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Intelectuales y socialismo

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07/20/2005Friedrich A. Hayek

En todos los países democráticos, y en los Estados Unidos más que en otros, prevalece la fuerte creencia de que la influencia de los intelectuales sobre la política es insignificante. Sin duda esto es cierto acerca del poder de los intelectuales para influir con sus particulares opiniones del momento en las decisiones hasta el punto de modificar el voto popular en cuestiones en las que ellos se apartan del punto de vista de las masas. Sin embargo, probablemente nunca han ejercido una influencia tan grande en periodos de cierta duración como la que ejercen hoy en esos países. Este poder lo ejercen moldeando la opinión pública.

A la luz de la historia reciente, es un tanto curioso el hecho de que este poder decisivo de quienes tratan profesionalmente de ideas de segunda mano aún no sea reconocido de manera más general. La evolución política del mundo occidental durante los últimos cien años proporciona la más clara prueba de ello. El socialismo nunca y en ninguna parte ha sido al principio un movimiento de la clase obrera. Tampoco es un remedio obvio a un mal evidente que exijan necesariamente los intereses de esa clase. Es una construcción de teóricos, derivada de ciertas tendencias del pensamiento abstracto con el que durante mucho tiempo sólo los intelectuales estuvieron familiarizados; y fueron precisos muchos esfuerzos de los intelectuales para persuadir a las clases obreras de que lo adoptasen como programa suyo.

En todos los países que han evolucionado hacia el socialismo, la fase de desarrollo en que el socialismo ejerce una influencia determinante en la política ha ido precedida en muchos años de un periodo en el que los ideales socialistas regían el pensamiento de los intelectuales más activos. En Alemania, esta etapa se alcanzó hacia el final del siglo pasado; en Inglaterra y Francia, aproximadamente en la época de la Primera Guerra Mundial. Para el observador fortuito parecería como si los Estados Unidos hubieran alcanzado esta fase después de la Segunda Guerra Mundial y el atractivo de un sistema económico dirigido y planificado fuera ahora tan poderoso para los intelectuales americanos como nunca lo había sido para sus colegas alemanes o ingleses. La experiencia apunta hacia que, una vez alcanzada esta fase, es mera cuestión de tiempo el que los puntos de vista que en ese momento mantienen los intelectuales se conviertan en la fuerza rectora de la política.

Por tanto, el carácter del proceso por el que las opiniones de los intelectuales influyen en la política del mañana tiene un interés que supera lo académico. Si sólo deseamos anticipar o bien queremos influir en el curso de los acontecimientos, es un hecho mucho más importante de lo que se suele comprender. Lo que a un observador contemporáneo le puede parecer como una lucha de intereses contradictorios con frecuencia se ha decidido mucho antes en un enfrentamiento de ideas limitado a círculos restringidos. Sin embargo, bastante paradójicamente, en general sólo los partidos de izquierda han hecho todo lo posible por divulgar la creencia de que fue la fuerza numérica de los intereses materiales contrapuestos la que decidió los asuntos políticos, mientras que en la práctica estos mismos partidos han actuado con éxito y de forma habitual como si entendieran la postura clave de los intelectuales. Bien de forma intencionada, bien conducidos por la fuerza de las circunstancias, siempre han encaminado sus principales esfuerzos a obtener el apoyo de esta «élite», mientras que los grupos más conservadores han actuado, tan habitual como infructuosamente, sobre una visión más ingenua de la democracia masiva y han intentado, normalmente de forma vana, alcanzar y convencer directamente al votante individual.

No obstante, el término intelectuales no proporciona de entrada un verdadero panorama de la numerosa clase a la que nos referimos, y el hecho de que no tengamos otro nombre mejor para referirnos a quienes tratan profesionalmente de ideas de segunda mano no es la menor de las razones por las que su poder no se comprende mejor. Incluso las personas que emplean abusivamente la palabra «intelectual» se inclinan a negarlo a muchos que sin duda representan esa función característica. Ésta no es ni la del pensador original ni la del erudito o experto en un área de pensamiento en particular. El típico intelectual no tiene por qué ser ninguna de estas dos cosas: no tiene por qué poseer un conocimiento especial de nada en especial ni ser particularmente inteligente para desempeñar su papel de intermediario en la difusión de ideas. Lo que le capacita para el trabajo es la amplia gama de temas sobre los que puede hablar y escribir fácilmente y un puesto o unos hábitos a través de los cuales se familiariza con nuevas ideas más deprisa que aquellos a los que él se dirige.

Mientras no se concrete la lista de todas las profesiones y actividades que pertenecen a esta clase, resulta difícil percatarse de lo numerosa que es, cómo se amplía constantemente su ámbito de actividad en la sociedad moderna y hasta qué punto hemos llegado a depender de ella. La clase en cuestión no está integrada sólo por periodistas, profesores, ministros, oradores, publicistas, comentaristas de radio, novelistas, dibujantes y artistas, todos los cuales pueden ser maestros de la técnica de comunicar ideas, pero suelen ser aficionados en lo que a la esencia de lo que comunican se refiere. Esta clase también comprende a muchos profesionales y técnicos, como los científicos y médicos, quienes por su relación habitual con la letra impresa se convierten en transmisores de las nuevas ideas fuera de sus propias áreas y a quienes, debido al conocimiento experto de sus propias materias, son escuchados con más respeto que otros. El hombre común de hoy aprende poco acerca de los acontecimientos o de las ideas que no venga por un conducto de esta clase, y fuera de nuestros respectivos campos de trabajo específicos casi todos somos en este sentido hombres comunes, dependientes para nuestra información e instrucción de aquellos que hacen de esa tarea su oficio para estar al corriente de la opinión. Y son estos intelectuales quienes deciden qué puntos de vista y opiniones deben llegarnos, qué hechos son suficientemente importantes como para contárnoslos y de qué forma y en qué perspectiva nos los deben presentar. El que nosotros sepamos algo de los resultados del trabajo del experto y del pensador original, depende principalmente de la decisión de aquéllos.

