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Si una economía pura de mercado es tan buena, ¿por qué no existe?

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08/20/2019Edward StringhamJeffrey Rogers Hummel

Si una economía pura de mercado es tan buena, ¿por qué no existe? Si el Estado es tan malo ¿por qué son predominantes hoy en todo el mundo? En realidad, ¿se va a producir alguna vez una adopción extendida de los mercados libres?

Muchos autores recientes, incluyendo a Tyler Cowen,1 Cowen y Daniel Sutter,2 Randall G. Holcombe3 y Andrew Rutten,4 cuestionan la viabilidad de una sociedad libertaria pura.5 Mantienen que un sistema así no puede aparecer o mantenerse porque siempre existirán tanto el incentivo como la capacidad de usar la fuerza contra otros. Estos autores ofrecen varias razones por las que, incluso si una sociedad empezara en un mundo libertario perfecto sin estados (como defienden Murray Rothbard y otros),6 los grupos en competencia acabarían formando un Estado coactivo.

Si tenemos suerte, no sería demasiado diferente de lo que hoy tenemos, pero podría ser aún peor. El gobierno puede no ser justo o deseable, pero «el Estado es inevitable».7 Aunque estas objeciones se han dirigido específicamente contra ideas libertarias radicales, se aplican más ampliamente y son relevantes para el asunto general del cambio social.

Creemos que el marco neoclásico de la mayoría de estos autores, particularmente Holcombre, Cowen y Sutter, les hace olvidar la que tal vez sea la fuerza motriz más importante del cambio social. Cuando analizamos por qué elige la gente, los economistas distinguen entre preferencias e incentivos de la gente. Aún así, cuando consideramos formas de alterar el comportamiento, casi todos los economistas limitan su enfoque exclusivamente a los incentivos. Se ignora el cambio de preferencias como opción en el punto de vista neoclásico estricto.8

Este marco limitado se encuentra en todos los economistas neoclásicos, desde los defensores de un cambio radical, como David Friedman,9 a quienes aceptan el statu quo, como George Stigler.10 Una buena parte del programa de la economía normativa de la elección pública y constitucional es construir «instituciones a prueba de bellacos» que sean inmunes ante gente actuando como el «hombre económico oportunistamente racional».11

Aunque la mayoría de los economistas neoclásicos están dispuestos a discutir el cambio de incentivos mediante limitaciones, creemos que cambiar los incentivos no es la única forma de alterar el comportamiento de la gente y puede que no siempre sea la forma más fácil de hacerlo. Pensemos en la campaña del Estado contra el tabaco. No sólo el Estado intenta cambiar los incentivos con mayores impuestos, sino también intenta cambiar las preferencias convenciendo a la gente de que fumar no es algo bueno.

Como defensores de una sociedad de laissez-faire, difícilmente apoyaremos esta campaña, pero sirve de ejemplo de cómo los defensores del cambio se centran en incentivos y preferencias en lugar de sólo en los incentivos. Los libertarios que se oponen a los impuestos a los cigarrillos pero también desean que fume menos gente reconocen fácilmente que deben confiar en campañas educativas dirigidas a las preferencias de los fumadores.12

Además, incluso si los economistas políticos quieren cambiar los incentivos de la gente, para hacer esto necesitan cambiar políticas o instituciones y sólo pueden hacerlo cambiando antes las preferencias de la gente acerca de las instituciones. Salvo que reduzcamos simplistamente toda la historia a un modelo determinista en el que todo cambio institucional deriva solamente de cambios en las limitaciones externas (pensemos, por ejemplo, en Avner Greif,13 o, con mayor sofisticación y amplitud, en Douglass North, John Joseph Wallis y Barry R. Weingast14), los economistas políticos deben recurrir a preferencias para explicar el cambio social. Holcombe, Cowen y Sutter eluden cualquier consideración de ideología y otros factores que puedan afectar a las preferencias, pero creemos que el cambio social sin cambiar las preferencias es una ilusión.

