Por William Henry Chamberlin (Publicado el 25 de septiembre
de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/story/3716.
Este artículo fue publicado originalmente en el número de
julio de 1955 de The Freeman.
Hace ciento setenta y nueve años, una pequeña porción de la
vida de una nación, los representantes del pueblo estadounidense, en armas
contra la Corona Británica, proclamaron en un
nuevo continente una nueva filosofía de gobierno. Después del final de
la lucha militar por la independencia esta filosofía se desarrolló en detalle y
con una extraordinaria perspicacia y erudición el los Federalist Papers
y finalmente se incluyó en la Constitución de los Estados Unidos.
El 4 de julio bien podría ser una ocasión para obtener un
comprensión firme de los principios sobre los que se fundó la República
Americana. Nuestras instituciones educativas no se han ocupado adecuadamente de
la tarea de comunicar estos principios a los estudiantes. Sé por experiencia
personal que es posible cursar todos los años de la escuela preparatoria y en
un colegio excelente y sin verse impresionado por la impresionante aventura
política e intelectual asociada a la creación de los Estados Unidos como nación
independiente.
Porque fue una aventura sobre la que hubo muchos profetas de
presagios nefastos al otro lado del Atlántico y algunos en las mismas colonias
recién emancipadas. Había trece estados poco poblados, más distantes entre sí
en términos de viaje y comunicación de lo que está hoy Nueva York de Londres o
Tokio, comenzando una nueva nación sin instituciones que la mayoría de los
europeos consideraban entonces esenciales para una estabilidad sin monarquía,
aristocracia hereditaria o una iglesia nacional.
Era fácil imaginar una recaída en la anarquía, seguida por
la emergencia de un “hombre fuerte” como dictador. Pero aparte del trágico
cisma de la Guerra Civil (esclavitud y derecho del estado para separarse de la
Unión fueron los dos asuntos que la Constitución dejó sin resolver), los
Estados Unidos han disfrutado de casi dos siglos de libertad ordenada, no
estropeada por complots, sedición interna, ni golpes de estado, fracasados ni
exitosos.
El ideal del autogobierno, proclamado por primera vez para
tres millones de americanos en 1776, desperdigados a lo largo de la franja
atlántica del país, sigue valiendo para 160 millones de estadounidenses que han llenado un vasto país. La deuda que
los estadounidenses de hoy en día tienen con los hombres que crearon las
instituciones de la joven República, a Washington y Jefferson, Hamilton y
Madison, Adams y Jay es inevaluable.
Estos hombres a veces discrepaban entre ellos, pero cuando
discrepaban, normalmente era porque ponían el énfasis en dos aspectos de una
sola verdad política. El producto de su inteligencia colectiva, la Constitución
de los Estados Unidos, es un mecanismo de un equilibrio extraordinariamente
delicado. Hasta donde el conocimiento humano podría prever peligros y proveer
salvaguardas, el individuo está protegido frente a la opresión por el gobierno
central, los estados quedan en posesión de todas las funciones que no sean
propias del gobierno federal y los poderes y limitaciones de las tres ramas de
gobierno federal se definen de forma que ninguna pueda dominar a las otras y
ser todopoderosa.
La cautela de los Padres Fundadores
Ninguna forma de gobierno creada en la historia tuvo tanto
cuidado en evitar los peligros del poder concentrado y en ser favorable a dejar
al ciudadano ir tan lejos y tan rápido como le pueda llevar su propia
capacidad, sin ayuda del estado, regulación del estado y dominación del estado,
que siempre van de la mano. Los Pdres Fundadores tuvieron muy en cuenta la
advertencia dada por uno de los más poderosos y claros pensadores de la
Revolución, John Adams:
“Las instituciones que ahora hay
en América no valdrán completamente para mil años. Por tanto, es de la mayor
importancia que empiecen correctamente. Si se establecen mal, nunca podrá
volverse al camino correcto, salvo que sea por accidente”.
Adams y Jefferson, Madison y Hamilton y muchos de sus
colegas eran personas con una formación excepcional. Dominaban los clásicos
griegos y latinos, la historia de la Europa medieval y moderna, la teoría y la
práctica constitucional inglesa y francesa. Al mismo tiempo, no eran estudiosos
enclaustrados, sino hombres de acción, que desempeñaron papeles importantes en
derrocar una forma de gobierno vieja y establecer una nueva. Como consecuencia
de esta doble capacidad, poseían una visión panorámica del auge y caída de los
estados pretéritos combinada con un conocimiento íntimo y claro de las
especiales condiciones de América.