Tal vez el profano no se dé plenamente cuenta de hasta qué punto incluso la reputación popular de los científicos y eruditos es fruto de la labor de esta clase y se ve inevitablemente afectada por sus opiniones sobre materias que poco tienen que ver con los méritos de los verdaderos logros. Y es particularmente significativo para nuestro problema el que todo hombre de ciencia tal vez pueda mencionar, en relación con su especialidad, varios ejemplos de hombres que han alcanzado inmerecidamente una enorme reputación como grandes científicos por el solo hecho de defender lo que los intelectuales consideran como puntos de vista políticos «progresistas»; pero todavía estoy por encontrarme con un solo ejemplo en el que esa pseudo-reputación científica se haya otorgado por razones políticas a un hombre de ciencia de inclinaciones más conservadoras. Esta creación de reputaciones que hacen los intelectuales es particularmente importante en los campos en los que el resultado de los estudios expertos no lo emplean otros especialistas, sino que dependen de la decisión política del público en general. En verdad apenas habrá alguna otra forma mejor que ésta de ilustrar la actitud que los economistas profesionales han adoptado ante la expansión de doctrinas tales como el socialismo o el proteccionismo. Probablemente nunca hubo en ningún momento una mayoría de economistas, reconocidos por sus iguales como tales, favorables al socialismo (o, lo que para el caso es lo mismo, a la protección). Con toda probabilidad también puede afirmarse que ningún otro grupo similar de estudiosos contiene una proporción tan alta de miembros decididamente opuestos al socialismo (o a la protección). Esto es tanto más significativo si se piensa que, con toda probabilidad, lo que en tiempos recientes indujo a muchos a elegir la economía como profesión fue su inicial interés por los esquemas socialistas de reforma. Sin embargo, no es el punto de vista predominante de los expertos, sino el de una minoría, muchos de ellos de nivel bastante dudoso en su profesión, el que recogen y difunden los intelectuales.

La influencia omnipresente de los intelectuales en la sociedad contemporánea está aún más reforzada por la creciente importancia de la «organización». Una creencia común, aunque probablemente equivocada, es que el incremento de organización aumenta la influencia del experto o especialista. Esto puede ser cierto del experto administrador y organizador, si existe esa gente, pero difícilmente del experto en un campo o conocimiento en particular. Se trata más bien de la persona cuyo conocimiento general se supone que le capacita para apreciar la opinión del experto —y juzgar entre los expertos de distintos campos— cuyo poder se intensifica. El punto importante para nosotros, sin embargo, es que el profesor que accede a la presidencia de la universidad, el científico que se hace cargo de un instituto o fundación, el profesor que dirige una publicación o se hace promotor activo de una organización que sirve a una causa en particular, todos ellos dejan inmediatamente de ser profesores o expertos y se convierten en intelectuales en el sentido en que empleamos el término, gente que juzga todos los asuntos no por sus méritos específicos, sino, al modo característico de los intelectuales, tan sólo a la luz de ciertas ideas generales a la moda. El número de instituciones de esta clase que alimentan a los intelectuales y acrecientan su número y sus poderes crece cada día. Casi todos los «expertos» en la mera técnica de obtener conocimiento acerca de algo son, con respecto al asunto que traen entre manos, intelectuales y no expertos.

En el sentido en que aquí empleamos el término, los intelectuales son de hecho un fenómeno de la historia bastante nuevo. Aunque nadie se lamentará de que la educación haya dejado de ser un privilegio de las clases adineradas, el hecho de que estas clases ya no sean las más cultas y el hecho de que el gran número de personas que deben su posición sólo a su educación general no posean esa experiencia del funcionamiento del sistema económico que la administración de la propiedad da, son importantes para comprender el papel del intelectual. El Profesor Schumpeter, que ha dedicado un revelador capítulo de su Capitalismo, Socialismo y Democracia a algunos aspectos de nuestro problema, ha destacado, justamente, que la ausencia de responsabilidad directa para los asuntos prácticos y la consiguiente ausencia de conocimiento de primera mano de los mismos es lo que distingue al intelectual característico del resto de la gente que también ejerce el poder de la palabra hablada y escrita. Sin embargo, sería muy prolijo estudiar aquí con más detenimiento la evolución de esta clase y la curiosa reivindicación que ha presentado uno de sus teóricos, el único cuyos puntos de vista no estaban decididamente influidos por sus propios intereses económicos. Uno de los puntos importantes que habría que examinar en esta discusión sería lo mucho que esta clase ha sido estimulada artificialmente por la ley sobre la propiedad intelectual.

No es sorprendente que el verdadero hombre de ciencia o experto y el práctico hombre de negocios sientan con frecuencia menosprecio por el intelectual, no sean proclives a reconocer su poder y se sientan ofendidos cuando lo descubren. Individualmente consideran a los intelectuales en su mayoría como gente que no conoce a fondo nada en particular, y cuyo criterio sobre los temas que ellos dominan da pocas muestras de un particular buen juicio. Pero sería un error garrafal infravalorar su poder por esta razón. Aun cuando con frecuencia su conocimiento pueda ser superficial y su inteligencia limitada, esto no altera el hecho de que es su criterio el que determina las opiniones que guiarán la actuación de la sociedad en un futuro no tan lejano. No es una exageración decir que una vez que la facción más activa de los intelectuales se ha convertido a una serie de creencias, el proceso por el que éstas serán aceptadas por todos es casi automático e irresistible. Ellos son los órganos que la sociedad moderna ha desarrollado para difundir el conocimiento y las ideas y son sus convicciones y opiniones las que funcionan como el cedazo por el que todo nuevo concepto ha de pasar antes de que llegue a las masas.

