Por Matt Summers (publicado el 17 de septiembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/story/3675.
En las primeras líneas del Libro Segundo de la Política
de Aristóteles, éste considera, de todas las organizaciones políticas “¿cuál es
la mejor para todos que lleve a un vida ideal?” (1260 b 25).
Su análisis le lleva a un punto inicial, la percepción de
que los ciudadanos de cualquier ciudad deben compartir ciertas cosas al tiempo
que mantienen otras como privadas. Su búsqueda por encontrar la mejor forma de
organización política empieza pues con la consideración de qué debería ser
compartido y qué debería quedar como privado en la ciudad.
Como un ejemplo de una ciudad en la que todo se comparte,
Aristóteles se refiere a la República de Platón, específicamente a la
sugerencia de éste de que esposas, hijos y posesiones deberían compartirse y
mantenerse en común. Aristóteles plantea esta pregunta:
“Así que afrontamos el problema
de si es mejor para los hijos, esposas y posesión mantenerse como hasta ahora
[es decir, privados] o ser [comunes] como indica la ley propuesta en La
República”. (1261 a 8)
El propósito de este artículo es analizar los puntos de
vista de Aristóteles sobre este asunto y considerarlos rigurosamente.
Aristóteles presenta tres asuntos claves relativos a la
discusión sobre lo que debe compartir una ciudad: mujeres, hijos y propiedad.
Cada uno debe considerarse por separado con el fin de examinar sus
características propias. Debemos, por tanto, examinar los efectos que las
características de los tres tendrían en la propiedad pública y privada.
Empezaremos con cada asunto individualmente en el orden en que se han
presentado.
Compartir mujeres
Aristóteles empieza su examen sobre propiedad comunal
evaluando las consecuencias de compartir las mujeres. Aristóteles apunta varios
problemas potenciales.
Aristóteles no menciona, pero es evidente por su propio
derecho, es que compartir obligatoriamente las mujeres dificulta tanto a
hombres como a mujeres su capacidad de fijar libre y naturalmente los términos
de sus relaciones. En general, la gente se empareja con otros basándose en la
atracción mutua y crean acuerdo para una compañía continua basada en el
consentimiento mutuo. Ambas partes deben consentir iniciar una relación, pero
sólo uno debe rechazarla.
Estos acuerdos pueden incluir lazos afectivos privados o
excluirlos, pero los acuerdos deberían ser voluntarios. Decir que las mujeres deben
compartirse entre los hombres viola tanto las derechos de unos como de otros de
elegir voluntariamente la duración de sus relaciones. Debemos preguntarnos
inmediatamente por el nivel de felicidad que tengan quienes no puedan estar con
quien elijan durante el tiempo que elijan.
En el contexto de la Política de Aristóteles, las
mujeres no parecen tener posibilidad de elección. De hecho, el contexto las
retrata como posesiones de los hombres. Aunque esta posición es degradante,
debemos discutir el asunto en este contexto con el fin de verlo como
Aristóteles lo vio.
Examinando el compartir mujeres en el contexto de la Política,
llegamos a las consecuencias que esta práctica tendría en la salud física y
mental de las mujeres. Si un hombre puede tener una mujer privadamente, ésta
estará sujeta al trato y a los deseos de sólo un hombre. Si todos los hombres
comparten una mujer, ésta estará sujeta al trato y a los deseos de todos los
hombres.
En la propiedad pública, cada hombre sería totalmente capaz
de satisfacer sus apetitos sobre cualquier mujer que elija. En la propiedad
privada, el hombre en posesión de una mujer está legitimado para tratarla bien
o no. Pero si la propiedad es común, es seguro que las mujeres estarán a la
merced todo tipo de hombres crueles. Puede verse cómo la propiedad privada
sería mucho más humana que la propiedad en común.
No es que solamente la propiedad común resulte indeseable
para las mujeres, también destruye las virtudes de los caballeros. Compartir
mujeres permite lo que los patrones morales comunes consideran concupiscencia
sin restricciones para los varones. Aristóteles escribe que compartir
propiedades y mujeres destruye la función de dos virtudes, de las que la
primera es “la templanza hacia la mujeres (pues abstenerse de tener relaciones
con la esposa de otro hombre a causa de la templanza es una magnífica actitud)”
(1263 b 10). La segunda virtud es la generosidad, que discutiremos más
adelante.
