Por Peter G. Klein. (Publicado el 14 de octubre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/story/3784.
El
Premio Nobel de Oliver Williamson, compartido con Elinor Ostrom es una gran
noticia para los austriacos. El análisis innovador de Williamson de cómo
emergen, actúan y se adaptan formas organizativas alternativas (mercados
jerarquías e híbridos, como él los llama) ha definido el campo moderno de la
economía organizativa.
Williamson no es austriaco, aunque simpatiza con algunos
temes austriacos (particularmente la comprensión hayekiana del conocimiento
tácito y la competencia de mercado). Su concepto de especificidad del activo
mejora y extiende la teoría austriaca del capital y su teoría de los límites
empresariales ha desplazado casi por sí sola el modelo de laboratorio de la
competencia perfecta en partes importantes de las economías de la organización
industrial y amtitrust.
Es además un economista pragmático, cuidadoso y práctico,
preocupado principalmente por los fenómenos económicos del mundo real,
prefiriendo la claridad y relevancia a la elegancia matemática formal. Por
estas y otras razones, su trabajo merece un estudio cuidadoso de los
austriacos.
Abriendo la caja negra
En los libros de texto de economía, la empresa es una
función de producción o una serie de posibilidades de producción, una “caja
negra” que transforma entradas en salidas. A partir del estado de la
tecnología, los precios de las entradas y un plan de demanda, la empresa
maximiza el beneficio monetario sujeto a las limitaciones de que sus planes de
producción deben ser tecnológicamente viables. La empresa se modela como un
solo actor, afrontando una serie de decisiones no complicadas: cuánto hay que
producir, cuánto hay que contratar de cada factor y cosas así. Estas
“decisiones”, por supuesto, no son decisiones en absoluto: son cálculos
matemáticos triviales, implícitos en los datos subyacentes. En resumen, la
empresa es una serie de curvas de costes y la “teoría de la empresa” es un
problema de cálculo.
Willaimson ataca este concepto de la empresa, al que
denomina visión de la “empresa como función de producción”. A partir de la aproximación de
costes transaccionales o “contractual” de Coase (1937), Williamson
argumenta que la empresa puede considerarse más bien una “estructura de
gobierno”, un medio de organizar una serie de relaciones contractuales entre
agentes individuales. Por tanto, la empresa consiste en un
empresario-propietario, los activos tangibles que posee y una serie de
relaciones laborales, una visión realista y perfectamente austriaca.
Williamson destaca la especificidad del activo (el
grado en que los recursos se especializan en transacciones concretas) como el
determinante clave de los límites de la empresa, definido como la serie de
transacciones que son internas de la firma (dicho de otra manera: la serie de
activos que posee el empresario). Más en general, sostiene que los empresarios
tienden a elegir la forma de organización (una red dispersa de pequeñas
empresas operando en el mercado abierto, una red de franquicias, una alianza,
una joint-venture o una empresa grande y verticalmente integrada) que mejor se
adapte a sus circunstancias.
Algunos austriacos han argumentado, siguiendo a Alchian y Demsetz (1972) que
Coase y Williamson afirman erróneamente que las empresas no son parte del
mercado, que los empresarios sustituyen la coerción por el consentimiento
voluntario y que las jerarquías corporativas son de alguna manera
inconsistentes con el libre mercado (p. ej.: Minkler, 1993;
Langlois, 1995; Cowen
y Parker, 1997; Matthews,
1998). Pienso que que es en error en la lectura de Coase y Williamson. Es
verdad que Coase hable de empresas “suplantando” al mercado y empresarios
“suprimiendo” el mecanismo de precios, mientras que Williamson dice que las
empresas emergen para superar el “fracaso del mercado”. Pero ninguno de ambos
quiere decir que la empresa está fuera del mercado en un sentido general, que
el sistema de mercado globalmente es ineficiente en relación con la
planificación gubernamental o algo parecido.
Más aún, Williamson no utiliza el término “fracaso del
mercado” en el sentido habitual intervencionista de la izquierda, sino
simplemente que los mercados del mundo real no son “perfectos”, como en el
modelo de equilibrio general perfectamente competitivo, lo que explica por qué
existe la empresa. De hecho, la obra de Williamson sobre la integración
vertical puede considerarse una celebración del mercado. No sólo las empresas
son parte del mercado, concebido este en su sentido amplio, sino que la
variedad de formas organizativas que observamos en los mercados (incluyendo las
grandes empresas verticalmente integradas) es un testimonio de la creatividad
de los empresarios para idear la mejor manera de organizar la producción.