Pertenece a la naturaleza del trabajo del intelectual el uso de su propio conocimiento y convicciones en la realización de su tarea diaria. Ocupa ese puesto porque posee, o ha tenido que tratar día a día, el conocimiento que su empleador normalmente no tiene, y por consiguiente sus actividades pueden ser dirigidas por otros sólo en cierta medida. Y precisamente porque la mayoría de los intelectuales son intelectualmente honestos, es inevitable que sigan sus propias convicciones cuando así lo juzguen conveniente y que impriman sus opiniones en todo lo que pasa por sus manos. Incluso cuando la dirección de la política está en manos de hombres de negocios con opiniones diferentes, la puesta en práctica de la política estará en general en manos de los intelectuales y con frecuencia será la decisión acerca de los pormenores la que determine el resultado neto. La ilustración de todo esto la encontramos en casi todos los campos de la sociedad contemporánea. Los periódicos de propiedad «capitalista», las universidades presididas por «reaccionarios» equipos gubernativos, los sistemas de radiodifusión propiedad de los gobiernos conservadores, es sabido que todos ellos han influido en la opinión pública en la dirección del socialismo, porque tal era la convicción del personal. Esto ha sucedido con frecuencia no sólo a pesar sino quizás incluso por los intentos de aquellos que están en la cima de controlar la opinión y de imponer los principios de la ortodoxia.

Las consecuencias de este filtro de ideas a través de las convicciones de una clase constitutivamente inclinada a adoptar ciertas opiniones no se limitan en absoluto a las masas. Fuera de su campo particular, el experto no suele depender menos de esta clase ni le influye menos la selección de sus puntos de vista. El resultado es que hoy, en la mayor parte del mundo occidental, incluso los opositores más acérrimos del socialismo toman de fuentes socialistas su conocimiento de la mayoría de los temas sobre los que no tienen información de primera mano. No siempre es evidente la conexión de sus propuestas prácticas con algunos de los más generales supuestos del pensamiento socialista, y en consecuencia muchos de los que se creen decididos opositores de ese sistema de pensamiento se convierten de hecho en eficaces difusores de sus ideas. ¿Quién no conoce al hombre práctico que en su propio campo denuncia el socialismo como «nociva podredumbre», pero cuando se sale de su campo predica el socialismo como cualquier periodista de izquierdas?

En ningún otro campo se ha dejado sentir más intensamente la influencia predominante de los intelectuales socialistas durante los últimos cien años que en los contactos entre distintas civilizaciones nacionales. Excedería con mucho los límites de este artículo rastrear las causas y la importancia del hecho decisivo de que en el mundo moderno los intelectuales sean casi los únicos que proporcionan el acercamiento a la comunidad internacional. Esto es lo que principalmente cuenta en el extraordinario espectáculo que ha supuesto el que durante generaciones el occidente teóricamente «capitalista» haya prestado su moral y su apoyo material casi exclusivamente a esos movimientos ideológicos de los países orientales que pretendían minar la civilización occidental; y que al mismo tiempo la información de que el público occidental ha dispuesto acerca de los acontecimientos de la Europa central y del este se haya visto teñida casi exclusivamente de una predisposición socialista. Muchas de las actividades «educativas» de las fuerzas de ocupación americanas en Alemania han proporcionado claros y recientes ejemplos de esta tendencia.

Por esta razón es muy importante que se entiendan correctamente las razones que llevan a inclinar a tantos intelectuales al socialismo. El primer punto al que deben hacer frente abiertamente aquellos que no comparten esta tendencia es que lo que determina las opiniones de los intelectuales no son ni intereses egoístas ni malas intenciones, sino sobre todo convicciones honestas y buenas intenciones. De hecho, es preciso reconocer que en general el típico intelectual está hoy más dispuesto a ser socialista cuanto más se guía por la buena voluntad y la inteligencia, y en el plano del razonamiento puramente intelectual estará más capacitado que la mayoría de los que se le oponen dentro de su clase para vislumbrar un mejor planteamiento. Si aún seguimos pensando que está equivocado, hemos de reconocer que puede ser un error genuino el que lleva a esa gente inteligente y bien intencionada que ocupa puestos clave en nuestra sociedad a difundir ideas que nos parecen una amenaza para nuestra civilización.1 Nada podría ser más importante que intentar entender las fuentes de este error para poder contrarrestarlo. Sin embargo, aquellos que suelen ser considerados representantes del orden establecido y que creen comprender los peligros del socialismo suelen estar muy alejados de esa comprensión. Tienden a ver a los intelectuales socialistas nada más que como un puñado nocivo de radicales cultos, sin apreciar su influencia, y por su actitud general hacia ellos hacen que se radicalicen aún más en su oposición al orden establecido.

Si queremos comprender esta particular tendencia de un amplio sector de los intelectuales debemos aclarar dos puntos. El primero es que suelen juzgar todos los temas concretos exclusivamente a la luz de ciertas ideas generales; el segundo, que los errores característicos de cualquier época con frecuencia se derivan de algunas verdades genuinas y nuevas que ésta ha descubierto y que son aplicaciones erróneas de nuevas generalizaciones que han demostrado su valor en otros campos. La conclusión a la que nos lleva el análisis completo de estos hechos es que refutar eficazmente estos errores requerirá con frecuencia un progreso intelectual mayor y a menudo un progreso en puntos muy abstractos y que pueden parecer muy alejados de los aspectos prácticos.