Otro problema con compartir mujeres es el efecto de esta
práctica en la unidad de la ciudad. No sólo compartir mujeres afecta a los
ciudadanos como hemos expuesto, sino que también afecta negativamente a la
ciudad en la que viven. Aristóteles vuelve a referirse a las ideas de Platón, que
decía que combinar a las mujeres en un grupo común crea “la mayor unidad” que
una ciudad puede obtener. Pero según Aristóteles, este camino hacia la unidad
total destruye la misma naturaleza de la ciudad.
Por definición, una ciudad no es una unidad total, sino un
grupo de pluralidades unificadas. Es un grupo de pequeños grupos diferentes: diferentes
hombres, mujeres, niños, familias y amistades que viven juntos. Eliminar las
relaciones permanentes para fortalecer el estado es eliminar las pluralidades
que crean la ciudad. La política de compartir esposas destruye lo que se supone
que fortalece.
“Es claro y evidente que a medida que un estado tiende a convertirse
en una unidad, acaba dejando de ser un estado, porque un estado es por su
naturaleza una pluralidad de cierto tipo y al proceder a una mayor unidad,
primero se convierte en una familia que a su vez se convierte en un hombre.
Pues consideramos que una familia tiene más unidad que un estado y un hombre
más unidad que una familia. Así que incluso si fuéramos capaces de llegar a esa
unidad, no se produciría, pues sería la ruina del estado”. (1261 a 16-23)
Como hombres y mujeres se emparejan con el fin de procrear
nuevos miembros de una ciudad, crean células individuales en la ciudad. Una
polis, en definición de Aristóteles, es una pluralidad de estas células que
viven juntas en un área común. Si estas pluralidades se absorben en una sola
unidad, las condiciones cambian de la ciudad previamente definida a una forma
diferente e indefinida de organización política.
Aristóteles prefiere estas polis singulares y unificadas a
una “alianza militar” en la que los miembros son sólo útiles en función de su
número. Es interesante advertir que Aristóteles utiliza el término “útiles”
para describir la cantidad de ciudadanos. Esto nos lleva a la pregunta: ¿para
quién o para qué son útiles?
Las alianzas militares existen por el bien de algo o de
algún otro, como la protección de la ciudad. Los hombres libres normales
existen para sí mismos. Aunque esta modo unificado de vivir puede tener sus
ventajas para los protectores de la ciudad, afecta a la libertad del ciudadano
ordinario al forzarle a vivir para fines distintos de los suyos.
Como podemos ver, compartir mujeres va en detrimento del
bienestar de la ciudad. Primero, destruye la libertad de la gente de elegir los
términos de sus propias relaciones personales. Segundo, ignora la virtud de la
templanza. Tercero, compartir mujeres lleva a la destrucción de la ciudad al
eliminar las pluralidades que la componen. Cuarto, las polis unificadas que se
crean al compartir mujeres llevan a la destrucción de la libertad de elegir los
fines sociales propios. Debemos concluir de estos hechos que la propiedad común
de las mujeres no es beneficiosa para la polis.
Las consecuencias de la forma en que se trata a las mujeres
nos lleva nuestro segundo aspecto:
¿deberían criarse los hijos comunal o privadamente? Las parejas privadas pueden
llevar a sus hijos por el bien común, pero también pueden quedarse con ellos
para criarlo en privado. Sin embargo, sin parejas privadas, los hijos no tienen
más opción que ser criados en la comunidad. Examinemos los efectos de la
crianza pública de niños.
Compartir hijos
La crianza comunal de niños presenta muchos problemas. Al
contrario que los hombres y las mujeres, los niños no pueden opinar sobre sus
relaciones familiares. Vienen al mundo sin haber podido elegir.
Además, los niños pequeños no pueden valerse por sí mismos.
En las primeras fases de su vida, están a merced de su padres naturales. Para
mantener vivos a los hijos, los padres están por tanto obligados a protegerlos
y mantenerlos como si fueran de su propiedad.
Esto coloca a los hijos en una posición intermedia entre las
mujeres, que pueden optar en sus relaciones y por tanto no son propiedades y la
tierra, que puede ser propiedad indefinida e indiferente de su propietario. Un
“hijo” puede ser “propiedad” de un padre o padres hasta que sea lo
suficientemente mayor como para “poseerse” a sí mismo. La propiedad de un hijo
es legítima, pero temporal.
