Por William Graham Sumner. (Publicado el 8 de octubre de
2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/story/3758.
La creencia tradicional es que un estado se engrandece por expansión
territorial, de forma que ganando nuevo territorio se gana en riqueza y
prosperidad, igual que un individuo gana y aumenta su posesión de tierra. Sin
duda es cierto que un estado puede ser tan pequeño en territorio y población
que no pueda servir a los fines reales de un estado para con sus ciudadanos,
especialmente en las relaciones internacionales con estados vecinos que
controlan una gran cantidad de hombres y capital.
Por tanto, bajo ciertas circunstancias, hay un tamaño de
territorio y población que da las máximas ventajas para la unidad civil. La
unificación de Alemania e Italia fue aparentemente ventajosa para los pueblos
afectados. En el siglo XIX ha habido una tendencia a crear estados nacionales y
se ha defendido la nacionalidad como la base real de la unidad del estado.
La realidad muestra, sin embargo, que la unidad nacional no
coincide necesariamente con la unidad estatal más ventajosa y que el principio
de nacionalidad no puede eludir los accidentes históricos que han creado los
estados. Suecia y Noruega, poseyendo unidad, amenazan con separarse.
Austro-Hungría, un conglomerado de naciones tradicionalmente hostiles entre sí,
probablemente se mantendrá unida por necesidades políticas.
La cuestión del tamaño conveniente siempre se basará en el
juicio y el buen sentido de los estadistas. La opinión puede ser que Rusia ha
llevado a cabo una política de expansión territorial dañina para su integración
interna. Durante trescientos años ha estado ganando más terreno y ha mostrado
la grandeza y la gloria de la conquista y la apropiación. A esto ha sacrificado
elementos de fortaleza social e industrial. La autocracia se ha establecido y
consolidado porque es la única institución que simboliza y mantiene la unidad
de la gran masa y los deberes militares y fiscales han distorsionado el
crecimiento de la sociedad hasta el punto de producir enfermedad y debilidad.
El agrandamiento territorial aumenta la gloria y la
importancia personal del hombre que es cabeza de un estado dinástico. La
falacia de confundir esto con la grandeza y fortaleza de propio estado es un
riesgo al alcance de la mano. Podría parecer que una república, cuyo jefe
proclame su superioridad sobre una monarquía resida en evitar confundir al rey
con el estado, tendría que verse libre
de esta falacia de la grandeza nacional, pero tenemos muchos ejemplos
para probar que las nociones tradicionales no desaparecen por cambiar nombres y
formas.
La noción de que ganancia de territorio es ganancia de riqueza
y fortaleza para el estado, después de alcanzar el tamaño conveniente es un
engaño. En la Edad Media el interés por el beneficio de la tierra y la
jurisdicción sobre la gente que allí vivía estaban unificados en una sola
persona. Los grandes estados modernos, desde su formación, se quedaron con la
jurisdicción y los intereses beneficiosos pasaron a la propiedad integral de la
tierra. La confusión entre ambos reaparece frecuentemente y es una de las más
fructíferas causas de mentiras en cuestiones públicas.
A menudo se dice que Estados Unidos posee minas de plata y
de eso se infiere que la política del estado en relación con el dinero y la
moneda tendría que estar controlada de alguna forma por este hecho. Los
“Estados Unidos”, como sujeto de derechos de propiedad y de reclamaciones y
obligaciones monetarias puede definirse mejor llamándole el “fisco”. Esta
persona legal no posee minas de plata. Si las tuviera, podría operar con ellas
explotándolas o dándolas en concesión. El beneficio así recibido rebajaría los
impuestos. La ganancia afectaría a todo el pueblo de los Estados Unidos.
El cuerpo político llamado Estados Unidos no tiene nada que
ver con las minas de plata, excepto que ejerce jurisdicción sobre el territorio
en el que están. Si cobra impuestos por ellas también le producen gastos y como
no tiene beneficios en su total de ingresos y abonos, deben considerarse como
iguales. Ofrece servicios por el coste exacto. Los beneficios e intereses de la
propiedad pertenecen a los individuos y éstos ganan estos beneficios sólo
realizando la explotación de las minas con un gasto de trabajo y capital. Estos
individuos son de muchas nacionalidades. Sólo ellos poseen el producto y tienen
el uso y disfrute de éste.
