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Por qué merece la pena defender el capitalismo

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08/02/2011Anthony Gregory

Como Obama demoniza a los ricos y lanza una docena de planes para reestructurar la economía, los oponentes a este programa necesitan que se les recuerde por qué están luchando exactamente. Estamos resistiendo a la burocracia, a la planificación centralizada y a cercenamientos en nuestra libertad y comunidades. Pero esto no va al centro del asunto. No somos sólo un movimiento de oposición contra el programa del presidente y sus partidarios. Más esencialmente, estamos defendiendo el mayor motor de prosperidad material en la historia humana, la fuente de la civilización, la paz y la modernidad: el capitalismo.

Muchos consideran “capitalismo” como una palabra sucia y se ve deslucida más que nada por sus supuestos guardianes. Los gigantes de Wall Street se tildan de capitalistas aunque vivan del contribuyente y prosperen con los regalos que el estado les hace de privilegios, inflación y barreras de entrada. En el complejo militar-industrial, defienden el capitalismo de boquilla mientras fabrican dispositivos de muerte para el estado. En el Partido Republicano y en cualquier institución conservadora, lo ensalzan mientras hacen tal cantidad de excepciones al principio como para tragárselo entero. Cuando muchos piensan en el capitalismo, piensan en el status quo de las grandes empresas, llevando a abandonar el término incluso a algunos que están a favor de la libertad económica.

Pero no deberíamos abandonarlo. Una razón es que la mayoría de los oponentes al capitalismo no solo se oponen a Goldman Sachs o Halliburton o incluso a McDonald’s. Más bien se oponen a la libre empresa como principio. Se oponen a la libertad de los empresarios de contratar y despedir a quien quieran, con cualquier salario que acuerden mutuamente. Protestan contra el derecho de los empresarios a entrar en el mercado sin restricciones. Desaprueban que las empresas diseñen infraestructuras, proporcionen energía, comida, agua y otros servicios necesarios y se encarguen del transporte sin mediación del gobierno. Lamentan que los ricos sean más ricos, aunque sea por medios puramente pacíficos. Se oponen a la libertad de comprar a corto, al uso de información interna, a las adquisiciones hostiles y a las fusiones empresariales sin la bendición del estado centralizado. Rabian ante el trabajador que disiente del establishment laboral. Es exactamente la anarquía del libre mercado lo que desprecian, no el nexo consolidado entre estado y las grandes empresas lo que quieren atacar la mayoría. Por cada progresista que odia el capitalismo del monopolio por algo que se acerque a las razones correctas, hay diez que deploran el capitalismo del que forma parte más que el monopolio.

Es sencillamente un hecho que el capitalismo, incluso intervenido por el estado, ha arrastrado a la mayoría del mundo fuera de la lamentable pobreza que caracterizó a toda la existencia humana durante milenios. Fue la industrialización la que salvó al trabajador común del tedio constante de la agricultura primitiva. Fue la comodificación del trabajo lo que condenó a la esclavitud, la servidumbre y el feudalismo. El capitalismo es el liberador de las mujeres y el benefactor de todos los niños que disfrutan de tiempo para estudiar y jugar en lugar de soportar el ininterrumpido duro trabajo del campo. El capitalismo es el gran mediador entre tribus y naciones, el que primero puso de lado sus armas y odios ante la perspectiva de beneficiarse del intercambio mutuo.

Hace un siglo, los marxistas reconocían la productividad del capitalismo y su preferencia frente al feudalismo al que reemplazó, pero predecían que el mercado empobrecería a los trabajadores y llevarían a una mayor escasez material. Ha ocurrido lo contrario y ahora los izquierdistas atacan el capitalismo principalmente por otras razones: produce demasiado y es derrochador, daña el medio ambiente, exacerba las divisiones sociales, aísla al pueblo de una conciencia espiritual de su comunidad, nación o planeta, y así sucesivamente.

Pero las aspiraciones más altas, más nobles, menos materialistas de la humanidad se basan en la seguridad material. Incluso quienes odian el mercado, trabajen en él o no, prosperan con la riqueza que éste genera. Si el colega de Marx, Engels, no hubiera sido director de una fábrica, le habría faltado el tiempo de ocio necesario para inventar su destructiva filosofía. Todo estudiante universitario de ciencias sociales, todo progresista de Hollywood en limusina, todo izquierdista cristiano bienintencionado, todo aquel para el que el propio socialismo es su única religión, y todo artista, intelectual, filósofo, profesor y teólogo antimercado grita sobre un cajón de jabón fabricado por el mismo sistema capitalista que menosprecia. Todo lo que hacemos en nuestras vidas (ya sea materialista o de naturaleza noble), lo hacemos en la comodidad que ofrece el mercado. Entretanto, los más pobres en un sistema capitalista moderno, incluso uno tan corrompido por el estatismo como Estados Unidos, están mucho mejor que cualquiera excepto la gente más rica de hace un siglo. Estas bendiciones se deben al capitalismo, y desarrollarlo más acabaría por borrar la pobreza como la conocemos.