El primer problema que aparece cuando se considera si los
niños deben ser educados privada o públicamente es la cantidad y calidad de la
atención que recibirán durante su formación. En términos de calidad, debemos
cuestionar la consistencia de la educación que recibiría un niño de mil
personas elegidas al azar frente a la educación que recibiría ese mismo niño
por dos consejeros permanentes.
Sin un guardián nombrado para validar cada opinión que se
escuche, se dejará al niño revisar su educación sin ayuda. La buena información
que reciba será relativamente infrecuente comparada con la mayor proporción de
sugerencias.
Un millar de hombres sería incapaz de acordar eficientemente
sobre la educación de un niño sin delegar la tarea en un grupo más pequeño. Los
pocos hombres que enseñen bien serían responsables de la masa de niños, con el
resultado de que cada niño recibiendo poca atención positiva.
“Así que un hombre tendría [como
si dijéramos] mil hijos, no como si fueran suyos, sino siendo cada uno por
igual el hijo de un padre cualquiera, con el resultado de que cada uno
recibiría la misma atención”. (1262 a 1)
¿Quiénes mejor para asignar el cuidado de un hijo que
quienes lo engendraron? Con dos profesores privados para, digamos, cinco niños,
cada uno estaría en mejor situación para recibir la atención personal que
necesita.
Aunque tener un par de padres privados no segura que los
niños estén libres de la influencia de las opiniones de todos los demás
ciudadanos, asegura una base estandarizada sobre la que contrastar las
opiniones que reciban. La ausencia de una base fiable seria la principal
desventaja de una ciudad donde se compartieran los niños.
En una ciudad en la que se compartieran los niños, éstos
naturalmente tenderán hacia aquéllos en quienes confíen. Los ciudadanos más
dignos de confianza se encontrarían rodeados de niños curiosos. Esto generaría
una obligación injusta en estos ciudadanos, en lugar de distribuir
equitativamente la responsabilidad entre propietarios o creadores de los niños.
La educación no es el único aspecto de la atención que
requieren esos niños. También hay consideraciones emocionales. Cuando un niño
que es compartido por la ciudad tiene necesidades emocionales, ¿quién las
atenderá? Ante cada necesidad de cada niño, cada miembro de la polis hará lo
que piense que sea mejor, sin intimidad ni conocimiento previo de lo que éste
necesita. El bienestar emocional del niño será atendido por mil extraños.
Otro problema es la naturaleza de las relaciones que se
forman en una ciudad en la que los niños son comunes. Primero, cuando el niño
es arrebatado a sus padres y criado en un entorno común sin conocimiento de sus
orígenes, aparece el riesgo de incesto entre padres e hijos desconocidos. ¿Cómo
va a saber uno si es pariente de un miembro de la ciudad por el que se siente
atraído? Una ciudad de hijos comunes anónimos abre la puerta a ese libertinaje
inintencionado.
En segundo lugar, los tipos de relaciones que la gente forma
cuando se les prohíbe que sean permanentes, de amor y exclusivas no son más
fuertes, sino más débiles. Prohibir los lazos afectivos privados y exclusivos
no fortalece el amor familiar entre los ciudadanos, porque la gente debe evitar
estar demasiado apegados o intimar con alguien.
El no estar apegados a nadie en particular no hace que uno
esté más apegado a todos en general. El hecho de que nombres de familia como
“padre” e “hijo” tengan que usarse para describir a completos extraños no
fortalece el significado de esos nombres, sino que lo diluye:
“Pues igual que una pequeña cantidad
de vino dulce mezclada con mucho agua es difícilmente perceptible en la mezcla,
lo mismo pasa con el uso de nombres basados en [este] tipo de parentesco, ya
sea por un padre hacia sus [incontables] hijos o por un hijo hacia sus
[incontables] padres (…) [que difícilmente será perceptible y hará aparecer el
mínimo cariño familiar en un estado así”. (1262 b 15)
Aristóteles explica esta intimidad atenuada:
“Pues hay dos cosas por las que,
por encima de todo, un hombre muestra preocupación y afecto: a) las cosas que
son suyas y b) las cosas a las que quiere pero ninguna de ellas pueden existir
en hombres gobernados de esta manera”. (1262 b 24)
Una persona debe tener apego a otra para tener una verdadera
intimidad con ésta.