La historia ofrece muchos ejemplos en los que las preferencias de gente suficiente cambiaron tanto como para que se produjeran cambios significativos en las políticas. Al eliminar este corsé analítico impuesto por la economía neoclásica, los economistas podrían haber tenido mucho más que ofrecer acerca de cómo mejorar el mundo. No estamos diciendo que el libertarismo requiera convencer al 100% de la gente para que apoye una sociedad libre. En su lugar, siguiendo a Murray Rothbard,15 decimos que el libertarismo (o cualquier otro sistema) requiere el apoyo de cierta masa crítica. Cuando gente suficiente apoye una sociedad libre y retire su apoyo a los gobiernos, la capacidad de los pretendidos depredadores de crear un Estado disminuirá.

Argumentos para el pesimismo

¿Por qué podría adoptarse una opinión pesimista acerca de la posibilidad de un cambio social hacia una economía pura de mercado? Las razones son distintas, pero centrémonos en el pesimismo de dos economistas liberales clásicos que han publicado una serie de artículos sobre este asunto. Cowen y Sutter es la última contribución a una serie de escritos relacionados con la viabilidad de una sociedad libre del estado.16 Mucho de su razonamiento se aplica también a mercados libres más limitados. Los argumentos iniciales para el pesimismo están en Cowen,17 que mantiene que, sin un monopolio del gobierno del uso de la fuerza, los grupos en competencia que puedan cooperar para resolver disputas pueden asimismo coordinarse para ejercer la coacción.

Cowen y Sutter continúan con la afirmación más general de que los mismos factores, como la cooperación, que podrían hacer posible una sociedad libertaria también pueden hacer probable el Estado.18 Cowen y Sutter resumen

Si la sociedad civil puede usar normas para aplicar soluciones cooperativas, la misma sociedad será propensa a cierto tipo de cárteles. En otras palabras, las características sociales que promueven la cooperación producirán malos resultados igual que buenos resultados. Por ofrecer un ejemplo sencillo, los nazis confiaban en la cooperación además de en sus evidentes elementos coactivos para perpetrar su crímenes. La capacidad de organización es por tanto una bendición mixta.19

El ejemplo nazi debería haber alertado a Cowen y Sutter sobre el papel crucial de la ideología. En su lugar, concluyen que una sociedad libertaria es improbable que sobreviva a causa de una «paradoja de la cooperación». Alguna gente sería capaz de cooperar lo suficiente como para amenazar a otros con el gobierno o la fuerza privada. Cowen y Sutter consideran a este problema como una característica prácticamente inevitable de una sociedad sin Estado.

Algunos autores han cuestionado las afirmaciones de Cowen y Sutter acerca de que las redes de industrias generen cárteles,20 pero los autores replican que los cárteles son posibles en redes de industrias que usen la fuerza.21 Argumentan que incluso si la mayoría de la gente fuera pacífica, los grupos más poderosos podrían amenazar a otros, que tendrían pocas oportunidades, salvo someterse.

Representan este escenario usando una sencilla teoría de juegos. Aunque las víctimas estarían mejor no siendo tales, están mejor sometiéndose que peleando, porque las confrontaciones son onerosas. Probablemente por esto la mayoría de la gente paga al atracador o al recaudador aunque prefieran no hacerlo: perder su dinero es mejor que buscar la confrontación y potencialmente perder su vida.

Como evidencia de que siempre alguien amenazará y siempre alguien se someterá, Cowen y Sutter apuntan la existencia de gobiernos en todo el globo:

Debemos tomar en serio el hecho de que existen Estados en todo el mundo, para lo bueno o para lo malo. (…) La historia demuestra «cooperar para coaccionar» es algo relativamente fácil de hacer, independientemente de camino exacto hasta ese estado final de cosas.22

Esta posición es similar a la de autores que escriben siguiendo la tradición de la elección pública, incluyendo a Holcombe y Rutten, que argumentan que necesariamente persistirá alguna forma de coacción.23

En términos nada dudosos, Holcombe escribe: «Sin gobierno (o incluso con un gobierno débil), los grupos depredadores se impondrían al pueblo por la fuerza y crearían un gobierno para extraer ingresos y riqueza de estos súbditos», concluyendo que «el gobierno es inevitable».24 En una línea similar, Cowen escribe «Una anarquía ordenada implica una anarquía colusiva», diciendo que «la ideología libertaria no ofrece una salvaguarda contra la aparición del Estado».25

