Por Charlotte Allen. (Publicado el 30 de septiembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/story/3730.
Justo cuando sufrimos la peor crisis económica desde la
Depresión, aparece una nuevo tipo de críticos sociales informándonos de que
realmente estamos gastando demasiado poco en comida, en ropa y en muebles y en
gasolina.
No importa que las pérdidas de empleos en EEUU en estos días
vayan de 200.000 a 500.000 al mes, que las ejecuciones de hipotecas hayan
aumentado un 32% desde el pasado año y que la gente este volviendo a aprender
como juntar cupones de los periódicos y ahorrar en el supermercado. Las graves
circunstancias económicas no parecen perturbar a estos entusiastas del gasto,
que nos reprenden por comprar en supermercados en lugar de en los mercados de
granjeros, donde una barra de pan de centeno “artesanal” (y también
“sostenible”) se vende por 8$, una tarrina de helado por 6$ y una libra de
tomates orgánicos llega a 4$.
La última entusiasta de los precios más altos es Ellen
Ruppel Shell, profesora de periodismo científico en la Universidad de Boston,
que acaba de publicar un libro titulado Cheap [Barato]. El tema
del libro de Shell, subtitulado The High Cost of Discount Culture [Los
altos costes de la cultura del descuento], es “la peligrosa relación de los
Estados Unidos con lo barato”.
Los argumentos de Shell son los siguientes; comprar en
tiendas de descuento, outlets y, por supuesto, en Wal-Mart (ningún trabajo de
crítica social está completo sin un ataque dirigido a esta cadena) explota a
los trabajadores fabriles chinos (que harían mejor en volver a las granjas
colectivas, vistiendo sus uniformes de Mao) y degrada el medio ambiente porque
mucha de esa basura barata se desgasta y acaba en los vertederos.
Incluso Ikea aparece para recibir una tunda en el libro de
Shell. Sí, la cadena sueca de muebles baratos y montables puede parecer de buen
gusto, pero detrás de cada librería de Billy hay una historia truculenta (desde
el punto de vista de Shell) de bosques siberianos devastados para todos esos
enchapados de pino y litros de combustible fósil quemado parejas dirigiéndose a
las lejanas ubicaciones de las tiendas de Ikea, estratégicamente escogidas por
el poco valor de sus terrenos. Lo más dañino de todo, dice Shell, es el coste
para el espíritu americano.
“La economía de lo barato entorpece la innovación,
contribuye al declinar de sectores antes florecientes y amenaza nuestra
orgullosa herencia de artesanía”, escribe. En su opinión todos deberíamos
ahorrar para “bienes de calidad hechos responsablemente”, preferiblemente para
tiendas alcanzables por “tránsito público”.
Quizá sea porque tengo muebles de Ikea en todas las
habitaciones de mi casa (aunque mi marido acabó colgando su llave Allen y
declaró una huelga permanente al “ensámblelo usted mismo” obligándonos a subir
a la escala socio-mueble-económica de Crate & Barrel), pero yo me pregunto
¿qué tienen de malo los precios bajos? Si no te importa la calidad, bueno, como
dice mi madre, tienes lo que has pagado.
En un debate en línea con la escrito económica de The
Atlantic, Megan McArdle, Shell observaba con desaprobación que, cuando los
precios se ajustan a la inflación. Los estadounidenses hoy gastan “un 40% menos
en ropa, un 20% menos en comida, más de un 50% menos en electrodomésticos,
alrededor de 25% menos en poseer y mantener un coche” de lo que gastaban en los
1970. Durante el mismo periodo, las tablas de la Oficina del Censo el ingreso
familiar medio en EEUU al menos un 18% en dólares constantes, a pesar del muy
lamentado (por Shell y otros) traslado de trabajos fabriles “antes
florecientes” a China y otros lugares. Por eso incluso la gente más pobre de
Estados Unidos hot día pueden permitirse automóviles, teléfonos móviles y
televisores.
Aún así, a un número significativo de críticos sociales los
gustaría que no pudieran. Robert Pollin, un profesor de economía de Universidad
de Massachussets-Amherst (citado aprobadoramente por Shell) ha argumentado a
favor de precios de ropa más caros y el aumento de los impuestos sobre
combustibles fósiles en nombre de varias causas sociales y ecologistas, a pesar
de que, como concedió en un artículo en Nation en enero, la última
medida “impondría precios de la energía más altos a empresas y particulares”.