Como hemos visto, la comunización de los hijos no beneficia
a una ciudad. Los niños a en una ciudad que los comparta reciben menos atención
en términos de educación y apoyo emocional. Además, no hay forma de prevenir
relaciones incestuosas. Y aun peor, las relaciones entre niños y adultos
diluyen su naturaleza.
Finalmente, igual que en el caso de compartir mujeres, se
niega intrínsecamente la libertad cuando la gente debe ser vigilada y evitar
que elija los términos de sus propias relaciones. Debemos estar de acuerdo en
que la propiedad comunal de niños va en detrimento de la ciudad.
Una vez examinadas mujeres e hijos, debemos ocuparnos del
tercer asunto: la propiedad.
Compartir la propiedad
Al contrario que las mujeres y los niños, las propiedades
como terrenos, casas o herramientas son indiferentes para su propietario. No
tienen las necesidades que tiene un ser humano. La preocupación principal sobre
la propiedad es cómo se usa y mantiene. Así que es necesario discutir si es
mejor para los ciudadanos tener propiedad privada o para la propiedad ser de
propiedad pública.
La pregunta principal respecto de compartir la propiedad es
qué pasa cuando todos los hombres poseen y mantienen y predio de propiedad
común. Lo primero que ocurre es un cambio en la connotación de la palabra
“todos”. Como apunta Aristóteles, el término “todos” tiene un doble
significado. Puede usarse para indicar el colectivo tomado en conjunto o
significar cada uno de los individuos de un grupo.
“Pero los hombres que
tienen esposas e hijos en común no hablarían utilizando estos términos de esta
forma; dirían ‘todos’ pero no en el sentido de cada hombre [y solamente
él]. De forma similar con las posesiones pertenecerían a todos, pero no a cada hombre
[y solamente a él]. Es, por tanto, evidente que hay una falacia en el término
‘todos’” (1261 b 25)
La falacia de la que habla Aristóteles es la de que una
persona o unidad de propiedad pueden pertenecer a cualquiera colectivamente,
pero a nadie individualmente: que lo que es cierto para la totalidad no lo es
para las partes.
Esta falacia no lleva a cada individuo a sentirse
responsable de la propiedad, sino a sentir que ningún individuo es
responsable de ésta. No puede echarse la culpa a nadie. Si la sanción recae
sobre todo el grupo, cada persona puede excusarse mentalmente de ser la causa.
El resultado es que la responsabilidad individual se reemplaza por la
mentalidad de la turba.
Cada persona sustrae su propiedad personal de la colectiva,
dejando un grupo en el que ningún miembro se siente personalmente responsable
de las condiciones de la propiedad. Se ha creado un grupo en el que ninguna
persona se siente obligada a actuar como propietario, aunque el grupo en
conjunto se supone que toma la responsabilidad.
En una ciudad de diez mil miembros, si la propiedad no se
mantiene , cada persona se ve a sí misma como 1/10.000 responsable, pero ve a
los demás 9.999/10.000 responsables. Esa relación tan abrumadora no anima a
mantener la integridad de su 1/10.000 parte. El resultado es justamente el
contrario del propósito de la propiedad compartida, que es que todos toman la
responsabilidad completa de la propiedad como si todo el objeto fuera suyo.
La idea de una responsabilidad fraccional es asimismo
contingente entre la gente que no pierde completamente su sentido de la
responsabilidad personal. Si una persona cree verdaderamente que él no
es el propietario, sino que es el colectivo, puede ni siquiera aceptar su parte
personal. En último término, ningún individuo se considerará a sí mismo
responsable de más de lo que es su parte, que considera cero o 1/10.000 de la
propiedad total.
“Cada hombre presta más atención
a lo que es suyo, pero menos a lo que es suyo, o al menos en la medida en que
contribuye a su propio interés. Pues cada hombre, aparte de otras razones,
piensa que otros se ocuparán del asunto y les prestan menos atención, igual que
en la tareas domésticas donde a veces muchos sirvientes hacen peor su trabajo
que unos pocos”. (1261 b 35)
El resultado de que una persona disminuya su parte de uno a
cero es que algún otro miembro de la comunidad de ocuparse de esta parte sin
mayor remuneración. Algún otro ciudadano debe ahora tener 2/10.000 de
responsabilidad en el mantenimiento de la propiedad.