Más recientemente, Cowen ha acuñado lo que llama la «paradoja del libertarismo», que esencialmente mantiene que el éxito libertario puede haber contribuido a un mayor gobierno. Los cambios en las políticas gubernamentales en las últimas décadas se han movido en sentido libertario, generando «mucha mayor riqueza y mucha mayor libertad», lo que, paradójicamente, ha aumentado la demanda pública de Estado.26

Para todos estos autores, los libertarios están en un punto muerto. Incluso si la gente reconociera que los mercados son buenos y la coacción mala, siempre alguien intentaría utilizar al gobierno coactivo porque le interesa hacerlo. Estos críticos podrían calificarse como admiradores pesimistas del libertarismo. Las ideas libertarias son buenas,pero imposibles en la práctica.

Argumentos contra el pesimismo

Perdónennos por citar favorablemente a un político y un general, pero como dijo Dwight D. Eisenhower, «El pesimismo nunca ganó ninguna batalla». Sólo porque el libertarismo aún no haya triunfado completamente en ningún lugar en el mundo no significa que sea inútil luchar por él. El análisis de Cowen y Sutter olvida notablemente la importancia de la ideología y la opinión pública como limitaciones al gobierno.

Dentro de ciertas suposiciones estrechas, los análisis de Cowen y Sutter de 2005 y de Cowen en 2007 no llegan a garantizar la existencia del gobierno. En Cowen y Sutter, las recompensas por usar la coerción son positivas porque no hay limitaciones externas, y en Cowen, el gobierno se hace más popular a medida que aumentan los ingresos. Pero si las suposiciones son distintas, las recompensas predichas son diferentes y la «inevitabilidad» del estatismo se convierte en «inevitable» sólo bajo ciertas condiciones.

El problema es más crudo en el artículo más reciente de Cowen, en el que toma las opiniones políticas actuales como fijas y asume que la mayoría considera al gobierno como un bien normal igual que muchos otros. En este mundo actual, eso puede ser verdad. Pero supongamos que los defensores de los mercados libres tengan razón en que los mercados son más civilizados y humanos27 y que el punto de vista más sofisticado y cultivado sea apoyar la libertad por encima de la coacción. Es una cuestión abierta, pero a medida que aumentan los ingresos de las personas y se educan mejor, es probable que puedan convertirse en menos estatistas.28 Bajo estas circunstancias, el estatismo no sería un bien normal, sino un bien inferior.

O consideremos la suposición de Cowen y Sutter acerca de las recompensas positivas de la coacción. En el mundo actual, no se necesita mirar más allá de lo muchos funcionarios ricos en todo el orbe para ver esta verdad. Pero las recompensas son al menos parcialmente una función de las instituciones y difícilmente son constantes todo el tiempo. Alterar las instituciones puede alterar el nivel e incluso la categoría de las recompensas.

Además, el nivel de las recompensas no es la única consideración relevante a la luz de la naturaleza subjetiva de las preferencias de la gente. La clasificación subjetiva de las recompensas puede cambiar con las preferencias. Supongamos que se aplicara sobre la coacción alguna limitación externa ideológica, incluida en un código legal ampliamente reconocido. Si estas limitaciones fueran suficientemente importantes, incluso quienes pretendan ser oportunistas declinarían usar la coacción.

Cowen y Sutter podrían contestar que al suponer la inexistencia de gobierno ya han especificado las limitaciones institucionales relevantes. Pero los distintos regímenes legales que las sociedades sin estado han mostrado a lo largo de la historia desmienten esta afirmación. Cowen rechaza de principio «confiar sólo en la ideología libertaria para defender la supervivencia de la anarquía» como un «deus ex machina».29 Pero Cowen y Sutter admiten que «la eficacia cooperativa se refiere sólo a la capacidad de una comunidad de unirse en una acción colectiva; la selección de proyectos a realizar es una cuestión distinta».30 En otras palabras. Puede concebirse que la gente pueda cooperar para alcanzar bienes o males públicos. Los nazis buscaban males públicos, pero este resultado no es universal.

