado
sencillamente no puede llegar a empalizar con Paul Krugman: no olvidemos lo que
ocurrió en la discusión entre Steve Levitt y el economista opositor al control
de armas John Lott. Levitt tuvo que acabar escribiendo una carta
a un colega retractándose de las afirmaciones que hizo respecto de la
relación de Lott con un número del Journal of Law and Economics. En esa
carta, Levitt realizaba la siguiente corrección:
“En esos correos [que le envié],
no quería sugerir que el Dr. John R. Lott Jr., o cualquiera actuando en su
nombre, realizara sobornos o ejerciera una influencia impropia en el proceso
editorial con respecto a la preparación y publicación de número de la
Conferencias. Reconozco que los artículos publicados en el número de la
Conferencia fueron revisados por árbitros relacionados con los editores del
JLE. De hecho, yo fui uno de los árbitros”.
En caso de que los lectores se asombren, déjenme destacar la
asombrosa admisión de las frases anteriores citando a un bloger
cínico: “Vea el tamaño de las mentiras que Levitt lanza. ‘No era un una
revista arbitrada’ dice Levitt. ¡No sólo era una revista arbitrada, Levitt era
uno de los árbitros!”
Por supuesto, sólo porque Levitt puede haber sido descuidado
e injusto en su tratamiento del trabajo de John Lott, no se prueba que Romm y
Krugman tengan en lo que se refiere al tratamiento de Levitt (y su coautor
Dubner) sobre el cambio climático. Sólo quiero advertir a los lectores
austriacos y liberales que no supongan que quien “piensa que el calentamiento
global es una gran trola” es autmáticamente un gran estudioso.
Ahora que ya he gastado mucho tiempo criticando a Levitt,
déjenme acabar este artículo defendiéndole del economista Brad DeLong.
DeLong olvida que el tiempo es oro
En una serie de posts (uno,
dos
y tres),
DeLong acumula una crítica feroz a nuestros autores. Bajo circunstancias
normales, las críticas de DeLong se describirían como “mordaces”, aunque
comparadas con el trato de Romm, son un guante de seda. En esta caso quiero
centrarme en sólo dos de las (muchas) quejas de DeLong. Primero, DeLong cita a
Levitt, que dijo (durante una entrevista
para la NPR):
“Si vemos la historia de la
humanidad moderna, pienso que sería difícil encontrar cualquier problema
concreto que fuera serio y se resolvió por un cambio en el comportamiento, en
lugar de por una solución tecnológica…”
DeLong se asombra por esta afirmación y responde:
“Precisamente eso no es economía: economía es que cambien los incentivos y si
los incentivos cambian, cambia el comportamiento de la gente”.
DeLong tiene razón, lo que dijo Levitt “no es economía”. Más
bien es una afirmación histórica. Quizá sea correcta o quizá no, pero DeLong no
puede negarla citando una tautología macroeconómica. Estoy seguro de que Levitt
concedería la pequeña victoria de que se los gobiernos de todo el mundo
instituyeran un impuesto masivo al carbono y lo impusieran con sanciones
draconianas a la evasión, las emisiones globales realmente disminuiría
rápidamente.
Pero uno de los puntos principales para Levitt es que los
gobiernos del mundo no van a hacer esto, que es ingenuo esperar que
vayan a sacrificar sus propias economías cuando (en opinión de Levitt), la
ciencia del clima no está ni siquiera cerca de estar suficientemente segura
para justificar esta doloroso paso.
Levitt realiza una predicción (basada en su interpretación
de la historia) de que si el calentamiento global antropogénico realmente
requiere medidas drásticas en las próximas décadas, la respuesta implicará
varias forma de geoingeniería, que (predice Levitt) costarían un mínima parte
de lo que requerirían las propuestas de disminución del carbono. Repito que no
digo que necesariamente esté de acuerdo con las simples declaraciones de Levitt
en estos puntos, pero DeLong no tiene razón al rechazarlas por ser algo que “no
es económía”.
