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Lo que los austriacos pueden aprender de Steve Martin

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01/14/2013Gary North

No creo que los fans de Steve Martin entiendan lo que ha hecho, pero yo sí. Quiero compartir con ustedes lo que considero la estrategia de carrera del máximo riesgo que yo haya visto nunca. Funcionó. Lo encuentro difícil de creer, pero funcionó.

No soy un gran fan del tipo de humor de Steve Martin. No lo entiendo. No es que no le haya dado la oportunidad de convencerme. Lo he hecho. Pero, después de 45 años, sigo sin entenderlo.

Lo vi actuar por primera vez en el Golden Bear, que en aquel tiempo se calificaba como club de música folk. Fue en Huntington Beach, en el condado de Orange, California. En 1967.

Lo recuerdo muy bien. Su actuación fue así de memorable. Había ido a ver actuar a un amigo, Steve Gillette. Vanguard acababa de publicar su álbum. Su canción, Back on the Street Again, había sido un gran éxito para la Sunshine Company ese mismo año. Estaba creando un grupo de seguidores en la región. Era la estrella. Martin era el telonero.

Martin se puso delante del público con un banjo al cuello. Esperaba que tocara el banjo. Estuvo hablando. Pensé al principio que era el banjista que estaba haciendo que pasara el tiempo haciéndose el gracioso. Después de unos diez minutos, por fin me di cuenta de que era un humorista en ciernes que estaba usando el banjo como utilería. El banjo era su billete para subir a un escenario en un club de música folk.

Toco un poco el banjo. No mucha gente puede hacer un solo de banjo. Peter Seeger podía. No me acuerdo de nadie más.

Martin también sacó algunos globos. Los hinchó e hizo algunas figuras con globos. Era como estar en una fiesta de cumpleaños de un niño con un payaso que no llevara maquillaje o zapatones.

Lo vi subir la escalera de la fama, a partir de mediados de la década de 1970.

Lo que no percibí en 1967 era que estaba tratando conscientemente de crear un nuevo tipo de humor: humor sin chistes. Desarrolló esto como un arte. Wikipedia describe su transformación cuando estaba en la universidad.

Martin se recuerda preguntándose en una clase de psicología: «¿Y si no hubiera chistes? ¿Y si no hubiera indicadores? ¿Y si creara tensión y no la aflojara nunca? ¿Y si me dirigiera hacia un clímax, pero todo lo que diera fuera un anticlímax? ¿Qué habría la audiencia con toda esa tensión? Teóricamente, tendría que salir en algún momento. Pero si siguiera negándole la formalidad del chiste, la audiencia acabaría encontrando su lugar para reír, esencialmente por desesperación».

No llegué a desesperarme, así que no funcionó conmigo. Mi problema es que prefiero el humor con chistes, o al menos con ironía. Incluso aprecio la sátira. Pero sigo ansiando los chistes.

Me gustaron sus gags visuales. Al menos entendí los globos. Pensé que Dos veces yo era divertida, porque empleaba su capacidad para hacer gags visuales contorsionistas. También ayudaba que se emparejara con Lilly Tomlin, que es muy graciosa. Su aparición en el espectáculo final de Johnny Carson como “El Gran Flydini” era original. Pero era básicamente una serie de gags visuales con un giro peculiar. Su cameo en “La pequeña tienda de los horrores” era inteligente, porque interpretaba un dentista cantor sádico. Lo entendí. Un par de seductores era divertida porque Michael Caine hace muy bien el papel serio (y cualquier otra cosa). Pero tuve problemas para entender las bromas en Bowfinger. Tuve el mismo problema con Un loco anda suelto y Cliente muerto no paga.

Me convertí en creyente hace unos dos años. Por fin lo entendí. Toda la carrera de Steve Martin era la entrada del chiste más memorable en la historia del humor.

Durante más de 40 años, practicó el banjo en privado. Luego, sin previo aviso, se sinceró. Finalmente empezó a pasearse con su música. Ya no trata de hacernos reír. Y, déjenme decírselo, es realmente bueno con el banjo. Yo pagaría por verlo. Solo espero que no añada mucho rollo entre las canciones. Un poco está bien, algo así como el tiempo que tocó el banjo en 1967.

Nadie pagaría por verlo tocar el banjo si no se hubiera hecho famoso por su humor. Usó el humor como herramienta de mercadotecnia de su carrera. Le llevó 45 años, pero funcionó.