¿Qué factores influyen en una mezcla de bienes y males públicos en una sociedad? De acuerdo con Cowen y Sutter, esta «cuestión distinta» la deciden los «líderes y funcionarios de la comunidad» basándose en qué proyectos «se ajustan a sus propios intereses». Entonces, ¿qué determina sus intereses? Aquí volvemos implícitamente a las instituciones y la ideología, salvo que Cowen y Sutter quieran cambiar la ideología por el deus ex machina de las preferencias de los líderes y los funcionarios.

Otro ejemplo sorprendente de cómo entra implícitamente la ideología en el análisis de los economistas neoclásicos, a pesar de sus esfuerzos por dejarla fuera, proviene de un crítico de Cowen. Friedman, en su clásico escrito a favor del anarquismo, proyecta un orden polilegal en el que tribunales y policías en competencia aplican distintos códigos legales que compiten como «marcas de coches».31 Estos códigos legales no tienen por qué ser libertarios en opinión de Friedman, aunque argumenta que la ley no libertaria será más cara de aplicar que la libertaria. Por tanto, el propio interés tendería a inclinar el anarquismo polilegal hacia resultados libertarios.

Pero advirtamos que los tribunales y policías privados de Friedman obedecen al menos una ley universal, a pesar de no conseguir reconocerla. Ninguno de ellos recauda impuestos. De otra forma, su sistema se desmorona en la anarquía internacional que vemos hoy en el mundo. ¿Cómo podría aparecer esa limitación uniforme contra los impuestos excepto mediante una aversión ideológica a los impuestos ampliamente apoyada?

¿Podrían las preferencias cambiar alguna vez tanto como para que la gente reclame menos estado y más restricciones al gobierno? Si adoptamos las suposiciones estrechas neoclásicas de la elección pública de Cowen y Sutter, le respuesta probablemente será «no», pues las preferencias son estáticas en modelos neoclásicos estrictos. Pero esta posición olvida dos hechos importantes acerca del mundo, a saber, que la opinión pública cambia a menudo y que la opinión pública sí importa.

Caplan y Stringham contrastan la opinión ortodoxa de la elección pública de que los intereses gobiernan el mundo con las de Ludwig von Mises y Frédéric Bastiat, que creían que las ideas gobiernan el mundo. De acuerdo con la opinión de Mises-Bastiat, los gobiernos son capaces de zafarse sólo porque tienen el apoyo de suficientes personas. Las malas políticas persisten sólo porque el votante mediano las prefiere.32

Pero la demanda actual de malas políticas no implica su inevitabilidad más de lo que la demanda actual de automóviles Ford implique que Ford mantendrá por siempre su actual cuota de mercado. Si pueden cambiarse las preferencias de la gente, entonces el gran gobierno no es necesariamente algo que la gente siempre demandará. Esto es importante porque si suficiente gente abandona su apoyo a las diversas políticas de gran gobierno, entonces el estado lo pasará mal para imponer sus políticas a las masas que no las desean. Como han argumentado Rothbard,33 Jeffrey Rogers Hummel34 y otros, los funcionarios obtienen lo que el pueblo les deja.

Aquí reside la clave para cambiar la sociedad: en cambiar la opinión pública o las preferencias de la gente hacia el Estado. Y la única forma en que es probable que la gente cambie sus preferencias es a través de la educación y la persuasión: la fuerza es ineficaz. Por esto los economistas libertarios de distintos tipos creen que la educación económica desempeña un papel tan crucial.

La mayoría de la opinión pública apoya distintas políticas públicas porque realmente cree que el gobierno necesita resolver problemas sociales. Sólo raramente consideran la posibilidad de que el gobierno pueda ser la causa de los problemas o de su empeoramiento.35 Tampoco consideran la posibilidad de que la acción voluntaria pueda ser capaz de resolver muchos de los supuestos fallos del mercado.

