Por William Graham Sumner. (Publicado el 16 de septiembre de
2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/story/3688.
[Escrito en el periodo 1900-06]
La sed de igualdad es una característica de las costumbres
modernas. En la Edad Media se defendía la desigualdad en todas las doctrinas e
instituciones sociales. Hubo alguno “profetas” que se atrevieron a hablar de
igualdad en una forma poética y algunos líderes populares usaron esta noción en
revueltas, pero eran rebeldes y herejes y predicaban entre sordos. También la
iglesia, que nunca dejó de dar instrucciones sobre cualquier gusto apetito
humano tenía su idea de igualdad. Los eclesiásticos e inquisidores trataban a
todos los hombres por igual ante la Iglesia, a veces con gran afectación cuando
un rey o príncipe impopular era asimismo un hereje.
Las nociones modernas de igualdad deben explicarse sin duda
históricamente como revueltas contra el estado de desigualdad medieval. Los
derechos naturales, los derechos humanos, los derechos de igualdad, la igualdad
de todos los hombres son fases de una noción que empezó muy atrás en la Edad
Media, en escritos oscuros y olvidados o en las discusiones polémicas de sectas
y partidos. Eran contraafirmaciones contra el sistema existente que asumía que
los derechos procedían de los soberanos, por lo que cada hombre disfrutaba de
esos derechos porque sus ancestros y él mismo los habían conseguido obtener,
con la consecuencia de que tal vez no hubiera dos personas con los mismos o
iguales derechos. Las cosas cambiaron, cuando en el siglo XVIII desapareció el
sistema medieval, se acabó con la disputa sobre el valor de la doctrina de la
igualdad y se convirtió en un dogma de validez absoluta y alcance universal.
La afirmación de que todos los hombres son iguales es quizá
la mentira más pura que se haya puesto en un dogma en lenguaje humano: cinco
minutos observando los hechos demuestran que los hombres son desiguales con
grandes variaciones. Los hombre no son simples unidades, son muy complejos, no
existe una unidad hombre. Por tanto no podemos medir a los hombres. Si tomamos
un elemento del hombre y medimos a los hombres empleando éste, siempre caemos
en una curva de probables errores. Cuando decimos “hombre” en el sentido de ser
humano dejamos de distinguir en edades y sexos. Los hombres de diferentes
edades no son iguales; los hombres y las mujeres no son iguales en su lucha por
la existencia. Las mujeres tienen desventajas por una función que les impide
ciertas actividades en la lucha por la existencia y esta diferencia produce una
inmensa disparidad en los sexos y en todos los intereses a través de la vida
humana.
Así que se cambia el ámbito para decir que todos los hombres
deberían ser iguales ante la ley, como un ideal de las instituciones políticas.
Esto no ha pasado todavía en ningún estado; prácticamente resulta imposible
imaginar un estado así de cosas. Es un ideal. Si esta doctrina es una doctrina
de lucha, si significa que la ley no debería crear privilegios que otros no
pudieran obtener bajo las mismas condiciones legales, deberíamos tomar partido
a efectos de esta lucha. Aún así, sin embargo, seguiría siendo un ideal, un
objeto de esperanza y de esfuerzo, no una verdad.
A medida que nos acercamos a lo que realmente tiene la gente
en mente, descubrimos que realmente se quejan de la desigualdad de fortunas, de
realización, de parcelas de terreno, de lujo y confort, de poder y
satisfacción. Eso es lo que quieren y lo que ansías sus actos Casi todos,
cuando dicen que quieren igualdad, sólo usan otra forma de expresión para decir que quieren más riqueza que la
quieten, pues toman como modelo lo que todos tienen y descubren que muchos
tienen más que ellos. En el siglo XIX la retórica acerca de derechos naturales,
derechos iguales, etc. fue tomando gradualmente la forma de una demanda de la
igualdad material de disfrutar. Cada cambio por el que se dejaban de lado las
frases retóricas y se revelaba el significado real suponía un avance.
El hecho de las actitudes de la sociedad de hoy en día es
que hay en ellas un ansia intensa de algo que es un fantasma político. No hay
razón alguna por la que debiera esperarse que los hombres disfruten igualmente,
pues eso significaría que todos tienen medios iguales que quien más tenga; no
hay nada en la historia, la ciencia, le religión o la política que pueda
garantizar esa expectativa bajo ninguna circunstancia. No sabemos de ninguna
fuerza que pueda actuar para la satisfacción de los deseos humanos de tal forma
que consiga una satisfacción igual para ellos, ni sabemos de ninguna
interferencia del “Estado”, es decir, de un comité de personas, que pueda
modificar la forma de operar de las fuerzas naturales para producir este
resultado.
Hay una vieja distinción entre justicia conmutativa y
distributiva que se remonta a los griegos y que algunos escritores del siglo
XIX han resucitado. La justicia distributiva es una justicia en la que se
tienen en cuenta todas las circunstancias personales para hacer de la
“igualdad” un estándar absoluto. Por supuesto, la igualdad debe necesariamente
llevar en último término a algún concepto como éste. Es evidente que Dios
podría dar justicia distributiva y vemos que en el mundo en el que estamos Dios
no ha estimado pertinente ofrecerla.
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William Graham Sumner fue uno de los fundadores de la
sociología estadounidense. Aunque educado como clérigo episcopaliano, Sumner
impartió clases en Yale, donde escribió sus obras más influyentes. Sus áreas de
estudio incluían el dinero y las políticas arancelarias, críticas al
socialismo, las clases sociales y el anti-imperialismo.
Aunque escrito en el período de 1900-06, este ensayo no se
publicó hasta después de su muerte, en una colección de ensayos titulada Earth-Hunger
and Other Essays (1913).