Nunca fue un humorista utilizando un banjo como utilería. Era un banjista utilizando el humor como utilería. Solo necesitaba tiempo para mejorar sus habilidades con el banjo.

He oído acerca de actores que trabajan de camareros durante años mientras acuden a la academia de interpretación con la esperanza de conseguir un gran éxito en el cine. Martin trabajó en el cine durante años para conseguir el éxito tocando el banjo. «¡Te pillé!».

¡Lo entiendo! ¡El chiste soy yo!

Considero a esto una estrategia sin igual de mercadotecnia para una carrera a largo plazo. Merece ser un caso de estudio en la Escuela de Negocios de Harvard.

Sobre ser realmente bueno

Cal Newport se doctoró recientemente en ciencias informáticas en el MIT. Es famoso estos días debido a su sitio web, que investiga el asunto esencial de encontrar el trabajo de tu vida. Su nuevo libro, So Good They Can’t Ignore You, se basa en una entrevista a Martin por Charlie Rose. Esto proviene del sitio de Newport.

«Nadie tuvo en cuenta [mi consejo], porque no era la respuesta que querían oír», dijo Martin. «Los que querían oír es ‘He aquí cómo conseguir un agente, he aquí cómo escribir un guion’ (…) pero yo siempre digo: ‘Sé tan bueno que no puedan ignorarte’».

En respuesta al gruñido ambiguo característico de Rose, Martin defendía su consejo: «Si alguien está pensando: ‘¿Cómo puedo ser realmente bueno?’ la gente vendrá a ti’».

Esta es exactamente la filosofía que catapultó a Martin al estrellato. Tenía solo veinte años cuando decidió innovar su actuación para hacer algo tan bueno que no pudiera ser ignorado. «El humor en aquel entonces era todo chistes (…) el humorista de club estándar, ratatatá», explicó Martin a Rose. Pensaba que podía ser algo más complejo. En su propia estimación, le llevó a Martin diez años reunir su nueva forma actuar, pero cuando lo hizo, fue un enorme éxito. Está claro en su relato que no había atajos reales hacia su fama final y la vida convincente que resultó. «[Al final] tienes tanta experiencia [que] hay una confianza que sale al exterior», explicaba Martin. «Creo que es algo que huele la audiencia».

Tenía dos problemas con el humor de Martin en 1967. Primero, lo estaba viendo actuar en la etapa temprana de su carrera. Segundo, sencillamente no lo entendía. En una década, una generación de amantes del humor lo entendió, una vez perfecciónó su actuación. Por ejemplo, descubrieron que el gag de la flecha atravesando la cabeza era increíblemente divertido. Rose presentaba su entrevista con un clip. Luego añadía la sátira de los checos y el gag de la canción danza del rey Tut.

Hoy, 35 años después, sigo sin entenderlo. Pero entiendo esto: el resumen de Newport de la estrategia de Martin.

Si no te centras en hacerte tan bueno que no puedan ignorarte, te quedarás atrás. Esta claridad es refrescante. Te dice que dejes de preocuparte acerca de lo que te ofrece tu trabajo y por el contrario te preocupes sobre lo que estás ofreciendo al mundo. Esta mentalidad (a la que llamo la mentalidad del artesano) te permite dejar de lado las preguntas ansiosas generadas por la hipótesis de la pasión («¿Quién soy», «¿Qué me gusta realmente?») y por el contrario bajar la cabeza y centrarte en hacerte valioso.

Trabajo, vocación y carrera

El libro de Newport informa del trabajo de la profesora de la Universidad de Michigan, Amy Wrzesniewski. Ha estudiado las carreras de numerosas personas de éxito. En 1997, publicó un escrito sobre los tres aspectos del éxito en nuestro trabajo: el factor trabajo, el factor carrera y el factor vocación.

El trabajo pone comida en tu mesa. Tu carrera es lo que has avanzado a lo largo de la vida. Tu vocación es una parte importante de tu vida y lo que te define básicamente.

Hice una observación similar en mi cabeza en 1981. Me centraba en trabajo y vocación. No mencionaba la carrera. Definía la vocación como «la cosa más importante que puedes hacer en la que seas más difícil de reemplazar». (Di un discurso a universitarios sobre este tema en el programa de verano del Instituto Mises, la Universidad Mises, en agosto).

