Por Ludwig von Mises. (Publicado el 6 de octubre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/story/3733.
[Este artículo está extraído de La
acción humana, capítulo XVII]
En la comerciabilidad de los distintos productos y servicios
aparecen diferencias considerables. Hay bienes para los cuales no es difícil
encontrar demandantes listos a desembolsar la mayor cantidad que, de acuerdo
con la situación, pueda posiblemente obtenerse o un desembolso sólo un poco más
bajo. Hay otros bienes para los cuales es muy difícil encontrar un cliente
rápidamente, incluso aunque el vendedor esté dispuesto a una compensación muy
inferior a de al que podría obtener y pudiera encontrar otro aspirante cuya
demanda sea más intensa. Son estas diferencias en la comerciabilidad de los distintos productos y servicios los
que crearon el intercambio indirecto. Un hombre que en ese instante no puede
adquirir lo que quiere para manejar su casa o su negocio o que aún no sabe qué bienes
necesitará en un futuro incierto, se acerca más a su objetivo definitivo si
intercambia un bien menos comercializable que quiere intercambiar por uno más
comercializable. También puede ocurrir que las propiedades físicas de la
mercancía de la que quiere desprenderse (como, por ejemplo, su caducidad o los
costes de almacenamiento o circunstancias similares) le empujan a no esperar
más. A veces puede verse obligado a darse prisa en deshacerse del bien porque
teme que se deteriore su valor de mercado. En todos esos casos, mejora su
propia situación al adquirir un bien más comercializable, incluso si éste no es
apto para satisfacer directamente sus propias necesidades.
Un medio de intercambio es un bien que la gente adquiere no
para su propio consumo, ni para emplearlo en sus propias actividades
productivas, sino con la intención de intercambiarlo más tarde por esos bienes
que quiere para su consumo o para producir.
El dinero es un medio de intercambio. Es el bien más
comercializable que adquiere la gente porque quieren ofrecerlo en actos
posteriores de intercambio interpersonal. Dinero es lo que sirve como medio de
intercambio generalmente aceptado y comúnmente usado. Es su única función.
Todas las demás funciones que la gente atribuye al dinero son simplemente
aspectos particulares de esta función primaria y única, la de medio de
intercambio.
Los medios de Intercambio son bienes económicos. Son
escasos, hay una demanda de ellos. Hay gente en el mercado dispuesta a
adquirirlos y dispuestos a intercambiar
bienes y servicios por ellos. Los medios de intercambio tienen un valor
de intercambio. La gente hace sacrificios para su adquisición: pagan “precios”
por ellos. La peculiaridad de estos precios reside únicamente en el hecho de
que no pueden expresarse en términos monetarios. En referencia a los bienes y
servicios vendibles hablamos de precios o de precios en dinero. En referencia
al dinero habamos de su poder adquisitivo en relación con distintos bienes
vendibles.
Existe una demanda de medios de intercambio porque la gente
quiere mantener un depósito de ellos. Cada miembro de una sociedad de mercado
quiere una cantidad definida de dinero en su bolsillo o caja, un balance
líquido de un tamaño definido. A veces quiere tener una cantidad líquida mayor,
a veces menor, en casos excepcionales puede incluso renunciar a tener líquido. En
cualquier caso, la inmensa mayoría de la gente no sólo pretende tener
diferentes bienes vendibles, más bien pretender tener dinero. El dinero líquido
no es simplemente un residuo, un margen no gastado de su riqueza. No es un
recordatorio no intencionado que queda después de realizar todos los actos
intencionados de compra y venta. Su cantidad se determina por una demanda
deliberada de liquidez. Y, al igual que todos los demás bienes son los cambios
en la relación entre oferta y demanda de dinero los que generan cambios en el
tipo de intercambio entre dinero y bienes vendibles.