Si los mercados libres pueden hacer maravillas, como creen los economistas libertarios,36 entonces no hay razón inherente por la que la opinión pública necesite demandar eternamente o incluso tolerar al estado. Frédéric Bastiat mantiene que a la opinión pública general se le ha vendido un derecho a los bienes.37 Se ha persuadido a la opinión pública para que crea en la necesidad de una intervención del gobierno en muchas áreas.

Aún así, si los economistas del libre mercado se abrieran camino, la gente creería otra cosa y se comportaría de otra forma. Cuando apareciera un problema, la gente no se dirigiría inmediatamente al estado para que lo solucionara. Cuando el estado tratara de adoptar nuevos papeles la gente saltaría. Un pequeño grupo de personas podría tratar de usar la fuerza para imponer su voluntad, pero sin un apoyo o aceptación general por la opinión pública, esa minoría tendría muy difícil seguir adelante.38 Como escribe Rothbard, «Desaparecerían las ropas del emperador de la supuesta preocupación altruista por el bienestar común».39

A cierto nivel, nuestro argumento parece evidentemente cierto. Como nos escribió uno de nuestros colegas asociados con la Review of Austrian Economics, «la tesis central del escrito es que la anarquía libertaria prevalecería donde todos sean anarquistas libertarios. Esto es indiscutible». Aún así, como hemos demostrado, realmente es algo polémico. Las objeciones de quienes cuestionan la viabilidad o estabilidad de una sociedad libre del estado (frente a su atractivo) se basan todas en el rechazo implícito o explícito del tópico de que las ideas tienen consecuencias.

Probablemente toda sociedad tendrá siempre alguna gente que quiera usar la fuerza. Pero creemos que la gente sólo puede utilizar la fuerza a gran escala si está apoyada por suficiente gente. Sin un apoyo extendido, la capacidad de crear Estados disminuye.

Si quienes piensan que una sociedad libertaria es inalcanzable abandonan realmente la idea de que las preferencias están fijadas eternamente, su única alternativa es invocar el problema de los bienes públicos o una de sus muchas variantes, como el dilema del prisionero o la dependencia del camino. Pero esto genera una objeción completa de todos los tipos de mejora en política.

Aun así, la historia está llena de ejemplos en los que movimientos de masas con espíritu público superan los incentivos del free-rider para alcanzar victorias significativas contra el poder del estado (…). El Premio Nobel Douglass C. North ha observado que «la observación casual (…) confirma el enorme número de casos en los que se produce la acción de un grupo grande y resulta ser una fuerza fundamental para el cambio».40 Una vez que reconocemos que la gente no siempre se comporta siguiendo su estrecho interés propio, que algunas veces (si no siempre) es capaz de mostrar un altruismo ideológico o de trabajar para alcanzar objetivos cuya recompensa material no les compensa totalmente sus esfuerzos, que en un mundo las preferencias son realmente flexibles, entonces el poder de las ideas se hace predominante, como han apuntado con detalle Hummel, Caplan y Stringham, Higgs y North.

Así que el factor definitivo en esta visión del mundo es la opinión pública. Cuanta más gente adopte una cultura de empresa, más posible es que se genere un sistema de mercados libres. ¿Es inevitable el mundo en el que la mayoría de la gente apoye una economía pura de mercado, como se deduce del argumento de Fukuyama de la inevitabilidad de la democracia liberal?41 No creemos que ningún mundo sea inevitable, pero creemos que es indudablemente posible cambiar las preferencias para apoyar una economía pura de mercado.

[Extraído de «If a Pure Market Economy Is So Good, Why Doesn’t It Exist?», Quarterly Journal of Austrian Economics, Verano de 2010]

