Por Llewellyn H. Rockwell, Jr. (publicado el 9 de septiembre
de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/story/3700.
Hay algo afectado, algo no creíble, algo propio del
agit-prop, acerca de todos los parabienes por la gloriosa recuperación
económica que se supone estamos experimentando. Incluso algunos de los más
entusiastas de la recuperación no llegan a creérsela.
Pienso en el reportero de la Nacional Public Radio, quien
hace unos días, al final de una sección, ofreció un aviso de pasada advirtiendo
que la crisis no había llegado a un final “orgánico”, sino que más más bien se
había detenido artificialmente por la intervención gubernamental.
Es una aceptación intrigante, que sugiere que ni siquiera
este reportero cree realmente en lo que se anuncia. Está claro que yo no. De
hecho, tengo serias dudas acerca de que ni siquiera los defensores de esta
trola se la traguen.
Lo que daba a entender ese reportero es la diferencia
crucial entre una recuperación que surge de la estructura de la economía de
mercado y una que viene impuesta desde fuera. La primera es sostenible, una
base para un crecimiento futuro. La segunda no es sostenible. Sólo dura lo que
dura el estímulo.
El problema más grave sigue siendo el desempleo, que está
cerca de los dobles dígitos según los datos oficiales, aunque los no oficiales,
incluso de economistas
del Fed, sugieren que en realidad están cerca del 16%. Entre los jóvenes, la cifra está en el 25% y
subiendo.
Mes tras mes, la prensa anuncia las “buenas noticias” de que
el desempleo no es tan alto como se esperaba. Y aún así, si se examina la
tendencia, estamos en un ascenso ininterrumpido constante de pérdidas de empleo
que no hemos visto en nuestra vida.
En realidad, esto es sólo un síntoma. Cuando una economía va
de la expansión a la crisis, en inevitable una pérdida de empleos. Incluso esta
pérdida puede significar una buena tendencia, al abandonar los trabajadores los
sectores en crisis para entrar en los que tienen visos de prosperar. La
política no debería intentar frenar esta tendencia.
Lo que preocupa en este caso es el tiempo. El problema va
empeorando, lo que sugiere que en realidad la crisis no se desarrollado
completamente. Y hay otras tendencias que apoyan esta conclusión.
Hablemos primero de las estadísticas inmobiliarias, que
están al borde del abismo. Consideremos el inicio de construcción de viviendas.
En un año, han bajado de un máximo de 1,8 millones por mes a 390.000. El último
repunte es como un pequeño destello en una pantalla de radar.
El número de ejecuciones hipotecarias de julio es el peor de
la historia y el tercer máximo en cinco meses. Ya se han ejecutado 2,9 millones
de viviendas y probablemente haya al menos la misma cantidad a punto de caer.
Los bancos se resisten a conceder hipotecas porque las ejecuciones son letales
para sus cuentas, así que tratan de retrasarlas todo lo posible.
También está el gigante dormido del comercio inmobiliario,
que ha construido demasiada vivienda residencial, triplicando los dólares
prestados en sólo
10 años. Pero aquí no ha llegado todavía el crash. Viendo la cifra, se
tiene la impresión de un avión en el aire a punto de quedarse sin combustible.
Y cuando ampliamos la perspectiva más allá de la vivienda a
toda la inversión doméstica, parece un salto olímpico de
trampolín sin que se vea el fondo. De hecho han desaparecido diez años de
inversión. Ahora mismo estamos donde estábamos en 1999.
La inversión en un dato muy importante para asegurar nuestro
futuro, pues siempre mira hacia delante. En este caso, no parece haber ningún
progreso e el futuro. Incluso en el momento en que esta cifra se dé la vuelta,
tenemos por delante algunos años antes de que vuelva el crecimiento económico
real.
¿Por qué parecen mejores las cosas en el sector financiero?
Es consecuencia de billones de estímulos artificiales, un mercado remasterizado
y falsificado mediante creación de dinero, nacionalización parcial y rescates.
Esto no durará.
Hace pocos meses mucha gente se preocupaba por el futuro
inflacionario que sugería el asombroso incremento de falsas reservas bancarias
en el pasado año. Sin embargo, al día de hoy las cosas han cambiado. Ahora se
alaba a Bernanke como el gran genio de nuestro tiempo.
Lo que esto sugiere es que no se van a hacer esfuerzos para
sacar el falso dinero del sistema. Las reservas van a permanecer en éste y se
harán esfuerzos para convertir las reservas en incrementos reales de la oferta
monetaria. Y si esto ocurre, prepárense para una inflación desbocada.
¿Necesito mencionar los problemas del presupuesto federal?
Los ingresos continúan bajando mientras los gastos aumentan, creando un
gigantesco agujero en el presupuesto al tiempo que hay una mayor presión para
el gasto por la recesión. No se habla de recortes presupuestarios. Estamos
entrando en un territorio desconocido.
Hace un año, este mismo mes todo el país estaba de acuerdo
en que habíamos estado viviendo una ilusión durante los últimos diez años y que
la prosperidad de la que gozábamos no era sostenible. No había desacuerdo en
este punto. Incluso Obama lo admitía. Hoy la ilusión es aún más notable y la
gente de nuevo la acepta como si no fuera a acabar nunca.
La respuesta política a la crisis ha sido una de las más
miopes y económicamente irracionales de la historia de la humanidad. ¿Por qué
se ha hecho así? Por una visión política a corto plazo.
Se ha falseado toda la
estructura económica para que el culto a Obama tenga éxito. Éste es el motivo
principal, junto con el evidente deseo de empresas financieras y bancos de
obtener su parte en el rescate.
Por favor, imprima y guarde esta
columna, reléala dentro de 18 meses. Entre tanto, no esté entre los que creen
que el gobierno ha decubierto el secreto de la prosperidad en las oficinas de
la Fábrica de Moneda.
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Llewellyn H. Rockwell, Jr. es Presidente de la Junta
Directiva del Ludwig von Mises Institute en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor
de The
Left, the Right, and the State.