Ningún otro individuo, estadounidense o no, tiene ningún
interés, derecho, obligación o responsabilidad en el asunto. Los Estados Unidos
simplemente han ofrecido la protección de sus leyes e instituciones para los
mineros mientras desarrollan su trabajo. Su jurisdicción es sólo un carga, no
un bien rentable. Su jurisdicción sería una gran ayuda para los mineros y sin
duda no conlleva ninguna obligación adicional.
Se dice que la frontera entre Alaska y la América Británica
va a través de una campo de oro y algunas personas tiene un gran interés sobre
quién “se la quedará”. Si un americano puede pasar al lado inglés y extraer oro
en su beneficio, bajo las leyes y jurisdicción inglesas y un inglés puede
pasara al lado estadounidense y extraer oro en su beneficio, bajo las leyes y
jurisdicción estadounidenses, ¿qué diferencia hay en dónde quede la línea? El
único caso en que habría alguna diferencia es donde las leyes e instituciones
de ambos estados no estuvieran al mismo nivel cultural.
Este caso sirve para mostrar con claridad una razón por la
que la vieja noción de expansión territorial ya no es válida. En el antiguo
sistema colonial, los estados conquistaban territorios o fundaban colonias para
cerrarlas a otros estados y explotarlas bajo los principios de la subyugación y
el monopolio. Sólo bajo este sistema la jurisdicción no es más que una carga.
Si los Estados Unidos admitieran a Hawai en la Unión, el
Fisco del anterior estado recaudaría más impuestos e incurriría en más gastos.
Las circunstancias con tales que esto último sería más grande. Los Estados
Unidos no adquirirían un pie cuadrado de tierra en propiedad salvo que la
pagaran. Los estadounidenses individualmente no obtendrían tierra de cultivo
sin pagar por ella y no obtendrían productos de ésta salvo que gasten
inteligentemente su trabajo y capital en ella. Ya pueden hacer todo eso.
Siempre que haya un gobierno en las islas, nativo o no, que
sea competente en garantizar la paz, el orden y la seguridad, no hace falta más
y el que cualquier poder exterior se apodere de la jurisdicción es una agresión
injustificable. La jurisdicción mejor fundada sería la más liberal e ilustrada
y daría la mayor seguridad a todas las personas que vieran en las islas sus
oportunidades legales. En todo caso, la jurisdicción sería una carga y
cualquier estado debería estar contento de ver que otro estado asume la carga,
siempre que sea uno en que se pueda confiar para seguir los principios
ilustrados para el bien de todos. Por tanto, lo mejor es siempre que la
población cree su propio estado por las instituciones del autogobierno.
Lo que quieren los individuos privados es libre acceso, en
orden y seguridad, a cualquier parte de la superficie de la tierra con el fin
de que puedan acceder a sus recursos naturales para su uso, mediante inversión
o comercio. Por tanto, si podemos tener libre comercio con Hawai al tiempo que
otro tiene la jurisdicción, tendremos todas las ventajas y nos libraremos de
todas las cargas.
La Constitución de los Estados Unidos establece la absoluta
libertad de comercio entre todas las partes del territorio bajo su jurisdicción.
Buena parte de nuestra población e ha indignado de forma apasionada porque la
administración ha rechazado la anexión de Hawai, considerándola como si un
hombre rechazara que le regalen una granja. Estas personas son generalmente las
que se ponen nerviosas ante cualquier propuesta de libre comercio. Por tanto,
no aceptarían libre comercio con las islas mientras otro tenga el problema y la
carga de la jurisdicción, pero aceptarían gustosamente el libre comercio con
las islas si tienen además la carga de la jurisdicción.