Hay un mito que dice que el capitalismo es la doctrina dominante. Parece que casi todos creen esto, la mayoría encontrándolo algo desafortunado, lo que debería decirnos que hay un problema en suponer una popularidad indiscutible del capitalismo. De hecho, el capitalismo tiene pocos defensores reales. Los conservadores simulan apoyarlo, pero hacen excepciones en educación, energía, agricultura, trabajo, banca centralizada, fronteras, propiedad intelectual y drogas, por no mencionar la defensa nacional y la justicia penal. Lo que es peor, muchos conservadores del tipo localista y contrarios a las grandes empresas son más proteccionistas y nacionalistas económicamente que la derecha establecida. Sacrificarían los derechos de propiedad por sus referencias culturales en armas, religión, los llamados valores familiares e indudablemente el patriotismo. Con amigos como éstos, el capitalismo necesita aliados más verdaderos.

Los progresistas y socialistas son directamente hostiles. Afirman haber hecho la paz con el mercado pero cada día tienen un nuevo plan para restringirlo, sancionarlo, manipularlo y apalearlo hasta la sumisión. Los liberales de izquierda insisten en que no quieren librarse de él, solo quieren refinarlo, salvarlo de sí mismo. Pero si el capitalismo necesita ser salvado, no es de sí mismo, sino solo de liberales de izquierda y conservadores.

Los libertarios defenderían el capitalismo, pero a menudo con algunas reticencias. Ha conseguido un nombre tan malo y está tan menospreciado por la cultura de los liberales de izquierda que muchos no quieren defenderlo abiertamente. Es de hecho crucial ser claro y preciso en explicar qué queremos decir con capitalismo. Pero esta gran fuerza de progreso merece todo nuestro apoyo, no nuestro testimonio cualificado. Nos ha dado todo lo que tenemos. Lo menos que podemos hacer es no pretender que nos resulta molesto.

Durante el último siglo, los más fervientes defensores del capitalismo (la escuela de Mises, Hayek y Rothbard e incluso los seguidores menos radicales de Rand y Friedman) han sido claros en que se refieren a la libertad del individuo en derechos de propiedad e intercambio y casi todos entienden esto. Los enemigos en su mayoría han dicho lo mismo, cuando no estaban combinando falsamente la libre empresa con el privilegio sancionado por el estado.

Mises dijo:

“Una sociedad que elige entre capitalismo y socialismo no elige entre dos sistemas sociales: elige entre la cooperación social y la desintegración de la sociedad”.

Hayek consideraba “la preservación de lo que se conoce como el sistema capitalista, del sistema de mercados libres y propiedad privada de los medios de producción, como una condición esencial de la misma supervivencia de la humanidad”.

Aunque siempre cuidadoso de criticar el capitalismo de estado por su intervencionismo y violencia, Rothbard apoyaba el “capitalismo del libre mercado [como] una red de intercambios libres y voluntarios en la que los productores, trabajan, producen e intercambian sus productos por los productos de otros a través de precios acordados voluntariamente”.

El capitalismo y la libertad van de la mano y no sorprende que los enemigos del mercado apunten a los libertarios como los defensores más extremistas de lo que odian, en lugar de centrarse principalmente en los corporativistas y socialdemócratas que dominan la izquierda y derecha modernas.

A algunos libertarios les preocupa que el “capitalismo” ponga demasiado foco en el capital, pero en realidad esto no es un problema. Solo mediante el consumo diferido podemos construir una civilización, al amasar bienes de orden superior y rebajar nuestra orientación al presente. Esta es la esencia del énfasis capitalista. Tal vez requiera más tiempo explicarnos cuando adoptamos el grito de guerra del capitalismo: también requiere más tiempo ser un capitalista que sólo un consumidor. Sin embargo, a largo plazo, merece la pena. El libertarismo es una lucha a largo plazo, así que ¿por qué no usar la visión a largo plazo del capitalismo, tanto como una palabra que vale la pena abrazar como una etiqueta para la economía que imaginamos? El anarquismo es asimismo una medicina dura de tragar, una tradición con una historia mixta donde puede hacerse una defensa factible de que su sentido convencional no siempre incluye los valores que mantenemos, sino más bien una falta de orden social. Pero los anarquistas libertarios aceptan el término, como deberíamos hacer con el término capitalismo.