Quizás el rasgo más característico del intelectual es que juzga las nuevas ideas no por los méritos que les son propios sino por la facilidad con que encajan en su concepción general, en la representación del mundo que él considera moderno o avanzado. Y es a través de la influencia que esta representación ejerce sobre él y sobre sus opiniones acerca de temas concretos como crece el poder de las ideas para bien y para mal en proporción a la generalidad, abstracción y vaguedad de las mismas. Cuando sabe poco sobre unos temas concretos, su criterio debe ser el de la coherencia con sus restantes opiniones, el de la adecuación para combinarlos dentro de una imagen coherente del mundo. Sin embargo, esta selección entre las numerosas ideas nuevas que aparecen en cada momento crea el característico clima de opinión, la Weltanschauung dominante de un periodo que será favorable a recibir algunas opiniones y desfavorable a otras y que hará que el intelectual acepte rápidamente una conclusión y rechace otra sin entender verdaderamente los conceptos.

En algunos aspectos el intelectual está realmente más cerca del filósofo que de cualquier especialista, y el filósofo es en más de un sentido una especie de príncipe entre los intelectuales. Aunque su influencia se aparta mucho de los asuntos prácticos, y por ende es más difícil y cuesta más tiempo seguirle la pista que al intelectual común, es del mismo tipo y a la larga incluso más poderosa que la de este último. Es el mismo empeño hacia una síntesis, perseguida más metódicamente, el mismo juicio sobre opiniones concretas en tanto en cuanto encajen en un sistema general de pensamiento y no por méritos propios, el mismo afán por conseguir una visión del mundo coherente, lo que conforma para ambos la base principal para aceptar o rechazar ideas. Por esta razón, el filósofo tiene probablemente más influencia sobre los intelectuales que cualquier otro erudito o científico y más que nadie determina la forma en que los intelectuales ejercen su función de censura. La popular influencia de los especialistas científicos comienza a competir con la del filósofo sólo cuando dejan de ser especialistas y empiezan a filosofar acerca de los avances de su tema —y normalmente sólo cuando los intelectuales lo han hecho suyo por razones que tienen poco que ver con su valor científico.

El «clima de opinión» de cualquier periodo es por tanto esencialmente un conjunto de preconcepciones muy general por el que el intelectual juzga la importancia de nuevos hechos y opiniones. Estas ideas preconcebidas son principalmente aplicaciones a los que a él considera los aspectos más significativos de los avances científicos, una transferencia a otros campos de aquello que más le ha impresionado del trabajo de los especialistas. Podríamos dar una larga lista de los tópicos y modas intelectuales que en el curso de dos o tres generaciones han dominado a su vez el pensamiento de los intelectuales. Si se trataba de un «enfoque histórico» o de la teoría de la evolución, el determinismo decimonónico y la creencia en la influencia predominante del entorno frente a la herencia, la teoría de la relatividad o la creencia en el poder del inconsciente, cada uno de estos conceptos generales se ha convertido en la piedra de toque merced a la cual se han probado las innovaciones en diferentes campos. Parece como si estas ideas, cuanto menos específicas o precisas (o menos comprendidas) fueran, más amplia sería su influencia. A veces no es más que una vaga impresión rara vez expresada en palabras la que ejerce una profunda influencia. La creencia de que el control deliberado o la organización consciente siempre es también en los asuntos sociales superior a los resultados de procesos espontáneos que no están dirigidos por una mente humana, o que cualquier otro orden basado en un plan diseñado de antemano debe de ser mejor que otro formado por el equilibrio de fuerzas contrapuestas, ha afectado profundamente al desarrollo político.

Sólo en apariencia es diferente el papel de los intelectuales cuando se trata más específicamente del desarrollo de ideales sociales. Aquí sus propensiones características se manifiestan convirtiendo en dogma a algunas abstracciones, racionalizando y llevando a los extremos ciertas ambiciones que nacen de las relaciones normales entre los hombres. Dado que la democracia es algo bueno, cuanto más lejos puedan llevarse los principios democráticos, mejor les parecerá. La más poderosa de estas ideas generales que han moldeado el desarrollo político en época reciente es naturalmente el ideal de igualdad material. No es típicamente una de las convicciones morales que crecen espontáneamente, aplicadas primero a las relaciones entre individuos particulares, sino una construcción intelectual originariamente concebida en lo abstracto y de dudoso significado o aplicación en momentos concretos. Sin embargo, ha funcionado intensamente como principio de selección entre vías alternativas de política social, ejerciendo una presión continua en dirección a una organización de los asuntos sociales que nadie concibe claramente. El hecho de que una medida concreta tienda a traer una mayor igualdad se ha llegado a contemplar como una recomendación tan fuerte que poco más habría que considerar. Ya que aquellos que guían la opinión tienen una convicción definida de este aspecto de cada tema concreto, la igualdad ha determinado el cambio social más fuertemente incluso de lo que pretendían sus defensores.