Canadá ha tenido una guerra racial y una guerra religiosa,
cada una de una gran virulencia, que han hecho que la jurisdicción
gubernamental sobre el Dominio difícil y azarosa. Si pudiéramos ir a Canadá y
cambiar allí nuestros productos por los suyos, todos podríamos ganar para
nuestros intereses privados lo que ese país puede contribuir al bienestar de la
humanidad y no tendríamos nada que ver con las dificultades civiles y políticas
que acosan al gobierno.
Rechazamos tener libre comercio con Canadá. Nuestros
periódicos y economistas del Congreso prueban para su propia satisfacción que
sería un gran daño para nosotros tener ahora libre comercio, ya que está fuera
de la jurisdicción en la que vivimos, pero en unos pocos meses hemos visto un
impulso decidido de la opinión pública
hacia una guerra de conquista de Canadá. Así le forzaríamos a someterse a la
misma jurisdicción mediante una guerra cruel y no provocada, asumiendo la
responsabilidad sobre todas sus discordias civiles y problemas, por lo que
parece que hay que creer que el libre comercio con ella sería algo bueno.
El caso de Cuba es algo diferente. Si pudiéramos ir a la
isla y comerciar con la misma libertad con la que vamos a Luisiana, podríamos
obtener todas las ganancias, por inversión y comercio, que la isla ofrece a las
industrias y empresas, siempre España o un gobierno local diera las necesarias
seguridades y no tengamos que entrometernos en luchas políticas. Puede ser que
la condición no se dé o pronto deje de darse. Por tanto, este es un caso que
ilustra el hecho de que los estados a menudo se ven forzados a extender su
jurisdicción, lo quieran o no.
Los estados civilizados están forzados a sustituir la
jurisdicción de los estados no civilizados o a medio civilizar, en orden a
mantener el orden en el territorio y establecer las garantías necesarias para
la industria y el comercio. Es inútil establecer doctrinas absolutas sobre la
propiedad nacional en el suelo que justificaría a un grupo de población echar a
perder parte de la superficie de la tierra para ellos y todos los demás. La
isla de Cuba puede caer en la anarquía. Si lo hace, el mundo civilizado puede
pedir a los Estados Unidos que tome la jurisdicción y establezca la seguridad y
el orden allí. Podría verse obligado a hacerlo. Sin embargo, sería una gran
carga y posiblemente una fatal calamidad.
Probablemente cualquier propuesta de que Inglaterra se
encargue generaría un estallido de pasión patriótica contra la que no sea
posible razonamiento alguno. Tendríamos que rezar para que Inglaterra se
encargara. La gobernaría bien y todo el mundo tendría acceso a ella para
satisfacer sus intereses privados, mientras que nuestro gobierno se vería libre
de todas las complicaciones políticas de la isla.
Si tomamos la jurisdicción de la isla, nos encontraremos
ante un dilema político, cuyas dos alternativas son igual de desastrosas: o la
gobernamos como una provincia o debemos admitirla en la Unión como estado o
grupo de estados. Nuestro sistema no está preparado para gobernar provincias.
No hay lugar para ellas. Se convertirían en lugares de corrupción, que
afectarían a nuestro propio cuerpo político.
Si admitiéramos a la isla como un estado o grupo de estados
deberíamos dejarles que nos ayuden a gobernarnos. La perspectiva de añadir al
Senado actual un número de senadores cubanos, sean nativos u oportunistas es
uno de esos terrores que es necesario explicar. Sin embargo parece que hay un
gran partido que no admitiría el libre comercio con la isla si otra nación
tiene jurisdicción sobre ella, pero está dispuesto a apoderarse de ella a
cualquier coste y comerciar libremente con ella, siempre que tengamos también
las cargas políticas.
Este estado confederado nuestro nunca se planeó para una
expansión indefinida o para una política imperial. Presumimos de un buen
acuerdo, pero debemos conocer que sus ventajas se obtienen al coste de limitaciones,
como pasa con la mayoría de las cosas de este mundo. Los padres de la República
planearon una confederación comunidades industriales libres y pacíficas,
protegidas por su posición geográfica de los celos, rivalidades y políticas
tradicionales del Viejo Mundo y aprovechar todos los recursos de la
civilización para ocuparse sólo de la felicidad doméstica de la población. No tenían
gran sentido del estado o de “alta política”, ni “equilibrio de poderes” o
“razones de estado” que tanto habían costado a la raza humana. No querían
ofrecer ningún espacio a la que Benjamin Franklin llamó la “peste de la gloria”.