A Rothbard le afectaba particularmente el hecho de que el término fuera acuñado por sus enemigos y muchos creen hoy que los defensores de los mercados libres no deberían permitir que la oposición defina el debate. Pero este punto me lleva a una conclusión muy diferente. Primero, aunque la palabra tenga connotaciones negativas en la cultura popular, podríamos seguir queriendo adoptarlo. Los antifederalistas se oponían inicialmente a la etiqueta que les pusieron los estatistas hamiltonianos. Pero ahora defendería ese descriptor con orgullo. Es un área en la que podemos recibir consejo de los activistas gays que eran calificados como “maricas”, solo para apropiarse orgullosamente del término para sus propios usos.

Segundo y más importante, si Marx y los de su cuerda (cuyas ideas, en la medida en que se han implantado, han producido miseria humana, hambre y esclavitud sin parangón) se posicionan como adversarios del capitalismo, deberíamos considerarnos afortunados de que estos sean los términos del debate.

Los socialistas de todas las tendencias argumentan que el socialismo real nunca se ha implantado y algunos dicen que los radicales del mercado no tenemos una respuesta mejor que decir que el capitalismo real nunca se ha implantado tampoco. Sin embargo, al contrario que el “socialismo real”, que Mises demostró que era imposible a gran escala, el capitalismo existe sencillamente allí donde no se le molesta. Es la parte del mercado que es libre.

Independientemente de cómo lo definamos, en términos de alimentar a las masas y sostener la sociedad, elijo en cualquier caso al capitalismo defectuoso por encima del socialismo defectuoso. Elijo al capitalismo de estado, al capitalismo amiguita o al capitalismo corporativo por encima del socialismo de estado, el socialismo democrático o el nacional socialismo.

Pero no tenemos que hacer esa elección, porque oponerse al capitalismo de estado es parte de la causa capitalista, como oponerse a una religión de estado debería ser lo que haga cualquier anti estatista religioso, oponerse a las escuelas públicas debería ser el objetivo cualquier libertario que ame la educación y oponerse a la ley y orden estatales debería ser el credo de quienes apoyen en derecho natural y el orden social pacífico.

La porción capitalista del capitalismo de estado es la parte que funciona. Los frutos del capitalismo pueden usarse para el mal e indudablemente han sido usados así por el estado. Por ejemplo, el mal del complejo militar-industrial se debe al socialista ejército del estado alimentando la producción de empresas semicapitalistas. El inconveniente del capitalismo es que el estado se hace más rico en términos absolutos que en cualquier otro sistema. Si el ejército fuera completamente socialista sería menos eficaz, es cierto. Pero esto es una mera acusación práctica y moral al estado, no al concepto de capitalismo.

Si fuera ésta la única confusión real que confunde a los detractores del capitalismo, deberíamos sencillamente preguntarles: ¿entonces estás a favor de una completa separación de capitalismo y estado? Por supuesto, casi todos se oponen violentamente a esa perspectiva. Para ellos, el problema no es que el estado tenga armas y policías y soldados y fronteras nacionales. En su lugar, el problema es el emprendimiento sin trabas y la desigualdad en los beneficios.

Parafraseando a Mencken, el anticapitalismo se define por el miedo a que alguien, en algún lugar, se esté haciendo rico. Viendo el estado de guerra, los anticapitalistas protestan porque alguien haga dinero con el militarismo y en realidad debería molestarles que las instituciones estatales que ellos favorecen sólo pueden crear con éxito una maquinaria militar explotando el sistema de beneficios.

Pero, reveladoramente, su principal objeción no se refiere normalmente a la guerra de los beneficiados, sino a los que se benefician de la guerra.

Algunas palabras son duras y los conceptos que encarnan parecen más duros aún. Algunas ideas parecen demasiado idealistas para muchos cínicos. Paz, amor y libertad son todas palabras que tienen mala reputación como conceptos de gente que está en las nubes y que no describen la realidad como existe realmente.

Pero sí sabemos que en un mundo en el que no todo es pacífico, el amor es a veces difícil de encontrar y la libertad está siempre en peligro, todos estos ideales, en la medida en que se les permita florecer, apuntan hacia un camino de un futuro de armonía y plenitud.

Lo mismo pasa con el capitalismo. No dejemos que sus enemigos ensucien una buena palabra para el mejor sistema económico en la historia de la raza humana.

Publicado el 2 de agosto de 2011.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe.

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