¿Y qué pasa con al afirmación de que mercado, jerarquías e
híbridos son formas alternativas de gobierno? ¿Quiere decir que las empresas y
las organizaciones híbridas no son parte del mercado? No. Coase y Williamson
están hablando de un asunto completamente diferente, de la distinción entre
tipos de contratos o relaciones de negocio dentro del contexto más amplio del
mercado. Se trata sencillamente de si la relación laboral es diferente de, por
ejemplo, el comercio en el mercado spot o un acuerdo con un proveedor
independiente. Es conocido que Alchian y Demsetz (1972) argumentaron que no
había diferencia esencial entre ambos (ambos eran relaciones contractuales
voluntarias, no hay coacción, no hay poder, etc. Coase, Williamson, Herbert Simon, Grossman y
Hart (1986), yo mismo y la mayoría de la doctrina moderna sobre la empresa
argumenta que hay diferencias cualitativas importantes.
Coase y Simon ponen énfasis en la fiducia, con lo que
quieren referirse simplemente a que los contratos laborales son para fines
abiertos, dentro de unos límites. El empleador no negocia con el empleado
acerca de realizar las tareas A, B o C en un día concreto: simplemente les
enseña cómo hacerlas. Por supuesto, el contrato laboral se negocia en el
mercado laboral, igual que cualquier otro contrato. Pero, una vez firmado, es
cualitativamente diferente de un contrato que diga “el contratado independiente
X realizará la tarea A el día 1”. Un relación laboral se caracteriza por la zona
de autoridad (lo que Simon llama el “área
de aceptación”). Williamson destaca la distinción legal, esto es que las
disputas entre empleadores y empleados se resuelven de froma diferente que las
disputas entre empresas, entre empresa y cliente, entre empresa y suministrador
o distribuidor independiente, etc.
Grossman y Hart y mi propio trabajo con Nicolai Foss,
destacamos la distinción entre propietarios y no propietarios de activos. Si
contratamos a alguien para manejar nuestra maquinaria, mantenemos un control y
un derecho a los resultados residual en el uso de la maquinaria que éste no
tiene y por tanto su capacidad de usar la maquinaria a su antojo está limitada.
Si éste posee su propia maquinaria, y le contratamos para producir servicios
con ella, entonces él (en este caso un contratista independiente) mantiene esos
derechos a los productos y al control residuales y esto afecta a muchos
aspectos de nuestra relación.
Aunque Coase, Simon, Hart, etc. no recurren explícitamente a
los austriacos, esta distinción también puede interpretarse en los términos de
la distinción de Menger entre órdenes y organizaciones o la de
Hayek entre cosmos y taxis. Coase y Willaimson simplemente están
diciendo que la empresa en un taxi y el mercado, un cosmos. Esto no niega que
haya aspectos “no planificados” o “espontáneos” en la organización interna de
la empresa ni que haya propósito, razón, uso de cálculo monetario, etc, en el
mercado.
La especificidad del activo y la Teoría Austriaca del Capital
Como hemos indicado antes, la aproximación a la empresa como
caja negra que dominaba la economía neoclásica omite los detalles organizativos
críticos de la producción. Una omisión igualmente seria es que la producción
suele tratarse como un proceso de una sola etapa, en la que los factores se
convierten instantáneamente en productos finales, en lugar de cómo un proceso
complejo y por pasos que se desarrolla en el tiempo y emplean bienes
intermedios. El capital se trata como un factor de producción homogéneo, la C
que parece en la función de producción junto con la T de Trabajo. Siguiendo los
modelos de crecimiento económico de Solow (1957) típicamente se
modela el capital como lo que Samuelson llamaba un shmoo: un factor infinitamente
elástico, completamente moldeable que puede desplazarse sin coste de un proceso
de producción a otro.