Sin embargo, no sólo los ideales morales actúan de esta forma. A veces las actitudes de los intelectuales hacia los problemas de orden social pueden ser la consecuencia de adelantos del conocimiento puramente científico y es en estos casos cuando sus puntos de vista erróneos sobre determinados temas pueden beneficiarse durante un cierto tiempo de todo el prestigio de los últimos logros científicos. No es extraño que un auténtico adelanto del conocimiento sea a veces origen de un nuevo error. Si de las nuevas generalizaciones no se derivaran conclusiones falsas, se convertirían en verdades finales que nunca requerirían ser revisadas. Aunque por norma una nueva generalización compartirá solamente las falsas consecuencias que pueden derivarse de ella con los puntos de vista que se mantenían antes y por tanto no conducirán a un nuevo error, es bastante probable que una nueva teoría, igual que su valor se pone de manifiesto a través de las nuevas conclusiones válidas a las que conduce, provoque otras conclusiones nuevas cuyo avance ulterior demostrará que eran equivocadas. Pero en un caso así aparecerá una creencia falsa apoyada por todo el prestigio del último saber científico. Aunque en el campo concreto al que se aplica esta creencia todas las pruebas científicas puedan estar en contra de él, no obstante será elegida, ante el tribunal de intelectuales y a la luz de las ideas que rigen su pensamiento, como el punto de vista más acorde con el espíritu de la época. Los especialistas que de esta forma alcancen una fama notoria y amplia influencia no serán pues aquellos que hayan obtenido el reconocimiento de sus iguales, sino con frecuencia hombres a los que los demás expertos consideran excéntricos, aficionados o incluso fraudulentos, pero que a los ojos del público general aparecen como el mejor exponente conocido en su materia.

En concreto, no cabe duda de que la forma en que durante los últimos cien años el hombre ha aprendido a organizar las fuerzas de la naturaleza ha contribuido enormemente a la creencia de que un control de las fuerzas sociales similar traería consigo análogas mejoras en las condiciones humanas. El que, con la aplicación de las técnicas ingenieriles, la dirección de todas las formas de actividad humana conforme a un único plan coherente, demuestre tener el mismo éxito en la sociedad que ha tenido en innumerables tareas de ingeniería es una conclusión demasiado creíble como para no seducir a la mayoría de aquellos que se alegran de los logros de las ciencias naturales. Hay que admitir que se requerirían poderosos argumentos para oponerse a la fuerte presunción a favor de tal conclusión, así como que estos argumentos aún no se han expresado adecuadamente. No basta con señalar los defectos de determinadas propuestas basándose en esta clase de razonamiento. El argumento no perderá su fuerza hasta que se demuestre concluyentemente que lo que ha demostrado ser un éxito en la producción de adelantos en tantas áreas tiene limitaciones de utilidad y es absolutamente dañino si se extiende más allá de estos límites. Ésta es una tarea que aún no se ha realizado satisfactoriamente y que tendrá que lograrse antes de que este impulso concreto hacia el socialismo desaparezca.

Éste es, por supuesto, sólo uno de los muchos casos en que se precisa un ulterior avance intelectual para poder refutar las nocivas ideas hoy dominantes, y en el que el curso que sigamos lo decidirá en definitiva la discusión de temas muy abstractos. Al hombre de negocios no le basta con estar seguro, desde su íntimo conocimiento de un campo determinado, de que las teorías del socialismo derivadas de ideas más generales no serán viables. Podrá estar perfectamente en lo cierto, y aun así su resistencia se verá arrollada y se desencadenarán todas las tristes consecuencias que él ha previsto si no se apoya en una verdadera refutación de las idées mères. Tan pronto como el intelectual capte el meollo de la argumentación general, quedarán barridas las más válidas objeciones al tema concreto.

Pero esta no es toda la historia. Las fuerzas que influyen en el reclutamiento en las filas de los intelectuales operan en la misma dirección y ayudan a explicar por qué tantos de entre los más capaces se inclinan por el socialismo. Existen por supuesto tantas diferencias de opinión entre los intelectuales como entre otros grupos de gente, pero parece ser cierto que en general son los intelectuales más activos, inteligentes y originales los que con más frecuencia se inclinan al socialismo, en tanto que sus oponentes suelen ser de un calibre inferior. Esto es cierto sobre todo durante las primeras etapas de infiltración de las ideas socialistas; más tarde, aunque fuera de los círculos intelectuales aún puede ser un acto de valor el profesar convicciones socialistas, la presión de la opinión entre intelectuales estará con frecuencia tan a favor del socialismo que se requerirá más fuerza e independencia para que un hombre se resista a ella que para sumarse a lo que sus compañeros consideran como puntos de vista modernos. Por ejemplo, nadie que conozca un buen número de facultades universitarias (y desde esta óptica la mayoría de los profesores universitarios probablemente tienen que ser clasificados como intelectuales más que como expertos) puede permanecer ajeno al hecho de que los profesores más brillantes y con mayor éxito son en su mayoría socialistas, en tanto que aquellos que mantienen una visión política más conservadora suelen ser mediocridades. Éste es de por sí un importante factor que conduce a la joven generación hacia el campo socialista.

El socialista verá, por supuesto, en esto sólo una prueba de que las personas más inteligente están hoy abocadas a ser socialistas. Pero ésta no es ni con mucho la explicación verdadera, ni siquiera más probable. La principal razón de esta situación es probablemente que, para el hombre excepcionalmente capaz que acepta el presente orden de la sociedad, se le ofrecen numerosas oportunidades nuevas de influencia y poder, mientras que para el insatisfecho y descontento una carrera intelectual es el camino más prometedor tanto para ganar influencia y poder como para contribuir al logro de sus ideales. Más aún: el hombre más inclinado al conservadurismo con una capacidad de primera clase elegirá en general el trabajo intelectual (y el sacrificio de la recompensa material que esta elección suele conllevar) sólo si ese trabajo, en cuanto tal, le divierte. De ahí que sea más fácil que se convierta en un experto hombre de ciencia que en un intelectual en el sentido específico del término; mientras que para los de mentalidad más radical la búsqueda intelectual suele ser más un medio que un fin, un camino precisamente hacia esa clase de amplia influencia que ejerce el profesional intelectual. Es, pues, probable, no que los más inteligentes suelan ser socialistas, sino que una proporción mucho mayor de socialistas de entre las mejores mentes se dediquen a aquellas tareas intelectuales que en la sociedad moderna les otorgan una influencia decisiva sobre la opinión pública.2