  • 1. Tyler Cowen, «Law as a Public Good: The Economics of Anarchy», Economics and Philosophy, vol. 8 (1992), pp. 249-267 y «Rejoinder to David Friedman on the Economics of Anarchy», Economics and Philosophy, vol. 10 (1994), pp. 329-332.
  • 2. Tyler Cowen y Daniel Sutter, «The Costs of Cooperation», Review of Austrian Economics, vol. 12 (1999), pp. 161-173. y «Conflict, Cooperation and Competition in Anarchy», Review of Austrian Economics, vol. 18, nº 1 (2005), pp. 109-115.
  • 3. Randall G. Holcombe, «Government: Unnecessary but Inevitable», Independent Review, vol. 8 (2004), pp. 325-342; «Is Government Inevitable? Reply to Lesson and Stringham», Independent Review, vol. 9, nº 4 (2005), pp. 551-557 e «Is Government Really Inevitable?» Journal of Libertarian Studies, vol. 21, nº 1 (2007), pp. 41-48.
  • 4. Andrew Rutten, «Can Anarchy Save Us from Leviathan?» Independent Review, vol. 3 (1999), pp. 581-593.
  • 5. Para una visión general de una economía libertaria o libre de estado pura, ver Murray Rothbard, For a New Liberty: Libertarian Manifesto (San Francisco: Fox and Wilkes, 1996) y Edward Stringham, ed., Anarchy and the Law: The Political Economy of Choice (Somerset, N.J.: Transaction Publishers, 2007).
  • 6. Ver Rothbard, For a New Liberty.
  • 7. Holcombe, «Government: Unnecessary but Inevitable», p. 333. Rothbard apuntaba en For a New Liberty que «Es particularmente importante para el Estado hacer que su gobierno parezca inevitable: incluso si no gusta su reinado, como suele pasar, encontrará la resignación pasiva expresada en la dupla familiar de ‘muerte e impuestos’» (p. 70).
  • 8. Murray N. Rothbard, «Toward a Reconstruction of Utility and Welfare Economics», en On Freedom and Free Enterprise: Essays in Honor of Ludwig von Mises, ed. Mary Sennholz (Princeton, N.J.: Van Nostrand Company, 1956).
  • 9. David Friedman, The Machinery of Freedom: Guide to a Radical Capitalism, 2ª ed. (La Salle, Ill.: Open Court, 1989).
  • 10. George Stigler, The Economist As Preacher and Other Essays (Chicago: University of Chicago Press, 1982). Publicada en España como El economist como predicar y otros ensayos (Barcelona: Ediciones Folio, 1997).
  • 11. Hartmut Kliemt, «Public Choice from the Perspective of Philosophy», en Friedrich Schneider, ed., The Encyclopedia of Public Choice (Nueva York: Kluwer, 2004), pp. 235-244. Además de los economistas de la elección pública, otros que buscan formas de restringir las instituciones políticas incluyen a Russell Hardin, Liberalism, Constitutionalism, and Democracy (Oxford: Oxford University Press, 1999), Douglass C. North, Institutions, Institutional Change and Economic Performance (Cambridge, Mass.: Cambridge University Press, 1990) y Barry R. Weingast, ·The Economic Role of Political Institutions: Market Preserving Federalism and Economic Development», Journal of Law, Economics, and Organization, vol. 11 (1995), pp. 1-31. Nuestra postura es más fundamental, porque cuestionamos si las reglas constitucionales o las estructuras políticas pueden restringir significativamente al Estado. Como escribe Gordon Tullock, «La opinión de que el Estado puede limitarse por provisiones concretas es ingenua. Alguien debe aplicar esas provisiones y sea quien sea el que las aplique no está limitado». Para más sobre esto, ver Andrew Farrant, «Robust Institutions: The Logic of Levy?» Review of Austrian Economics, vol. 17 (2004), pp. 447-451. Defendemos que en definitiva la única restricción aplicable al Estado es la ideología, es decir, las preferencias de la opinión pública.