Destaca especialmente un cuerpo coherente de ideas en la
filosofía de los fundadores de la República Americana y puede estudiarse con
provecho en los Federalist Papers. Por cierto que estas ideas no son
sólo de una tremenda importancia histórica, sino de suma importancia para la
realidad y vitalidad de nuestro tiempo. Pues el noble ideal de la libertad, la
palabra más usada en los escritos de la Revolución Americana, hay sido
terriblemente pervertida por fanáticos y usada cínicamente por tiranos.
No sólo en la Francia jacobina se cometieron muchos
crímenes, como dijo Madame Roland en el cadalso, en nombre de la libertad. Como
apunta el Profesor J. L. Talmon en Los orígenes de la democracia totalitaria
(Aguilar, 1956), los orígenes ideológicos del comunismo soviético no están exclusivamente
en los escritos de Marx y Engels.
Robespierre y los jacobinos franceses, apoyándose en
Rousseau y algunos pensadores colectivistas menos conocidos del siglo XVIII,
desarrollaron una concepción de una élite virtuosa que estaba moralmente
justificada para persuadir a la gente (con la ayuda de la guillotina y por el
propio bien del pueblo, por supuesto) sostener y expresar opiniones unánimes
que coincidan con las de la élite virtuosa. Este era la versión del Modelo T
del comunismo moderno y el fascismo se
apropió de parte d ela teoría y una buena parte de la práctica del comunismo.
Contra toda concepción utópica, como la “voluntad general”
de Rousseau, que llevaría a una concentración absoluta del poder gubernamental,
los Padres Fundadores no se inmutaron. A través del estudio y de la experiencia
personal sabían qué era y qué no era la libertad. Sabían que una banda o un
partido político operando sin oposición podría ser tan cruel, tan destructivo
para la libertad como un monarca absoluto o un dictador militar. Una de las más
claras y profundas afirmaciones de esta profunda desconfianza en el poder
concentrado del poder del estado es la de Madison en el Número 47 del The
Federalist:
“La acumulación de todos los
poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, en las mismas manos, sea una, pocas
o muchas y sea hereditaria, autoimpuesta o electiva, puede definirse justamente
como la misma definición de tiranía”.
Salvaguardas contra el Gran Gobierno
Lejos de desafiar al estado, los Padres Fundadores consideraron
al gobierno como un instrumento peligroso pero necesario, que requería muchas
salvaguardas contra el abuso. Aunque estaban acostumbrados, especialmente en
Nueva Inglaterra a las raíces de la democracia local de las asambleas
populares, delimitaron cuidadosamente la distinción entre los términos
democracia y república. Madison establece la distinción en el Número 14 de The
Federalist:
“En una democracia la gente se
reúne y ejercita el gobierno en persona; en una república, ésta se administra
muy representantes y agentes en asamblea. En consecuencia, una democracia se
limitará un lugar muy concreto. Una república puede extenderse sobre una gran
región”.
Es evidente del tono de The Federalist y otros
escritos políticos del momento que los Padres Fundadores no eran partidarios de
las reglas mayoritarias ilimitadas o de un gobierno con poderes muy fuertes.
Reconocían que las minorías y los individuos tienen derechos, como a la vida,
la libertad y la propiedad, que ninguna mayoría podría quitarles legalmente. Es
significativo que la Constitución dedique al menos tanta atención a lo que el
gobierno no puede hacer como a decirle qué puede hacer, y sus prohibiciones
están expresadas en un leguaje llano, no ambiguo e inflexible:
“El Congreso no hará ley alguna
por la que adopte una religión como oficial del Estado o se prohíba practicarla
libremente, o que coarte la libertad de palabra o de imprenta”.
Es interesante contrastar estos seguros sencillos con las
larguísimas resoluciones de las Naciones Unidas sobre estos asuntos, llenos de
cláusulas exonerantes, palabras engañosas y vías de escape. La Declaración de
Independencia se basa en “las leyes de Naturaleza y de la Naturaleza de Dios” y
cree en la ley natural y los derechos inalienables que los hombres poseen independientemente
del gobierno y que ningún gobierno puede negar, retener o limitar legalmente,
es una las piedras angulares de la libertad en los Estados Unidos.
En los escritos de la Revolución Americana no hay ningún
intento demagógico de establecer derechos humanos contra derechos de propiedad.