La selección del personal de los intelectuales también está estrechamente ligada al interés predominante que muestran en general y por las ideas abstractas. Las especulaciones acerca de la posible reconstrucción total de la sociedad otorgan al intelectual un plato mucho más acorde con su paladar que las consideraciones prácticas y de alcance limitado de aquellos que buscan una mejora por etapas del orden existente. En concreto, el pensamiento socialista debe su atractivo para los jóvenes en gran parte a su carácter visionario; el valor mismo para permitirse el pensamiento utópico es en ese sentido una fuente de fuerza para los socialistas de la que lamentablemente carece el liberalismo tradicional. Esta diferencia funciona en favor del socialismo no sólo porque la especulación acerca de los principios generales proporciona una oportunidad para el juego de la imaginación de aquellos que están libres del estorbo de un gran conocimiento de los hechos de cada día, sino también porque satisface un deseo legítimo de entender la base racional de cualquier orden social y da lugar al ejercicio de ese afán constructivo para el que el liberalismo, una vez que ha ganado sus grandes victorias, deja pocas salidas. El intelectual, por su disposición global, no está interesado en detalles técnicos o dificultades de tipo práctico. Lo que le atrae es la amplitud de miras, la falsa comprensión del orden social como un todo que el sistema planificado promete.

Este hecho, el que los gustos del intelectual se satisficieran mejor por las especulaciones de los socialistas, le fue fatal a la influencia de la tradición liberal. Una vez que las demandas básicas de los programas liberales parecían satisfechas, los pensadores liberales se volvieron hacia los problemas de detalle y empezaron a descuidar el desarrollo de la filosofía general del liberalismo que, en consecuencia, dejó de ser un tema vivo que dejaba lugar a la especulación general. Por tanto durante algo más de medio siglo sólo los socialistas han ofrecido algo parecido a un programa explícito de desarrollo social, una imagen del futuro de la sociedad que ambicionaban y un conjunto de principios generales para conducir las decisiones sobre temas concretos. Pero aun cuando, si estoy en lo cierto, sus ideales padecen intrínsecas contradicciones y cualquier intento de llevarlos a la práctica debe producir algo totalmente diferente de lo que ellos esperan, eso no cambia el hecho de que su programa de cambio sea el único que ha influido en el desarrollo de las instituciones sociales. Esto es así porque su filosofía se ha convertido en la única filosofía general explícita de la política social mantenida por un gran grupo, el único sistema o teoría que provoca nuevos problemas y abre nuevos horizontes que ellos han logrado despertar en la imaginación de los intelectuales.

Los desarrollos reales de la sociedad durante este periodo estuvieron determinados, no por una batalla de ideales contradictorios, sino por el contraste entre una situación establecida y ese ideal de una posible sociedad futura que sólo los socialistas apoyaban ante el público. Muy pocos de los demás programas que se ofrecían proporcionaban verdaderas alternativas. La mayoría de ellos eran meros compromisos o casas a medio hacer entre los tipos más extremos de socialismo y el orden existente. Todo lo que se precisaba para hacer que casi cualquier propuesta socialista pareciera razonable a estas mentes «juiciosas», constitutivamente convencidas de que la verdad debe estar siempre en medio de los extremos, era que alguien defendiera una propuesta suficientemente más extrema. Parecía haber una sola dirección por la que dirigirnos y la única duda parecía ser a qué velocidad y hasta dónde podía continuar el movimiento.

La importancia del especial atractivo para los intelectuales que el socialismo obtiene de su carácter especulativo quedará claro si además contrastamos la postura del teórico socialista con la de su homólogo liberal en el viejo sentido de la palabra. Esta comparación también nos llevará a la lección que podamos extraer de una adecuada apreciación de las fuerzas intelectuales que están socavando los cimientos de una sociedad libre.

Paradójicamente, una de las principales desventajas que privan al pensador liberal de la influencia popular está estrechamente ligada al hecho de que hasta que el socialismo haya llegado realmente, él tendrá más oportunidades de influir directamente en las decisiones de la política en curso y que, en consecuencia, no sólo no se verá tentado por la especulación de largo alcance que es la fuerza de los socialistas, sino que la rechazará porque cualquier esfuerzo de esta naturaleza seguramente reducirá el bien inmediato que él pueda hacer. Cualquiera que sea su poder de influir en las decisiones prácticas lo debe a su relación con los representantes del orden establecido, y esa relación la pondría en peligro si se dedicara al tipo de especulación que atrae a los intelectuales y a través de la cual podría influir en el desarrollo durante largos periodos. Para poder cargar con el peso de cualquier tipo de poder tiene que ser «práctico», «inteligente» y «realista». Mientras se preocupe por temas inmediatos, la recompensa será la influencia, el éxito material y la popularidad entre aquellos que hasta cierto punto comparten su visión general. Pero éstos tienen poco respeto por esas especulaciones sobre principios generales que conforman el clima intelectual. Verdaderamente, si se permite el lujo de la especulación de largo alcance está en condiciones de ganarse la reputación de estar «incapacitado» o de ser incluso medio socialista, porque no desea identificar el orden existente con el sistema libre al que aspira.3