Es fácil ver que esto crea un incentivo para ser menos
responsable en lugar de más: el trabajo lo hará algún otro si alguno no lo hace
y no se recibe ningún extra pro hacer más.
“Si las retribuciones y los
trabajos no son proporcionales, es seguro que quienes trabajen más y reciban
menos se quejarán de los que trabajen menos pero tengan una mayor retribución o
reciban más”. (1263 a 13)
Puede aceptarse que existen quienes tomarán la
responsabilidad de mantener la propiedad como si fuera suya, probablemente unos
pocos. Es una suerte para la ciudad, pero debemos cuestionar la ética de una
situación en la que la diligencia y responsabilidad de unos pocos permite la
pasividad de muchos.
Puede que el esfuerzo no quede completamente sin recompensa,
pues el trabajo de unos pocos puede obtener las alabanzas del resto de los
ciudadanos, pero ¿durante cuánto tiempo las meras alabanzas tienen sentido
cuando las realizan quienes se niegan a trabajar? Es mucho más fácil alabar que
trabajar. Los pocos que trabajan duro se ven retribuidos con alabanza s
baratas, mientras que los muchos que alaban se ven retribuidos con la propiedad
bien mantenida. Un grupo sacrifica mucho y recibe lo barato, el otro no
sacrifica nada y recibe el sustento necesario.
Quienes sacrifican su tiempo y esfuerzo para la polis se
verían mejor retribuidos con un sacrificio de la polis. Esto sólo puede
conseguirse cuando los demás ciudadanos dan algo de sí mismos: tiempo, trabajo
o propiedad. Ya han renunciado a sacrificar tiempo y trabajo, todo lo que les
queda por ofrecer es propiedad. ¿Pero cómo van a sacrificar la propiedad si ya
está compartida?
De acuerdo con Aristóteles (y a continuación de una cita
previa) la propiedad común destruye las funciones de dos virtudes: la
templanza, al igual que con las mujeres y
“la generosidad, que se ve
afectada en cómo debería usarse la propiedad (pues ningún hombre puede
mostrarse generoso, ni siquiera realizar una acción de generosidad, ya que la
función de la generosidad depende el uso de la propiedad [propia]”. (1263 b 12)
Sólo cuando la propiedad de privada puede expresarse la
virtud de la generosidad. La propiedad común priva a la gente de la oportunidad
de donar gratis por sí mismos.
Como hemos visto, la propiedad comunal contiene muchos
problemas: Primero, la falacia del significado de “todos” que afecta
negativamente a las actitudes de la gente respecto de sus responsabilidades. En
segundo lugar, la propiedad colectiva destruye el incentivo para esforzarse. En
tercer lugar, la propiedad compartida impide que la gente muestre la virtud de
la generosidad.
Por todas estas razones, debemos estar de acuerdo en que la
propiedad común va en detrimento de la polis.
Fortalecimiento de la defensa de la privatización
Aunque lo que ya hemos visto muestra suficientemente los
defectos de una ciudad en la que mujeres, hijos y propiedades sean comunes, no
responde específicamente a la pregunta ¿es buena la propiedad privada
para una ciudad? Hemos visto la necesidad positiva de la privatización de
mujeres e hijos, Pero aplica esto a la propiedad? Aristóteles habla de ello,
discutiendo las fortalezas de tener propiedades privadamente:
“Porque cuando cada uno atiende a
su propia propiedad, los hombres no se quejan de los demás [en asuntos de
propiedad] (…) y, a causa de la virtud, el uso de la propiedad se hará de
acuerdo con el proverbio ‘comunes son las posesiones de los amigos’”. (1263 a
27)
“Pues [en estos estados], aunque
cada uno tiene su propiedad, aún así pone parte a disposición de sus amigos y
otra parte para uso común”. (1263 a 34)
Cuando un hombre tiene su propiedad, asume toda la
responsabilidad sobre ella. Su atención se fija en sus propias
responsabilidades. Como la propiedad es suya, no puede culparse más que a sí
mismo si está descuidada. Debe aplicar sus esfuerzos a su propiedad o sólo él
sufrirá las consecuencias.