En un mundo así, la organización económica tiene relativa
importancia. Todos los activos de capital tienen los mismos atributos y por
tanto los costes de inspeccionar, medir y controlar los atributos de los
activos productivos es trivial. Los mercados de intercambio de activos de
capital virtualmente carecerían de costes de transacción. Puede haber unos
pocos problemas básicos contractuales (en particular los conflictos entre
dirigente y agente sobre la oferta de servicios de trabajo), aunque todos los
trabajadores usarían los mismos activos de capital y esto contribuiría en gran
medida a reducir los costes de medir su productividad.
Williamson, por el contrario, destaca que estos recursos son
heterogéneos, a menudo especializados y frecuentemente costosos de reubicar. Lo
que llama especificidad del activo se refiere a “inversiones duraderas
que se realizan para transacciones particulares, cuyo coste de oportunidad es
mucho menor en los mejores usos alternativos o por usuarios alternativos si la
transacción original finaliza prematuramente” (Williamson 1985, p. 55). Esto
podría describir varias inversiones de relaciones específicas, incluyendo tanto
capital físico como humano especializado, junto con intangibles, como I+D y
conocimientos o capacidades específicos de la empresa. Al igual que Klein, Crawford y Alchian (1978),
Williamson destaca el problema del “atasco” que pueden generar estas
inversiones y el papel de las salvaguardas contractuales para asegurar los
retornos (lo que Klein, Crawford y Alchian llaman cuasi-rentas) de esos
activos.
La teoría austriaca del capital se fija en otro tipo de
especificidad: en hasta qué punto los recusos están especializados en lugares
particulares en la estructura temporal de la producción. En conocido que Menger
clasificó los bienes en términos de órdenes: los bienes de orden
inferior son los que se consumen directamente. Herramientas y máquinas
empleadas para producir esos bienes de consumo son de un orden superior, y los
bienes de capital empleados para producir las herramientas y máquinas son de un
orden superior al anterior. A partir de su teoría de que el valor de todos los
bienes viene determinado por su capacidad de satisfacer los deseos del
consumidor (es decir, su utilidad marginal), Menger demostró que el
valor de los bienes de orden superior viene dado o “imputado” por el valor de
los bienes de orden inferior que producen.
Además, como ciertos bienes de capital vienen producidos por
otros bienes de capital de orden superior, se deduce que los bienes de capital
no son idénticos (al menos en el momento en que se emplean en el proceso de
producción). Lo que estamos diciendo no
es que no pueda haber sustitución de los bienes de capital, sino que el grado
de sustitución es limitado. Como expuso Lachmann (1956), los
bienes de capital se caracterizan por su especificidad múltiple. Es
posible cierta sustitución, pero sólo con un coste.
Mises y Hayek usaron este concepto de especificidad para
desarrollar su teoría del ciclo económico. La especificidad del activo de
Williamson no se centra en la especificidad en un proceso productivo
particular, sino en una serie particular de socios comerciales. Su objetivo es
explicar la relación de negocio entre estos socios (transacción entre
independientes, contrato formal, integración vertical, etc.). En otras
palabras, los austriacos se fijan en activos que son específicos para usos
particulares, mientras que Williamson en activos que son específicos para usuarios
particulares. Pero hay paralelismos evidentes y oportunidades
de ganancia en el comercio.
La teoría austriaca del ciclo económico puede mejorarse
considerando cómo la integración vertical y las relaciones de suministro a
largo plazo pueden mitigar o exacerbar los efectos de la expansión del crédito
en la estructura de producción de la economía. Igualmente, los costes
económicos de transacción pueden beneficiarse de considerarse no sólo en la
estructura temporal de la producción, sino igualmente con el refinamiento de Kirzner
(1966) que define los activos de capital en términos de planes de
producción individuales y subjetivos, planes que se formulan y revisan
continuamente por los empresarios en busca de rentabilidad (y el concepto de
Edith Penrose del grupo de
oportunidades subjetivas de la empresa).
Integración vertical, estrategia y economía
La idea central de las enseñanzas de Williamson sobre
integración vertical no es que los mercados “fracasan” de alguna manera, sino
que tienen éxito en modos ricos, complejos y a menudo impredecibles. Una
conclusión básica de la economía de coste-transacción en que las integraciones
verticales, incluso cuando no haya sinergias tecnológicas evidentes, pueden
mejorar la eficiencia reduciendo costes de gobierno. De ahí que Williamson
(1985, p.19) tenga una opinión distinta en lo que llama la “tradición de
inhospitalidad” en el antitrust, el que las firmas que realizan prácticas de
negocio fuera de lo común como una integración vertical, restricciones en
clientes y territoriales, asociaciones, franquicias y otras deben estar
buscando ganancia monopolísticas. De hecho, las autoridades antitrust se han ido
haciendo más indulgentes al evaluar dichas prácticas, evaluándolas caso por
caso en lugar de imponiendo restricciones per se sobre formas particulares de
conducta.