  • 12. Un economista neoclásico que analice la campaña contra el tabaco debería intentar rescatar la suposición de preferencias constantes basándose en la explicación de Gary Becker de los «bienes Z». Ver Gary Becker, «A Theory of the Allocation of Time», Economic Journal, vol. 75, nº 299 (1965), pp. 493-508. Los cigarrillos, en lugar de ser tratados como un bien de consumo final (bien X) podrían ser analizados como una entrada para lo que Becker llama los bienes Z, que requieren otros bienes para que los produzca una familia. Por ejemplo, una comida en un bien Z que requiere diversos ingredientes. Ver Robert B. Eklund, Robert F. Hébert y Robert D. Tollison, The Marketplace of Christianity (Cambridge, Mass.: MIT Press, 2006). Si suponemos que los fumadores tienen información imperfecta acerca de los efectos de fumar, podríamos analizar los anuncios contra el tabaco como algo que simplemente proporciona información adicional acerca de los efectos de fumar, una de las múltiples entradas en el bien Z de la relajación. En este caso, el cambio de comportamiento no se produce por ningún cambio en las preferencias. Igualmente podríamos analizar el libertarismo como una entrada para el bien Z de llevar una buena vida. Así, informar a la gente acerca de los beneficios y costes de los mercados frente al gobierno simplemente les ayuda a ver los verdaderos costes de los bienes de entrada. En su extremo, este marco neoclásico elimina cualquier cambio de preferencia definiendo como constante la función de utilidad del individuo. Aunque resulte una estratagema filosófica intrigante, encontramos a esta definición tautológica de la utilidad aún menos útil para entender el mundo real que la definición tautológica del propio interés que conlleva cada acción, no importa lo altruista que parezca. (Además, la afirmación de que los consumidores no saben lo que es mejor para ellos contradice la suposición estrictamente neoclásica de información perfecta). Preferimos confiar en las palabras del lenguaje diario. En todo caso, redenominar un cambio de preferencia como información mejorada que cambia los incentivos no disminuye el poder de nuestra argumentación. Queda un distinción, como quiera que la llamemos, entre alterar directamente las consecuencias de una acción y alterar la percepción de las consecuencias para un individuo. Los economistas neoclásicos casi invariablemente limitan sus análisis a la aproximación directa.
  • 13. Avner Greif, Institutions and the Path to the Modern Economy: Lessons from Medieval Trade (Cambridge: Cambridge University Press, 2006).
  • 14. Douglass C. North, John Joseph Wallis y Barry R. Weingast, Violence and Social Orders: A Conceptual Framework for Interpreting Recorded Human History (Cambridge: Cambridge University Press, 2009).
  • 15. Murray N. Rothbard, Four Strategies for Libertarian Change (Londres: Libertarian Alliance, 1989).
  • 16. Cowen y Sutter, «Conflict, Cooperation and Competition in Anarchy».
  • 17. Cowen, «Law as a Public Good» y «Rejoinder to David Friedman».
  • 18. Cowen and Sutter, «The Costs of Cooperation».
  • 19. Cowen and Sutter, «Conflict, Cooperation and Competition in Anarchy», p. 109.
  • 20. David Friedman respondía al artículo inicial de Cowen («Law as a Public Good») en «Law as a Private Good: A Response to Tyler Cowen on the Economics of Anarchy», Economics and Philosophy, vol. 10 (1994), pp. 319-327, mientras que Bryan Caplan y Edward P. Stringham respondían, en «Networks, Law, and the Paradox of Cooperation», Review of Austrian Economics, vol. 16, nº 4 (2003), pp. 309-326, al ultimo trabajo de Cowen y Sutter («The Costs of Cooperation»). Caplan y Stringham apunta que solo porque la gente pueda cooperar hasta cierto punto no significa que puedan operar en secreto en todos los límites. Por ejemplo, los bancos pueden coordinarse para hacer sus tarjetas de débito aceptables para otros bancos, pero les sería mucho más difícil ponerse de acuerdo en tipos de interés.
  • 21. Cowen y Sutter, «Conflict, Cooperation and Competition in Anarchy».
  • 22. Ibíd., p. 113.
  • 23. Para un visión general de los argumentos de la elección pública acerca de la anarquía, ver Edward Stringham, ed., Anarchy, State, and Public Choice (Cheltenham: Edward Elgar, 2005). Para respuestas a «Government: Unnecessary but Inevitable», de Randall Holcombe, ver Peter T. Leeson y Edward P. Stringham, «Is Government Inevitable? Comment on Holcombe’s Analysis», Independent Review, vol. 9, nº 4 (2005), pp. 543-549; Walter Block, «Government Inevitability: Reply to Holcombe», Journal of Libertarian Studies, vol. 19, no. 3 (2005), pp. 71-93 y Randall G. Holcombe, «Is Government Inevitable? Reply to Lesson and Stringham» y «Is Government Really Inevitable?»