En el sentido de Wrzesniewski, una carrera es esa habilidad más esencial que aplicas tanto a tu trabajo como a tu vocación. En mi caso, es la habilidad de escribir. La aplico a casi todo lo que hago. Esto ha sido verdad desde que tengo 13 años. También desarrollé habilidades oratorias en el instituto y he estado hablando en público varias veces al año, pero hasta ahora no ha tenido una necesidad real de aplicar esta habilidad. La producción de videos para la escuela dominical y el uso para la educación en el hogar van a cambiar esto en mi vocación. YouTube no ha revolucionado exactamente cómo aprende el mundo, pues el mundo de la educación formal siempre se ha basado en explicaciones y lecturas. Pero el impacto visual de los vídeos ha llevado al aprendizaje más allá de la tradicional enseñanza en clase. YouTube también ha rebajado el precio de la enseñanza y el aprendizaje: una verdadera revolución.

Economía de la escuela austriaca

El triunfo de la economía keynesiana se aseguró institucionalmente por un sencillo hecho: Keynes y sus seguidores proporcionaban lo que parecía una evidencia científica que justificaba las políticas de déficits fiscales e inflación del banco central que los gobiernos en todo el mundo empezaron a aplicar en la media década antes de que se publicara la “Teoría general” de Keynes. Los gobiernos nunca invirtieron estas políticas y el keynesianismo sigue teniendo credibilidad.

Siempre hubo demanda de profetas de corte en los reinos teocráticos del mundo antiguo. Esa demanda sigue existiendo. Las fórmulas son hoy matemáticas, pero siguen siendo fórmulas. Su objetivo es superar los efectos colaterales negativos de los hechizos de las fórmulas de los magos anteriores.

En los años de 1945 a 1974, cuando Hayek ganó el premio Nobel, la economía de la escuela austriaca tuvo mucha de la misma función social que los ministerios de los profetas en el Antiguo Testamento. Al margen de la sociedad, un puñado de hombres proclamaban las verdades antiguas: «No robarás». «No codiciarás». Rechazaban decir a la gente que es posible convertir las piedras en pan. No se los escuchaba.

En esos años, se establecieron los fundamentos de la economía de la escuela austriaca por parte de Ludwig von Mises y, en menor grado, por Murray Rothbard. Si Mises fue Moisés, Rothbard fue Josué. Cuando lees Acción humana, te das cuenta de lo buena que es. Es clara. Está escrita en inglés. Es completa como no lo había sido ningún tratado.

Lean luego Hombre, economía y Estado. La escritura es casi inigualable en claridad. Es sistemático. Es coherente. Es más fácil de leer que “Acción humana”, pero no menos intelectual.

Mises trabajó en la oscuridad en la Universidad de Nueva York hasta que se retiró con 88 años en 1969. Se doctoró cuatro veces entre 1945 y 1969. La universidad no le pagaba un salario. Los fondos eran donaciones. Rothbard trabajó en una oscuridad aún mayor en la Universidad Politécnica de Brooklyn, que ni siquiera ofrecía una licenciatura en economía. Enseñaba a ingenieros.

La habilidad de la carrera de Rothbard era escribir. No ha habido un economista con un rango más amplio de temas sobre los que haya escrito. Su habilidad de trabajo era enseñar, y al final de su carrera, consiguió una cátedra financiada en la Universidad de Nevada en Las Vegas. Era una universidad más conocida por el baloncesto que por la investigación. Pero siempre puso comida en la mesa.

Su vocación era extender las ideas de Mises, no solo en la propia economía, sino asimismo en campos subordinados, especialmente en el área de la historia política y sus raíces económicas. Pero fue ampliamente leído en numerosos campos. No fue un historiador monocausacional. Consideraba a la búsqueda del poder mediante coacción como una tentación más comprensible y mucho más irresistible que la mera acumulación de riqueza.

Lentamente, el análisis de la escuela austriaca está emergiendo de las sombras. Los profetas del gobierno civil limitado siguen trabajando al aire libre, pero Internet les permite a los que están en las ciudades acceder al mensaje.

El mensaje es el mismo que era en los tiempos de Isaías. Era una serie de advertencias a los gobernantes. Dejen de pervertir la justicia (Isaías 1:21). Dejen de inflar la moneda (Isaías 1:22). Estén listos para el juicio (Isaías 1:24).

Conclusión

Steve Martin pretendía huir de sus fans. Abandonó su banjo cuando consiguió más risas sin él. Pero nunca dejó de practicar. Ahora ha vuelto a la acción, al estilo Scruggs. Hizo dinero con su trabajo, pero su carrera en las cinco cuerdas sigue siendo sólida. No creo que hoy sea más gracioso que en 1967, pero es un banjista mucho mejor.

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