Finalmente, ocupémonos de otro punto en que DeLong se
equivoca sobre los argumentos de Levitt. Primero cita a Levitt:
“Bien, en el largo plazo, quizá
queramos ocuparnos del asunto del carbono porque vamos a tener una
acidificación de los océanos y los arrecifes de coral morirán si no hacemos
algo con el carbono. Pero si sólo compramos el tiempo suficiente para mantener
la tierra fría un poco más de tiempo, estoy seguro de que si invertimos
obtendremos la tecnología que nos permitirá en el futuro eliminar el carbono
del aire de lo que ahora podemos…”
DeLong apunta que sea cual sea el mecanismo que nuestros
descendientes usen para quitar el CO2 de la atmósfera, requerirá generar
energía. Luego argumenta:
“Así que ahora tenemos (a)
nuestras plantas de energía normales para nuestra civilización, más (b) nuestra
industria que genera carbono, que es (c) impulsada por más plantas de energía
para obtener la necesaria para acabar con el carbono que generaron nuestro
primer grupo de plantas. Pero las plantas (c) ponen más carbono en la atmósfera
de que ponían las plantas (a).
Dice Levitt, que sabe que podemos
dar energía a nuestra industria que genera carbono (b) con .las plantas (c) que
usan combustible nuclear o solar, o… Pero entonces, ¿por qué no proporcionar
energía a nuestras plantas originales (a) que sostienen nuestra civilización
mediante energía nuclear o solar o la que sea?”
Bueno, esto es francamente tonto. Dejemos claro que pienso
que Levitt y Dubner tienen algunos grandes fallos en su capítulo y DeLong (al
igual que Romm y Krugman) los ha apuntado. Pero aquí DeLong comete un error
evidente. Esta olvidando el hecho de que sería mucho más barato acudir a la
producción de energía libre de carbono cuanto mas esperemos. ¿Realmente
DeLong no ve este punto elemental y cómo hace al argumento de Levitt
perfectamente sensato?
Por hacer una analogía, supongamos `personas que contraen
una enfermedad incurable y luego eligen crionizar sus cuerpos de manera que
puedan ser resucitados y curados en el futuro. Quizá sea una buena idea o quizá
no, pero realmente no tendría sentido que alguien dijera “¡Eso es una mala
economía! ¿Por qué tener el problema de curar su cáncer en el futuro? Hágalo
ahora”. Bueno, ése es el argumento que DeLong ha desarrollado contra Levitt.
Conclusión
Hay una razón por la que la infraestructura energética en
las economías de mercado actuales esté tan basada en los combustibles fósiles:
son con mucho las formas de energía más baratas y fiables de acuerdo con las
necesidades de la sociedad moderna. Independientemente de su (supuesto)
defectuoso análisis. Levitt y Dubner exponen una posibilidad interesante que
merece un análisis cuidadoso y no su ridiculización: incluso si resulta que ese
uso incontrolado de fósiles genera daños climáticos inaceptables a las futuras
generaciones, de ello no se sigue la conclusión de que la única solución son
las reducciones inmediatas y drásticas en las emisiones de carbono.
Otra posibilidad es comprar unas pocas décadas de “espacio
para respirar” (en frase de Myhrvold en el libro) enviando SO2 a la
estratosfera, por ejemplo, y haciendo después la transición a la producción de
energía libre de carbono que no sea tan terriblemente costosa.
Es sorprendente que personas que advierten que el destino
del propia planeta está en juego sean tan refractarios a lo que podría ser un
componente crucial de la respuesta de la humanidad a los mismos peligros de los
que nos están advirtiendo.
Robert
Murphy, investigador adjunto del Mises Institute y miembro de la facultad de la
Universidad Mises, gestiona el blog Free Advice y es autor de The
Politically Incorrect Guide to Capitalism, Study
Guide to Man, Economy, and State with Power and Market, Human Action
Study Guide y The
Politically Incorrect Guide to the Great Depression and the New Deal.