Cada moneda es propiedad de uno de los miembros de la
economía de mercado. La transferencia de dinero del control de un actor al de
otro es inmediata y continua en el tiempo. No hay un momento en el tiempo en el
cual el dinero no sea parte del líquido de un individuo o una empresa, sino
sólo en “circulación”.
No tiene sentido distinguir entre dinero circulante y ocioso. No es menos
erróneo distinguir entre dinero circulante y atesorado. Lo que se llama
atesoramiento y es una cantidad de dinero líquido que (de acuerdo con la
opinión personal de un observador) excede de lo que se considera normal y
adecuado. Sin embargo, atesorar es retener dinero. El dinero atesorado sigue
siendo dinero y sirve a los mismos propósitos que el líquido considerado
normal. Quien atesora dinero cree que algunas condiciones especiales hacen
necesario acumular un dinero líquido que excede la cantidad que guardaría en
condiciones diferentes, o que guarda otra gente, o que un economista que
censura su acción considera apropiada. El que actúe de esta manera incluye en
la configuración de la demanda de dinero de la misma forma en que influye
cualquier “demanda” normal.
Muchos economistas evitan aplicar los términos oferta y
demanda en el sentido de demanda y oferta de dinero para su almacenamiento
porque temen una confusión con la terminología actual utilizada por los
banqueros. De hecho, es habitual llamara demanda de dinero a la demanda de
créditos a corto plazo y oferta de dinero a la oferta de dichos créditos. Por
tanto se llama al mercado de préstamos a corto plazo, mercado de dinero. Se
dice que el dinero es escaso si prevalece una tendencia hacia un aumento en el
tipo de interés para créditos a corto plazo, y que hay mucho dinero si el tipo
de interés para esos préstamos baja. Esta forma de hablar está tan firmemente
arraigada que no procede aventurarse a descartarla. Pero ha favorecido la
divulgación de errores fatales. Hacen que la gente confunda las nociones de dinero
y de capital y creen que incrementar la cantidad de dinero podría acabar
rebajando el tipo de interés. Pero es precisamente lo enorme de estos errores
lo que hace poco probable que la terminología
sugerida pueda crear cualquier equívoco. Es duro asumir que los economistas
puedan equivocarse en relación con materias tan fundamentales.
Otros mantienen que no debería hablarse de la demanda y
oferta de dinero porque los objetivos de los que demandan dinero difieren de lo
que demandan productos vendibles. Los productos, dicen, se demandan en último
término para su consumo, mientras que el dinero se demanda para entregarlo en
otros actos de intercambio. Esta objeción no es menos inválida. El uso que la
gente hace de un medio de intercambio consiste en definitiva en ser entregado.
Pero en primer lugar desean acumular una cierta cantidad para poder realizar un
compra cuando sea necesaria. Precisamente porque la gente no quiere proveerse
para sus propias necesidades en el mismo instante en que entregan los bienes y
servicios que aportan al mercado, , precisamente porque quieren esperar o están
obligados a esperar hasta que aparezcan las condiciones apropiadas de compra,
no hacen trueques directamente, sino indirectamente mediante la interposición
de un medio de intercambio. El hecho de que el dinero no se desgasta por el uso
que se hace de él y que puede rendir servicios prácticamente en un plazo
ilimitado de tiempo es un factor importante en la configuración de su oferta.
Pero esto no altera el hecho de que la valoración del dinero tenga que
explicarse igual que la valoración de cualquier otro bien: por la demanda por
parte de quienes desean adquirir una cantidad definida de éste.
Los economistas han tratado de enumerar los factores que en
el sistema económico global pueden aumentar o disminuir la demanda de dinero.