Sin embargo, los más celosos del grupo del gastar más son
los intelectuales de la alimentación, que salivaban, por decir así, ante un
crecimiento súbito de los alimentos al principio de este año, incluyendo
productos básicos como la leche y los huevos. A algunas personas podría
preocuparles el efecto en las familias afectadas por la recesión de un aumento
en el 17% del precio de la leche. No a Alice Waters, la propietaria del
restaurante activista alimentario de Berkeley Chez Panisse, que se estremece al
pensar en usar ni siquiera una fresa que no se haya cultivado con compost
orgánico y recogido esa mañana en una granja cercana… y piensa que todos los
demás estadounidenses también deberían estremecerse. “Haga un sacrificio en el
móvil o en su tercer par de zapatos Nike”, informaba alegremente al New York
Times en abril.
Haciendo eco a Waters estaba su compañero gurú de la
alimentación de Berkeley, Michael Pollan, profesor de periodismo científico (un
campo estupendo para los críticos sociales, por lo que se ve) en la Universidad
de Berkeley en California. Pollan (sin relación alguna con Pollin) es el autor
del best-seller Omnivore's Dilemma [El dilema del omnívoro] y quien
acuñó el mantra “Coma comida, no demasiada, principalmente plantas” que está en
boca de cada gourmet de Bainbridge Island a Martha’s Vineyard. También Pollan
se alegra ante la idea de una subida brusca de precios en los alimentos,
esperando que esto “nivele el campo de juego para la comida sostenible que no
se base en combustibles fósiles”.
Pollan también espera que el aumento de precios puede
constituir otra arma en su actual guerra contra el negocio agrícola que
considera su enemigo: el maíz. El maíz es una planta, por supuesto, y debería
teóricamente estar en la lista de los comestibles permitidos por Pollan. Pero
es también la base de productos tan dudosas como los snacks, la Coca-Cola
(hecha con sirope de maíz alto en fructosa, el padrino de la obesidad) y la
carne sospechosamente abundante (alimentada con maíz).
Pollan es un “locávoro”, una de esas personas que creen que
para ser verdaderamente éticos, deberíamos comer solo alimentos cultivados o
sacrificados dentro de nuestro campo visual (para mí, sería el gato de mi
vecino). Una vez describió una comida que hizo que consistió en un jabalí al
que disparó las colinas cerca de casa en Bay Area y laboriosamente convertido
en paté más pan horneado con esporas de levadura tomadas de su jardín.
Más tarde, Pollan ha puesto su mirada en los helados
Häagen-Dasz, no porque contengan sirope de maíz (no lo tienen) sino porque es
un producto hecho comercialmente y si hay algo que Pollan odie es el comercio.
Su último pronunciamiento es “No compres ninguna comida que hayas visto alguna
vez anunciada”.
Demandar que otra gente se empobrezca en nombre de tu causa
querida (promover la artesanía, sentirse “en contacto” con la tierra, “vivir
más ligeramente en el planeta” o la que sea) va más allá de Maria Antonieta diciendo
“que coman bollos”. Es más bien como si María Antonieta se vistiera de
pastorcilla y llevara a su corte a una casa falsamente rústica en el Petit
Trianon.
Quienes piensan que hay algo equivocado en tener más de dos
pares de zapatillas o igualan a la virtud ese exquisito fastidio por lo que nos
metemos en la boca, tendrían que ser transportados en el tiempo a, digamos, la
misma Depresión. Entonces las privaciones iban en serio y poca gente tenía
teléfono, no digamos móvil.
Leamos algunas memorias de los 1930: Entonces la gente que
no podía permitirse muebles “de calidad” dormían en colchones en el suelo y
hacían sus propios muebles con cajones de naranjas. Iban descalzos en verano y
cosían las ropas de sus niños a partir de sacos de harina (inorgánicos). Eso
era lo que entonces significaba “barato”, no la plétora actual de bienes
asequibles que los críticos sociales desearían quitarnos.
Entretanto, Profesor Pollan, coma todas las “plantas” que
quiera, pero no intente interponerse entre mí y mi helado de chocolate negro de
Häagen-Dasz. Lo compré en Safeway y estoy sentad en mi mesa de cocina de Ikea.
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