Además, como la propiedad es privada, un hombre puede
mostrar su generosidad compartiendo los frutos de su trabajo entre quienes
considere sus amigos. De esta manera, la propiedad puede compartirse en su
sentido real, ya que es primero y ante todo privada.
Es cierto que la privatización de la propiedad no lleva
necesariamente a compartir. En una ciudad en la que la propiedad es privada,
una persona puede ser egoísta con su propiedad y los frutos de su trabajo.
Algunos argumentos justifican la propiedad comunizada basándose en que evita el
egoísmo. Pero Aristóteles demuestra que esta justificación es falsa:
“Lo nocivo en las formas de
gobierno existentes, como juicios sobre contratos y condenas por perjurio y la adulación a los
ricos, se denuncia que aumentan porque la propiedad no es común. Pero esto
surge de la maldad humana y no de que la propiedad no sea común, pues las
disputas aparecen incluso entre quienes poseen propiedades en común y las
comparten, y en un grado aún mayor”. (1263 b 15)
La igualación de la propiedad no creará la ciudad ideal. Una
ciudad sólo se convertirá en ideal cuando la maldad desaparezca de la
naturaleza humana.
Deben ocurrir dos cosas para que los hombres sean virtuosos.
Primero, deben tener su propia propiedad con la que pueden aprender a ser
generosos. Los hombres pueden ser codiciosos y egoístas tanto en una
ciudad compartida como en una privada, pero, como ha demostrado Aristóteles, sólo
pueden ser verdaderamente generosos en una ciudad privada. En lugar de ayudar a
la gente a madurar, la propiedad socializada atrofia el desarrollo moral de la
gente al eliminar sus opciones. Los hombres deben recibir la oportunidad de ser
generosos otorgándoles la propiedad privada.
En segundo lugar, las leyes deben intentar enseñar la virtud
a los hombres. Los hombres deben ser educados en la generosidad en lugar de
evitar que la puedan expresar:
“El legislador (…) debería moderara los deseos de los
ciudadanos más allá de su propiedad y esto no puede lograrse si no se educa
adecuadamente a los ciudadanos mediante las leyes”. (1266 b 27)
“Porque no hay límite en la
naturaleza de sus deseos y la mayoría de los hombres viven para
satisfacer sus deseos. De acuerdo con ello, el punto de inicio para
[curar] esos [males] no es tanto igualar la propiedad como educar a los hombres
de naturaleza equitativa para que deseen no pedir más y evitar que los hombres
malos obtengan más, es decir, hacer a estos últimos menos poderosos sin ser
injustos con ellos”. (1267 b 4)
Una polis no puede ser ideal a causa de la maldad humana.
Más aún, la maldad de los hombres no puede corregirse desde el exterior, es
decir, redistribuyendo la propiedad y esperando que esto cambie su carácter.
Debe cambiarse desde dentro: enseñando a los hombres a ser altruistas en la
esperanza de que sean equitativos con lo que poseen.
Como podemos ver, la propiedad privada tiene muchos
beneficios La propiedad privada recibe más atención personal que la propiedad
comunal. Hay un incentivo para hacer esfuerzos para mantener y mejorar la
propiedad privada. Y lo más importante: la propiedad privada da a la gente la
oportunidad de aprender a cómo compartir de verdad.
Aunque la maldad existe tanto en la forma compartida como en
la privada de la ciudad, sólo en la forma privada pueden ejercitarse las
virtudes de la templanza, el amor y la generosidad. Por estas razones, las
leyes de la ciudad deben dirigirse a educar a los hombres en la virtud en lugar
de eliminar su capacidad de tomar decisiones. Así vemos que la propiedad
privada es un beneficio para la polis.
Una ciudad en la que todo se comparta va en detrimento
físico y mental de hombres, mujeres, niños, propiedades y la propia ciudad. Aún
peor, en cada caso de compartir obligatoriamente hay una disminución en la libertad
de la gente. Uno se pregunta si una ciudad desprovista de templanza, amor,
generosidad y libertad es en alguna manera “la mejor de todas las capaces de
llevar a una vida ideal”. Con la ayuda de Aristóteles, podemos ver fácilmente
los defectos de una ciudad en la que la gente y la propiedad se mantengan en
común. Queda claro que la propiedad privada es necesaria para el bienestar de
una ciudad.
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Matt Summers es estudiante en el St. John’s College de Santa
Fe.