Si, en lugar de esto, sus esfuerzos continúan en dirección a la especulación general, pronto descubrirá que no es bueno asociarse demasiado estrechamente con aquellos que parecen compartir la mayoría de sus convicciones y pronto se verá aislado. Realmente hoy puede haber pocos cometidos menos agradecidos que el esencial de desarrollar el cimiento filosófico sobre el que debe basarse el desarrollo posterior de una sociedad libre. Dado que aquel que lo emprenda debe aceptar buena parte de la estructura del orden establecido, aparecerá ante muchos de los intelectuales de mente más especuladora sólo como un tímido apologista de las cosas como son y, al mismo tiempo, los hombres de negocios le tacharán de teórico falto de práctica. No es suficientemente radical para aquellos que sólo conocen el mundo en el que «con desahogo juntos moran los pensamientos» y demasiado radical para aquellos que sólo ven «con qué dureza chocan en el espacio las cosas». Si aprovecha el apoyo que puede conseguir de los hombres de negocios, seguramente se desacreditará ante aquellos de los que depende para la difusión de sus ideas. Al mismo tiempo, necesitará evitar con mucho cuidado cualquier cosa que asemeje extravagancia o exageración. Así como no se sabe de ningún teórico socialista que se haya desacreditado a sí mismo ante sus colegas ni por la más tonta de las propuestas, el liberal anticuado se condenará a sí mismo por una propuesta impracticable. Sin embargo, para los intelectuales él no será ni suficientemente arriesgado ni especulativo y los cambios y mejoras de la estructura social que tenga que ofrecer parecerán limitados en comparación con lo que su imaginación menos limitada conciba.

Al menos en una sociedad en la que los principales requisitos de libertad ya se han logrado y las mejoras posteriores han de tener que ver con aspectos de detalle comparativo, el programa liberal no puede tener nada del brillo de una nueva invención. La apreciación de las mejoras que tiene que ofrecer requiere un conocimiento mayor acerca del funcionamiento de la sociedad existente del que posee el intelectual medio. El análisis de estas mejoras debe continuar a un nivel más práctico que el de los programas más revolucionarios, dando así un aspecto poco atractivo para el intelectual y tendiendo a atraer elementos hacia los que él se siente directamente antagonista. Aquellos que conocen mejor el funcionamiento de la sociedad actual también suelen estar interesados en la conservación de rasgos particulares de esa sociedad que puede no ser defendible sobre los principios generales. A diferencia de la persona que busca un orden futuro enteramente nuevo y que busca orientación de forma natural en el teórico, los hombres que creen en el orden existente también suelen pensar que lo entienden mucho mejor que cualquier teórico y, por consiguiente, tienden a rechazar todo lo que no les resulta familiar o es teórico.

La dificultad de encontrar un apoyo real y desinteresado para una política sistemática de la libertad no es nueva. En un texto que con frecuencia me ha recordado la recepción de un reciente libro mío,4 Lord Acton describía hace tiempo cómo «[en] todas las épocas los amigos sinceros de la libertad han sido escasos y sus triunfos se han debido a las minorías, que han prevalecido al asociarse con auxiliares cuyos objetivos diferían de los suyos propios; y esta asociación, que siempre es peligrosa, a veces ha sido desastrosa, al dar a los oponentes una razón para oponerse...». Más recientemente, uno de los más distinguidos economistas americanos vivos [Frank H. Knight] se ha quejado en una línea similar de que la principal tarea de aquellos que creen en los principios básicos del sistema capitalista con frecuencia consiste en defender este sistema contra los propios capitalistas —realmente los grandes economistas liberales desde Adam Smith hasta hoy siempre han sabido esto.

El obstáculo más importante que separa a los hombres prácticos que tienen la causa de la libertad genuinamente en el corazón de aquellas fuerzas que en la esfera de las ideas deciden el curso de la evolución es su profunda desconfianza de la especulación teórica y su tendencia a la ortodoxia; esto más que ninguna otra cosa crea una barrera infranqueable entre ellos y los intelectuales que se dedican a la misma causa y cuya ayuda es indispensable para que la causa perdure. Aunque tal vez sea natural esta tendencia entre los hombres que defienden un sistema porque ha quedado justificado en la práctica, y para los que la justificación intelectual parece indiferente, es fatal para su supervivencia porque le priva del apoyo que más necesita. La ortodoxia de cualquier tipo, cualquier pretensión de que un sistema de ideas es definitivo y debe aceptarse globalmente sin cuestionarlo, es la única postura que forzosamente suscita el antagonismo de todos los intelectuales, cualquiera que sea su opinión sobre temas determinados. Cualquier sistema que juzgue a los hombres por la plenitud de su conformidad con un conjunto dado de opiniones, por su «solidez» o la amplitud en que se pueda confiar que mantendrán opiniones aprobadas acerca de todos los temas, carece de aquel apoyo sin el que ningún conjunto de ideas puede mantener su influencia en la sociedad moderna. La capacidad para criticar puntos de vista admitidos, para explorar nuevas perspectivas y para experimentar con nuevos conceptos proporciona un ambiente sin el que el intelectual no puede respirar. Una causa que no posea estas características no puede recibir su apoyo y está por tanto condenada en cualquier sociedad que, como la nuestra, descanse sobre sus servicios.

Puede ser que una sociedad libre como la que nosotros hemos conocido lleve en sí misma las fuerzas de su propia destrucción, que una vez que la libertad se haya conseguido se dé por sentada y deje de ser valorada y que el libre crecimiento de las ideas que es la esencia de una sociedad libre conlleve la destrucción de los cimientos sobre los que se asienta. No cabe duda de que en países como los Estados Unidos el ideal de libertad tiene hoy menos atractivo real para los jóvenes del que tiene en países en los que han aprendido lo que significa perderla. Por otra parte, se dan todos los síntomas de que en Alemania y en otros lugares la tarea de construir una sociedad libre para los jóvenes que no la han conocido puede resultar tan emocionante y fascinante como cualquier esquema socialista de los que han surgido en los últimos cien años.

