Por Llewellyn H. Rockwell, Jr. (Publicado el 22 de septiembre
de 2009)
En el sector privado, siempre
hay una prueba de éxito. El negocio debe tener un beneficio. Puede aguantar
algunas pérdidas, pero el reloj siempre se dirige a eso. En algún punto,
después de hacer todos los recortes posibles y recortar todos los costes al
mínimo, el negocio debe cerrar la tienda.
No pasa lo mismo en el gobierno.
Los proyectos fallidos pueden durar para siempre. No hay test de ganancias y
pérdidas. De hecho, no hay ningún test. Agencia La Oficina de Contabilidad del
Gobierno (GAO, por sus siglas en inglés) puede emprenderla a tiros con un caso
especialmente notable de despilfarro gubernamental, pero difícilmente alguien
le prestará atención. El Congreso no tiene razón alguna para investigar. Nadie
la tiene. Los contribuyentes no tienen medios para desenchufar, porque todo
ello queda fuera de su ámbito.
Ahora, con una introducción como
ésta usted pensaría que voy a hablar del Medicare o las escuelas públicas o
correos. Sería muy fácil. Pero no olvidemos nunca que la política exterior
constituye otro sector de la gestión del gobierno, planificación centralizada y
misiones gestionadas burocráticamente que no son más ni menos exitosas que
cualquier otra cosa que haga el gobierno.
El asunto en cuestión es la
invasión y ocupación de Afganistán. El máximo comandante militar allí, el
General Stanley A. McChrystal ha escrito un informe (supuestamente secreto,
pero enviado por correo electrónico al Washington Post) que dice que si no se
envían pronto más tropas, toda la operación puede fracasar. No serán capaces de
derrotar a los insurgentes salvo que se aplique mayor fuerza. Es un problema
serio, pues no es irracional definir a la insurgencia actual y futura como la
población entera de Afganistán, quizá excepto quienes estén directamente en la
nómina de los Estados Unidos.
Recuerdo muy bien esa primera
incursión estadounidense en Afganistán tras el 11 de septiembre de 2001. Los
Estados Unidos tenían que matar a alguien y pronto. Los islamistas radicales de
gobernaban ese país eran un buen objetivo, especialmente porque el estadounidense
medio dudaba que nadie en ese remoto país, donde la gente se viste de una forma
curiosa y cree en cosas raras, fuera buena para nada. ¡Vamos a por ellos!
Apenas hubo oposición. Bueno
unos pocos de nosotros por ahí (1, 2, 3,
4). Pero la mayoría estuvo de acuerdo,
como si fuera un caso de dispensar justicia y, después de todo, eso es lo que
el gobierno se suponía que hacía, de acuerdo con su línea oficial. Hasta donde
yo sé, todos los think tanks de Washington D.C. se apuntaron a eso. Fue la
guerra menos reprobable del periodo moderno, a la que casi nadie se opuso.
No importa que la relación
precisa entre el 11-S y Afganistán sea como mínimo difusa. No importa que los
escondrijos secretos de los supuestos terroristas fueran construidos por los
mismos Estados Unidos durante los días de la ocupación soviética. La base del
ataque no fue muy diferente de la del ataque a Iraq: Era algo que quería la
administración Bush y el 11-S proporcionó el pretexto.
¿Tendrá éxito? Cualquiera que
conozca la historia sabe la respuesta a esto. Los británicos lo intentaron y
fracasaron. Los soviéticos lo intentaron y fracasaron. La única forma de que
una persona pueda creer que los Estados Unidos tendrán éxito es quien crea que
los Estados Unidos son de alguna forma un país con poderes mágicos. Después de
la invasión, los talibanes huyeron (muy inteligentemente) y se fueron a las
colinas para pasar años de diversión con nosotros, y así ha sido hasta ahora.
Pero el informe del general ni
siquiera puede reconocer el fracaso: “Aunque la situación es seria, todavía
puede conseguirse el éxito”.
¡Oh, sí! Y si seguimos este arco
iris encontraremos una olla de oro al final. Sólo tenemos que seguir andando y
siguiendo al general.
La gente habla de la necesidad
de una estrategia de salida. Un problema más serio para el gobierno es el
motivo para la salida. Mientras continúan los programas fracasados los que
están en nómina están encantados. El burócrata tiene poder. El dinero fluye. El
Congreso puede aprobar los contratos. Las empresas en asociación con el estado
en guerra obtienen contratos y desarrollan infraestructuras. El estado muestra
a la gente su fuerza y musculatura.
¿Qué hay que lamentar? Los
costes los soportan otros, como los estadounidenses que pagan en impuestos e
inflación, como los afganos normales, que viven entre el caos y el miedo y
tienen pocas posibilidades de llevar una vida normal mientras su país se use
como peón en la política internacional. El resentimiento que se genera durante
el tiempo de ocupación dura muchas generaciones y los Estados Unidos pagarán un
precio alto y largo.
¿Fracasar? Los Estados Unidos
nunca lo admitirían. La respuesta actual, como fue con Bush y siempre será con
los programas del gobierno, es más fuerzas, más muerte, más dinero, más
determinación para ganar. El sector privado no puede hacer esto, que es
precisamente por qué todo lo que hace a la vida digna de vivirse se produce
privadamente y todo lo que hace el gobierno es ralentizar el progreso de la
civilización y llevar destrucción y desastres allá donde va.
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Llewellyn H. Rockwell, Jr es Presidente de la Junta
Directiva del Ludwig von Mises Institute en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor
de The
Left, the Right, and the State.