En los Federalist Papers y en otras publicaciones se reconoce que el
derecho a adquirir y poseer propiedad es un derecho humano básico y muy
importante. Como escribió John Adams:
“En el momento en que la sociedad
admite la idea de que la propiedad no es sagrada como las leyes de Dios y que
no hay una fuerza legal y una justicia pública para protegerla, comienza la
anarquía y la tiranía”.
Luego aquí están los fundamentos de la sociedad libre de la
República Americana: creencia en la ley natural y derechos humanos inherentes e
inalienables, desconfianza intensa a cualquier concentración del poder en el
gobierno, una actitud de sospecha hacia la tiranía, sea ésta monárquica o de
grupo, incluyendo la tiranía de la mayoría. Mientras estos fundamentos se han
respetado, Estados Unidos ha prosperado y se ha hecho grande. Es donde más se
han erosionado y despedazado donde aparecen las señales de peligro más claras
sobre nuestra vida nacional.
El joven visitante francés
Algunas de esas señales de peligro estaban claras tan pronto
como en 1830 para el más profundo y clarividente observador de la República
Americana, Alexis de Tocqueville. Su obra, La Democracia en América, es
una obra maestra por partida doble. Es el estudio más penetrante de los Estados
Unidos, sus instituciones políticas, sus rasgos psicológicos, en el tiempo de
la presidencia de Andrew Jackson y contiene algunas predicciones
sorprendentemente ajustadas sobre el futuro estadounidense. Es además una gran
investigación de las partes positivas y negativas de la democracia niveladora que
empezaba a prevalecer en el mundo occidental. Y está escrita en un estilo
siempre lúcido y legible y a veces sorprendentemente brillante. Para entender
las principales corrientes políticas y psicológicas de la historia
estadounidense, la obra de Tocqueville es un compañero necesario a los
convincentes y bien trenzados razonamiento de los Federalist Papers.
Como observador de la vida estadounidense, de Tocqueville se
conduce en medio de una sentimentalismo desbordante y la aprensiva repulsión
que algunos europeos cultivados como la Sra. Trollope sentían por los modales
directos y sencillos, con el continuo escupir de tabaco y el hábito de llamar
coronel o capitán a todo el mundo. Advierte el individualismo independiente del
carácter estadounidense:
“Al ciudadano de los Estados
Unidos se le enseña desde la más tierna infancia a confiar en sus propias
fuerzas para resistir las desgracias y dificultades de la vida; ve la autoridad
social con algo de desconfianza y ansiedad y sólo reclama su ayuda cuando es
completamente incapaz de arreglárselas sin ella”.
Alabanza de la iniciativa local
Como auténtico liberal del siglo XIX, de Tocqueville aprueba
esta tendencia: advierte que la suma de compromisos privados excede con mucho
todo lo que el gobierno puede hacer. Advierte que no existe nada parecido a un
campesino estadounidense y que aunque la educación se extiende poco a poco, no
hay bolsas de completo analfabetismo y hambre. Una y otra vez alaba la
vitalidad de la iniciativa local que construye excelentes escuelas e iglesias y
mantiene en buen estado los caminos sin la interferencia mediadora de una
burocracia centralizada. Y felicita a los Estados Unidos de entonces por dos
cosas, lo que es más impresionante, porque no repara en críticas en otros
puntos:
“El europeo generalmente se
somete a un funcionario porque éste representa una fuerza superior, pero para
un estadounidense representa un derecho. En Estados Unidos puede decirse que
nadie rinde obediencia al hombre, sino a la justicia y la ley…
Todos los productos e ideas
circulan por toda la Unión tan libremente como en un país habitado por un
pueblo. Nada controla el espíritu de empresa. (…) La Unión es tan feliz libre
como un pequeño pueblo y tan gloriosa y fuerte como una gran nación”.
De Tocqueville no estaba ciego al hecho de que los
estadounidenses poseían los defectos de sus virtudes. Advierte una considerable
degradación en la inteligencia en puestos elevados desde los años de formación de
la República. Hay una imagen memorable del impaciente materialismo que hace que
los estadounidenses perseguir sus ilusiones hasta el fin de sus días:
“Un nativo de los Estados Unidos
se aferra a sus bienes mundanos como si estuviera seguro de que nunca va a
morir y es tan apresurado en tomar todo lo que está a su alcance que se podría
suponer que esté constantemente temiendo no vivir lo suficiente como para
disfrutarlo. Agarra todo, de repente no tiene nada, peor pronto busca nuevas
gratificaciones. (…) La muerte le acaba alcanzando, pero es antes de que se
canse de su inútil búsqueda de la felicidad completa que está siempre a su
alcance”.