  • 24. Holcombe, «Government: Unnecessary but Inevitable», p. 326.
  • 25. Cowen, «Law as a Public Good», pp. 252, 261.
  • 26. Tyler Cowen, «The Paradox of Libertarianism», Cato Unbound (11 de marzo de 2007). Cowen no especifica si el resultante crecimiento del Estado es meramente per cápita o como porcentaje de la producción total y tal vez sea injusto por nuestra parte esperar demasiado rigor en un comentario popular en línea. Pero en una economía en crecimiento, el tamaño del Estado puede estar aumentando per cápita y aún así disminuir en relación con el tamaño de la economía. Si por otro lado, Cowen está resucitando la cansina afirmación progresista del siglo XX de que el gobierno debe crecer como un porcentaje del PIB a medida que la economía se hace más grande y más compleja, esta afirmación parece ser empíricamente dudosa en Estados Unidos, al menos al observar las tendencias seculares del periodo al que se refiere, es decir, las últimas décadas.
  • 27. Ver Wilhelm Röpke, A Humane Economy (Chicago: Henry Regnery, 1960).
  • 28. Ver Bryan Caplan, «How Economists Misunderstand Voters, and Why Libertarians Should Care», Independent Review, vol. 5, nº 4 (2001), pp. 539-563.
  • 29. Cowen, «Law as a Public Good», p. 251.
  • 30. Cowen and Sutter, «The Costs of Cooperation», p. 165. Itálicas añadidas.
  • 31. Friedman, The Machinery of Freedom, p. 117.
  • 32. Caplan, en The Myth of the Rational Voter: Why Democracies Choose Bad Policies (Princeton, N.J.: Princeton University Press, 2007), argumenta que es probable que la gente reclame más políticas económicamente «irracionales» o contraproducentes cuando el coste marginal sea bajo. Trabajando dentro del marco de su modelo, podríamos reducir de dos formas la cantidad de políticas irracionales demandas. La primera es alterar las limitaciones para aumentar el coste marginal personal de la gente que reclame políticas irracionales. Alterando así los incentivos sería moverse a lo largo de la curva de demanda de las políticas irracionales. Pero una segunda forma de disminuir el número de políticas irracionales demandadas sería producir un cambio en la curva de demanda de políticas irracionales. El análisis de Caplan sugiere que como la gente con mejor formación es más probable que piensen como economistas, aumentar la educación es una forma importante de cambiar las creencias de economía política.
  • 33. Rothbard, Four Strategies for Libertarian Change.
  • 34. Jeffrey Rogers Hummel, «National Goods Versus Public Goods: Defense, Disarmament, and Free Riders», Review of Austrian Economics, vol. 4 (1990), pp. 88-122 y «The Will to Be Free: The Role of Ideology in National Defense», Independent Review, vol. 5 (2001), pp. 523-537.
  • 35. Ver Robert Higgs, Against Leviathan: Government Power and a Free Society (Oakland, Calif.: The Independent Institute, 2004) y Neither Liberty nor Safety: Fear, Ideology, and the Growth of Government (Oakland, Calif.: The Independent Institute, 2007).
  • 36. Rothbard, For a New Liberty.
  • 37. Frederic Bastiat, Economic Sophisms, trad. Arthur Goddard (Irvington-on-Hudson, N.Y.: Foundation for Economic Education, 1964).
  • 38. Murray N. Rothbard, «Concepts of the Role of Intellectuals in Social Change Towards Laissez Faire», Journal of Libertarian Studies, vol. 9, nº 2 (1990), p. 47.
  • 39. Rothbard, For a New Liberty, p. 72.
  • 40. Douglass C. North, Structure and Change in Economic History (Nueva York: W.W. Norton, 1981), pp. 10-11. Publicado en España como Estructura y cambio en la historia económica (Madrid: Alianza Editorial, 1994).
  • 41. Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man (Nueva York: Free Press, 1992). Publicado en España como El fin de la historia y el nuevo hombre (Barcelona: Planeta, 1992).
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