Es la limitación de este esquema de estado por lo que el
estado creado debe abandonar gran parte de las grandiosas funciones de los
estados europeos, especialmente porque no contiene métodos ni aparatos para la
conquista, expansión, dominación e imperialismo. El plan de los padres no
tendría ninguna autoridad controladora si se hubiera probado mediante
experiencia que era estrecho, inadecuado y erróneo. ¿Estamos preparados para
votar que se ha probado? Pues nuestra extensión territorial ha alcanzado
límites que están completos a todos los efectos y no dejan ninguna necesidad
para una “rectificación de fronteras”.
Cualquier expansión generará preguntas, no respuestas.
Cualquier expansión no nos hará más seguros donde estemos, sino que nos forzará
a tomar nuevas medidas para asegurar nuestras nuevas adquisiciones. La
preservación de adquisiciones nos forzará a reorganizar nuestros recursos
internos, para hacer posible prepararlos por adelantado y movilizarlos con
prontitud. Esto disminuirá la libertad y requerirá disciplina. Aumentará los
impuestos y toda la presión del gobierno. Distraerá energía nacional de la
provisión de automantenimiento y confort de la gente y necesitará una
maquinaria gubernamental más fuerte y complicada.
Todo esto será desastroso para las instituciones republicanas
y la democracia. Más aún, toda nueva expansión genera una nueva tensión en la
cohesión interna de la masa preexistente, amenazando con una nueva división. Si
nunca hubiéramos tomado Texas y el Norte de México nunca habríamos tenido
secesión.
El resumen del asunto es que la colonización y la expansión
territorial son carga, no ganancias. Los grandes estados civilizados no pueden
evitar estas cargas. Son la multa por su grandeza porque hay tareas asociadas.
Ningún estado puede asumir la expansión con éxito de su jurisdicción salvo que
su vitalidad interna sea alta, de forma que disponga de energía sobrante para
emplearla.
Rusia, como he mencionado antes, es un estado que ah asumido
tareas de este tipo más allá de su fortaleza y para las que no es competente en
modo alguno. Italia ofrece en este momento el principal ejemplo de un estado
que está poniendo en peligro su bienestar doméstico por una política colonial
que está por encima de sus fuerzas y se realiza de forma arbitraria y sin
motivos adecuados.
Alemania ha empezado una política colonial con gran energía,
aparentemente bajo la idea de es uno de los atributos de un gran estado. Para
mantenerlo debe añadir una gran armada a su gran poderío militar e incrementar
las cargas a una población que es pobre y paga muchos impuestos y que no tiene
en su territorio grandes recursos naturales de los que obtener fuerza para
afrontar sus cargas.
España está gastando sus últimas fuerzas para mantener Cuba,
lo que nunca reparará los costes, salvo que la traten bajo el viejo plan
colonial de hacer de ella una provincia a explotar por la madre patria. Sin
embargo, si hace eso, la única consecuencia será otra rebelión y mayores
gastos.
Inglaterra, en castigo a su grandeza se encuentra en todas
partes del mundo cara a cara con la necesidad de mantener su jurisdicción y
expandirla para mantenerla. Cuando hace eso se encuentra extendiendo ley y
orden en beneficio de todos. Es sólo en circunstancias como la suya cuando las
cargas tienen alguna compensación.
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William Graham Sumner fue uno de los fundadores de la
sociología estadounidense. Aunque educado como clérigo episcopaliano, Sumner
impartió clases en Yale, donde escribió sus obras más influyentes. Sus áreas de
estudio incluían el dinero y las políticas arancelarias, críticas al
socialismo, las clases sociales y el anti-imperialismo.
Este artículo fue publicado originalmente en 1896 y
reimpreso en War and other Essays, una recopilación publicada en 1911.