Una fuente de fascinación en Tocqueville es su raro don de
predecir con precisión. Algunas de sus observaciones se adecuan a Estados
Unidos, y al mundo entero, en mitad del siglo XX incluso mejor que en las
condiciones de su época. No había impuesto sobre la renta en los Estados Unidos
que visitó Tocqueville, pero previó lo que iba a pasar:
“El sufragio universal inviste a
los pobres con el gobierno de la sociedad. (…) Allí donde los pobres dirigen
los asuntos públicos y disponen de los recursos naturales parece cierto que,
como se benefician del gasto del estado, pueden aumentar dicho gasto. (…) No
dudo en predecir que, si el pueblo de los Estados Unidos se ve envuelto en
algún momento en dificultades serias, su fiscalidad aumentará vertiginosamente
al nivel de la que prevalece en la mayor parte de las aristocracias y
monarquías de Europa”.
Aquí está la famosa y remarcable predicción de la era de la
Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia:
“En este momento hay dos grandes
naciones en el mundo que parecen tender al mismo fin, aunque empezando desde
puntos distintos: me refiero a los rusos y los estadounidenses. (…) Todas las
demás naciones parecen haber casi alcanzado sus límites naturales (…) pero
éstas están todavía creciendo. (…) El angloamericano confía en el interés
personal para alcanzar sus fines y da campo libre a los esfuerzos espontáneos y
de sentido común de sus ciudadanos; los rusos centran toda la autoridad de sus
sociedad en un solo brazo; el principal instrumento de los primeros es la
libertad; el de los segundos, la servidumbre. Su punto de partida es diferente
y sus derroteros no son iguales y aun así cada uno parece marcado por la
voluntad del cielo para dominar los destinos de la mitad del globo”.
De Tocqueville estaba alarmado no por la “excesiva libertad”
en los Estados Unidos, sino por las inadecuadas medidas de seguridad contra la
tiranía. Pues, como otros libertarios del siglo XIX, que eran demócratas sólo
con reservas (como Burckhardt, Acton o Mill) advertía que había peligro en la
tiranía de la mayoría y sentía que los diques que los constructores de la
Constitución habían erigido contra esta clase de tiranía se habían debilitado
por el aumento de la democracia en bruto.
Advertía que habían pasado los días del monarca hereditario
absoluto y del aristócrata privilegiado, pero veía nuevos peligros para la
libertad en el horizonte futuro. Con una notable perspicacia previó dos
desarrollos que se convirtieron en realidades en el siglo XX: la sociedad
totalitaria del comunismo y el fascismo y el paternalismo del Estado del
Bienestar. Sobre los primeros, advertía acerca de la posibilidad de que
“esas horribles eras de opresión
romana, cuando los modales del pueblo se corrompieron, sus tradiciones
eliminadas, sus costumbres destruidas, sus opiniones cambiadas y la libertad,
eliminada de las leyes, no pudo encontrar refugio en la tierra”
al que recurrir. Ciertamente, los crímenes de un Stalin, un
Hitler, un Mao Tse-Tung exceden con mucho a cualquier cosa de la que se pueda
acusar a un dirigente legítimo en el era del absolutismo real.
Aún más vívido y elocuente es la descripción imaginaria de
Tocqueville de un estado paternalista
que no practicaría la sangrienta opresión de los dictadores, pero reduciría
cada nación “nada mejor que un rebaño de animales tímidos e industriosos, de
los que el gobierno es el pastor”, que se ocuparía “de evitar a sus sujetos el
problema de pensar y las tribulaciones de la vida”. La República Americana fue,
en la gloriosa frase de Lincoln, concebida en libertad.
Pero la libertad es una de las concepciones humanas más
complejas, así como una d elas más preciosas. Florece mejor en el equilibrio
entre gobierno y ciudadano, individuo y sociedad, mayoría y minoría, que los
Padres Fundadores escribieron en la Constitución. Los peligros para la
verdadera libertad varían de generación en generación, pero nunca pueden
mantenerse sin un esfuerzo constante. No hay guía más segura para los
principios de la libertad política que los Federalist Papers; no hay un
estudio más penetrante e imaginativo de las fuerzas que pueden quebrar o minar
la libertad que el gran clásico de Tocqueville.
No podría haber mejor 4 de julio que leer algunos de los
magníficos pasajes de ambas obras.
----------------------
Este artículo fue publicado originalmente en el número de
julio de 1955 de The Freeman.