Estos factores son: la población; la cantidad que los hogares individuales
necesitan para su producción autárquica y hasta qué punto lo que éstas producen
para las necesidades de otros, vendiendo sus productos y comprando para su
propio consumo en el mercado; la distribución de actividades de negocio y
establecimiento de pagos a lo largo de las estaciones del año; instituciones
para cancelar deudas mutuas, como cámaras de compensación. Todos estos factores
influyen sin duda en la demanda de dinero y en la cantidad de líquido de los
distintos individuos y empresas. Pero su influencia es sólo indirecta por el
papel que desempeñan en las consideraciones
de la gente referentes a la cantidad de liquidez que estiman apropiada. Lo que
decide es siempre el juicio de valor de la gente afectada. Los distintos
actores se hacen su composición de lugar
acerca de cuál debería ser su liquidez. Llevan a cabo su resolución
renunciando a la compra de productos, valores u ofertas de intereses y
vendiendo esos bienes o por el contrario aumentando sus compras. Con el dinero,
las cosas no son diferentes de con otros
bienes y servicios. La demanda de dinero viene determinada por la conducta
intencionada de la gente de adquirir liquidez.
Otra objeción contra la noción de demanda de dinero es esta:
la utilidad marginal del dinero decrece mucho más lentamente que en cualquier
otro producto, de hecho su decrecimiento es tan lento que prácticamente puede
ignorarse. En relación con el dinero, nadie ha dicho que su demanda se vea
satisfecha y nadie pierde la oportunidad de adquirir más dinero, siempre que el
sacrificio requerido no sea demasiado grande. Por tanto, es imposible
considerar la demanda de dinero como limitada. La misma noción de demanda
ilimitada es, sin embargo, contradictoria. Este razonamiento popular es
completamente erróneo. Confunde la demanda de dinero como liquidez con el deseo
de más riqueza expresado en términos de dinero. Quien dice que su sed de dinero
no puede nunca saciarse, no significa decir que su dinero líquido nunca puede
ser demasiado grande. Lo que realmente significa es que nunca puede ser lo
suficientemente rico. Si llega a sus manos más dinero, no lo usará para
incrementar su balance líquido o sólo usará parte para este fin. Gastará la
nueva cantidad en consumo instantáneo o en inversión. Nadie mantiene más dinero
de que quiere tener como líquido.
El entendimiento de que el tipo de intercambio entre dinero
por un lado y productos y servicios vendibles por otro, está determinado, de la
misma manera que los tipos de intercambio mutuos entre los distintos bienes
vendibles, por demanda y oferta era la esencia de la teoría cuantitativa del
dinero. Esta teoría es esencialmente una aplicación del a teoría general de
la oferta y la demanda a las características especiales del dinero. Su mérito
fue el intento de explicar la determinación del poder de compra del dinero
recurriendo al mismo razonamiento de todos los demás tipos de intercambios. Su
defecto fue que recurrió a una interpretación holística. Se fijó en la oferta
total de dinero en el Volkswirtschaft y no en las acciones individuales de
hombres y empresas. Un fruto de este erróneo punto de vista fue la idea de que
prevalecía una proporcionalidad en los cambios de la cantidad (total) de dinero
y de los precios del dinero. Pero los antiguos críticos fracasaron en sus
intentos de explotar los errores propios de la teoría cuantitativa y en sustituirla
por otra teoría más satisfactoria. No lucharon contra lo que estaba mal en la
teoría cuantitativa: por el contrario atacaron su núcleo de verdad. Lo
intentaron negando que hubiera una relación causal entre los movimientos de los
precios y la cantidad de dinero. Esta negación les llevó a un laberinto de
errores, contradicciones y sinsentidos. La teoría monetaria moderna asume la
línea de la teoría cuantitativa en el sentido de que empieza reconociendo que
los cambios en el poder adquisitivo del dinero deben abordarse de acuerdo con
los principios aplicados al resto de fenómenos del mercado y que existe una
conexión entre los cambios en la demanda y la oferta del dinero por un lado y
los del poder adquisitivo por otro. En este sentido, puede decirse que la teoría
moderna del dinero como una variedad mejorada de la teoría cuantitativa.
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Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela
Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un
escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica,
historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la
teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del
dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria
con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe
fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue
el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia superior
sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído de La
acción humana, capítulo XVII.