Un hecho sorprendente, aunque lo han experimentado muchos visitantes, es que al hablar con estudiantes alemanes acerca de los principios de una sociedad liberal uno se encuentra con una audiencia más interesada y más entusiasta incluso de lo que podría esperarse encontrar en cualquiera de las democracias occidentales. En Gran Bretaña también ya está surgiendo entre los jóvenes un nuevo interés por los principios del verdadero liberalismo que desde luego no existía hace unos años.

¿Significa esto que la libertad se valora sólo cuando se ha perdido, que el mundo debe pasar en todas partes por una fase oscura de totalitarismo socialista antes de que las fuerzas de la libertad puedan reunir fuerzas de nuevo? Puede que así sea, pero espero que no tenga que ser así. Por tanto, mientras la gente que durante mucho tiempo determina la opinión pública continúe siendo atraída por los ideales del socialismo, la tendencia proseguirá. Si hemos de impedir esa evolución, tendremos que ser capaces de ofrecer un nuevo programa liberal que despierte la imaginación. Una vez más tenemos que hacer de la edificación de la sociedad libre una aventura intelectual, un acto de valor. Lo que nos falta es una utopía liberal, un programa que no parezca ni una defensa de las cosas tal y como son ni una especie de socialismo diluido, sino un radicalismo verdaderamente liberal que no se arredra ante las susceptibilidades de los poderosos (incluidos los sindicatos), que no es tan excesivamente práctico que se limite a lo que hoy parece políticamente posible. Necesitamos dirigentes intelectuales que estén preparados para resistir a las lisonjas del poder y que deseen trabajar por un ideal por muy pequeñas que sean las perspectivas de conseguirlo enseguida. Deben ser hombres que deseen ajustarse a los principios y luchar por su plena realización por muy remota que esté. Los compromisos prácticos deben dejárselos a los políticos. El libre comercio o la libertad de oportunidades son ideales que tal vez aún estimulen la imaginación de muchos, pero una mera «libertad razonable de comercio» o una mera «relajación de los controles» no son ni respetables intelectualmente ni parece que inspiren ningún entusiasmo.

La principal lección que el verdadero liberal debe aprender del éxito de los socialistas es que fue su valor para ser utópicos lo que les valió el apoyo de los intelectuales y, por tanto, una influencia sobre la opinión pública que está haciendo posible cada día lo que hasta hace poco parecía totalmente remoto. Quienes se han interesado exclusivamente por lo que parecía viable de acuerdo con el estado de opinión existente han encontrado constantemente que incluso esto se ha convertido rápidamente en políticamente imposible como resultado de los cambios en una opinión pública que ellos no han hecho nada por guiar. A menos que podamos hacer, una vez más, de los cimientos filosóficos de una sociedad libre un tema intelectual vivo y de su puesta en práctica una tarea que rete a la inventiva y a la imaginación de nuestras mentes más vivas, las perspectivas de libertad serán realmente sombrías. Pero si podemos recuperar esa fe en el poder de las ideas que fue la enseña del liberalismo en su mejor momento, la batalla no estará perdida. El renacimiento intelectual del liberalismo está en marcha en muchas partes del mundo. ¿Está aún a tiempo?

  • 1. Así, pues, no fue (como sugería un recensor de The Road to Serfdom, el Profesor J. Schumpeter) «la cortesía ante una falta» sino la profunda convicción de la importancia de esto lo que me hizo, en palabras del profesor Schumpeter, «atribuir rara vez a los opositores nada que estuviera más allá del error intelectual».
  • 2. Otro fenómeno conocido se relaciona con esto: hay pocas razones para creer que la capacidad del intelectual de primera clase para el trabajo original sea más infrecuente entre gentiles que entre judíos, y sin embargo no cabe duda de que casi en todas partes los hombres de raza judía constituyen un número desproporcionadamente grande de intelectuales en el sentido en que nosotros lo usamos, es decir de las filas de los intérpretes profesionales de ideas. Puede que éste sea su don especial y ciertamente es su principal oportunidad en países en los que el prejuicio pone obstáculos en su camino en otros campos. Seguramente ellos son mucho más receptivos hacia las ideas socialistas que la gente de otras razas porque constituyen una parte muy grande de los intelectuales.
  • 3. El ejemplo reciente más deslumbrante de tal condena como «socialista» de una obra liberal un tanto fuera de la ortodoxia lo han proporcionado algunos comentarios sobre el folleto del fallecido Henry Simon Economic Policy for a Free Society (Chicago: University of Chicago Press, 1948). No es preciso estar de acuerdo con la totalidad de la obra e incluso podemos considerar algunas de las propuestas que se hacen en ella como incompatibles con una sociedad libre, y aun así considerar la obra como una de las aportaciones más importantes realizadas en época reciente a nuestro problema y como justo el tipo de obra que hace falta para iniciar el análisis de los temas fundamentales. Incluso aquellos que estén en radical desacuerdo con algunas de sus propuestas deberían darle la bienvenida como aportación que suscita clara y valerosamente los problemas centrales de nuestro tiempo.
  • 4. Acton, The History of Freedom, Londres, 1922.
Author:

Friedrich A. Hayek

F. A. Hayek (1899–1992) is undoubtedly the most eminent of the modern Austrian economists, and a founding board member of the Mises Institute. Student of Friedrich von Wieser, protégé and colleague of Ludwig von Mises, and foremost representative of an outstanding generation of Austrian School theorists, Hayek was more successful than anyone else in spreading Austrian ideas throughout the English-speaking world. He shared the 1974 Nobel Prize in Economics with ideological rival Gunnar Myrdal "for their pioneering work in the theory of money and economic fluctuations and for their penetrating analysis of the interdependence of economic, social and institutional phenomena."  Among mainstream economists, he is mainly known for his popular The Road to Serfdom  (1944).

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Getty
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