Aunque este cambio puede reflejar sensibilidad hacia los
postulados de la Escuela de Chicago de que la integración vertical y las
restricciones no reducen necesariamente la competencia, en lugar de a las
afirmaciones de que esos acuerdos ofrecen salvaguardas contractuales (Joskow
1991, pp. 79–80),, la posición de Chicago sobre las restricciones
verticales se basa en buena medida (aunque no explícitamente) en el
razonamiento de coste-transacción (Meese 1997). En este sentido, la obra de
Williamson puede interpretarse como un ataque frontal al modelo de competencia
perfecta, particularmente cuandos e usa como laboratorio en defensa de
políticas antitrust y regulatorias.
De igual manera, Williamson argumenta que para lo
directivos, “economizar” es la mejor forma de “estrategizar”. La doctrina sobre
estrategia de negocio, siguiendo a Porter (1980) ha tendido a fijarse en el
“poder de marcado” como la fuente de ventaja competitiva a nivel de empresa.
Partiendo directamente del viejo modelo de estructura-conducta-rendimiento de
la organización industrial, Porter y sus seguidores argumentaban que las
empresas deberían buscar limitar la rivalidad promoviendo barreras de entrada,
formando coaliciones, limitando el poder de negociación de compradores y
suministradores, etc.
Williamson pone en duda este punto de vista de
posicionamiento estratégico en un influyente artículo de 1991, "Strategizing,
Economizing, and Economic Organization”, donde afirma que los directivos
deberían centrarse en incrementar la eficiencia económica eligiendo las
estructuras de gobierno apropiadas en lugar de incrementando su poder de
mercado. De nuevo, los movimientos de las empresas para integrarse, cooperar
con socios superiores e inferiores, formar alianzas y similares no sólo son
rentables para las empresas, sino también para los consumidores. Las
desviaciones de la competencia perfecta son, en este sentido, parte del proceso
de mercado de asignar los recursos los usos más valorados, todo en beneficio
(como destacaba Mises) del consumidor.
Coda
A nivel personal, Williamson es amistoso y simpatiza con los
austriacos y las preocupaciones de éstos. Anima a los estudiantes a leer a los
austriacos (particularmente a Hayek, a quien cita a menudo). Williamson
presidió mi tribunal de doctorado y una de mis primeras obras “Economic Calculation
and the Limits of Organization”, se presentó originalmente en el Institutional
Analysis Workshop de Williamson en Berkeley. Williamson no aceptó mi argumento
acerca de la distinción entre problemas de cálculo e incentivos: mantenía (y
todavía mantiene) que los costes de las agencias y no el argumento del cálculo
de Mises, explican el fracaso de la planificación centralizada, pero sus
reacciones me ayudaron a rrefinar mi argumentación y mi comprensión de las
doctrinas centrales de Mises y Hayek. (También el gran sovietólogo Alec Nove, visitando
Berkeley ese semestre, resultó que estaba entre la audiencia ese día y me dio
una serie de referencias y contraargumentos).
Williamson, conociendo mi interés en los austriacos, me
sugirió una vez que escribiera una disertación sobre el Ordoliberalismo, la
influencia de Hayek en Eucken y Röpke y el papel de las ideas en el desarrollo
de la política económica. Me advirtió que escribir sobre ello no me daría
ventajas en el mercado de trabajo, pero me animó a seguir mis pasiones, no a
seguir a la multitud. Acabé escribiendo sobre tópicos más prosaicos (1, 2, 3)
pero nunca olvidé su consejo y se lo he repetido a mis propios estudiantes.
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Peter G. Klein es profesor asociado y director asociado en
el Contracting and Organizations Research Institute de la Universidad de
Missouri y profesor adjunto en la Escuela Noruega de Economía y Administración
de Empresas. Escribe en el blog Organizations and Markets.
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